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Madrid: anatomía de un fracaso

Fuentes: Rebelión

El fracaso de la izquierda en Madrid ha resumido, en una campaña electoral, el desolador espacio en el que nos encontramos. Es triste, sí, pero también ofrece una representación certera del modelo que se ha construido, donde triunfa la frivolidad. En un escenario así siempre va a vencer el neoliberalismo, su esencia se basa en evitar la conciencia de clase, el pensamiento crítico y la cultura como arma de transformación.

En esta campaña, a la banalización de las ideologías se ha unido, como no puede ser de otra forma, el poder reaccionario de la televisión, que no se halla solo en las tertulias políticas de canales conservadores, sino también en los programas de entretenimiento que llevan años aniquilando las mentes de la ciudadanía española. Algunos de sus responsables han llegado a aparecer en mítines de la izquierda. Es decir, los causantes de que nuestro país se halle atrapado en un desierto cultural, cada vez más agresivo con el pensamiento crítico y sus defensores, suben ahora a una tarima con el objetivo de lavar su imagen y, de paso, ganar algún que otro seguidor.

Aceptar las reglas del juego de la frivolidad nunca da buen resultado a la izquierda. Esto no quiere decir que todo partido de izquierdas necesite complejos discursos de tres horas, mesas redondas y libros de miles de páginas para ganar unas elecciones, sino que en la banalidad está perdido, la derecha siempre va a ofrecer propuestas más simples y consumistas, alimento para los instintos. Esto nos lleva a confundir lo esencial con lo accesorio, entrando en una industria que genera constantes caprichos insolidarios por encima, incluso, de los ya provocados por nuestra propia naturaleza.

Sin embargo, todo lo dicho hasta ahora es una mera descripción de hechos, hay que buscar las razones en la raíz de una cuestión llamada existencia. Un importante filósofo, que a lo largo de su vida se equivocó en muchas cosas, pero que acertó en lo esencial, nos dijo que rara vez encontramos recompensa a la fatiga, ya que la vida se revela ante nosotros como “una tarea a cumplir”, en vez de como “un goce a disfrutar”. Todo se convierte en “un mal negocio”, donde “los beneficios ni siquiera cubren los gastos”.

En los últimos años, muchos ciudadanos no han levantado cabeza. Hemos visto trabajadores despedidos que han tenido que ponerse una mochila amarilla al hombro y vender sus derechos subidos a una bici. La izquierda, como no puede ser de otra forma, se ha indignado ante esta situación y ha denunciado las agresiones del neoliberalismo. Sus medidas son las correctas, pero aceptarlas requiere esfuerzo y compromiso: implica renunciar a los servicios nacidos de la explotación y a la publicidad que acribilla sin piedad a la ciudadanía desde múltiples pantallas. Necesita fomentar previamente una comunidad comprometida con el bien común.

Con la pandemia, todos los factores mencionados se han agravado, se han sumado confinamientos, cierres perimetrales y otras limitaciones, con el objetivo de proteger a la mayoría. De nuevo, ha sido necesario un sacrificio, y se ha extendido más de lo previsto.

Por otra parte, en este tiempo, el modelo productivo y el consumo también se han revelado como un peligro real para el planeta. Esto ha generado un número cada vez mayor de normas y medidas para paliar lo que parece una catástrofe inminente. A pesar de la exigencia de sostenibilidad al ciudadano en estos ámbitos, el sistema económico ha ido por otro lado, generando trabajos cada vez más precarios y sueldos más bajos. Es muy difícil ser sostenible en un sistema que no lo es, que sigue exigiendo lo mismo a sus ciudadanos con menos sueldo, que provoca un estrés cada vez mayor y que impone el coche como única alternativa para poder realizar las labores exigidas por el patrón de turno.

Es decir, por un lado, se ven frustradas las promesas que debían aparecer por el esfuerzo y, por el otro, se exige un nivel de responsabilidad que el propio sistema que nos contrata no tiene. De esta forma, se genera un ser humano profundamente pesimista que se levanta a las cinco de la mañana para poder acudir a un trabajo que odia y en el que le pagan menos que hace cuatro años (si es que sigue en el mismo trabajo). Además, este ciudadano debe comprar productos sostenibles, tener cuatro bolsas de basura en casa y, a las seis, cuando sale hacia su horrible día en la empresa, dirigir sus hábitos a aportar su granito de arena a la lucha contra el cambio climático.

No hay en mi planteamiento crítica alguna a las medidas necesarias frente a los problemas citados, simplemente señalo lo complicado que es ponerlas en marcha en un marco de competitividad y ansiedad que impide la reflexión necesaria para aceptarlas.

Al final, como esbozó de forma exagerada y surrealista La hora del cambio, al trabajador le empieza a importar poco que los polos se derritan y, en el fondo, ya no ve tan mal que en unos años el país sea devorado por una masa de agua o que nos coma el sol o que la mierda llene por completo el mar. Y no le podemos culpar por olvidar los peligros que amenazan al planeta, porque la extinción se convierte en un plan mejor que el de un día cualquiera.

Mientras el pesimismo le asfixia, la televisión le ofrece imágenes de millonarios bebiendo en piscinas y enseñando sus casas; crea realidades paralelas en una cocina, un concurso musical o una isla; muestra adolescentes (millonarios también) bailando y jugando a videojuegos; aplaude a una marquesa haciendo bromas en prime time; y, por si fuera poco, le somete a una exposición constante a las simpáticas ocurrencias que una nueva cara de la derecha expresa diariamente. Todo es mucho más divertido que esos señores enfadados impidiéndole salir de marcha y exigiéndole cuatro bolsas de basura en casa.

Además, esto no es nuevo. La televisión lleva años inoculando veneno, los superhéroes hollywoodenses salvan cada vez más el mundo, los libros superventas sobre conspiraciones internacionales ya han marginado por completo al resto de obras y los éxitos musicales ya no hablan de abrir las grandes alamedas.

Ante esto, llega alguien sin escrúpulos que es capaz de decir a los oprimidos (por un sistema que ella misma defiende) que lo importante es poder tomarse, tras el trabajo, una caña en un bar. En resumen, es mejor pasárselo bien un rato en una destrucción inconsciente al estilo Leaving Las Vegas que descubrir que eres el protagonista de una película de Ken Loach. Y gana.

El pasado martes ha empezado a escribirse “la tragedia de la banalidad”, producida por “circunstancias ordinarias y, por ello, más ineluctable”, de la que nos habló Houellebecq en su libro sobre el filósofo triste.

Esta banalidad ha cobrado especial importancia cuando la izquierda ha aceptado luchar en ella. Los mensajes básicos de la izquierda se han mantenido, pero adquiriendo una infame forma comercial. Ya no se habla del Simone de Beauvoir, se habla de Wonder Woman; ya no se habla de lucha obrera, se habla de acceso universal a la moda low cost; ya no se habla de Chomsky, se habla de Kamala Harris. Todos estos nuevos ídolos tienen el discurso muy corto, muy banal, por lo que lo aliñan con denuncias absurdas, condenando libros, películas, cuadros… Incluso ponen carteles anunciadores para advertir que Lo que el viento se llevó no representa la época actual o hacen reinterpretaciones profundamente absurdas de las creaciones de Allen, Nabókov o Bertolucci. Parte de la izquierda internacional ha admitido el mensaje estadounidense de una sublimación freudiana mal entendida y con trasfondo mercantil.

Este proyecto de estilo de vida moralista no solo no ha ayudado, sino que ha provocado actos de autocensura y mercantilización narrativa poco recomendables para el desarrollo artístico, dando a entender que la sociedad no tiene el suficiente juicio crítico para analizar las verdaderas obras de arte en toda su complejidad, sin una pegatina que les advierta, y permitiendo una producción en masa de poco valor.

Con la mitad de las obras clásicas marginadas y la otra mitad mal vistas, la telebasura (donde podemos meter también un 99% de las series y un 90% de las películas que hoy nos llegan) ha tenido el camino libre para conformar una mentalidad adecuada a su negocio, sumando a su causa a informativos, tertulias políticas y otros programas de actualidad. Toca entretenerse porque la vida es un mal negocio del que solo podemos escapar a través de la frivolidad.

Pero se equivocan, porque aquel filósofo pesimista sí citó modos de moderar este sufrimiento. Entre ellos, estaba el arte como contemplación pura. Un arte en el que hoy nos podríamos encontrarnos con los problemas existenciales, políticos y sociales de las personas, y analizarlos de forma sosegada y profunda. Ahí está la clave de los movimientos sociales exitosos que se han conformado en nuestro país y de las victorias históricas de la izquierda.

Sin la creación artística, la izquierda no puede luchar contra el entretenimiento banal de la derecha. Las cañas de las terrazas del capitalismo siempre van a ser mejores, pero ellos carecen de obras de arte; mientras que nuestra ideología rodó la huelga más vanguardista del cine, cantó a sus víctimas al alba y exigió pan, pero también rosas.

Esto podría parecer una tontería si no fuera porque es la base sobre la que nace la justicia social, la base intelectual que propicia una sociedad que lucha por los servicios públicos, que pone en valor una sanidad y una educación universal.

Paradójicamente, una parte acaba votando a aquellos que han robado derechos y que favorecen a defraudadores con sus leyes. ¿Por qué? Porque estamos en su juego. La izquierda trata de hacer encaje de bolillos para moderar las agresiones que provoca este sistema, pero a veces el equilibrio se rompe y el trabajador responsable, que recicla y compra productos sostenibles, es sepultado. En este momento, descubre en la televisión, entre reality y reality, a una chica que le dice que vive en el mejor lugar del mundo y que si echamos a los comunistas que le roban sus impuestos, su vida va a cambiar. Y en un país donde la telebasura ha ocupado tanto espacio, el escudo cultural contra las mentiras no existe, y el fraude triunfa.

Nos han vencido porque hemos aceptado sus reglas, las mismas que nos llevan a dar la razón a ese filósofo que hablaba del mal negocio de la vida, un tal Arthur Schopenhauer. En ese pesimismo que se hereda de padres a hijos, no hay lugar para la solidaridad fiscal, solo para la victoria del más fuerte.

La izquierda no puede ganar cuando el pueblo está esperando a un tipo con capa que venga a salvarle desde Gotham City y que, en el fondo, es un fascista. Podemos intentarlo varias veces, como los enamorados de La suerte está echada, de Sartre, pero al final siempre fracasaremos, como ellos. Porque aquel que no tiene tiempo, no puede dedicar unos minutos a pensar en todo lo que puede perder.

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