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Argentina

Con la tragedia de Once volvió a la mesa de debate el rol de la gente en el nuevo periodismo

Fuentes: Debate

El director francés 
François Truffaut decía que todos los seres humanos tenemos dos profesiones: con la que nos ganamos el pan todos los días y críticos de cine. De la Nouvelle Vague para acá muchas cosas han cambiado, hoy se podría decir que la segunda actividad, la que todo el mundo se siente con capacidad […]

El director francés 
François Truffaut decía que todos los seres humanos tenemos dos profesiones: con la que nos ganamos el pan todos los días y críticos de cine. De la Nouvelle Vague para acá muchas cosas han cambiado, hoy se podría decir que la segunda actividad, la que todo el mundo se siente con capacidad de realizar, es la de periodista.
Cámaras de seguridad que registran el momento preciso, filmaciones caseras con celulares que dan cuenta de los primeros momentos de una tragedia, información que nace en el lugar mismo del hecho para replicarse infinitamente en cuestión de segundos. Y como terreno fértil donde crecer y (a veces) madurar, Internet y su capacidad de conectar al mundo.

El periodismo ciudadano, periodismo de la calle, o como quieran definirlo, gana espacios y se coloca en un lugar de poder cada vez más firme. Esto sucede, en parte por su esencia, como también por el lugar que los «grandes» medios le dan, ya lo dijo Maquiavelo en El príncipe (aunque otros atribuyen la frase a Sun Tzu): «Si no puedes contra el enemigo, hazte su amigo», y hacia allí van canales enteros de televisión, que invitan a sus televidentes a mandar videos o fotos. Millones de ojos a disposición de la opinión pública, ¿el sueño de una sociedad más justa o una herramienta peligrosa? Todo depende del cristal con el que se mire.

El poder de la gente

«Power to the people», repetía John Lennon como un mantra, pero claro, se refería a cuestiones más profundas que andar filmando con un smartphone para después subir el videíto del choque a la web. Sin embargo, el concepto de que sea la gente quien descubre, captura y difunde la información es hoy sinónimo de la libertad más absoluta, al menos el común denominador de la sociedad así lo cree. Y por supuesto, los servicios web no les van a llevar la contra a sus clientes. Un caso emblemático es YouTube Direct, una herramienta poco difundida del sitio de videos que funciona como nexo entre el usuario y el medio. Si el destinatario tiene el API en su página web, cualquiera puede subir un video e inmeditamente estará disponible a todo aquél que visite el sitio.

Otro ejemplo se puede encontrar en CGNet Swara, un servicio de información y difusión en las selvas de la India orientado a las comunidades que ahí viven. Su creador, el periodista de la BBC Shubhranshu Choudhary, explica que el motivo de la creación de este servicio es que distintas tribus puedan comunicarse, no sólo entre ellas, sino también hacia el resto del mundo.

Hasta aquí, con esta somera descripción, sumado a los ejemplos que vemos a diario, podríamos decir como conclusión que el «periodismo de la gente» es la nueva panacea. Pues no, ni cerca está de serlo.

Pescado podrido

La indignación por el hallazgo del cuerpo de Lucas Menghini Rey, víctima número 51 de la tragedia de Once, fue producto de varios factores. Sin duda uno de ellos tuvo que ver con esas 48 horas en las que la gente estuvo en vilo, luego de que se supiera que habían visto al adolescente en los alrededores de la estación «vivo y con un cuello ortopédico». Esta información que luego resultó falsa estalló a partir de las redes sociales, especialmente Facebook y Twitter. La familia la quería creer, todos la queríamos creer, pero no era más que una noticia falsa que se convirtió en verdadera gracias a la replicación virtual.

Pogamos otro ejemplo más trivial. Los estudiantes de las escuelas de periodismo se sorprenden cuando el docente les dice que no se puede hacer una nota a través de Internet, que Wikipedia o el resto de las redes sociales no son una «fuente». Lógico, si cada vez son más los medios masivos capaces de hacer la tapa de un suplemento en base a un mensajito que algún famoso, político (o famoso político) sintetizó en 140 caracteres. La práctica será muy moderna e innovadora, pero va en contra de la esencia misma del oficio, dejando a los nuevos comunicadores a merced de reproducir una y otra vez informaciones falsas, las que en otros tiempos se conocían en la jerga como «pescado podrido».

De la misma manera que no cualquiera puede de la noche a la mañana convertirse en enfermera, carpintero o gasista, tampoco, por más buena intención que tenga una persona, puede transformarse de repente en periodista. La información pasa de ser un rumor a revestir interés para la sociedad una vez que es correctamente chequeada, contextualizada y analizada, no antes. Si nos quedamos en las bases, que es el aporte que puede hacer un usuario anónimo, la noticia no pasa de ser un chimento: que tiene su valor, pero por sí solo no es pasible de publicación.
Éstos son los elementos que se debaten en el seno de los medios de comunicación en los últimos años. Quienes defienden a rajatabla al «periodismo ciudadano» plantean que el profesional y la gente pueden coexistir, trabajando codo a codo. En cambio, aquéllos que esgrimen una mirada un tanto más escéptica explican que la inmediatez de Internet vuelve imposible dicha unión. Para cuando los datos se comprobaron o no, la leyenda urbana ya se propagó exageradamente, no solamente en la web sino también en canales o programas de televisión y radio que pagan caro y de manera inescrupulosa el precio de la primicia.

No hay duda de que las redes sociales -y Twitter en particular- son el medio más eficaz para enterarse de una noticia de último momento, sin embargo creer que con eso alcanza para practicar el periodismo es una falacia que flagela al oficio.

Fuente original: http://www.revistadebate.com.ar//2012/03/09/5156.php