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Rusia-Ucrania-Estados Unidos/OTAN Parte V

De la política a la propaganda

Fuentes: Amanece Metrópolis / Rebelión

En los artículos anteriores de esta serie se abordó la expansión de la OTAN, la negativa del gobierno estadounidense a negociar sobre una mayor expansión con Rusia y su falta de voluntad para buscar soluciones diplomáticas para alcanzar la paz. La propaganda oculta lo que debería resolverse políticamente. Los gobiernos de EEUU y de otros países occidentales y los medios de comunicación dominantes coinciden en no discutir las responsabilidades de EEUU y de la OTAN en el período de gestación de la guerra en Ucrania, así como la evidente falta de resolución del conflicto. Este artículo se centra en algunos rasgos clave de la propaganda bélica que ocultan y frustran la posibilidad y la esperanza de alcanzar un acuerdo pacífico.

La invasión rusa de Ucrania ha despertado un renovado interés por los estudios sobre propaganda. La mayoría de los análisis parecen centrarse en las estrategias y técnicas de manipulación de Rusia para intentar justificar la invasión y silenciar la oposición interna. Las críticas han abordado el modo en que la propaganda rusa utiliza eufemismos para referirse a la guerra (“operación militar especial”), construye y demoniza a un enemigo (presentando a Ucrania como un estado neonazi antirruso), retuerce el derecho internacional (el artículo 51 de la Carta de la ONU) y finge que Rusia persigue una causa noble (“desnazificar” y “desmilitarizar” Ucrania). Además, se ha comentado abundantemente la censura en los medios de comunicación rusos y el silenciamiento y la represión de periodistas y activistas disidentes.

No puede olvidarse que, en el contexto de cualquier guerra, todos los bandos recurren a la propaganda. La gestión de la información para el consumo interno y externo es clave para lograr la victoria. La aparición memorable en los medios de comunicación de un Zelenski sin afeitar y ataviado en verde oliva para decir que se había quedado en Kiev le permitió presentarse como un hombre del pueblo (enfoque “plain folks”) que apoya a su gente con valentía y disposición para la resistencia militar. Su gesto de abandonar el atril y sentarse con los periodistas sugirió una alianza democrática de apoyo mutuo. También cabe destacar el llamamiento emocional que utilizó para movilizar más apoyo de España al comparar el bombardeo de Guernica por los nazis en 1937 con la situación actual en Ucrania. Aunque el contexto de ambas guerras es muy diferente, el Guernica de Picasso viene inmediatamente a la mente como símbolo universal contra la barbarie de la guerra. 

Este artículo está interesado en la narrativa oficial de la OTAN, especialmente del gobierno de los Estados Unidos. Esta narrativa explica la guerra como una invasión no provocada por parte del “loco” de Putin con el propósito de conseguir más poder y construir un imperio. La virtud de esta narrativa es que camufla eficazmente la geopolítica de la guerra, especialmente el papel de Estados Unidos y la OTAN, así como la posibilidad de negociar la paz.

Dado que se da por supuesto que no se puede negociar con un loco, la patologización del enemigo funciona para diluir la responsabilidad del grupo de pertenencia. Al concentrarse en la maldad del villano, la anterior agresividad de la OTAN hacia Rusia queda fuera de la discusión y se justifica una mayor escalada militar. Apenas se considera la posibilidad de trabajar en torno a los Acuerdos de Minsk II y de discutir un posible estatus neutral para Ucrania con el fin de alcanzar una solución pacífica. Al invisibilizarse las posibles soluciones diplomáticas, se justifica como inevitable la continuación de la guerra.

La propaganda bélica se centra en gran medida en los males del objetivo aprobado para desviar la atención de cualquier cuestionamiento del papel de su emisor. Lo que se dice del otro ayuda a ocultar lo que uno ha hecho. Este uso estratégico del énfasis no deja espacio para los cambios en la política exterior estadounidense que son necesarios para favorecer un acuerdo diplomático y construir un orden mundial más justo y seguro.

La narrativa oficial repite que la invasión no es provocada precisamente porque, aunque es injustificada, Estados Unidos provocó sistemáticamente a Rusia con la expansión de la OTAN, actividad militar y negativa al diálogo. Esta narrativa también oculta que hay claros ganadores de la guerra, a saber, una OTAN revigorizada y las industrias de armas y de combustibles fósiles, principalmente en Estados Unidos. Las posibles consecuencias negativas del envío de armas y de una guerra prolongada también suelen omitirse. La inflación y el caos económico se achacan exclusivamente a Putin.

La propaganda no sólo oculta partes de la realidad empírica que son significativas para entender el conflicto. También reviste de benevolencia las propias acciones. Así, tanto Ucrania como los países de la OTAN han enmarcado el conflicto de forma dicotómica como una lucha entre democracia y autocracia, libertad y totalitarismo. Incluso los fabricantes de armamento han argumentado que venden armas a Ucrania porque apoyan la democracia, a pesar de que hacen negocios con regímenes dictatoriales en todo el mundo. Esta estrategia maniquea propone una mirada infantil de estilo hollywoodiense que ve el mundo como una lucha eterna entre el bien y el mal y, por tanto, sirve para justificar la prolongación de la guerra, enterrando las raíces del conflicto y las posibles soluciones.

La narrativa oficial se basa también en transmitir miedo a futuros ataques rusos a otros países europeos e incluso a Estados Unidos. Este miedo puede funcionar con eficacia tras la demonización y patologización del enemigo sin necesidad de considerar la fuerza militar de las partes, si tales ataques tendrían alguna racionalidad o cuáles podrían ser las consecuencias para Rusia. En un magnífico ejemplo de doble pensamiento orwelliano, los comentaristas dominantes son capaces de sostener al mismo tiempo que Rusia es una amenaza para el mundo y que no tiene competencia militar y está siendo derrotada en Ucrania.

Los análisis alternativos de la guerra y las propuestas de paz suelen recibir medidas correctivas. Por ejemplo, las propuestas para una política de Estado responsable o de prudencia geopolítica en EEUU son acusadas de tener un sesgo pro-Putin, lo que sirve para descalificar de entrada cualquier argumento ulterior que se pueda presentar. La clara diferencia entre entender un conflicto y justificar a uno de los bandos es olvidada por la propaganda, que, en cambio, los equipara. Incluso el principio periodístico profesional de proporcionar contexto es atacado por miedo a que la narrativa oficial pueda ser cuestionada.

La propuesta de buscar soluciones diplomáticas se responde a menudo con una falsa equivalencia como apaciguamiento y capitulación ante los intereses de Rusia. La propaganda no ve la clara diferencia entre un acuerdo en el que ambas partes hacen algunas concesiones para lograr parte de sus objetivos (solución en la que todos ganan algo a cambio de perder algo) y la sumisión a la otra parte (solución en la que uno gana y otro pierde). Los principales medios de comunicación excluyen, vilipendian o caricaturizan la voz del Sur Global que exige soluciones diplomáticas y un orden mundial basado en la seguridad y la defensa colectivas, no en la expansión y la agresión.

Como profecía autocumplida, la propaganda bélica anuncia que habrá más guerra, gasto militar y militarización. No se puede esperar un giro en la geopolítica hacia un orden mundial más pacífico. Estados Unidos está utilizando la guerra de Ucrania para enviar el mensaje a China de que Taiwán debe seguir armándose y preparándose (con el apoyo de Washington) para una eventual invasión. El informe OTAN 2030: Unidos para una nueva era propone repensar la OTAN como un escudo contra la supuesta agresión china y rusa en una nueva Guerra Fría. Para ello, aboga por mantener la carrera armamentística nuclear, a pesar de que las armas nucleares han sido prohibidas por la ONU.

Por supuesto, cualquier campaña de propaganda aplica el término propaganda sólo a la otra parte; los medios atlantistas dicen de sí mismos que proporcionan información. Sin embargo, han transmitido y apoyado acríticamente la versión del gobierno estadounidense y han cerrado cualquier posibilidad de buscar una solución pacífica. No defendieron la libertad de expresión ni siquiera cuando los gobiernos occidentales llegaron a censurar los medios de comunicación rusos.

Los medios de comunicación tienen razón al criticar la propaganda de regímenes políticos autoritarios/totalitarios como el ruso, pero la democracia y la paz también requieren el análisis crítico de los gobiernos y los medios de comunicación del Atlántico Norte. Como marco alternativo al de la producción y difusión de propaganda, el siguiente y último artículo de esta serie analizará las características y ejemplos clave del periodismo de paz.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.