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Una visión desde los grandes diarios argentinos

El clientelismo

Fuentes: Rebelión

Introducción Los medios masivos de comunicación inciden en la opinión de amplias capas de la sociedad. Sus afirmaciones son repetidas, comentadas o incorporadas a la vida cotidiana de numerosos ciudadanos que no suelen analizar críticamente el mensaje recibido. Así lo que un medio manifiesta puede transformarse en una verdad revelada. «Lo leí en el diario» […]

Introducción

Los medios masivos de comunicación inciden en la opinión de amplias capas de la sociedad. Sus afirmaciones son repetidas, comentadas o incorporadas a la vida cotidiana de numerosos ciudadanos que no suelen analizar críticamente el mensaje recibido. Así lo que un medio manifiesta puede transformarse en una verdad revelada. «Lo leí en el diario» es suficiente prueba.

El clientelismo es un fenómeno tan extendido como poco estudiado por los cientistas sociales y políticos argentinos. Sin embargo las páginas de los grandes diarios nacionales recurren a él frecuentemente, sin que tengamos certeza de su definición conceptual. Todos aparentemente sabemos lo que es el clientelismo, aunque quizás hablemos de diferentes cuestiones utilizando el mismo vocablo.

Emilio Tenti Fanfani dice «se requiere una crítica del concepto o del uso que se hace del término en el lenguaje común y en el lenguaje académico. El clientelismo existe en los dos ámbitos… y el peligro es que la ciencia política adopte sin más el término del sentido común, que se usa en la lucha política» .

Sin pretender realizar la crítica del concepto clientelismo en estas páginas, analizaremos el uso que el vocablo clientelismo recibe por parte de los tres más importantes diarios argentinos: Clarín, La Nación y Página/12. Para eso recolectamos los artículos publicados en sus páginas de internet que mencionaron, aunque fuera en una oportunidad, el vocablo clientelismo durante un período de seis meses (desde 01/07 hasta 31/12/2002) y procedimos al análisis de esa masa de artículos periodísticos para observar el tratamiento que la prensa da al fenómeno clientelar así como la vinculación de ese término con otras cuestiones.

El presente trabajo se inicia con una breve explicación de la metodología utilizada para la recolección y el análisis de los datos. Luego presentamos un apartado con el análisis estadístico de la información recolectada, para pasar a un tercer punto que aborda el análisis desde lo cualitativo, es decir nos adentramos en el uso del concepto, sus posibles implicancias y las relaciones que se atribuyen con otros términos también utilizados en la lucha política cotidiana. Finalizamos con una serie de consideraciones surgidas a modo de conclusiones.

1. Cuestiones metodológicas

Para la recolección de los datos utilizamos las ventajas que brinda la herramienta informática. Detectamos todos los artículos que mencionaran el vocablo clientelismo, al menos en una ocasión, ya sea en los títulos o en el cuerpo de la nota. Para obtener dichos artículos ingresamos en las páginas web de Clarín, La Nación y Página/12 y utilizamos los buscadores de dichas páginas. Cada buscador brindó una lista de los artículos publicados con el termino clientelismo en el período indicado. Con ese listado localizamos, también en la página web, el artículo correspondiente. Obtuvimos de los tres diarios una totalidad de 123 artículos.

Las 123 notas periodísticas recopiladas fueron sometidas a dos procesos de análisis. El primero, de tipo cuantitativo, donde verificamos tres cuestiones principales:

a) la sección del diario en que aparecieron,

b) el tema con el que relacionaban al clientelismo, y

c) el autor de la nota.

Luego de ese análisis, tendiente a dar indicios del tratamiento que al tema clientelismo le conceden estos diarios, estudiamos el contenido de las notas, buscando relaciones con otras temáticas (la política, la ayuda social, la economía, etc.) y tratando de detectar los supuestos subyacentes a la utilización del término en el contexto de cada nota. Para ello leímos reiteradamente el material recopilado, mediante la técnica de análisis de texto. Estas lecturas y relecturas permitieron relacionar cuestiones, las que se registraban en un instrumento previamente elaborado. En ese registro tuvimos en cuenta los siguientes aspectos:

estructura del clientelismo: caracterización de la red, actores y sus relaciones

el intercambio: lo intercambiado, momentos y procedencia

aspectos subjetivos de la relación clientelar

estereotipos relacionados con el clientelismo:

a) favores por votos, sirve para ganar elecciones y sólo los pobres son clientelares

b) aspectos relacionados con el concepto de clientelismo

c) la relación de clientelismo y la política partidista

d) la relación del clientelismo y la ayuda social

e) la relación de clientelismo y corrupción

f) los planteos presentados como útiles para evitar el clientelismo.

Así, a partir de los registros de cada uno de los aspectos mencionados y retornando a las notas periodísticas, realizamos el análisis cualitativo de las noticias que incluían el término clientelismo en su redacción.

2. Análisis cuantitativo

El Diario La Nación es el más afecto a utilizar el término clientelismo en sus páginas. Supera ampliamente a los otros dos matutinos. Mientras La Nación escribió el vocablo clientelismo en 65 de sus artículos publicados entre el 01/07 y el 31/12/2002, Clarín y Página/12 lo hicieron en menos de la mitad de veces, exactamente en 29 notas cada uno de ellos. Así los redactores, columnistas y editores de La Nación aparentemente tienen más tendencia a referirse al clientelismo que sus colegas de los otros dos diarios.

¿En qué secciones del diario aparecieron las notas?. En este punto los tres medios concuerdan: las publicaron mayoritariamente en la sección de política nacional, marcando el primer indicio para el análisis: el clientelismo tendría que ver con la política de nuestro País.

De los 123 artículos que analizamos 100 fueron publicados en política nacional. Los 23 restantes se distribuyeron de la siguiente forma: 6 en internacionales, 9 en economía, 4 en cultura y 4 en educación (ver gráfico 1).

Podríamos pensar que la tendencia a utilizar el vocablo clientelismo no tendría tanto que ver con una decisión del medio, sino con cuestiones relacionadas con las personas que escriben los artículos. No obstante encontramos que el vocablo clientelismo aparece tanto en notas editoriales, de opinión, noticias firmadas por los periodistas o notas sin firma.

En este sentido encontramos 42 notas firmadas por los periodistas que incluían el término clientelismo, 31 notas sin firma, 21 artículos de opinión, 15 editoriales, 12 reportajes y 2 cartas de lectores con la mencionada característica. Lo cual indica que desde los lectores que escriben cartas hasta los editorialistas de los tres grandes medios recurren al vocablo clientelismo aplicándolo a algún aspecto de la realidad (ver gráfico 2).

El aspecto más interesante del análisis cuantitativo de las notas tiene que ver con el tema con el cual las notas relacionan al clientelismo en su redacción. Vimos que la sección de los diarios en las que el clientelismo recibe más menciones es la de política nacional, lo cual da una primera pista, fortalecida en esta parte del análisis.

Así, sin hallar mayores diferencias entre los tres diarios, encontramos que el 58 % de los artículos (72 notas) relacionan al clientelismo con la política. Un 35 % (43 notas) mencionan al clientelismo como relacionado con la ayuda social. Luego, con una frecuencia mucho menor, aparecen un 4% (5 notas) que lo relacionan con la universidad, un 2 % (2 notas) con la cultura, y un 1 % (1 nota) con los sindicatos. Llamativamente no encontramos ninguna mención que relacione la temática del clientelismo ni con empresas ni con empresarios (ver gráfico 3).

Resumiendo, el hallazgo de esta primer lectura, reducida a lo estrictamente cuantitativo, tiene que ver con que los lectores de La Nación, Clarín y Página/12 encuentran al término clientelismo en un contexto que lo relaciona principalmente con la política argentina. Si entendemos que la ayuda social es una práctica política , veremos que la casi totalidad de los artículos (el 93 % de ellas) aparece en un contexto vinculado a la política partidaria o la ayuda social. Este primer indicio será de mucha utilidad para contrastarlo durante el análisis cualitativo.

3. Análisis cualitativo

En este apartado iniciamos el análisis a partir de los puntos señalados en la descripción de los aspectos metodológicos del trabajo. Desarrollaremos cada uno de los puntos, a partir de la mirada que le otorgan los tres grandes diarios nacionales y, en ocasiones, problematizando esa mirada, con interrogantes que surgen de la lectura.

3.1. La estructura del clientelismo

Los diarios dan indicios firmes sobre la existencia de estructuras vinculadas al clientelismo, aunque no siempre las califican como tal. Sí hacen referencia clara a los actores del clientelismo, los califican con términos que dan idea de una estructuración precisa y señalan algunos tipos de relaciones básicas entre los actores.

Cuando mencionan a los actores son claros. Javier Auyero señala como actores participantes de una red clientelar a patrones, mediadores y clientes. Los tres diarios, sin nombrarlos de esa forma, también se refieren a ellos. El actor a que más se refieren, otorgándole funciones de patrón, es un político, llámese gobernador, intendente o legislador. Los políticos son, para los medios, quienes mantienen la red clientelar, y frecuentemente los denominan caudillos, adjudicándoles características propias de una personalización vinculada con la protección paternalista. En este sentido Santiago del Estero es el paradigma que los medios presentan. Ven a su ex -gobernador, Carlos Juárez, como un caudillo: «los ciudadanos piensan que si Juárez no les resuelve las cosas no hay quién les garantice que se vayan a resolver», lo que se vincula con una oposición limitada a la política electoralista. El gobernador resuelve problemas y protege a su pueblo, atributos básicos de todo patrón clientelar.

Otros patrones que aparecen en la lectura de los diarios también están vinculados a la política. Aunque no necesariamente sean gobernantes o legisladores, manejan cuotas de poder. Hay quienes identifican como patrones a los sindicalistas, a los líderes piqueteros o a los miembros de las universidades (puntualmente de la Universidad de Buenos Aires) otorgándoles características similares a las de los políticos partidistas.

La estructura de una red clientelar está encabezada por un patrón, que a su vez delega su acciones en los llamados mediadores (brokers). ¿Qué es un mediador?. «Los mediadores no son sólo intermediarios sino figuras cardinales en la producción y reproducción de una manera ‘especial’ de distribuir bienes, servicios y favores, en la articulación de un ‘lazo de amor’ imaginario -una ideología implícita- que relaciona a los mediadores y los así llamados ‘clientes’. El clientelismo y la relación broker-cliente se convierten en performances ceremoniales; performances en las que los actores ‘desempeñan roles particulares, y su comportamiento puede verse conteniendo una gran variedad de significados y mensajes'». Los medios, a pesar de su importancia, casi no se detienen en los mediadores. Apenas mencionan casos puntuales como las «manzaneras» de Chiche Duhalde en la provincia de Buenos Aires o «las mujeres de Nina», la esposa de Juárez en Santiago . Las únicas estructuras de intermediación mencionadas por los diarios están compuestas exclusivamente por mujeres. Otros mediadores, mencionados al pasar, son familiares y amigos de legisladores o los llamados «punteros políticos». Un sacerdote define a los punteros bonaerenses como «los que representan al duhaldismo en los barrios. Muchos de los subsidiados sirven en sus casas o trabajan levantándolas». Les otorga características de representante del patrón y los califica como personas que obtienen provecho personal de parte de los clientes. En síntesis, si bien los medios reconocen la existencia de los mediadores les adjudican muy poca importancia, con lo que pierden de vista un aspecto que complejiza el fenómeno clientelar y contribuyen a limitarlo al estereotipo de «favores por votos».

Para los tres diarios los clientes están bien definidos. Si uno tomara contacto con la realidad sólo a través de los diarios pensaría que el único sector social que mantiene relaciones clientelares con el poder son los pobres. Básicamente, al hablar de clientelismo se refieren a una relación entre político y pobre. Excepcionalmente algunos artículos mencionan a otros dos tipos: los estudiantes, clientes de los centros en las Facultades, y los empleados públicos, clientes de la política para cuidar su empleo. Vale decir que ambos grupos, estudiantes y empleados públicos, son también parte de los sectores más débiles de la sociedad, y a la mayoría de ellos, aplicando el método de Línea de Pobreza, también puede categorizárselos como pobres.

El padre Meisegeier, entrevistado por Página/12, es el único que describe un tipo de relación clientelar (no caracterizada como tal) entre un grupo acomodado de la sociedad -los dueños de countries- y la política. Meisegeier, refiriéndose al problema de vivienda, cuenta: «lo planteé en una reunión que armó el intendente de Malvinas Argentinas, Jesús Cariglino, con las cámaras de countries. Fueron unas reuniones muy paquetas. En una de ellas habló el gerente de Tizado -una de las principales empresas de countries-, habló una ambientalista de primerísima línea, habló un español de los barrios cerrados en las afueras de Madrid, y hablé yo. Lo mío cayó mal. Demostré cómo, cuantitativamente, los efluentes cloacales de tales countries, sobre todo del Nordelta, van a la zanja de la calle. El de Tizado, a los gritos, me contestó que no. «Mire, lo constatamos con el jefe de Obras Públicas del municipio de Tigre», le dije yo. Antes, cuando llegaba la sudestada, en los barrios pobres entraba agua pero se iba rápido. Ahora, entra y se va mucho más despacio. ¿Por qué? Por los countries que hacen su contención, amurallan el agua y joroban a los barrios pobres». La relación countries-estados municipales aquí descripta sin duda alberga aspectos propios de una relación clientelar.

Dijimos que los medios brindan indicios de la existencia de cierta estructura en las relaciones clientelares. Observemos la caracterización que hacen de ella. Los términos utilizados en las notas son reveladores: ejército, aparato, aceitada maquinaria, estructura, red y trama. La secretaria de Promoción Social porteña describe al clientelismo político como una trama «que se sostiene en el reparto de alimentos», dando idea de cierto tipo de organización, sustentada en un intercambio.

Clarín comenta sobre las manzaneras: «fueron elogiadas por su trabajo y criticadas por estar asociadas a algunas de las prácticas más espurias de la política: el clientelismo. Pero sobre todo, fueron las que le dieron a Hilda ‘Chiche’ Duhalde un sello propio. Son las manzaneras, el ejército de más de 42 mil mujeres que ella armó para distribuir ayuda social». Una acepción del término ejército es: «gran multitud de soldados unida en un cuerpo al mando de un general». Viene bien para acercarse a las connotaciones de su uso para definir el clientelismo. Sin siquiera pensar en sus connotaciones militaristas, un ejército da idea de disciplina, de lealtad, de subordinación a los superiores, incluso, en Argentina, de obediencia debida. ¿Será así el «ejército» de manzaneras?. ¿Tendrán relaciones militarizadas con los pobres a quienes asisten?. ¿O la relación militarizada sería entre ellas y Chiche Duhalde?.

En La Nación, describen a otra estructura clientelar también como un ejército, pero con un elemento adicional: el temor. «La sociedad santiagueña vive -dice la cronista- sumida en el terror político. Los que idolatran al viejo caudillo Carlos Juárez y a su mujer, Marina Mercedes Aragonés, apodada Nina, les temen y compiten por alabarlos hasta el hartazgo con el fin de no quedar fuera del círculo íntimo». El clientelismo parece, siguiendo esta lectura, sustentado principalmente por los intercambios y, si hiciera falta, por el temor. Como en los buenos ejércitos donde los subordinados mantienen una relación de respeto y temor hacia sus mandos.

Resta agregar otro elemento, que es también un estereotipo: el clientelismo es decisivo en tiempos electorales. «La influencia de su rama femenina -la de Nina Aragonés- («las quijotes con faldas», como las llama ella) no es nada desdeñable. Un verdadero ejército de mujeres (hay 18 diputadas sobre un total de 35) distribuye la ayuda social y forja la actividad de los punteros, clave en los procesos electorales».

¿Cuáles son las relaciones establecidas por los actores, insertos en estas estructuras?. Indicamos que los medios ven temor, de los clientes hacia sus punteros o patrones. Otro tipo de relación es la de protección. Al patrón clientelar lo ven como caudillo, un protector, que soluciona los problemas ningún otro -en ese contexto- resuelve. ¿Genera miedo alguien que protege y soluciona problemas?. Seguramente lo que crea es dependencia. O sea, incapacidad para encontrar respuestas fuera de la red clientelar. Los diarios hablan de dependencia, especialmente al referirse a los empleados públicos, quienes para mantener sus puestos laborales deben respaldar a sus patrones en la red. Así el juarismo santiagueño triunfó en las elecciones provinciales del 2002, gracias a que «su apuesta fue «provincializar» la elección, recostándose en su aparato político y en los empleados públicos que tienen su sueldo al día, el 75 por ciento con pesos y el 25 restante con Lecop. El gasto público alcanza el 40 por ciento del producto bruto interno provincial».

El temor y la dependencia no son seguramente las únicas relaciones establecidas entre patrones, mediadores y clientes. Sin embargo, son las únicas que encontramos en una lectura atenta de los tres grandes diarios nacionales. ¿Qué otros tipos de relaciones aparecerán?. Los estudios académicos hablan de cuestiones vinculadas con la pertenencia de patrones, mediadores y clientes a los mismos círculos familiares, étnicos, religiosos, deportivos, lo cual permite pensar que las relaciones clientelares llevan implícitas cargas de afectividad, solidaridad, compromiso mutuo. Estas cuestiones, no obstante, no las encontramos en los artículos analizados.

3.2. Los intercambios clientelares

El intercambio es imprescindible para la existencia de clientelismo, aunque las relaciones clientelares no se agoten en él. Dijimos que los diarios presentan al clientelismo como una relación exclusiva de pobres con políticos. Esa primer definición fija los límites de lo intercambiado. Los patrones aportan, según estos medios, básicamente alimentos, subsidios por desempleo (del tipo Plan Jefe de Hogar o Trabajar) y empleo público. Un columnista de Clarín afirma que el clientelismo recrudeció, basándose en un aumento del empleo público: «De acuerdo con estos funcionarios -dice- la industria del clientelismo político ‘hasta cobró mayor impulso’, como lo prueba el fuerte aumento del plantel de contratados en el Estado».

Otros artículos incorporan nuevos elementos intercambiados. Una ex ministra de Trabajo nacional, quien señaló al clientelismo como presente en los sindicatos, marca a los beneficios de las obras sociales como parte de la transacción. La Cámara de AFJPs dice que el clientelismo intercambia pensiones. Lo afirma en el marco de su oposición a una reforma previsional que prevé, entre otras cuestiones, un sistema de pensiones para quienes no tengan aportes. «Hoy las Administradoras de Fondos de Jubilación y Pensión (AFJP) van a salir con los ‘tapones de punta’ contra la reforma previsional que impulsa el Ministerio de Trabajo. Según las empresas de jubilación privada, las bases de esa reforma, elaboradas por la mayoría de una Comisión de Expertos en la que los representantes de las AFJP, bancos, UIA y compañías de seguros se negaron a firmarlas, tienen ‘limitaciones técnicas’, no cuentan con ‘cálculos de proyecciones que le den sustento’ y carecen ‘de consenso’. Y agregan que se trata de ‘un instrumento para garantizar el clientelismo político y por eso no debe ni puede prosperar, ni siquiera ser tenido en consideración'». El «no puede ni debe prosperar» quizás deba leerse como más vinculado a un beneficio empresarial que a la voluntad de terminar con el clientelismo.

Tanto en la referencia a los sindicatos como a las pensiones, sólo detectamos una mención y provino, en ambos, de personas o entidades que tienen (o tuvieron) intereses personales o sectoriales en esas áreas. Lo cual si bien no invalida la opinión, le otorga un matiz cargado de parcialidad.

Esto es lo que patrones y mediadores aportan al intercambio. ¿Qué reciben como devolución?. Poco hablan de ello los medios, tal vez por sobrentender que se trata de apoyo electoral. Si bien algunos artículos mencionan que un gobernador ganó gracias al clientelismo, las menciones al aporte de los pobres al intercambio electoral son escasas.

Javier Auyero detectó que los actos políticos son momentos importantes para quienes participan de una red de resolución de problemas . Menciona, no obstante, que la concurrencia al acto no es entendida como obligación a cambio de la ayuda recibida. Algunos clientes fundamentan su concurrencia a actos por «gratitud» a su puntero, «colaboración» y hasta por «entretenimiento». Dice Auyero: «desde un punto de vista alejado, el acto es visto como un producto de las cosas que se dan, y los agentes que asisten como sujetos pavlovianos que responden mecánicamente a incentivos materiales. Si tomamos en serio al punto de vista de los clientes vemos que el acto -sea este conceptualizado como colaboración, como expresión de gratitud, o como ocasión para pasarla bien- no es un evento extraordinario sino parte de la resolución rutinaria de problemas. No es un addenda al acto de resolver un problema, de obtener una medicina, o un paquete de comida, o -en el mejor de los casos- un puesto público, sino que es un elemento dentro de una red de relaciones cotidianas. Ciertamente, uno de los resultados constitutivos de esta red de resolución de problemas es la asistencia a los actos. Pero entender a esta asistencia masiva como un mero producto de la distribución personalizada de bienes y favores es ‘una distorsión que se acerca al desfiguramiento'».

El cura y militante del MTD, Alberto Spagnolo, brinda la única mirada que se encontró en los artículos sobre el tema del acto. Una mirada opuesta a la de Auyero. Refiriéndose a los beneficiarios de planes, Spagnolo afirma: «se les daba 150 pesos a cambio de lo cual barrían calles y plazas. Y, cuando había actos políticos, los metían en los colectivos para ir a aplaudir y gritar. Al que no iba le retiraban el subsidio» .

El otro aporte de los pobres al intercambio con sus patrones y mediadores mencionado por los medios es la participación en saqueos. Un artículo, aparecido en La Nación, muestra las diferencias entre saqueos argentinos y uruguayos. Los saqueadores argentinos que terminaron con De La Rúa -dice la nota- actuaron movidos por punteros políticos, en el marco de relaciones clientelares. «En el Gran Buenos Aires -dice el corresponsal en Montevideo- era evidente la presencia de hombres adultos, presumiblemente vinculados con punteros políticos. Los uruguayos destacan que aquí la ayuda social no está vinculada con el clientelismo partidario como ocurre en la Argentina». Aparentemente ciertos clientes «devolvieron» con saqueos los favores recibidos.

En síntesis, de la lectura de los tres diarios, extraemos que los intercambios pasan principalmente por ayuda social a los sectores desprotegidos de la sociedad, sea en la forma de alimentos, subsidios, empleo público, pensiones, beneficios de obras sociales, etcétera. Los clientes aportaron al intercambio: votos, presencia en los actos partidarios y participación en los saqueos previos al 20 de diciembre. Pronto veremos que el intercambio, condición sine qua non del clientelismo, no es el único aspecto que juega en una relación clientelar. En ese sentido, ¿los medios analizados contemplan los aspectos que exceden la transacción?.

Si los mediadores son «figuras cardinales en la producción y reproducción de una manera ‘especial’ de distribuir bienes, servicios y favores, en la articulación de un ‘lazo de amor’ imaginario -una ideología implícita- que relaciona a los mediadores y los así llamados ‘clientes'» , los momentos propios de los intercambios serán aquellos en que esa «manera especial de distribuir» -el «lazo de amor imaginario»- cristaliza. No obstante del análisis de los diarios Página/12, Clarín y La Nación no surgen referencias al momento del intercambio. No encontramos descripciones ni comentarios sobre esos instantes en que se construye, entre mediador y cliente, una relación que excede largamente la transacción. Aparentemente, esta situación pasó totalmente desapercibida para los medios y, por lo tanto, no será adecuadamente justipreciada por los lectores.

Falta conocer el origen de los aportes de los patrones al intercambio. ¿Cuál es el origen de los recursos volcados al clientelismo?. La respuesta es clara: el Estado. Es unánime la referencia al Estado, en cualquiera de sus niveles, como aportante de los recursos que luego van al intercambio. Y esto es lo verdaderamente grave, ya que los recursos del Estado no debieran distribuirse discrecionalmente. Utilizar bienes públicos para establecer relaciones personalizadas, sin respetar derechos ciudadanos, transforma al clientelismo en una práctica sumamente condenable.

El director de la ONG Article 19, entrevistado por Página/12, da su interesante visión. «El clientelismo -dice Puddephartt- es un elemento que está en la raíz de la crisis. El control del Estado en este sistema político se usa para distribuir recursos a favor de los clientes. La política no es una competencia ideológica de ideas acerca del tamaño del Estado, o acerca del nivel de beneficios o bienestar social que se pagará según lo determina una plataforma política tradicional de izquierda o derecha. Sin esto se convierte en un conflicto de grupos de patrones, entre los que pueden tomar control del Estado para distribuir los recursos» . De esta forma el Estado se convierte en botín de guerra utilizado para el clientelismo. Natalio Botana, desde La Nación, coincide: «¿hasta cuándo el gobierno nacional puede darse el lujo de permitir que en algunas provincias un clientelismo irresponsable dilapide recursos escasos destinados a combatir la miseria?.Sabemos que esta pregunta no tiene respuesta fácil, pues juegan en ellas la deficiencia de nuestras burocracias y las facciones partidarias que insisten en capturar los recursos públicos como cosa propia. De todos modos, estas cuestiones revelan la endeble legalidad democrática (según algunos, decrépita e insignificante) con que tenemos que hacer frente a esta tormenta». Botana introduce un tema vital al plantear que el clientelismo y su buena salud son un indicio de una democracia endeble.

3.3. Los aspectos subjetivos de las relaciones clientelares

Hemos repetido que la relación clientelar no se reduce a una transacción entre patrones o mediadores y sus clientes, que el intercambio es un elemento imprescindible pero no todo acaba allí. La relación clientelar incluye lo que llamamos «aspectos subjetivos», que se cristalizan en la «manera especial» con que los mediadores distribuyen los recursos. Auyero conceptualiza los aspectos subjetivos como «el conjunto de creencias, presunciones, estilos, habilidades, repertorios y hábitos» que acompañan los intercambios.

Los aspectos subjetivos, al igual que el momento del intercambio, no son desarrollados por los diarios estudiados. Ambas cosas tienen estrecha relación, ya que es precisamente en el momento de concretar el intercambio cuando se establecen estas relaciones que llamamos aspectos subjetivos.

No obstante, sin definirlos de esta forma, encontramos tres referencias a lo subjetivo de la relación clientelar, de difícil detección con una lectura común de los diarios.

El cura Meisegeier es quien, no casualmente con una visión desde abajo, diferencia el clientelismo de los punteros políticos del de las organizaciones piqueteras. «En este momento -dice el sacerdote- de mayor pobreza, es muy, muy difícil superar la clientelería política. Si vamos al caso concreto de los piqueteros, usted tiene tres líneas políticas: CTA, totalmente comprado con planes Trabajar o planes Jefes y Jefas de Hogar; Barrios de Pie o la Aníbal Verón, menos en eso o que quieren apartarse de eso. Los piqueteros de la CCC están en un comportamiento clientelar, pero es un modo clientelar distinto del puntero, que baja al barrio, deja la merca y se va. O que baja, saca su buena tajada y deja algo en el barrio» . Sugiere que las relaciones establecidas con las organizaciones piqueteras incluyen otro tipo de aspectos subjetivos, se mueven dentro del marco de otras creencias, estilos, habilidades, hábitos o repertorios.

Las otras dos descripciones de aspectos subjetivos encontradas se refieren al ex gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, y son ejemplos de un clientelismo de mayor densidad. En Página/12 presentan párrafos de un libro sobre «el Adolfo», donde el por entonces candidato camina en una plaza. Se acercan personas, y él les entrega dinero, tal vez simplemente para no sufrir la molestia de «aguantarlos». El otro caso es comentado por un editorial de La Nación, que refiere un «absurdo concurso escolar organizado en la provincia de San Luis para glorificar o ensalzar la personalidad del precandidato presidencial Adolfo Rodríguez Saá». En la misma nota comentan la existencia, años atrás de un libro de historia, que contenía 17 fotos del entonces gobernador. «El insólito y ahora malogrado concurso escolar -opina La Nación- constituía, por otra parte, un despropósito particularmente notorio en la presente instancia de crisis que vive la República, necesitada como nunca de ejemplos de transparencia democrática y, sobre todo, de un liderazgo renovado acorde con el espíritu de los tiempos. Nada más alejado de ese moderno liderazgo que este inquietante residuo de una notoria relación clientelística y prebendaria».

Observamos que los aspectos subjetivos de las relaciones clientelares pasan desapercibidos en las noticias que La Nación, Página/12 y Clarín publicaron durante los últimos seis meses del año dos mil dos. Un lector imaginario no comprenderá, a partir de la lectura de estos medios, el fenómeno clientelar en su globalidad, sino que permanecerá con una visión parcializada.

3.4. Los estereotipos

Los analistas del clientelismo ponen en discusión los estereotipos que circulan alrededor del tema. De algunos ya hablamos, por ejemplo, de su reducción a mera transacción de «favores por votos», o del que lo circunscribe a una «cosa de pobres». Otro estereotipo, tal vez el más difundido, es la creencia de que el clientelismo político es, por sí solo, suficiente para ganar elecciones. Los artículos analizados refuerzan estos estereotipos, quizás no por ser la opinión de los medios, sino porque muchas veces transmiten opiniones de actores que creen fervientemente en ellos, principalmente -tratándose de políticos- en el que habla del poder electoral del clientelismo.

En el análisis de las notas, encontramos importantes referencias respecto del tema. Clarín anticipa que el PJ ganará seguramente las elecciones para gobernador de Santiago del Estero (2002) e implícitamente vincula lo electoral con el clientelismo: «en esta provincia empobrecida, el Estado es la principal fuente de trabajo: hay 45 mil empleados públicos y más de 25 mil contratados. El clientelismo político está en boca de todos. Juárez -85 años, cinco veces gobernador- y su esposa, son más ensalzados que Perón y Evita». Página/12 completa la visión: «el resultado está tan cantado que ni encuestas se hicieron. Esa realidad hace que estos comicios no puedan tomarse como anticipo del proceso electoral nacional. Santiago del Estero tiene una lógica amasada al calor de un poder cuasifeudal y clientelista. Una lógica elemental y efectiva: el 80 por ciento son empleados del Estado, de ese total más de la mitad son contratados que, si quieren conservar el trabajo, tienen que votar al oficialismo. ‘Los santiagueños no quieren reconocer que tienen miedo a tener miedo’, solía repetir el obispo Gerardo Sueldo, histórico opositor a Juárez hasta su muerte en un accidente. ‘No debemos votar usando el estómago, ni el bolsillo’, advirtió ahora el obispo de Añatuya, Antonio Baseotto». Una breve digresión. ¿La cita de Página/12 refiere a clientelismo o a corrupción?. El clientelismo político del que hablamos en este trabajo pasa por una relación entre patrones/mediadores y clientes, dónde además del intercambio dichas relaciones se fortalecen por la pertenencia común a determinadas creencias, identidades, etnias, religiones, etc.. Lo que leemos de Santiago del Estero poco tiene que ver con esta cuestión, sino con la coacción del votante, lo cual no es clientelismo político, es delito. Sólo que acostumbramos usar el mismos vocablo con distintos significados.

En el mismo sentido, los integrantes del gobierno tucumano de Miranda parecieron atemorizados de que la ex primera dama, Hilda Duhalde, les quitase el manejo de los planes de ayuda social. «El sistema -dice Clarín- pareciera fundarse en el clientelismo político, que muchas veces se traduce en ‘votos a cambio de los bolsones con comida’. El temor de los mirandistas es que la primera dama les quite el manejo de los programas sociales. ¿Estará ‘Chiche’ dispuesta a llevar las cosas a ese extremo? ¿O buscará un arreglo que permita la sobrevida del sistema? ¿Cómo deberá reaccionar éste frente al desafío? ¿En manos de quiénes quedarán los bolsones? Son las preguntas que hoy se hacen todos los mirandistas». La pregunta que seguramente más preocupaba a los mirandistas sería, ¿si nos quitan los planes, cómo ganaremos las elecciones?. De nuevo, el uso de la ayuda social en beneficio político es propio del clientelismo, pero en el marco de niños muriendo por desnutrición comienza a abandonar la figura de clientelismo para ingresar en la mera corrupción. Igualmente los mirandistas tienen la convicción de que con planes sociales se ganan elecciones, o sea el clientelismo junta votos.

Minoritarias voces discuten el estereotipo. El clientelismo, dicen, ya no alcanza para ganar elecciones. Terragno, precandidato a presidente de la Nación por la UCR (2003), otorga a «los aparatos» un poderío sumamente devaluado. «Yo llegué a la presidencia del partido con la oposición del aparato y soy senador porque le gané a los aparatos. El mito según el cual no se puede avanzar sin una maquinaria tradicional está desvirtuado por los hechos. Los aparatos cada vez tienen menos importancia y menos poder, a la gente ya no se la puede mover de un lado a otro a voluntad de un caudillo de barrio. Todavía hay muchos remanentes, pero eso va a ir cambiando». Terragno se contradice, ya que en la misma nota afirma que los partidos pierden poder mientras lo asumen las personas. Casualmente, una de la características propias del clientelismo es precisamente la personalización. «Yo creo -dice Terragno- que los partidos no gobiernan más. Gobiernan los presidentes y los equipos, los partidos acompañan y contienen, pero no hay más gobiernos de partidos». Fuera de esta opinión no se encontraron otras en el sentido de que el clientelismo no alcanza para ganar elecciones, sí por el contrario, abundan los candidatos que afirman no competir en elecciones internas porque en ellas el poder del aparato es decisivo. Queda claro que al hablar de aparato se refieren a la estructura de dirigentes, punteros y simpatizantes movidos a partir de las órdenes de un jefe.

3.5. ¿Qué es el clientelismo?, según los diarios

El concepto de clientelismo es altamente complejo. Sus múltiples dimensiones hacen difícil reducirlo a una síntesis que lo abarque en su complejidad. Los medios hablan de clientelismo, aunque sin hacer referencia al concepto utilizado académicamente. Ya dijimos -con Emilio Tenti Fanfani- que el clientelismo se usa tanto en la lucha política como en la academia, no siendo beneficioso que ésta le dé el sentido que aquella le otorga. En los medios el concepto no está claramente definido, más bien subyace en las referencias que al fenómeno clientelar se realizan. No obstante se lo refiere en términos similares a los usados en el campo político.

¿Qué referencias encontramos al concepto de clientelismo en los diarios La Nación, Clarín y Página/12 durante el período analizado?. No hay -ni se espera que las haya pues la función de un diario no es definir términos- referencias precisas a la definición conceptual. Sí encontramos calificativos que dan indicios, permitiendo un primer acercamiento a lo que subyace. Muchas de esas afirmaciones parten de columnistas o notas de opinión, con lo cual no son concordantes unas con otras o con la opinión editorial del diario.

En una columna del suplemento de economía de Clarín utilizan el término «industria» como referencia. Según la nota, hablando del aumento del gasto público, funcionarios habrían expresado que «la industria del clientelismo político ‘hasta cobró mayor impulso'».

El clientelismo sirve de excelente excusa. Las AFJPs lo utilizan como argumento para evitar pensiones para quienes no tienen aportes. El economista José Luis Espert se refiere al clientelismo, utilizándolo como fundamento para una curiosa opinión: «Espert dijo -escribe La Nación- que la lucha contra la evasión no aporta al fisco. ‘Por más que se cacaree en ese sentido -señaló-, la evasión no va a bajar con estas alícuotas, mientras persista el clientelismo y la corrupción'». Un uso concreto del clientelismo en la opinión de economistas y funcionarios que los diarios reflejan pasa, entonces, por la defensa de cualquier interés ideológico o sectorial: evitar pensiones, opinar contra el gasto público o desestimar la lucha contra la evasión. Para neutralizar este tipo de cuestiones el clientelismo es un concepto de referencia a la hora de fundamentar.

Desde veredas ideológicas opuestas a los economistas neoliberales los medios transmiten distintas versiones del clientelismo. Lo ven como algo negativo, que debe ser superado o contra el que se combate. El psicoanalista Juan Carlos Volnovich, en una nota de opinión, enmarca su referencia al clientelismo en lo que denomina «el discurso de la resistencia». «Este discurso -dice Volnovich- apela a la construcción, a la reconstrucción de lazos sociales y exalta el insoslayable mérito de una trama urbana basada en redes solidarias y creativas. Registro de la originalidad con que varones y mujeres aceptamos el desafío de sobrevivir a despecho de los que están convencidos de que sobramos, el discurso de la resistencia pone el foco en las ingeniosas formas de gerenciar la miseria que nos queda, en las propuestas alternativas para administrar la decadencia. En última instancia, reivindica el legítimo derecho que tenemos a permanecer en función de lo que alguna vez fuimos y reclama para nosotros algo más que el lugar de guardianes de un museo; algo más que el papel de custodios de las ruinas que perduran para dar testimonio de una pasada «época de gloria». En este contexto el psiconalista comenta las acciones de organizaciones piqueteras que «eluden exitosamente la trampa tendida por el clientelismo político», con lo cual el clientelismo se transforma en trampa a evitar.

Un dirigente del PT brasilero, comentando las dificultades futuras del gobierno de Lula por no tener manejo propio del Legislativo, manifiesta «el Congreso está dominado por la reacción, por el clientelismo». Con lo cual iguala al clientelismo político con la derecha, así quienes ejercen prácticas clientelares podrían ser caracterizados como derechistas. Hecho que incomodaría a muchos partidos políticos del «progresismo» argentino, que se identifican como de izquierda y mantienen prácticas clientelares de alta densidad . Si el clientelismo es una práctica propia de «la reacción» quienes la apliquen no podrían considerarse «la izquierda».

El diario La Nación tiende a conceptualizar al clientelismo como «un tradicional vicio» que es, además, anacrónico. Refiriéndose a irregularidades en el Plan Jefes de Hogar señala que algunas «provienen de los tradicionales vicios que son inherentes al clientelismo político» . En otra nota retoman el término «vicio» para caracterizar al clientelismo. Hablando del Diálogo Argentino expresan: «este diálogo no se propone obtener efectos inmediatos, sino permanentes, y supone ‘la valoración de la política como espacio de construcción del bien común’, lo que requiere rescatarla de vicios como la corrupción en el ejercicio del poder, el clientelismo y el internismo» . El calificativo de anacrónico viene adherido al caudillismo, aparentemente los anacrónicos caudillos, eran fervientes practicantes del clientelismo. ¿Quién mejor que el paradigmático Carlos Juárez?. «Mientras crecen en el país los reclamos en favor de una enérgica renovación de la vida política, tendiente a erradicar el clientelismo prebendario y a darle mayor legitimidad al sistema institucional, algunas provincias continúan atadas a los peores hábitos del pasado. Impera en ellas, en efecto, un caudillismo personalista decadente y anacrónico, fundado en el manejo inescrupuloso del asistencialismo estatal, puesto al servicio -casi siempre- de un aparato partidario hegemónico» .

Natalio Botana hace un interesante aporte al relacionar al clientelismo con la oligarquía y la manipulación de las instituciones democráticas. «Las oligarquías abrevan en la idea de que el poder es algo que puede ser poseído como una cosa que se puede manosear. Donde hay manipulación de las instituciones hay oligarquía: las instituciones, carentes de autoridad, son fachadas que ocultan una madeja de poderes (no sólo políticos) que abusan de los recursos ciudadanos. ¿A cuánto llega este desperdicio? No lo sabemos a ciencia cierta, aunque lo intuimos abundante. Esto también es parte del juego oligárquico» . Es importante el planteo de Botana en el sentido de que puede emparentarse con la existencia de una ciudadanía de baja intensidad y, a la vez, por no caer en el esquematismo efectista de achacarla exclusivamente a la política. Entendemos que Botana al hablar de instituciones se refiere a aquellas propias de la democracia, pero igualmente podríamos hablar de institucionalidad es en conflicto, ya que el clientelismo puede ser considerada también una institución . Y «las instituciones tienden a ser resistentes y duraderas, especialmente cuando tienen profundas raíces históricas; el particularismo, por cierto, no es excepción. El particularismo -afirma O’Donnell- es un rasgo permanente de la sociedad humana, que sólo en épocas recientes, en ciertos lugares y en ciertos ámbitos institucionales pudo ser moderado por normas y reglas universalistas. En muchas poliarquías nuevas el particularismo está fuertemente asentados en sus instituciones políticas formales» . Así la institución del clientelismo permea las instituciones de esta democracia delegativa, con ciudadanía de baja intensidad, transformada en contexto favorecedor para el desarrollo de prácticas clientelares.

En resumen los tres diarios estudiados no presentan un concepto unívoco de clientelismo, aunque prevalecen tanto en sus editoriales como en la opinión de sus columnistas indicios de una conceptualización algo simplista del fenómeno clientelar. Existen también excepciones, en general en columnas de expertos, que superan esta mirada esquematizadora e intentan una comprensión más amplia.

3.6. La relación clientelismo-política

Dijimos desde el análisis cuantitativo que La Nación, Clarín y Página/12 en sus notas ven a la política como el lugar preponderante del clientelismo. Mostraremos en este apartado de qué manera presentan de la relación política y fenómeno clientelar.

Hay quienes llevan al extremo la relación y presentan a la política como una actividad basada exclusivamente en el clientelismo. «La política, que ya no se ve como la ciencia o el arte de gobernar, sino como el ejercicio del clientelismo, del amiguismo y del favoritismo». El historiador Halperin Donghi, criticando la existencia de clientelismo en la Universidad de Buenos Aires, recurre a una idea similar, considerando que hubo una «transformación de la política en una actividad destinada a organizar sistemas clientelares» . El sociólogo Pedro Krotsch a su vez afirma que la partidización de la universidad fue negativa. Podríamos pensar que la partidización universitaria trajo consigo una práctica común de los partidos políticos: el clientelismo .

Otra cuestión, que reafirma lo anterior, es que el clientelismo no es exclusividad de ningún partido político. Abundantes crónicas describen casos de clientelismo en diversos partidos: desde el Justicialista hasta la UCR, pasando por el Movimiento Popular Neuquino. Las prácticas clientelares atraviesan a las fuerzas políticas más importantes, independientemente de su posición en el arco ideológico.

El sociólogo Portantiero intenta clarificar la crisis de representación política en Argentina. «Las tradicionales configuraciones políticas parecen sordas y permanecen inmóviles frente a los reclamos de la ciudadanía. Amuralladas tras una lógica autorreferente de comportamiento, viven más preocupadas por mantener sus mecanismos de reproducción interna que por mediar entre la ciudadanía y el Estado. En los casi veinte años de democracia llevaron al agotamiento sus estilos de patronazgo y clientelismo articulados alrededor de las figuras de los «punteros», empresarios de votos y de lealtades entre los partidos y las fuentes locales de poder. Así se transformaron en máquinas prebendalistas, con un financiamiento oscuro amañado en colusión con los gobiernos, sin educación para sus cuadros, sin perfiles ideológicos ni programáticos definidos y con escasa renovación de las figuras que presentaban ante el electorado» .

Ante esta situación aparecen incipientes planteos alternativos, algunos muy cercanos al mero maquillaje. Los dirigentes políticos apuestan a la interna abierta, presentada como la solución a los males de «la vieja política». Los medios reproducen opiniones que tienden a hacer descansar en la interna abierta, obligatoria y simultánea la solución para esta situación. La interna rápidamente dejó de ser simultánea y obligatoria y pasó a ser sólo abierta. Algunas opiniones dan una idea del panorama que revelan los diarios sobre esta temática:

Néstor Kirchner reclamó que «las internas partidarias del PJ sean ‘abiertas, simultáneas y con voto obligatorio de la gente, porque de otra manera los aparatos y el clientelismo político pueden condicionar este proceso'». Felipe Solá señaló que «el nuevo sistema constituía un claro avance en la transparencia del proceso de selección de candidatos, dominado muchas veces por el clientelismo y la patota. (…) Las elecciones internas dan fuerza a los candidatos, los legitiman y, además, los obligan a desarrollar y exponer un proyecto, y lo que tenemos que tener en claro es que de la situación actual no se sale si no hay un proyecto claro».

Juan Carlos Maqueda relaciona clientelismo con afiliación, siendo ésta un hecho central de una interna cerrada: «el legislador habló de clientelismo y de prebendas: destacó que es un fenómeno que se da en todas partes del mundo y que la diferencia en la Argentina, como señala el informe, esta dada por su magnitud. ‘Aquí, los altos niveles de afiliación hacen que el puntero político tenga una dimensión extraordinaria'».

Una nota de opinión de La Nación participa de este optimismo: «en el sistema de internas abiertas, por el contrario, la sociedad entera puede participar en la elección de los candidatos del partido de su preferencia. Aunque no se trate de un elegido por la «estructura», cualquier contendiente tendrá razonables posibilidades de triunfar, porque podrá lograr el apoyo de los simpatizantes no enredados en la maraña burocrática. Y así sucederá en todos los partidos. Es decir, el ciudadano se sentirá atraído para intervenir porque su participación tendrá un valor real de decisión. A la vez, con el tiempo, necesariamente mejorarán los candidatos, pues van a ir surgiendo en todas las organizaciones figuras de mayor calidad. Las internas abiertas irán provocando el final del caudillismo opresivo pues, al contar con la libre participación independiente, los candidatos no serán digitados por cúpulas de las que ya no dependerán».

No estamos cuestionando aquí a las internas abiertas como un avance que permite la participación de sectores más amplios de la sociedad en la selección de candidatos, sino cierto optimismo exagerado que las presenta como la panacea. Las internas abiertas realizadas hasta el momento (abril 2003) demostraron que incluso profundizan los defectos de las cerradas. Los aparatos mantienen una importancia fundamental, recuérdese la abierta presidencial de la Alianza entre De La Rúa y Fernández Meijide. Los punteros se sienten a gusto en una interna abierta, tienen «más mercado» no deben limitarse a los afiliados sino que pueden trabajar sobre los sectores independientes o sobre afiliados a otros partidos, habiéndose llegado inclusive a la denuncia de compra lisa y llana de votos. Más aún se habla de «transacciones» entre dirigentes locales para que cada uno sortee con éxito su respectiva interna, «prestándose» clientelas mutuamente en la fecha de la elección. Seguramente un buen sistema de elecciones abiertas, obligatorias y simultáneas solucionaría algunos de estos defectos. En Argentina no hay experiencias al respecto hasta este momento. No obstante no encontramos en las notas sobre clientelismo de los diarios estudiados un debate de ideas sobre este tema. Más bien sólo difusión de opiniones que, generalmente, olvidan que una interna abierta no es la solución para todos los males de la crisis de representatividad política en Argentina.

Si bien el clientelismo parece (y no lo es) propiedad exclusiva de la política partidista, algunas notas lo vinculan con organizaciones políticas no partidistas (aunque partidizadas) como la universidad, sindicatos, piqueteros o, inclusive, la propia Iglesia Católica.

A la Universidad de Buenos Aires la describen como partidizada y clientelar. ¿De dónde nace la partidización?. «Es una historia larga y dramática -dice Krotsch-. La autonomía relativa de las instituciones en Argentina ha sido siempre muy débil, porque han estado permanentemente atravesadas por el poder, ya sea de los partidos políticos o de la intervención militar directa. Si nos detenemos en la recuperación de la democracia, en 1983, tenemos un ejemplo concreto. Aparece Franja Morada, ligada explícitamente a un partido político, la UCR. Esto no tiene nada que ver con los ideales de la Reforma del 18, que siempre se expresó a través de un movimiento que disolvía los intereses particulares de los movimientos políticos. Tenía su propia ética y su propia forma de valorar la militancia académica, que no coincidía para nada con los valores hegemónicos en los partidos políticos» . Es extraño que, aunque esta descripción puede aplicarse a todo el sistema universitario argentino, sólo aparezcan notas referidas a la Universidad de Buenos Aires, sin menciones a otras universidades del país. Tal vez porque la UBA fue el paradigma más claro de esta partidización universitaria.

El ex vicepresidente Chacho Alvarez, refiriéndose a la falta de autocrítica en el radicalismo, coincide en señalar la utilización de la universidad con fines partidistas. «El (se refiere a Alfonsín) dejó hacer ese radicalismo que es una especie de vale todo. Nunca se planteó hacer una reforma cultural fuerte. Además participó, en un partido que venía del fracaso del 89, de una teoría conspirativa, la del golpe de mercado, que los dejó tranquilos y no les dejó revisar su funcionamiento, los métodos, el internismo, los usos de las instituciones para financiar el partido, lo que pasaba en la UBA con Franja Morada, que hacía discurso antimodelo pero que también usaba a la universidad para financiar el aparato partidario» .

Un dato importante es que al referirse a la universidad como vinculada al clientelismo siempre hacen referencia al sector estudiantil. Aparentemente son los centros de estudiantes -principalmente los de Franja Morada- quienes mantienen relaciones clientelares con la conducción de la universidad o con el resto de los estudiantes. Nadie habla de otro tipo de relaciones clientelares existentes, especialmente en los concursos para la cobertura de cargos de profesor o en las relaciones entre académicos y rectorado o decanato. De nuevo, como en el caso de la relación empresas-clientelismo, parece que sólo mantienen relaciones clientelares los más débiles: en la política partidista, los pobres; en la universidad, los estudiantes.

Respecto de relaciones clientelares al interior de la Iglesia no hay referencia alguna en los tres medios estudiados. No obstante, un ex párroco narra una relación clientelar poder político-Iglesia Católica. Leamos el relato de Spagnolo, entrevistado por María Ester Gillio:

«-Yo sigo siendo sacerdote, la ordenación es un sacramento. Es como el bautismo. No se pierde nunca.

-Lo cual no quiere decir que conserve su lugar como párroco.

-No lo conservo, en el año ’98 me suspendieron la licencia porque participaba en los cortes de ruta.

-¿Cómo fue eso?

-Mientras yo trabajaba en la Pastoral Social, un movimiento de desocupados que buscaban trabajo, el obispado no decía nada. Estaba de acuerdo. Cuando mi actitud fue más combativa, empezaron los problemas. Porque, además, en ese momento Duhalde empezó a presionar al obispado.

-Duhalde era gobernador.

-Sí, era gobernador y empieza a presionar diciendo que va a retirar los fondos que daba a las iglesias si seguíamos molestando.

-¿Dijo «molestando»?

-Algo un poco peor. Decía: ‘Cómo puede ser que en un ámbito cristiano se esté alimentando la violencia’. El dijo eso y el obispo Jorge Novak optó por el poder. Nos pidió que sacáramos a los desocupados. A un cura de Varela lo hizo salir.

-Usted era párroco de este barrio.

-Sí. Yo consulté a la comunidad: «¿Qué hacemos?», pregunté. La comunidad dijo: «No, que el obispo venga y dé la cara, que diga por qué hay que echar a los trabajadores».

-¿De las iglesias?

-Bueno… de los edificios de las iglesias. La comunidad le pidió que viniera a hablar, que explicara por qué decidía obedecer a Duhalde contra la opinión de la comunidad. Ahí se produce un conflicto entre la comunidad y el obispo, y la comunidad decide tomar la parroquia hasta que Novak venga a hablar.

-¿No fue?

-No, no fue e inició un juicio de desalojo ante los tribunales. Después de año y medio, el 22 de junio de 2000, viene la Infantería y nos desaloja.

-Y usted ya estaba suspendido.

-Ya estaba suspendido, me había apartado de la parroquia. Hoy no tengo relación con la Iglesia, la argentina.

-¿Querría volver?

-A una Iglesia en la que hay que obedecer al poder… No me hice cura para eso, para hacer caso a Duhalde u otro del mismo estilo»

En síntesis el aporte del Estado a la Iglesia Católica sirvió, según Spagnolo, como mecanismo de presión. ¿Se trata de una relación clientelar donde la Iglesia oficia de cliente del Estado?. No hay notas en los medios que describan relaciones clientelares entre la Iglesia y sus fieles. Otras religiones, y otros países, también relacionan al clientelismo con la religión. En una de las escasas notas de política internacional que mencionan el clientelismo, se vincula al islamismo con prácticas clientelares en Irán: «el concepto de igualdad, dogma de fe en el Islam, aparece deformado por un peculiar aspecto del chiismo iraní: el de Mardja-e-Taqlid (conceptualmente «el más sabio» en lo religioso-político y casi infalible) que hoy sería el «guía de la revolución» sayyid Khamenei, en torno del cual se ha desarrollado un ambiente de nepotismo y clientelismo en nombre del ideal religioso de 1979 que ha llevado al país a una situación crítica. Representa el ala más fundamentalista y se enfrenta con un ala no menos religiosa, pero mucho más abierta con el presidente Khatami, también sayyid» . La falta de descripción del tipo de prácticas clientelares observadas no permiten avanzar en la comprensión de las relaciones clientelares que pueden darse en el interior de congregaciones religiosas.

Otro ámbito donde el clientelismo incide es el de los medios de comunicación. No es, obviamente, un tema sobre el que abunden las referencias en los diarios. Página/12 publicó un informe desarrollando la actualidad de la televisión en el interior del país. Allí detecta fenómenos como la reducción de los presupuestos para la producción local, la desaparición de anunciantes, la restricción de oferta de canales de cable, y el agravamiento del clientelismo político. En relación a éste la nota explica cómo los canales del interior son cooptados por sus vinculaciones políticas: «se despliega, sin pudores, la mirada sesgada de un fuerte tono partidario en noticieros y programas periodísticos. La que aparece es una pintura parcial sobre los hechos. Cuenta Sandra Díaz, crítica de Pregón de Jujuy, que ‘el único canal abierto (Radiovisión Jujuy) es una empresa perteneciente a un senador justicialista que mira la realidad desde la óptica partidaria. Como San Salvador está en manos de radicales, se resalta en las noticias todo lo malo. El sufrimiento de la gente no se ve en la tele; en la tele se ve Telefé. Se mantiene la lógica de la dictadura: lo que no conviene, no se dice’. Caen los presupuestos, y el noticiero se vuelve complaciente con la gestión de turno. Surgen extrañas jerarquías para seleccionar la noticia del día». La crítica Mara Rodríguez, de La Mañana de Formosa, explica que «existen sólo dos canales estatales de un fuerte sesgo justicialista. Hay ciertos hechos que se cubren y otros que no. A la falta de mirada crítica se suma la carencia de recursos imprescindibles para estar bien informados» . Por supuesto que no será este el único tipo de relación clientelar entre los medios de comunicación y el poder. Siempre escuchamos insinuaciones sobre periodistas recibiendo sobres de organismos estatales, pero no son temas investigados por la mayoría de los medios de prensa. Esta fue la única referencia a relaciones del tipo clientelar a partir de los medios encontrada en el análisis de las notas. Sirve, al menos, para que el lector tenga una primera noticia de que este fenómeno existe, aunque no sea tan comentado como el clientelismo que incluye a los pobres.

En síntesis, a pesar de que el centrimetraje de los diarios indica que la principal relación clientelar es la de los pobres con los políticos, una lectura atenta encuentra indicios de clientelismo en otros sectores de la vida, siempre -claro está- vinculados con la política. Parece que la política es capaz de «clientelizar» (valga el neologismo) todas sus relaciones. Es un patrón de relación pasible de ser trasladado a las más diferentes relaciones en que la política está inserta, sea con sindicatos, medios de comunicación, religiones u organizaciones sociales (incluidas las aparentemente impolutas ONGs).

3.7. Clientelismo y ayuda social

Aunque dijimos que la asistencia social no se constituyó, por su grado de fragmentación, nunca en una política pública, sí es parte de las políticas sociales. En ese sentido, obviamente mantiene estrecha vinculación con lo partidario. El clientelismo según los diarios parece basarse en una relación establecida con los sectores más pobres de la sociedad. La ayuda social es una práctica política dirigida a los pobres, estos atributos la hacen blanco del clientelismo.

¿Qué dicen los medios analizados de la relación clientelismo y ayuda social?. En principio leemos opiniones críticas respecto de la forma actual de la asistencia social y planteos alternativos que pasan, casi exclusivamente, por las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs). Es fuerte el reclamo para que el Estado abandone uno de sus deberes esenciales (la preocupación por el bienestar de su gente) y ceda ese espacio a las organizaciones del Tercer Sector. Hablamos entonces de una privatización de la ayuda social, basada en un sistema de razonamiento muy similar al utilizado con los teléfonos, los ferrocarriles o YPF: «como el Estado no es eficiente será mejor privatizar». No plantean la posibilidad de mantenerlos estatales y eficientes, como si el antónimo de ineficiente fuera privado. En este sector de las políticas sociales, la ayuda social, el planteo es similar: «el Estado es ineficiente y cae en el clientelismo, demos el manejo de la asistencia social a las ONGs». Dejando sentado que el sólo hecho de ser una Organización No Gubernamental sea garantía de eficiencia, honestidad, sensibilidad, transparencia. Atributos que muchas ONGs efectivamente poseen, pero no necesariamente todas.

Clarín, en nota editorial, comparte el criterio enunciado. «La respuesta solidaria -dice Clarín- es la contracara de la debilidad de las respuestas estatales, debida tanto a la escasez de recursos como a la desarticulación de las instituciones que deberían ocuparse de esos problemas o la manipulación política de la ayuda disponible» . La Nación editorializa vinculando asistencia-prebenda-clientelismo: «mecanismos asistenciales en los que casi nunca están ausentes la prebenda y el clientelismo. Es sugestivo que las palabras más autorizadas y de mayor peso, en estos momentos, estén proviniendo de las entidades de bien público, que suelen tomar el lugar que los poderes del Estado no parecen en condiciones de ocupar». Y agrega: «El Estado no parece hallar su rumbo y tal vez necesita que entidades más eficientes consigan marcárselo» . Un lector resume maravillosamente el planteo de las soluciones distorsionadas: «¿no sería más práctico, más económico y más eficiente que el Estado no se ocupara de estos temas, hasta ahora abandonados, y trasladara la mitad de los fondos previstos para esas necesidades a ONG competentes, que las hay y muchas?» . Cualquier parecido con las preguntas retóricas de Bernardo Neustadt, a principios de los noventa, sobre las empresas estatales no es casualidad. La Nación avanza proponiendo que el Estado delegue todas aquellas funciones para la que existan otros sectores más aptos. Textualmente: «la mayor participación de las organizaciones comunitarias abonará el principio de subsidiariedad que debería prevalecer en todos los programas sociales, de manera tal que el Estado delegue todas aquellas funciones para las cuales hubiere actores sociales más aptos y capacitados» .

Las ONGs también tienen limitaciones, incluso algunas de ellas son planteadas por los medios. Una encuesta de Gallup, comentada en La Nación, plantea el problema del financiamiento: «tanto la falta de dinero (para enfrentar los costos de una mayor demanda, para comprar insumos, para sostener proyectos planificados, para pagar y/ o contratar servicios), como las dificultades para acceder a fuentes de financiamiento y para conseguir fondos (hay menos donaciones, falta el apoyo empresarial, cuesta lograr la cooperación de agencias nacionales e internacionales) constituyen escollos que no sólo dificultan sino que a veces impiden continuar con la provisión de algún servicio. Al respecto cabe señalar que la mayoría percibe una disminución en el volumen de los aportes y ha tenido que generar vías distintas a las habituales para la obtención de fondos». La alternativa encontrada es el trabajo en red con otras organizaciones, aunque se plantea que «esta tendencia positiva a la complementariedad con otros grupos debería también extenderse al Estado y a las empresas. Por mayor empeño que pongan las organizaciones intermedias en solucionar la crisis actual, resulta necesaria la articulación de objetivos y acciones, forjando una sólida red que una a la sociedad civil con las empresas y el Estado» . ¿Cómo incidirá en las ONGs su relación con el Estado?. ¿Podrán (pudieron) los gobiernos cooptar algunas de estas organizaciones para mantener prácticas clientelares?. ¿Qué grado de competencia se establecerá entre ONGs para captar mayores fondos provenientes del Estado?. ¿Podrían establecerse relaciones clientelares entre Gobierno y organizaciones del Tercer Sector?.

El cura Meisegeier rompe con la monocromía, describiendo algunos de los problemas que sufren las ONGs:

«- ¿qué problemas enfrentan este tipo de organizaciones que se dedican a lo social?

-El riesgo es caer en el discurso neoliberal o de las políticas neoliberales que hablan de la sustentabilidad. Que los pobres tienen que autosostenerse en lo que hagan. Por ejemplo, nosotros, como ONG, nos metimos en un programa de AGP (Asistencia a Grupos Vulnerables) en dos barrios de Moreno. Se hace el diagnóstico, y después la aplicación no la hicimos. Nos fuimos despavoridos y renunciamos.

-¿Por qué?

-Diagnóstico era ver sobre cuatro grupos vulnerables, jóvenes, ancianos jubilados, madres solteras y discapacitados. Tenía que hacerse un censo en ese barrio -compartido con la gente- en el barrio, y después, una vez que se hacía el censo, y relevado a toda la gente, había que seleccionar los casos más vulnerables. Pero entraban entonces una serie de componendas como que a una mujer le exigían, para que pase de una casilla a una vivienda mínima de 30 metros cuadrados -una pieza, un baño y una cocinita-, que tenga escritura del terreno. ¡¿Qué tipo pobre va a tener escritura?! Tendrá un boleto de compraventa, o el terreno a medio pagar, o la ley Pierri, que no es una escritura. Son cosas absurdas, impuestas desde el extranjero. Normas que te obligan a imponer cosas técnicas, que le dan de comer a una serie de evaluadores y consultores que viven muy bien, y cobran muy bien de la consulta que le hacen para ver cuáles son las normas mínimas de habitabilidad para la gente pobre. Las normas mínimas del Banco Interamericano de Desarrollo para que eso sea ‘sustentable’. Son planes armados desde afuera y haciéndote creer que se hace algo. Es lo que se llamó la microcontención social en los grupos vulnerables. Esos consultores son pagados en la Argentina, son contratados a muy buen precio para hacer esos estudios» .

Vale aclarar que no tratamos aquí de realizar una crítica a las ONGs, la gran mayoría de las cuales trabajan admirablemente, cubriendo las serias falencias del Estado en materia de políticas sociales. Por el contrario, tratamos de describir un discurso simplista que apunta a debilitar al Estado, con propuestas que no siempre son pertinentes para atacar los problemas que supuestamente solucionarían.

Los planes de ayuda social se transforman en instrumentos válidos para el clientelismo a partir de problemas de implementación. Aldo Neri plantea que «si no definimos bien el cómo, aunque la idea sea muy buena, puede frustrarse. Y hay que prevenir toda forma de clientelismo». La Sindicatura General de la Nación (Sigen) establece una serie de problemáticas detectadas en los planes: «falta de transparencia, flexibilidad en los mecanismos de control, irregularidades severas en la confección de las bases de datos y tratamientos desiguales». También detecta una metodología de utilización de los planes para usos clientelares mediante lo que denominan «la doble boca». «La Sigen detectó un número no determinado de ‘bocas paralelas’ de beneficiarios. Es decir que al listado de desocupados que elevaron los municipios a la Nación para incluir los desocupados en el plan asistencial se agregó en el camino otro amplio listado de beneficiarios. No se sabe si éstos fueron incluidos por las provincias o el Ministerio de Trabajo. Fuentes autorizadas de la Sigen dijeron a LA NACION que ‘la aparición de bocas paralelas en los programas sociales resulta ser un fiel ejemplo de que el clientelismo político sigue en pie'» . Coincidimos con Neri y la Sigen, y agregamos, cual nuevo corolario a la ley de Murphy: todo lo que pueda ser clientelable, lo será. La tarea es instrumentar mecanismos para impedir que la ayuda social se transforme, en el camino hacia los beneficiarios, en un instrumento pasible de intercambio en una relación clientelar. La cultura política argentina tiene tan incorporado el hábitus clientelar que si existe alguna posibilidad de incorporar las ayudas al intercambio del clientelismo, efectivamente alguien lo hará.

La académica Claudia Danani, en una nota de opinión en Clarín, hace un lúcido aporte. Para ella el debate acerca de los criterios de asignación y la utilización de los planes con fines políticos evita otra discusión mucho más profunda. «Nos atosigamos a diario con acusaciones sobre los criterios de asignación de los planes Jefes y Jefas de Hogar, con el descubrimiento de receptores que no los necesitan, con estudios que demuestran el escaso control nacional y provincial, con propuestas para mejorar el cruce de datos que impida que una misma persona duplique el beneficio, con denuncias sobre prácticas clientelistas. Esta marea deja fuera de debate la verdadera médula del problema: a quiénes no llega el plan y cuál es el alcance real de las prestaciones. Quedan fuera el nivel, la calidad y las condiciones de vida que la sociedad argentina considera que deben ser garantizados a sus ciudadanos, sólo por serlo. Desde sus orígenes se ha criticado a las políticas sociales más por lo que hacen, que por lo que no hacen». Más adelante, describe lo que califica como una situación cruel de la realidad argentina: «es que el legítimo desvelo por la corrupción y el clientelismo, que pudren desde adentro cualquier proyecto que pretenda recuperar lo que la política tiene de auténtica sociabilidad colectiva, por momentos contribuye a distraer la atención de por qué y qué papel jugó la corrupción en que este país haya aumentado la producción de pobres a una velocidad inusitada. Y en que haya crecido también la riqueza y su concentración a niveles anteriores a los de fines del siglo XIX (y no podía ser de otro modo, ya que aquella pobreza no es resultado de una catástrofe natural ni de una guerra)». Danani cierra su artículo proponiendo otra mirada sobre las políticas sociales, mirada poco frecuentada pero no por eso menos necesaria: «el ‘problema’ de las políticas sociales, en definitiva, no es su exceso, sino su déficit; no es que llegue a quienes no las necesita
n, sino que no llegan a todos los que las necesitan, ni en la proporción, extensión y calidad apropiadas. Es hora de que los pájaros le tiren a la escopeta» . Es interesante al menos dejar algún interrogante al respecto. ¿Si los planes de ayuda social llegaran a todos los necesitados… habría espacio para el clientelismo?. ¿O el clientelismo se asienta sobre la permanente falta de recursos que hace que se dispongan de 100 planes Jefes de Hogar para distribuir entre 1000 desocupados?. ¿La focalización de la asistencia no transforma en una alternativa de obtención de recursos a la participación en redes clientelares?.

Horacio Verbistky, en el marco de un comentario sobre la policía bonaerense, señala el caso de un piquetero asesinado. «Los acompañantes de la víctima dijeron que la policía había dejado pasar a Bogado (el supuesto autor de los disparos), como parte de una provocación contra los piqueteros, cuya gestión de los planes de empleo debilita e irrita al clientelismo tradicional. ‘Las decisiones se toman por asamblea y han dado luz a numerosos proyectos comunitarios (bibliotecas, roperos, guarderías) y productivos (bloqueras, carpinterías, panaderías, herrerías, huertas, talleres de confección, etc.) que van creando las bases de una cultura política y una economía alternativa’, describió entonces uno de ellos». Así aparecen ejemplos de un germen de construcción política alternativa, que no necesariamente debe incorporar el hábitus clientelar a sus prácticas.

En síntesis, el contexto de las prácticas políticas de ayuda social es sumamente favorable para la instauración del clientelismo. Los objetos que constituyen la asistencia suelen transformarse en bienes intercambiables en el marco del clientelismo, gracias a el bajo nivel de control de la mayoría de los planes. Los diarios estudiados detectan esta situación y la describen a sus lectores, proponiendo como alternativa que la ejecución de la ayuda social pase a organizaciones no gubernamentales, sin discriminar en modo alguno entre unas y otras. Al mismo tiempo investigadores como Danani, plantean discusiones más abarcativas que sólo esporádicamente llegan al gran público.

3.8. Clientelismo y Corrupción

Al igual que con la relación pobreza-clientelismo o ayuda social-clientelismo, las prácticas clientelares son emparentadas de diversas formas con la corrupción. Aunque no todo clientelismo implica un acto corrupto en sentido estricto, los diarios transmiten opiniones que los emparientan. En ocasiones, la forma de presentar la noticia hace que el lector vincule ambos hechos. Un editorial del Diario Clarín realiza un racconto de «funciones que el Estado no cumple». Comienza hablando de corrupción policial y finaliza con la necesidad de coordinación en las agencias sociales para que la ayuda social no se transforme en «moneda de cambio en los circuitos del clientelismo político».

No obstante vale manifestar que no sólo los medios confunden clientelismo y corrupción, lo hacen la mayoría de los actores sociales: sacerdotes, piqueteros, políticos, etc.. Los legisladores suelen tener fondos que pueden utilizarse para ambas cosas. El diputado Julio Gutiérrez reconoció, según Clarín, «que le ofrecieron a él y a otros diputados sobresueldos de entre 1.000 y 2.000 pesos a cambio de mantenerse dócil a las posturas del bloque», lo cual implica un hecho de corrupción, pero en la misma nota explican que ese mismo dinero serviría para financiar el clientelismo político. «Fuentes legislativas -dice Clarín- reconocieron que las aplicaciones autorizadas son tan amplias que resulta sencillo desviar parte de esos fondos para intereses personales ó de clientelismo político de los diputados. El dinero es manejado por las autoridades de los bloques y puede ser utilizado, entre otras cuestiones, en ayuda social, medicamentos, libros y revistas, investigaciones, alquileres, capacitación y gastos generales de mantenimiento» . Queda claro, aunque no sea así en la totalidad de los casos, que el clientelismo suele financiarse con recursos provenientes de prácticas corruptas.

Los grupos piqueteros comparten la mirada de que el clientelismo está estrechamente vinculado a la corrupción: «los líderes (piqueteros) aprovechaban para criticar el clientelismo de la red asistencial del peronismo. ‘La ayuda a través del aparato del PJ es totalmente clientelar, hace que la comida llegue a donde no tiene que llegar. Por eso entendemos que las organizaciones de los necesitados son las únicas que han probado que pueden mitigar el hambre sin caer en la corrupción’, aseguró Giménez, del Teresa Vive» . En otras palabras, el aparato hace clientelismo y las organizaciones piqueteras no, por eso «no caen» en la corrupción.

Los artículos de algunos académicos aprueban esa visión. Danani, en nota citada, menciona ambos términos (clientelismo y corrupción) unidos en las cuatro oportunidades donde aparecen en su nota, con lo cual los transforma en un binomio aparentemente indivisible. Ruth Pearson, académica inglesa, los vincula desde una crítica al aumento del gasto público: «una de las vías por las que la corrupción se hizo endémica aquí es a través del gasto social. Es un sistema muy clientelista organizado a través de los sindicatos» . El especialista en administración pública de la Universidad de Birmingham, Andrew Nickson, es más explícito aún: «será imposible frenar la corrupción sin una administración pública fuerte y eficiente, que logre desprenderse del clientelismo político», a la vez que critica a los partidos políticos: «es donde menos eco encuentro a una reforma que termine con la política clientelística, fuertemente ligada con la ineficiencia y la corrupción» . Coincidentemente, «Robert Klitgaard ha desarrollado un modelo simple para explicar la dinámica de la corrupción: C (corrupción) = M (monopolio) + D (discrecionalidad) – A ( accountability ). Esta ecuación afirma que la extensión de la corrupción depende del monto de poder de monopolio y del poder discrecional que un funcionario ejerce. La «rendición de cuentas» ( accountability ), la efectividad de organismos y dispositivos de control (internos y externos, verticales y horizontales) disminuyen el espacio viable para la corrupción» . Si efectivamente conceptualizamos a la corrupción bajo la fórmula propuesta por Klitgaard, el clientelismo podría ser directamente identificado con la corrupción. Una red clientelar es -en muchos lugares de Argentina- el único refugio que encuentra un habitante pobre para solucionar sus problemáticas más acuciantes. El jefe de la red o sus punteros, con el monopolio de los recursos para la «solución» de problemas, goza de un altísimo grado de discrecionalidad. Decide a quién otorgar (o no) una ayuda, y sólo rinde cuentas a sus superiores en la red clientelar, con lo cual el grado de accountability es muy bajo. En estos términos el jefe de una red, si obtiene sus recursos del Estado o ilegalmente, formaría parte de una relación clientelar, basada en un hecho de corrupción. Más discutible sería si los bienes fuesen propios -y obtenidos lícitamente. En ese supuesto la discrecionalidad es otorgada por la legítima propiedad de los recursos a ser intercambiados, lo que también elimina la posibilidad de accountability.

3.9. ¿Cómo superar las prácticas clientelares?

Los diarios hablan de clientelismo, con una mirada más o menos profunda, más o menos estereotipada. Describen prácticas clientelares, las condenan o tratan de comprenderlas. Sus páginas dan una idea de lo piensan acerca del fenómeno clientelar. Pero también dan pistas, indicios, de cómo creen que sería factible superarlo. Decenas de notas señalan acciones que podrían utilizarse para combatir el clientelismo. La mayoría de ellas las agrupamos en cuatro planteos principales:

a) el clientelismo se combate combatiendo sus causas: es el planteo de algunos actores. Mencionan como causas del fenómeno a la pobreza, la desciudadanización, las carencias educativas o la falta de una democracia real.

El frecuentemente citado padre Meisegeier manifiesta que «en este momento de mayor pobreza, es muy, muy difícil superar la clientelería política», con lo cual para combatir al clientelismo debe lucharse contra la pobreza. Elisa Carrió postula un retorno «al mérito». El Estado genera prácticas clientelares por que perdió el mérito, fundamenta. «El Estado -dice Carrió- es ineficiente porque se impuso el clientelismo, el amiguismo, el nepotismo, el interés particular donde debía estar el mérito. Por eso postulamos una modificación del funcionamiento del Estado a partir de dos principios: primero un gran control anticorrupción interno con los mismos empleados públicos, y segundo, aplicar un sistema de ingreso a partir de concursos por antecedentes y oposición auditados. Esto incluye pautas muy claras de transparencia. Es decir, reconstruir la administración desde la misma administración. Esto es la reforma del Estado, además debemos redefinir las instituciones de la república. Así que deberemos poner transparencia donde hay oscuridad, poner mérito donde hay clientelismo» .Dejamos para otro momento una discusión al respecto: ¿el clientelismo es sólo falta de mérito o es otra institucionalidad?.

Danani amplía la discusión acerca de las políticas sociales: para combatir al clientelismo debemos discutir lo principal. «Nada más alejado de nuestra intención que despreciar la preocupación por una mejora de las políticas del Estado y, en particular, por erradicar de cuajo el cáncer de la corrupción y el clientelismo social. Pero cuando esas preocupaciones ocupan el primer lugar, cuando la atención se desliza hacia el puntero, concejal, diputado o senador que condicionan el acceso a los planes a determinadas manifestaciones de ‘lealtad’ o hacen un uso directamente corrupto de los fondos, la corrupción y el clientelismo vuelven a triunfar, porque las personas ‘beneficiadas’ están dispuestas a coexistir cotidianamente con esos mecanismos que les arrojan alguna ayuda. Podemos reconocer que es una victoria pírrica, que quizás se vuelva contra la corrupción y el clientelismo mismos, pero instalar como lo principal ese y otros temas de ‘gestión’ termina postergando la discusión acerca de algo tan anticuado como la justicia, y se resigna el debate grande acerca del modelo de sociedad que pretendemos» . Es un planteo interesante contrapuesto a una visión muy frecuente que pretende combatir el clientelismo desde sus metodologías y no desde sus causas.

El Partido de los Trabajadores del Brasil pone especial énfasis en la extensión de la ciudadanía, lo cual concuerda con el concepto de «suspensión de ciudadanía» que citamos anteriormente. El primer punto del Programa de Gobierno del PT dice: «sólo un nuevo contrato social que favorezca el nacimiento de una cultura política de defensa de las libertades civiles, de los derechos humanos y de la construcción de un país más justo económica y socialmente permitirá profundizar la democratización de la sociedad, combatiendo el autoritarismo, la desigualdad y el clientelismo. En busca de un nuevo contrato, la movilización cívica y los grandes acuerdos nacionales deben incluir y beneficiar a los sectores históricamente marginalizados y sin voz de la sociedad brasileña. Solo así será posible garantizar, de hecho, la extensión de la ciudadanía a todos los brasileños. Es indispensable, por eso, promover un gigantesco esfuerzo de desprivatización del Estado, colocándolo al servicio del conjunto de ciudadanos, en especial de los socialmente marginalizados» . La extensión de la ciudadanía, por lo tanto, contribuirá al combate contra el clientelismo.

Un editorial de La Nación plantea como causa del clientelismo la falta de educación. «El clientelismo -dice La Nación- pasa por la manipulación de masas disponibles dispuestas a entregarse al mejor postor; es una aberrante metodología para no brindarles soluciones de fondo a los sectores más pobres de la población con la idea de que éstos dependan permanentemente del apoyo o de las dádivas del Estado y de los aparatos partidarios que viven de recursos públicos y de la corrupción. En buena parte de la raíz de este mal está la falta de educación de la mayoría de los sectores pobres e indigentes de nuestro país. No sólo nos sorprende advertir hoy el grado de miseria en que viven familias enteras, sino mucho más su escasa capacitación para proveer de alimentos a sus hijos o para desarrollar pequeñas huertas familiares que ayudarían a resolver elementales problemas de los más necesitados» . Es interesante que el planteo pase por la educación de los pobres (sumamente necesaria) y no hable de la educación de sus dirigentes. Aquí definimos al clientelismo como un «hábitus» lo cual implica la necesidad de iniciar un proceso de cambio que incluya por supuesto a los clientes, pero también, indispensablemente, a quienes generan las redes clientelares, o sea patrones y mediadores. Más aún, el uso de la frase «la disposición de las masas para entregarse al mejor postor» revela una concepción pobre de lo que es el fenómeno clientelar.

Cerramos este punto con palabras del Presidente de Brasil, Lula: «sin profundizar la democratización de la sociedad no derrotaremos el autoritarismo, las desigualdades y el clientelismo»

b) Combatir el clientelismo combatiendo sus métodos: algunos artículos plantean formas de superación del clientelismo a partir del combate contra sus metodologías de intervención. En ese sentido el presidente colombiano Álvaro Uribe el día de su asunción propuso una «iniciativa de reformar las instituciones del país y establecer un Congreso unicameral es parte del llamado a un referendo que propone eliminar las prebendas de los diputados, dándole batalla al ‘clientelismo, la politiquería y la corrupción'» . Es decir, apunta apenas a una -por supuesto no la única- de las posibles fuentes de financiamiento de las prácticas clientelares.

La Secretaría de Promoción Social porteña propuso un sistema de entrega de vales para la compra de alimentos, una iniciativa discutible desde lo técnico. Según sus propulsores incluía «un objetivo más difícil, según admiten en el gobierno porteño: desarmar la trama del clientelismo político que se sostiene en el reparto de alimentos» . En verdad, un objetivo desmesurado, y tal vez no pertinente, para tan humilde acción. ¿Terminarán los vales con el clientelismo a partir del intercambio de alimentos, o inaugurará la época del clientelismo a partir del intercambio de vales?.

Vimos como las elecciones abiertas con presentadas como una panacea. Vinculado a eso, otra supuesta metodología para acabar con el clientelismo es la eliminación de las listas sábana. Así lo manifiesta un editorial de La Nación: «las reprobadas listas sábana, en las cuales la eternizada presencia de una mayoría de ignotos candidatos introduce un factor de distorsión y favorece el clientelismo político y el prebendismo electoralista. Máxime porque los futuros votantes interpretan que, de suyo, la superposición de las elecciones nacional y local los colocará frente a larguísimas e indescifrables nóminas de postulantes a los cargos electivos» . Podemos discutir si siendo las redes clientelares comandadas en forma personalizada por un patrón, el jefe político, estas no tendrían alta incidencia en una elección de candidato único, sin lista sábana. ¿Qué cambia para el jefe de una red clientelar el que su nombre sea el único de la lista o sea acompañado de una veintena de ignotos candidatos?. ¿Disminuye el poder de la red la soledad en la boleta?. Una ex ministra realiza una propuesta de similar tono: un plebiscito para la caducidad de todos los mandatos «para terminar con el clientelismo» . De nuevo: ¿el jefe de una poderosa red clientelar -si como indican los diarios el clientelismo gana elecciones- qué problemas tendría en presentarse a los comicios y hacerse re-elegir superando el plebiscito

La raíz común de estos planteos es que todos proponen acabar con el clientelismo combatiendo sus métodos. Es una mirada acotada, a-histórica. El clientelismo no es rígido, supo adaptarse a situaciones diversas a lo largo de los años, y es lo suficientemente creativo para, si le cierran algunos caminos, descubrir alternativas. Intentar terminar con el clientelismo mediante un ataque a sus métodos podría ser efectivo en un primer momento, pero no tardarán en aparecer nuevas formas de realizar los intercambios, especialmente cuando el contexto de crisis generalizada empuja a grandes masas de la población a la desesperación y la miseria.

c) Combatiendo a los intermediarios para combatir el clientelismo: una variante del punto b, sólo que en lugar de apuntar a los métodos intenta evitar el trabajo de los intermediarios. El planteo es «evitando la intermediación es más difícil desviar fondos hacia el intercambio clientelar», cuestión con la que acordamos. La Nación, en referencia a un programa de ayuda brasilero, dice: «la clave para que el esquema no derive en el clientelismo político es que los recursos llegan sin intermediarios, directamente a los beneficiarios» . No obstante, ¿cómo evitar eficazmente la intermediación?. Aquí las ideas surgen alrededor de las ONGs, tema tratado al hablar de la relación clientelismo-ayuda social, y de otros grupos organizados que rompen con el puntero tradicional, como los piqueteros. La ruptura con el tradicional puntero, no significa en modo alguno que no establezcan relaciones clientelares con mediadores no tradicionales. Esas organizaciones (no gubernamentales o piqueteras) pueden re-significar el rol del puntero creando sus propios mediadores, para otro tipo de relaciones clientelares donde los clientes quizás no aporten votos pero sí otras contraprestaciones. Vale la pena reiterar la cita de Danani: «cuando la atención se desliza hacia el puntero, concejal, diputado o senador que condicionan el acceso a los planes a determinadas manifestaciones de ‘lealtad’ o hacen un uso directamente corrupto de los fondos, la corrupción y el clientelismo vuelven a triunfar, porque las personas ‘beneficiadas’ están dispuestas a coexistir cotidianamente con esos mecanismos que les arrojan alguna ayuda». En otras palabras, los estrechos márgenes de sobrevivencia de los sectores pobres los obligan a aceptar las reglas del juego clientelar ya que, básicamente, las opciones son solucionar deficientemente sus problemas en el marco de la red clientelar o, simplemente, no solucionarlos. Las opciones favorecen claramente el mantenimiento de las redes, por necesidad de sus clientes.

d) En el empleo público, carrera administrativa: en el caso puntual del empleo público, signado como uno de los posibles intercambios de cualquier relación clientelar, la propuesta es la reforma administrativa, quitando a los funcionarios políticos discrecionalidad a la hora de definir ingresos a las plantillas de empleados estatales. Esta propuesta fue motorizada por la visita de un experto, Andrew Nickson, quien visitó Argentina y generó notas en La Nación y Página/12, que incluso dieron lugar a posteriores editoriales basados en sus palabras.

«Es muy preocupante -dice Nickson- que en medio de una crisis tan profunda, un aspecto fundamental como la gestión del Estado no sea un tema central en la discusión. Es una cuestión en la que se liga corrupción, ineficiencia, focalización del gasto público, el clientelismo en la política. La reforma de la administración pública es la que permite romper con las viejas tradiciones de la política. Si no se rompe, vuelve a aparecer el problema una y otra vez». «La desaprensiva utilización de las estructuras de las administraciones públicas para retribuir favores políticos -señala en otro artículo- ha sido la progenitora del estancamiento o el fracaso de las políticas tendientes a producir las imprescindibles reformas del Estado en muchos países del subcontinente. Es necesario profundizar las razones por las cuales la corrupción se pudo enseñorear de las relaciones entabladas entre los viciosos aparatos estatales y los sectores de la actividad privada». La propuesta concreta es crear el llamado Servicio Civil, para lo cual propone «llegar a un acuerdo para la creación de una Comisión de Servicio Civil, integrada por ciudadanos que merezcan la confianza ciudadana y tengan a cargo el reclutamiento de personal para la administración pública. No es imposible. La Argentina cuenta con gente de renombre en materia de reforma administrativa, profesionales con reconocimiento internacional. (…) No es un problema de capital humano, lo que se necesita es voluntad política. Donde no encuentro eco es en los partidos políticos»

Ultimas Consideraciones

Finalizamos mencionando sintéticamente las principales cuestiones tratadas en el desarrollo. Repetimos que el presente es sólo un análisis preliminar que podría profundizarse con un estudio más detallado tanto del concepto utilizado para hablar del clientelismo como de sus usos.

Clarín, La Nación y Página/12 presentan una realidad donde el clientelismo se vincula casi exclusivamente a cuestiones relativas a la política nacional, y -dentro de esta- a la ayuda social. No hay, aparentemente, fronteras partidarias para el clientelismo, sino un hábitus que atraviesa diversas agrupaciones políticas, sin importar si provienen de la izquierda o la derecha. El clientelismo parece una relación entre políticos y sectores más débiles de la sociedad. Nunca lo vinculan a las clases poderosas (que bien podrían, por ejemplo, oficiar de patrones de redes clientelares con los políticos como clientes), a los grupos económicos, ni siquiera a la clase media.

Reafirma esta visión el hecho de que cuando mencionan al clientelismo en ámbitos no específicos de la política partidaria (iglesia, sindicatos, universidad, etc.) hablan de la partidización de estos sectores y, más aún, los actores que identifican como clientes en esos ámbitos son también los más débiles (por ejemplo los estudiantes en la referencia al clientelismo en la UBA).

Los medios señalan la existencia de los tres personajes básicos de cualquier relación clientelar: patrones, mediadores y clientes. Los patrones son políticos: gobernadores, legisladores o intendentes. De los mediadores poco hablan, escasamente los mencionan como «punteros» y los clientes son claramente los pobres. Así pierden una dimensión importante del fenómeno, pues los mediadores no son simples intermediarios sino «figuras cardinales» de la reproducción de las relaciones clientelares.

Leyendo los diarios advertimos que el clientelismo posee cierta forma de estructuración. Mencionan dos atributos básicos: 1) es sustentada en un intercambio y 2) es organizada (un «ejército»). Sus actores, según los medios, establecen relaciones basadas en el temor, la protección de patrones a clientes, y la dependencia de la red para subsistir. No hay menciones, sin embargo, a la forma de estructuración de relaciones clientelares intra partidarias, esto es, el patrón de una red local (por ejemplo un intendente) puede ser mediador o cliente de una red mayor (cuyo jefe es un gobernador o un caudillo regional). Es decir las redes clientelares locales son englobadas en otras estructuras mayores, pasando sus patrones a cumplir tareas de mediadores o, directamente, clientes de otros patrones más poderosos.

Para los diarios los patrones aportan al intercambio los productos de programas de ayuda social y empleo público; en tanto que los clientes devuelven con servicios personales (a patrones o mediadores), votos y otras cuestiones menores, como participación en los saqueos o asistencia a actos, esto es apenas señalado.

Los momentos del intercambio no son objeto de descripción ni análisis por parte de los medios. No encontramos referencias a esta cuestión de importancia central, pues es precisamente en el momento del intercambio donde mediadores y clientes desarrollan su particular relación, basada principalmente en «el modo especial» de dar del mediador. Si siguiéramos exclusivamente el fenómeno clientelar por las notas periodísticas adquiriríamos una visión parcializada con foco en lo intercambiado pero no en sus esenciales aspectos contextuales.

Hablamos de intercambio, lo cual implica recursos. Los recursos de todos los intercambios narrados en las notas provienen del Estado, utilizados por patrones y mediadores en provecho propio. La discrecionalidad en el manejo de dichos recursos facilita el desvío de bienes estatales hacia redes de resolución de problemas manejadas con criterios personalistas.

Los aspectos subjetivos -conceptualizados como «el conjunto de creencias, presunciones, estilos, habilidades, repertorios y hábitos» que acompañan los intercambios- no son detectados por los medios estudiados. Apenas los mencionan tangencialmente, impidiendo que el lector no especializado en el tema, advierta su importancia en el marco del fenómeno clientelar. Esto fomenta una visión sesgada sobre la realidad del clientelismo, quitándole su complejidad.

Al mismo tiempo los medios refuerzan los estereotipos más difundidos sobre el tema, agravando la simplificación mencionada en el párrafo anterior. Esta mirada estereotipada no es exclusiva de los medios, sino también de los políticos. Cuestiones tales como que el clientelismo es un tipo de relación propia de los sectores más pobres, que es un mero intercambio de favores por votos, o que el clientelismo por sí solo alcanza para ganar elecciones, abundan en las notas de los tres diarios. En relación al último estereotipo -«el clientelismo gana elecciones»- vale decir que el fenómeno clientelar puede «ayudar» a obtener una masa mayor de votantes pero no hay estudios avalando la existencia de triunfos electorales basados exclusivamente en el peso de la red clientelar.

La lectura de los medios nos permitió detectar un uso adicional del clientelismo. Esto es, el clientelismo como excusa o chivo expiatorio. En las voces reproducidas en las notas lo detectamos como excusa para diferentes cuestiones, desde no profundizar la lucha contra la evasión hasta para evitar la creación de un sistema de pensiones para los ciudadanos sin aportes. Cuando hay intereses sectoriales en juego un fundamento útil para defenderlos es apelar al clientelismo.

La interna abierta se presenta como panacea que terminará con los males de la política. No obstante no explican que las estructuras clientelares pueden perfeccionarse en este tipo de comicios, aún logrando el «préstamo» mutuo de clientes entre patrones de diferentes partidos políticos. Esta situación tal vez se solucionaría con las internas simultáneas y obligatorias, aunque al día de la fecha no existen experiencias en ese sentido en la República Argentina.

La política impregna, según los medios, de clientelismo lo que toca. Así tanto la relación de los políticos con los medios masivos de comunicación, la universidad o las iglesias parecen atravesadas por alguna forma de clientelismo. En pocas palabras, todo lo que pueda ser clientelable, la política lo transformará en realmente clientelar.

En lo referente a la relación política y ayuda social los medios presentan una alternativa: el trabajo mediante Organizaciones No Gubernamentales. Estas son presentadas como la alternativa válida a la ineficiencia del Estado. Plantean un falso dilema: ONGs vs. Ineficiencia, como si ambos términos fuesen contrapuestos. El Estado es realmente ineficiente en el manejo de algunas de las políticas sociales, lo cual no garantiza que todas las ONGs cumplan con criterios de eficiencia. Existirán ONGs de alta calidad y mayor eficiencia, las que conviven con otras de menor eficiencia. La generalización sirve para desvirtuar la labor estatal, contribuyendo al fortalecimiento de la ideología neoliberal que propugna en esta área el desprendimiento de los roles estatales en materia de ayuda social. No hay, como no lo hubo durante las privatizaciones, una discusión seria que contraponga planteos realmente opuestos. A la actual ineficiencia se opone la eficiencia estatal, y no el abandono de su accionar en el tema.

De la lectura de los diarios, tanto en opiniones propias como en las de actores políticos, los términos corrupción y clientelismo conforman una pareja indivisible. Si hay clientelismo, hay corrupción, opinan los protagonistas de la vida política. Esta equivalencia de términos, verídica en muchos casos, es otro de los elementos que contribuye a la simplificación de la concepción de clientelismo. Aún acordando que la utilización de los fondos públicos con criterios discrecionales sería una forma de corrupción, no es posible que todo acto clientelar sea un acto corrupto. ¿Qué ocurriría si detectamos que un político solventa su red clientelar con fondos personales, honestamente conseguidos?. No hablaríamos de corrupción, pero sí de clientelismo.

El clientelismo no se define por el origen de los fondos sino por el tipo de relación establecida entre patrón, mediadores y clientes. Que en la mayoría de los casos los fondos provengan del Estado mediante un desvío inaceptable de recursos, es un hecho que no invalida la posibilidad de existencia de relaciones clientelares no vinculadas con la corrupción. Esta mirada no está en los diarios, el binomio clientelismo-corrupción aparece unido sin mayor reflexión sobre su aplicabilidad en cada caso particular.

Finalmente, los medios reflejan opiniones que incipientemente intentan superar la problemática del clientelismo político. Agrupamos dichas opiniones en dos grandes grupos. El primero, con una mirada global, lo plantean académicos o experimentados políticos, que pretenden acabar con el clientelismo a partir de la eliminación de las causas que lo generan. Es decir, la pobreza, las deficiencias de las políticas sociales, la desocupación entre otras.

El segundo grupo tiene una visión más restringida de la situación. Plantea el combate al clientelismo a partir de la invalidación de sus metodologías. Entre otras, evitando los intermediarios, eliminando prebendas a los legisladores, permitiendo el voto uninominal. Estas cuestiones que, sin dudas, colaborarían con la disminución del clientelismo, no eliminan sus causas, con lo cual dejan abierta la posibilidad de que las redes clientelares se regeneren a partir de nuevas metodologías. El clientelismo demostró gran flexibilidad y capacidad de adaptación, por lo cual intentar derrotarlo a partir de enfrentar a sus métodos podría ser una salida válida, pero insuficiente.




Bibliografía:

AUYERO, Javier (comp.). (1997). Favores por votos. Editorial Losada. Buenos Aires.

Diarios Clarín, Página/12 y La Nación. Artículos periodísticos. Buenos Aires. 01/07 al 31/12/2002.
O’DONNELL, Guillermo. (1997). Contrapuntos. Editorial Paidos. Buenos Aires.

TORRES, Pablo José. (2002). Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social. Ediciones De La Campana. Buenos Aires.