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La prisa de la censura

Fuentes: Otra Realidad

En estos días asistimos como espectadores, sobre todo en Internet, a una interesante y cruda polémica acerca de la autocensura que puede llegar a ejercer (y que ejerce impunemente) la Prensa, cuando lo que escribe alguno de sus redactores o colaboradores choca con los intereses de la publicación de turno. En esta ocasión es el […]

En estos días asistimos como espectadores, sobre todo en Internet, a una interesante y cruda polémica acerca de la autocensura que puede llegar a ejercer (y que ejerce impunemente) la Prensa, cuando lo que escribe alguno de sus redactores o colaboradores choca con los intereses de la publicación de turno. En esta ocasión es el periódico liberal «El País» el que está en el ojo del huracán de la credibilidad, elemento esencial para cualquier informativo.Y más cuando se pretende ser el diario de referencia, el oráculo donde se mira al espejo la opinión dominante cada mañana. Después de largos años de estrecha colaboración laboral, uno de sus principales críticos literarios, Ignacio Echevarría, puntal del suplemento de arte «Babelia», ha recogido sus lápices y pegado un portazo despidiéndose de manera forzada. A continuación escribió una carta abierta a sus antiguos jefes, en la cual vierte graves acusaciones de censura contra ese periódico.

Dada la importancia del espinoso asunto de la censura, dentro de los grandes y menos grandes medios de comunicación, en el digital «Otra Realidad» nos hemos hecho inmediatamente eco de la disputa. Nos interesamos porque lo que se dirime en el fondo es muy importante. Más bien primordial para la convivencia y el progreso mental y material en este país. Ya que no es nada nuevo que, bajo el manto de las grandes palabras como democracia, justicia, libertad de expresión, diversidad de opiniones… se nos vende gato por liebre con carne de dudosa calidad.

Visto lo visto, en realidad el papel que suelen hacer esos consorcios multimedia es una labor de contención, de ahormar a la opinión pública para que los súbditos no pretendan ejercer de ciudadanos y se desmanden pidiendo lo imposible (la Tercera República, por ejemplo) en materia de régimen político, justicia social o libertad de expresión; manera de fijar límites de precaución más allá de los cuales planearían paranoicos peligros latentes o consecuencias indeseables. Miedo, en definitiva. Y por eso, la crítica en esas publicaciones se mide con fino calibre de papel de fumar.
Como es público y notorio, el que pone en marcha un periódico no suele ser un vocacional altruista. Un diario es una máquina compleja que cuesta mantener mucho dinero. Inmersos en una carrera por competir en el mercado de la información como mercancía o espectáculo, la tecnología se ha convertido en un talón de Aquiles que requiere cuantiosas y constantes inversiones económicas. La hipertrofia del crecimiento necesario para competir, supone en realidad una dependencia y un lastre de la autonomía del mensaje. En la política de la Prensa del espectáculo general, como en la Banca, el tamaño es lo más importante para ser importante. Sólo siendo grande puedes aspirar a que se te tenga en cuenta en los círculos concéntricos del poder real.

Así pues, La política de los grandes medios de comunicación no está alejada, en ningún momento, de los intereses políticos y económicos de su trastienda empresarial. Se puede afirmar por tanto con tranquilidad, ya que es algo evidente que se puede constatar día tras día a través de sus páginas, que «El País» está defendiendo hoy por hoy unos valores que se resumen en corolario siguiente: Unidad del Estado, monarquía borbónica, libre mercado, antinacionalismo y una doctrina liberalsocialista rayana con la socialdemocracia. Es decir, el régimen de valores que propugna el PSOE posterior a Suresnes. Dentro de ese marco caben fronteras reformistas, matices, omisiones, semicríticas, umbrales, vallas o enmiendas parciales. Se puede, por ejemplo, poner en un momento dado la proa a un ministro socialista cuando entre bambalinas ya se sabe que está de capa caída (caso Barrionuevo). Pero nunca criticar frontalmente a un Felipe González o en la actualidad al presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Eso sería hacerle el juego al adversario.

El periodismo es un coto. Y, por una costumbre de distanciamiento, los periodistas aristócratas de la información privilegiada parten de la base de que la opinión pública no está para sutilezas. Hay que pastorearla con discursos y cayados.

Siguiendo esa pauta, los redactores y colaboradores de «El País», deben saber, aunque no esté escrito en ningún Manual de Estilo, que la crítica periodística tiene cortapisas y matices cuyos guardianes son los jefes de redacción; y en último extremo el director.

En su vehemente estilo habitual, el crítico literario Ignacio Echevarría se dio de bruces con alguna de esos hilvanes de la libertad de expresión plena y no limitada, como es la habitual. Puso a bajar de un burro la última novela de Bernardo Atxaga «El hijo del acordeonista», tanto en su forma como sobre todo en su contenido (O.R ha publicado todo este material de la discordia). El efecto fue que saltó dentro del periódico madrileño el mecanismo automático de alarma.

Inmediatamente se tomaron medidas malsanas que el propio director, Jesús Ceberio, ante la avalancha de cartas de lectores y las firmas de decenas de colaboradores de alto nivel, ha despachado con un «este es un conflicto que no he gestionado bien». Pero bajo esa aparente humildad de reconocimiento del error no hay ninguna vocación de enmienda.

Echevarría ha cometido la peor de las pifias sacrílegas del sancta santorum corporativo: trabajando en el marco de un semiótico seminario intramuros, se ha atrevido a pecar negando la autoridad de la Curia vaticana. En consecuencia, ha sido arrojado a las tinieblas exteriores para siempre.

Hay un serio problema en España, muy limitador de la genuina e imprescindible diversidad de opinión. En cuanto a la libertad de Prensa y sus adyacencias culturales, o se está con la «exquisita» y dirigista modernidad de «El País» o se está dentro de la caverna medieval, también llamada acorazada brunete mediática: «El Mundo», «ABC» o «La Razón». Esto último es puro neogolpismo permanente bajo un casquete soez de caspa carpetovetónica. Conque el bipartidismo sociocultural está servido y hay que tomarlo como está, aunque en ambos casos sea una sopa fría.
Convengamos en que hay más variedad, pundonor profesional y fair play en la prensa anglosajona, como también en la de más allá de los Pirineos. En esto, como en tantas otras cosas, somos eternos rehenes de una Transición no rupturista con el pasado y sumamente cautelosa con las posibilidades del libre albedrío democrático. Pisando huevos como caminamos por la jurisprudencia del presente de indicativo, llevamos un serio retraso conceptual, aunque nos hayamos despabilado mucho en cuestiones de desarrollo del comercio. Claro que a los príncipes de los multimedia tipo Polanco y sus adláteres como J.L.Cebrián les va muy bien de esta guisa. Increíblemente bien, comiendo el caviar de la falacia y predicando justificantes en los foros de lujo la buena nueva de la libertad de expresión. Como bien supremo de la democracia.

En definitiva, nada de lo sucedido habría tenido razón de ser si Ignacio Echevarría no hubiera tocado materia altamente sensible para la línea medular y la defensa de valores de «El País». En la ácida crítica a Atxaga, tildando de bobalicona su última escritura, no se trata tanto de un conflicto de intereses mercantiles del Grupo Prisa y de su editorial Alfaguara. Que también podría influir, pero no tanto como para mandar a los infiernos a un veterano crítico estrella. Como bien reconocen ambas partes, los mandos intermedios del periódico y mismo protagonista, ha habido otras críticas tanto o más acerbas sin que se le haya puesto ninguna cortapisa a su libertad de acidez.

Pero es que esta vez no se trataba de valores literarios sino de valores políticos de fondo. Bajo su cobertura liberal y ecléctica, «El País» es militante que defiende de mil maneras los valores cosmopolitas a machamartillo. Tildándose de independiente se muestra beligerante contra la independencia de sus colaboradores a la hora de escribir y de los pueblos a la hora de decidir su destino. En concreto contra la cultura de arraigo indepentista vasca, materia de la que trata el libro del escritor Bernardo Atxaga. Un factor en el que «El País» intuye uno de esos peligros amenazantes para la estabilidad y el orden del sistema, esa paranoia guerracivilista de la que hablábamos al principio.

Y es que «El País» desea sobre todo convertir a los vascos a la causa común española de grandes superficies y templos de la posmodernidad internacional, apartándoles de su empecinamiento solipsista. Por alguna razón, según la crítica de Ignacio Echevarría, parece que el contenido de «El hijo del acordeonista» coincide, consciente o inconscientemente, con esos postulados disolventes o disuasorios del Grupo Prisa. Y ha saltado la chispa que podría prender el barril de pólvora del cinismo residente en algunos multimedias.