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La TV que no te ve

Fuentes: Rebelión

¿Qué hacemos con la TV? ¿La aceptamos tal cual es sin cuestionarla, o la rechazamos sin ni siquiera repensar su función social? ¿Debemos rendirle cultos y reverencias, o debemos demonizarla? El debate parece sencillo. Sin embargo, pensar que la tecnología por sí sola puede ser buena o mala es una falacia equivalente a creer que […]

¿Qué hacemos con la TV? ¿La aceptamos tal cual es sin cuestionarla, o la rechazamos sin ni siquiera repensar su función social? ¿Debemos rendirle cultos y reverencias, o debemos demonizarla? El debate parece sencillo. Sin embargo, pensar que la tecnología por sí sola puede ser buena o mala es una falacia equivalente a creer que las prácticas que las personas desarrollamos a diario no encierran un posicionamiento político frente a la vida y al entorno. Con lo cual, antes de pensar en la televisión como fenómeno tecnológico a secas, deberíamos estar reflexionando sobre los usos que de ella hacemos los sujetos.

Expresiones menos casuales que intencionales son las que se enarbolan desde los medios audiovisuales más consumidos en la sociedad[2] para definir al mundo actual: éste sería una mágica aldea global en la cual todos nos conoceríamos con todos, y donde todos seríamos iguales porque consumimos los mismos productos. En esta «comunidad», la televisión y los demás medios serían ese espejo en el cual maravillosamente se multiplicarían hasta el infinito todas las formas y todas las voces existentes; serían ese punto en donde se podrían contemplar -desde todos los ángulos posibles- todos los puntos del Universo (el «Aleph», que definiera Borges en su cuento homónimo).

Sí, en estos medios todo aparecería representado… Ahora, ¿es capaz la TV de ver todo cuanto acontece? ¿Puede ella mostrar «la» realidad? ¿Podemos confundir cantidad de frecuencias en nuestra pantalla con cantidad de conocimiento? ¿Qué estereotipos y qué identidades contribuye a crear ella sobre la mujer, los adolescentes, los niños? ¿Atiende a las diferencias, a las minorías, a los silencios de los que no tienen voz en la sociedad? Y si lo hace, ¿qué imaginarios construye sobre ellos?

La televisión comercial y masiva de estos días parece detenerse muy poco en cada uno de estas particularidades. Por el contrario, y en la persecución de la mayor rentabilidad posible, mira más el propio ombligo que a la sociedad: «La pantalla de la televisión nos muestra un televisor que contiene otro televisor, dentro del cual hay un televisor», sostiene Eduardo Galeano. Hoy la TV no te ve ni me ve.

Es por esto que si creemos las verdades de los abogados de «la aldea global», terminaremos creyendo que en ella -afuera- lo único verdaderamente trascendente son mujeres que bailan en un caño, y adolescentes vacíos encerrados en una casa para pelear discusiones mal guionadas. Paralelamente, dejaremos de ver a la televisión y a los medios de comunicación en general como lo que son en potencia: herramientas cuyo uso puede ampliar efectivamente nuestras capacidades humanas de ver, de escuchar, de decir y de conocer.

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Emiliano Bertoglio es Lic. en Ciencias de la Comunicación. Hernando (Córdoba, Argentina).

[2] Nos referimos aquí a las empresas propietarias de medios como Canal 13 de Buenos Aires, Canal 9, Telefé, las señales de cable que reproducen el cine de Hollywood, etc.