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Los equívocos de la centroizquierda y los desafíos del movimiento popular en Argentina

Fuentes:

Durante las últimas dos semanas la vida política argentina tuvo novedades importantes. En forma paralela al ya conocido Frente kirchnerista, base de apoyo (junto al tradicional Partido Justicialista-PJ) del actual gobierno argentino, surgió otro Frente autotitulado «Encuentro Nacional por un Nuevo Proyecto de Nación». Toda la prensa del país dio amplia cobertura a este nacimiento. […]

Durante las últimas dos semanas la vida política argentina tuvo novedades importantes. En forma paralela al ya conocido Frente kirchnerista, base de apoyo (junto al tradicional Partido Justicialista-PJ) del actual gobierno argentino, surgió otro Frente autotitulado «Encuentro Nacional por un Nuevo Proyecto de Nación». Toda la prensa del país dio amplia cobertura a este nacimiento. Allí confluyen desde un Banco cooperativo y el presidente de la Asociación de Bancos Públicos y Privados (ABAPPRA) hasta sectores de la Federación Agraria, diputados de la Unión Cívica Radical, de la CTA, del Partido Socialista, del Partido Comunista y del Partido Intransigente.

De esta manera, junto al espacio de centroizquierda nacional&popular que apoya al gobierno de Néstor Kirchner aparece una nueva fracción política de centroizquierda, ya no nacionalista sino de impregnación progresista. Más allá de los estilos, de las tradiciones, del lenguaje y del mayor o menos acercamiento al gobierno actual de Argentina (este nuevo nucleamiento no nace kirchnerista), ambos Frentes tienen una clara orientación política de centroizquierda.

No se trata de pasar revista (como hacen los medios de prensa tradicionales) a la lista de qué personalidades, qué individuos, qué dirigentes integran cada uno de los dos Frentes. Lo que hay que discutir es estrategia política. Más allá de los individuos, más allá de los «referentes» políticos, más allá de si hay o no candidaturas a cargos institucionales.

Nosotros discrepamos respetuosamente con ambos espacios políticos.

En el ámbito de la vida cotidiana, en el plano personal, mantenemos nuestro respeto por muchos de los militantes que integran ambos nucleamientos. Pero disentimos en política. Esta aclaración se torna necesaria porque en la Argentina hemos tenido una aguda y persistente dificultad para poder discutir estrategias políticas que no se conviertan inmediatamente en enfrentamientos y odios personales. Ya es hora de comenzar a respetarnos entre las distintas vertientes del campo popular. Ya es tiempo de dejar en el pasado el resentimiento y el protagonismo desmesurado por ver quién lidera cada uno de los Frentes. No se trata de poner el carro por delante de los caballos. Lo que tenemos pendiente es la elaboración de una discusión política. El frenesí mezquino que compite por ver quién se queda con las candidaturas electorales e institucionales -mejor no hablemos de las peleas por los subsidios y créditos gubernamentales- ha obstaculizado durante demasiado tiempo la posibilidad de discutir política en serio dentro del campo popular. Política de largo plazo. Política estratégica.

En términos de estrategia política, ¿cómo caracterizar los dos principales alineamientos de centroizquierda que actualmente se vislumbran en Argentina?

Creemos no equivocarnos si ubicamos al Frente oficialista que apoya al gobierno de Kirchner como una reedición del añejo «Frente Nacional», en otra época teorizado por Jorge Abelardo Ramos, Juan José Hernández Arregui e incluso Rodolfo Puiggrós. Todos ellos preconizaban -más allá de sus diferencias recíprocas- con lenguaje de izquierda, con citas socialistas y referencias incluso marxistas, la necesidad de que el movimiento popular, en particular los trabajadores, apoyen a la burguesía nacional. Con prosa y recursos estilísticos bien diversos, intentaban actualizar los planteos del populista peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, líder histórico del APRA [Alianza Popular Revolucionaria Americana] y pionero continental en la teorización de estos «Frentes Nacionales». Que algunos voceros del Frente kirchnerista sigan apelando a la antigua retórica de Abelardo Ramos mientras otros se han ido modernizando incorporando esa exótica versión argentina del «autonomismo» (que vive del subsidio y el cargo estatal) no cambia el fondo del asunto.

¿Cuál es la diferencia principal entre aquellas formulaciones ideológicas de Ramos, Puiggrós y Arregui de los años ’50, ’60 y ’70 con las condiciones sociales actuales? La más importante reside en que en Argentina la burguesía local se ha transnacionalizado completamente y ha perdido cualquier tipo de iniciativa político-social independientista, si es que alguna vez tuvo alguna (algo bastante discutible, por cierto…). Por eso creemos que las apelaciones del presidente Kirchner y de sus defensores intelectuales a «reconstruir un capitalismo nacional» tienen mucho más de retórica vacía, de aquello que los caribeños denominan «politiquería», que visos de realidad y de un proyecto factible. Ni siquiera vale la pena tomarse el trabajo de comparar esas apelaciones entusiastas y encendidas de patriotismo discursivo con la presencia destacada de cuadros neoliberales clásicos -como Martín Redrado y otros de su misma especie- en áreas centrales de la política económica del gobierno argentino.

En cuanto al otro Frente, supuestamente opositor, no resulta exagerado caracterizarlo en términos de estrategia política como una nueva reedición -y ya van…- del «Frente Democrático Nacional», otrora preconizado por Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi.

En tanto estrategia de alcance mundial, la idea misma del «Frente Democrático» nació históricamente en 1935, en el VII Congreso de la Internacional Comunista, luego de la política suicida de «clase contra clase» que desde 1928 ubicaba como enemigo principal de los revolucionarios a la izquierda del socialismo. Pegando un bandazo de 180 grados, la Internacional (ya stalinizada) pasó de un sectarismo extremo al otro polo, a la «unidad con todo el mundo», a la disolución de la autonomía obrera y a la conversión de las organizaciones de izquierda en furgón de cola de los proyectos burgueses. Jorge Dimitrov fue uno de los principales voceros de esta estrategia, aunque Stalin era su principal impulsor. En Europa, abandonando la estrategia de «Frente Único» preconizada por Lenin en Rusia y teorizada por Antonio Gramsci en Occidente, aquella estrategia de «Frente Democrático» trataba de hacer la unidad entre los trabajadores y la «burguesía democrática», para enfrentar al peligro mayor, el fascismo y el nazismo. En América latina esa estrategia de «Frente Democrático» aplicada a rajatabla potenció todos los errores estratégicos de la izquierda europea stalinizada arrastrando a los jóvenes y abnegados partidos comunistas del continente a los apoyos políticos más inverosímiles y bochornosos (desde Batista en Cuba hasta Somoza en Nicaragua, pasando por la Unión Democrática en Argentina).

Si la estrategia del «Frente Democrático» fue errónea y trágica en la Argentina de 1946 -levantando a partir de esa fecha un triste muro de cemento entre las clases trabajadoras y las identidades políticas de izquierda, que sólo alcanzó a debilitarse en los años del cordobazo-, al menos puede intentar comprenderse aquella equivocación histórica por el contexto mundial de la posguerra, donde la monstruosidad del nazismo estaba demasiado presente en la mentalidad de los dirigentes de izquierda. Pero 60 años después, intentar reflotar aquella Unión Democrática resulta -al menos esa es nuestra opinión- un despropósito.

Tanto el Frente Nacional como el Frente Democrático tienen algo en común. Apuestan a la gobernabilidad del sistema político argentino. En ambos casos, aunque por vías diversas, se intenta superar la crisis de hegemonía y de representación política que estalló en mil pedazos en diciembre de 2001 con la irrupción de las masas populares. Pero la reconstrucción de esa gobernabilidad no puede ser un objetivo si de lo que se trata es de superar el capitalismo en Argentina. Por eso ambos Frentes de centroizquierda tienen otra nota en común: dicen oponerse únicamente al capitalismo neoliberal… como si en nuestros días existiera la posibilidad de otro capitalismo, un capitalismo que no sea neoliberal, un capitalismo «con rostro humano».

Lo que la izquierda argentina, al menos sus expresiones más radicales, debería tener como norte es la construcción de una estrategia popular de contrahegemonía que jamás subordine las energías ni despilfarre las militancias populares en aras de las diversas fracciones de la burguesía local (sea «nacional» o sea «democrática y progresista»). Los muertos del 20 de diciembre de 2001 y todos/as los que día a día se juegan el pellejo en función de un mundo mejor se merecen algo bien distinto a un capitalismo «con rostro humano».

Desde aquel diciembre de 2001 mucha agua ha corrido bajo el puente. Los empresarios, los banqueros y sus representantes políticos -con ayuda del dinero estatal y los créditos del Banco Mundial- han logrado cooptar a un segmento importante y han podido inocular la división y la fragmentación en gran parte del movimiento popular a un grado superlativo. El indefendible e incomprensible sectarismo que aún campea en nuestra izquierda ha sido de gran ayuda frente a esa estrategia con que el poder ha logrado dividirnos.

¿Cómo superar esa doble pinza de cooptación estatal (impulsada desde arriba) y de división interna permanente (padecida en los de abajo)? ¿Cuál debería ser la alternativa frente a los Frentes Nacionales y los Frentes Democráticos?

Las respuestas las deberá encontrar el mismo movimiento popular. No puede salir repentinamente de la galera de ningún mago. Sin embargo, se pueden ensayar hipótesis provisorias.

La nuestra es apenas una de ellas. Se debe superar la fragmentación. Debemos hacer oídos sordos a todos los que pretenden legitimar dicha fragmentación, a los que convierten la necesidad en virtud, a aquellos que justifican acríticamente la dispersión popular con floridas citas posmodernas y posestructuralistas en nombre de «la multitud». Sí, creemos que se debe superar la fragmentación y la división del movimiento popular. Pero esa superación no puede venir de la mano de la unidad con la burguesía, «nacional» o «democrática». Lo que tenemos pendiente es la unidad de los movimientos piqueteros más rebeldes -aquellos que no se dejan seducir por la cooptación estatal-, de los trabajadores de las fábricas recuperadas que siguen luchando por un camino distinto a los que ya conocemos, de los trabajadores ocupados que siguen tratando de sacarse de encima esa burocracia sindical corrupta y neoliberal, del movimiento estudiantil que no se ha olvidado ni de la Reforma Universitaria de 1918 ni del Cordobazo, de esa inmensa militancia social que no tiene pertenencia orgánica a los partidos clásicos pero que no renuncia al proyecto de enfrentar a las patronales y sus representantes políticos, etc.

Hace falta la unidad. Sí, hace falta la unidad. Pero no la unidad hegemonizada por distintos sectores sociales de las instituciones del sistema capitalista, sino la unidad de los que luchan contra esas mismas instituciones.

Históricamente, este tipo de pensamiento político centrado en la unidad (que a nuestro modo de entender sigue pendiente en la Argentina) no nace de un repollo. Las estrategias políticas, aunque siempre deben dar cuenta de las nuevas situaciones y ser pensadas en función del presente y el futuro, al mismo tiempo se remontan históricamente a la experiencia acumulada por las luchas populares del pasado. Quien diga que el pasado ya no cuenta y que todo se inventa sobre la marcha, es ingenuo o está actuando de mala fe y haciendo trampa. Cada día creemos menos en la ingenuidad.

En la experiencia acumulada en el pasado, la unidad de las diversas expresiones y tendencias políticas de los trabajadores fue defendida por los primeros congresos de la Internacional Comunista, injustamente olvidados por aquellos que preconizan el «Frente Democrático» de Jorge Dimitrov y José Stalin. Tanto Lenin y Trotsky, desde la revolución rusa, como Antonio Gramsci, en el occidente europeo, preconizaron el Frente Único de todos los revolucionarios, de todos los que enfrentan al sistema, de todos los que no se arrodillan ante las instituciones del capital (sea «nacional» o «democrático y participativo»). Más cerca nuestro, desde lo más profundo de nuestra América, el peruano José Carlos Mariátegui y el cubano Julio Antonio Mella fueron quienes defendieron la necesidad estratégica del Frente Único para desarrollar la lucha por la independencia nacional y el socialismo en América Latina. No casualmente Mariátegui enfrentó al mismo tiempo a Víctor Raúl Haya de la Torre -partidario del Frente Nacional- y a Victorio Codovilla -estratega del Frente Democrático-. Frente a la izquierda nacional-populista que se subordinaba a la retórica de la «burguesía nacional» y frente a la izquierda que se dejaba arrastrar por las ilusiones institucionales de los demócratas liberales, Mariátegui reclama la construcción de una tercera opción política, la creación de un socialismo que impulse un frente antimperialista y anticapitalista al mismo tiempo. El Che Guevara fue sin duda su mejor discípulo.

Mucho tiempo después de aquellos debates, la agenda política argentina ha vuelto a poner en el orden del día la discusión sobre la estrategia.

Retomar aquella herencia mariateguiana pensando en las fábricas recuperadas, en los piqueteros y piqueteras rebeldes, en los trabajadores que luchan por recuperar sus sindicatos burocratizados, en el movimiento estudiantil, en lo que queda en pie de las asambleas barriales, en los diversos organismos de derechos humanos que combaten la judicialización de la protesta y en toda la militancia social que no se resigna, sigue siendo un desafío pendiente.

Buenos Aires, 8 de diciembre de 2004