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Más sobre vendedores de humo y deuda externa

Fuentes: Resumen Latinoamericano

En una nota anterior critiqué al economista Anino, del PTS, por afirmar que suspendiendo por tres meses al año el pago de la deuda externa, se puede acabar con la pobreza en Argentina. Según Anino (y el PTS), desde Argentina se realiza una transferencia anual neta a los acreedores por USD 40.000 millones. En mi […]

En una nota anterior critiqué al economista Anino, del PTS, por afirmar que suspendiendo por tres meses al año el pago de la deuda externa, se puede acabar con la pobreza en Argentina. Según Anino (y el PTS), desde Argentina se realiza una transferencia anual neta a los acreedores por USD 40.000 millones. En mi nota sostuve que no hay manera de que eso ocurra, y que actualmente se paga deuda contrayendo deuda.

Poco después de publicada la nota, un lector sostuvo – en la sección Comentarios del blog – que mi crítica a Anino-PTS es incorrecta porque: a) la deuda se está pagando con superávit fiscal; b) la deuda en dólares se está pagando con superávit de la balanza comercial. Lo cual revela un llamativo desconocimiento de las cuestiones que rodean el pago de la deuda. Pero no se trata solo de Anino-PTS y sus defensores, ya que otros grupos de la izquierda dicen, básicamente, lo mismo: males gravísimos – como la pobreza, la desocupación, el déficit de viviendas – podrían solucionarse con la simple medida de dejar de pagar la deuda. Incluso algunos afirman que bastaría con no pagar los intereses de la deuda para arreglar las cosas, al menos las más urgentes.

Dada la persistencia de estas opiniones, en esta entrada amplío los argumentos. Empiezo con una referencia a la discusión de Keynes sobre el problema de la transferencia real.

Keynes sobre las reparaciones alemanas y «los dos problemas»

En la nota anterior sostuve que Argentina no estaba realizando una transferencia real a los acreedores. La noción de transferencia real remite a Keynes, y su discusión con el economista sueco Ohlin sobre las reparaciones de guerra que las potencias europeas vencedoras le habían impuesto a Alemania. En este apartado me limito a presentar la idea central de Keynes, y no examino los argumentos de Ohlin.

Para ubicar al lector en el tema, digamos que a fines de los 1920 el Comité que administraba el Plan Dawes estableció el cronograma de pagos que debía cumplir Alemania para pagar las reparaciones y cumplir con su deuda externa. Ese Plan era promovido por EEUU (incluso Charles Dawes era un financista estadounidense), pero contaba también con el apoyo de Gran Bretaña y Francia. Keynes, que se oponía a las reparaciones, publicó un artículo, «The German Transfer Problem», en el Economic Journal, marzo de 1929 (pp. 1-7) fijando su postura. En él sostuvo que, tal como había establecido el Comité Dawes, el problema del pago de las reparaciones alemanas se dividía en dos partes: a) el problema presupuestario y b) el problema de la transferencia. El problema presupuestario consistía en «extraer [mediante impuestos] las sumas necesarias de dinero de los bolsillos del pueblo alemán»; el problema de la transferencia, consistía en convertir ese dinero alemán, recibido por el Gobierno, en moneda extranjera.

A partir de esa división, Keynes criticó la idea de que las mayores dificultades se centraban en el problema presupuestario, y que el de la transferencia era un problema secundario. Por el contrario, la transferencia era el problema mayor, ya que requería que Alemania pudiera exportar una gran cantidad de bienes, a fin de tener las divisas para pagar las reparaciones y la deuda. Es que, por ejemplo, podía ocurrir que Alemania no tuviera más capacidad productiva para exportar. O que, a fin de ganar mercados, tuviera que bajar el precio de sus productos de exportación, de manera que cuanto más exportara, más pequeños serían sus ingresos agregados.

Naturalmente, seguía el razonamiento de Keynes, no habría problema de transferencia si el dinero que se extraía con impuestos en Alemania y se entregaba a las potencias vencedoras, era gastado por la población de estas en productos alemanes. Pero eso no estaba ocurriendo. Por otra parte, Alemania había resuelto, en los últimos dos o tres años, el problema de la transferencia tomando prestado en el exterior, pero esa situación no podía continuar indefinidamente. Sostenía entonces que la solución al problema de la transferencia pasaba por que Alemania dedicara más de su producción a la exportación. Pero para esto debía reducir sus costos de producción. Y esto solo podía lograrse bajando los salarios (medidos en oro, en relación a los salarios de los demás países). En otros términos, siempre según Keynes, el gasto del pueblo alemán debía ser reducido no solo con los impuestos destinados a cubrir las reparaciones, sino también por medio de una reducción de los salarios. De esta manera aumentaría la competitividad alemana en bienes exportables. Esta medida, por lo tanto, complementaba la extracción de ingresos monetarios por medio de los impuestos destinados a pagar las reparaciones. Otra alternativa era anular las reparaciones y las deudas que, de hecho, agobiaban a muchos países europeos.

Trasladado a Argentina

Con las adecuaciones necesarias, es claro que los dos problemas discutidos por Keynes en su artículo de 1929 tienen su expresión en la cuestión de la deuda externa argentina. Es que el pago de la deuda exige, por un lado, que haya superávit fiscal. Esto es necesario aunque solo se paguen los intereses de la deuda, y no se devuelva el principal. Y ese superávit solo puede surgir de la diferencia entre los impuestos y los gastos. Dada la resistencia de la clase capitalista a que aumenten los impuestos, todo indica que el superávit provendrá, esencialmente, de la reducción del gasto social, de los salarios de los trabajadores estatales, y/o del empleo público.

Pero por otro lado, a fin de que se realice la transferencia en términos reales por el pago de la deuda nominada en moneda extranjera, es necesario que haya superávit en la balanza comercial. Es el «segundo problema» al que se referían la Comisión Dawes y Keynes.

Aclaremos que esto es así aunque la posición inversora internacional neta de la economía argentina actualmente sea acreedora: a diciembre de 2018 el saldo de la posición inversora internacional del país era positivo por USD 64.864 millones de dólares («Balanza de pagos, posición inversora internacional y deuda externa», INDEC, diciembre 2018). Esto se explica fundamentalmente por los argentinos que tienen depósitos en el exterior o dinero extranjero; además de otras inversiones. Es cierto que esas colocaciones rinden intereses pero, en su mayor parte, estos no se invierten en el país. De manera que la única fuente genuina de dólares es la balanza comercial. Pero además de los pagos por la deuda, hay salida de divisas, entre otros motivos principales, por remesas de utilidades y dividendos de empresas con casas matrices en el exterior, y fugas de capitales (véase más abajo las cifras de la balanza de pagos argentina de 2018).

Por otro lado, debe tenerse en cuenta la debilidad productiva del país: las exportaciones de bienes físicos representan apenas el 0,3% del total mundial, y la de servicios el 0,25%. Para lograr superávits en la balanza comercial, dada la baja productividad general de la economía argentina y el bajo valor agregado de las exportaciones, deberían bajarse aún más los salarios, en términos de dólar.

El «primer problema»: no hay superávit fiscal

Con relación al «primer problema», la realidad es que no hay superávit fiscal. El balance fiscal financiero (esto es, cuando se tienen en cuenta los servicios de la deuda), es deficitario: la necesidad de refinanciamiento, incluyendo las LETES, para 2019, es de USD 43.000 millones (Ministerio de Finanzas). Esto contando que el déficit primario sea cero, cuestión que está por verse. Pero entonces no hay manera de que Argentina esté pagando, neto, por un valor de USD 40.000 millones a los acreedores, como han sostenido Anino-PTS (y repiten muchos). Ni siquiera hay superávit para pagar los intereses.

El «segundo problema»: déficit en la balanza de pagos y deuda

Vayamos ahora al «segundo problema». Partimos de que a diciembre de 2018 la deuda externa total, a valor nominal, era de USD 277.921 millones (250.861 millones a valor de mercado; INDEC, también para lo que sigue). De ese total, USD 173.584 millones correspondían al Gobierno general (Gobierno nacional más gobiernos provinciales). El 91% de esa deuda está nominada en moneda extranjera, y el 61% en dólares. Si Argentina estuviera pagando intereses y devolviendo capital en términos reales, debería estar recibiendo dólares netos por algún lado. Pero el acumulado de la balanza de bienes y servicios entre 2012 y el primer trimestre de 2019 fue de apenas USD 774 millones. En 2019 crecería, pero de todas maneras estamos muy lejos de lo que exigiría una transferencia real (más, repetimos, pagos de dividendos y utilidades, y fuga de capitales).

Veamos todavía un poco más de cerca el asunto, a la luz de la Balanza de Pagos de 2018. Ese año la balanza de bienes y servicios fue deficitaria por USD 10.578 millones de dólares. La de Cuenta Corriente lo fue por USD 28.003 millones. Las rentas de inversión (comprenden, entre otros ítems, pagos de intereses de deuda y remesas de utilidades y dividendos) representaron una salida por USD 18.620 millones. De esta suma las salidas netas por utilidades y dividendos alcanzaron los USD 6862 millones. La salida neta por intereses fue de USD 11.758 millones (de las cuales USD 10.939 millones correspondieron a intereses pagados por el Gobierno general).

En consecuencia, las necesidades de financiamiento (neto de la cuenta de capitales) fueron, en 2018, de unos USD 28.000 millones. Para esto, hubo una emisión de pasivos por USD 72.535 millones, y una adquisición de activos por USD 44.150 millones. Entre los rubros de adquisición de activos estuvo el aumento de reservas internacionales del BCRA, por USD 11.277 millones; y las inversiones de argentinos en activos del exterior. Las inversiones de cartera en el exterior fueron de USD 6647 millones de dólares. «Otras inversiones» (fundamentalmente moneda extranjera y depósitos en el exterior) sumaron USD 24.869 millones. El financiamiento de estas salidas (más el aumento de reservas internacionales del BCRA) provino de inversiones de cartera en el país por USD 12.740 millones de dólares; de inversiones directas por USD 12.162 millones; y de los aumentos del pasivo (ítem «otra inversión») por USD 47.599 millones de dólares (donde está incluido el préstamo del FMI). En este último respecto, fue central el endeudamiento del Gobierno. Por emisión de títulos de deuda y préstamos tomados aumentó en USD 44.101 millones de dólares en solo un año.

¿Transferencia en términos reales?

Lo anterior pone en evidencia que no hay manera de que Argentina haya realizado, en 2018, una transferencia en términos reales, del orden de unos USD 30.000 millones, o más, como pretenden Anino-PTS y otras organizaciones y gente de izquierda. Si se analizan los datos de Balanza de Pagos de 2016, 2017, o de los primeros meses de 2019, se llega a la misma conclusión. Para que se tome conciencia de lo que están afirmando Anino-PTS: si Argentina estuviera transfiriendo a los acreedores, en términos netos, sumas por un valor de USD 40.000 millones (entre pagos en moneda extranjera y pesos), estaría transfiriendo, por año, el equivalente al 6,5% del PBI (con un PBI de USD 610.000 millones). Pero no hay forma de que esto esté ocurriendo. Sencillamente, los números no dan.

Otra manera de ver que lo que dicen Anino-PTS no tiene sentido es la siguiente: si fuera cierto que Argentina está pagando por valor de USD 40.000 millones anuales, la deuda neta debería estar disminuyendo. Pero ha estado creciendo, como vimos más arriba. Más en general: la deuda externa pasó de USD 199.161 millones en el primer trimestre de 2017, a USD 277.921 millones en el cuarto trimestre de 2018. La deuda bruta de la Administración Central pasó de USD 240.665 millones en 2015 (52,6% del PBI) a USD 332.192 millones en 2018 (86% del PBI). En 2019 ambas siguen aumentando.

¿Se está pagando o la deuda es impagable?

Para aumentar la confusión general, al mismo tiempo que Anino-PTS sostienen que se está transfiriendo a los acreedores unos USD 40.000 millones por año, Castillo-PTS explican que la deuda es impagable. Pero ambas afirmaciones no pueden ser ciertas al mismo tiempo y con respecto a la misma deuda (¿alguien oyó hablar del principio de no contradicción lógica? ¿O van a apelar a la «dialéctica» para sostener incoherencias?).

Una de dos: o se están pagando USD 40.000 millones por año (y entonces la deuda es «pagable»); o la deuda es «impagable», y por lo tanto no se pueden estar transfiriendo USD 40.000 millones de dólares por año a los acreedores.

No es una cuestión moral

Lo explicado más arriba permite entender por qué el crecimiento de la deuda externa no es un tema de «moral» como acostumbra describirlo buena parte de la izquierda (incluido el PTS). Esto es, no se trata de una «estafa» o «robo» (aunque haya estafadores y ladrones metidos en el asunto), sino, en lo esencial, de la debilidad estructural de la acumulación del capital en Argentina. Es que si existe déficit en la balanza de cuenta corriente, y salidas netas de capitales, no hay manera de que no aumente la deuda externa (a no ser que se pierdan reservas; aunque esta pérdida no puede ser infinita). Pero el déficit de cuenta corriente no se debe a que haya muchos funcionarios y capitalistas «inmorales» (estafadores, coimeros, etcétera) en Argentina. Por caso, las remesas de utilidades por parte de las empresas extranjeras que tienen inversiones en el país no se explican por fallas «morales». Responden a intereses de clase que son más o menos normales en el modo de producción capitalista.

De la misma manera, es una tontería decir que la salida de capitales es una «estafa» (como he leído en algún escrito de izquierdistas indignados). Los flujos de capitales constituyen una condición natural de la globalización capitalista. En particular, los capitalistas, argentinos invierten en donde piensan que, no solo hay más posibilidades de ganancias, sino también más seguridades para sus capitales. Siguen en esto la lógica de cualquier capitalista. El objetivo del capitalista es valorizar el capital adelantado, y eso no es un producto de sus convicciones morales, sino el resultado natural de las relaciones de producción subyacentes (véase, por ejemplo, el capítulo 4 del tomo 1 de El Capital, de Marx). Creer que se trata de una cuestión de moral es no entender cómo funciona el capitalismo. A lo que hay que agregar que cientos de miles de personas, que no son necesariamente capitalistas, buscan protegerse de las devaluaciones y la inflación ahorrando en dólares. ¿Esto también obedece a una falla moral? Es absurdo.

Por supuesto, en las fugas de capitales puede haber estafas -y de hecho las hay, en especial en lo que se refiere a las cargas fiscales – pero eso no implica que la esencia del problema sea del orden moral. Y esta cuestión es esencial para entender por qué los padecimientos de los trabajadores argentinos no se solucionan cambiando personajes, por caso, reemplazando a «los deshonestos» por «los honestos» al frente del Estado.

De nuevo, no vendan humo

La idea de que para solucionar los males del capitalismo basta con reformas de superficie -en la esfera de la distribución – tiene una larga trayectoria. Es que al reformador social siempre le ha parecido que lo más fácil y directo para arreglar esos males pasa por suprimir los intereses y las deudas. Era lo que proponían Proudhon y sus seguidores, y es lo que proponen, de hecho, los curanderos sociales modelo siglo XXI. Aunque en este último caso, el planteo se condimenta -faltaba más- con la infaltable dosis de nacionalismo. En cualquier caso, nos dicen, bastaría con anular una forma de la plusvalía, el interés, para ingresar en el reino de la felicidad.

Pero la medida de no pagar la deuda y romper con el FMI no es en sí misma una solución si no se dice qué clase social instrumentará esa medida, con qué poder la llevará adelante, y en el marco de qué programa. En una nota anterior escribí al respecto: «…un país podría retirarse del FMI y continuar siendo, sin embargo, dependiente del crédito internacional. Por ejemplo, si padeciera déficits en su balanza de pagos -déficit en su cuenta corriente, salida de capitales, pérdida de reservas internacionales- estaría subordinado a las exigencias de los prestamistas, estuviera o no adherido al FMI. En ese marco, lo menos que se puede decir es que la mera salida del FMI no aportaría gran cosa a la solución de los problemas económicos». Allí también señalé que Argentina y otros países capitalistas defaultearon sus deudas, sin que por ello cambiaran, en alguna manera sustancial, las cosas.

Para terminar: ciencia, crítica social y la izquierda

Por último, alguien se puede preguntar por qué tanto lío por saber si es cierto que con dejar de pagar tres meses al año la deuda existirían los recursos para acabar con la pobreza en Argentina. Después de todo, dirán las personas prácticas, «si sirve para ganar votos -y en esto, nada mejor que un buen focus group – la cosa sirve». Más aún, para ganar los votos de un sector de la sociedad podría servir el argumento Anino-PTS, y para ganar el voto de otro sector podría ser útil el formato Castillo-PTS. «Todo suma», De ahí que no importe «vender humo». En otros términos, en aras de la popularidad se puede «mandar fruta» (de nuevo, una expresión argentina; sinónimos: «chamuyar»·, «versear», «sanatear»), como si los que reciben el mensaje fueran estúpidos a los cuales se les dice cualquier cosa, incluso afirmaciones contradictorias.

En oposición a este criterio, sostengo que «no todo suma» – el desprestigio de la izquierda por «sanatear» es un pasivo difícil de levantar – y que el discurso crítico debe basarse en evidencia y pensamiento lógico. Es necesario rechazar la idea de que, con prescindencia de los datos empíricos, se puedan «construir políticamente los hechos» de manera que favorezcan determinada línea política de partido.

Lamentablemente, en muchos sectores de la izquierda se ha caído en el relativismo subjetivista (la verdad es subjetiva, el mundo es construcción discursiva, y similares). Como dice Sokal, hoy parece haber una «rebelión posmoderna contra la ciencia y el racionalismo» (Más allá de las imposturas intelectuales, p. 178). Sin embargo, históricamente el socialismo científico ha luchado contra el oscurantismo, el subjetivismo, el idealismo, y ha reivindicado el análisis materialista, basado en lo empíricamente registrable, y en el análisis lógico. Es la manera de terminar con la especulación idealista, compañera inseparable del curanderismo social utópico. La idea de Marx de que el punto de partida de toda crítica es el rigor intelectual, y su rechazo al método idealista-especulativo, tiene que ver con esto.

Fuente: http://www.resumenlatinoamericano.org/2019/06/09/argentina-mas-sobre-vendedores-de-humo-y-deuda-externa/