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Nueva izquierda independiente y la política: una relación tormentosa

Fuentes: Rebelión

«Se trata dehacer realmente una nueva política, que deberá ser no solamente opuesta, sino muy diferente a la política que hacen los que dominan. Una cosa es comprender que la política del campo popular comete muchos errores y quizás todavía se parece demasiado a la de sus adversarios, y otra es creer que toda política […]

«Se trata dehacer realmente una nueva política, que deberá ser no solamente opuesta, sino muy diferente a la política que hacen los que dominan. Una cosa es comprender que la política del campo popular comete muchos errores y quizás todavía se parece demasiado a la de sus adversarios, y otra es creer que toda política es perversa, porque eso a quienes conviene es a los dueños capitalistas de la política. Es como la idea de que todo poder es perverso: sólo sirve a quienes tienen el poder, mientras los que nunca lo han tenido pierden la posibilidad de tomarlo, equivocarse y aprender ejerciéndolo, y crear poder popular«.

Fernando Martínez Heredia

 

Transcurrió más de una década desde la rebelión que en la Argentina del 2001 llenó la calle de pueblo y transformó la vida política y social del país. Junto al pueblo movilizado entró en escena una joven y nueva izquierda independiente, hija de la rebelión argentina y del ciclo de luchas inaugurado por el zapatismo en América Latina.

Contrapuesta a la vieja y repudiada política sistémica, nacía una nueva, sostenida en la construcción de poder popular y diferenciada, como estrategia, tanto de la «toma del poder» como momento iniciático del proceso de transformaciones, como de quienes se planteaban «cambiar el mundo sin tomar el poder». Este pilar de la nueva izquierda independiente resulta así un «significante clave para las nuevas vanguardias y movimientos populares que se desarrollan en nuestro continente. A mitad de camino entre categoría estratégica y marca identitaria, este concepto recoge el hilo libertario y anti-burocrático presente en la tradición marxista y el movimiento socialista desde sus orígenes: la referencia a la autoactividad y al poder independiente de la clase obrera…, la crítica a todo sustituismo o jacobinismo en la estrategia revolucionaria…, la necesaria autonomía de los organismos de masas…, o la imprescindible preparación ideológica, cultural y social que requiere todo proceso de transformación radical«[1].

Sin embargo, al día de hoy, esta joven izquierda que nació pujante y se dispuso a transformar la vida -junto y desde el pueblo- se topó con problemas a los que no ha sabido aún responder. Fracturas recurrentes, lenguajes y prácticas emparentadas a la política-espectáculo, programas políticos que no aspiran a construir sujeto sino a potenciarse institucionalmente, proyecciones que no aciertan a trascender lo local, empoderamiento popular subordinado a la visibilización de candidatos, constituyen algunos síntomas de una profunda crisis de identidad de la nueva izquierda independiente a la que, muy atinadamente, un compañero denominó «izquierda en búsqueda».

Con su génesis en las luchas populares contra la ofensiva neoliberal, el paso de la resistencia social a la lucha política no le está resultando sencillo. Así como el rechazo a la política entendida como mera representación y restringida a la disputa por lo estatal recluyó a varios grupos en una micropolítica sin proyección, desde una visión institucionalista se creyó signo de madurez entrar a la gran política recurriendo a las viejas prácticas antes rechazadas.

Aunque parezcan reñidas y se declaren enfrentadas, ambas perspectivas coinciden en que solo existiría una única política posible, sin otra opción que aceptarla o rechazarla. Asimismo, en ambas, la construcción de poder popular como estrategia de transformación se ve reducida a la mera construcción de base. Permanecen así intocables los estrictos límites impuestos por el sistema: la separación entre el campo de la política y el de la vida económica y social, así como la restricción de lo político a la disputa del poder estatal.

Una manifestación, paradójica, de las dificultades y crisis de la izquierda independiente, lo constituye el que varias organizaciones, que supieron mantenerse autónomas del kirchnerismo en su momento de mayor auge, ahora, en la etapa senil que revela crudamente los límites del «capitalismo serio», se acercan a alguna de sus alas para «defender lo conquistado». Endilgarle todos los problemas a estos compañeros y compañeras -así como a quienes en América Latina acompañan a los progresismos neodesarrollistas- sería fácil, pero resulta mucho más útil comprenderlos como emergentes de problemas políticos no resueltos por el conjunto de la izquierda.

Uno de estos problemas lo constituye la aceptación de lo político como escindido de lo social, cuya superación amerita debates colectivos ya que, como señaló Miguel Mazzeo «la relación entre organizaciones sociales de base y las organizaciones políticas (o la política a secas, por qué no) tal vez constituya una de las temáticas destinadas a convertirse en la problemática central de los debates en los próximos años«[2]. No sólo se convirtió en problemática central, sino devino en talón de Aquiles de la nueva izquierda independiente.

El sistema capitalista puede tolerar la acción política por un lado, así como el conflicto social por el otro, pero le resulta inaceptable que ambas caras de la moneda se junten y articulen. «Están politizando el reclamo» acusan y se espantan cuando esa articulación florece en las luchas populares. Pero justo allí, donde al sistema le duele, en la unidad de lo político con lo social, se encuentra la clave y el desafío para la izquierda independiente, de implementar otra política y erigirse en una herramienta político-social útil para la emancipación popular.

Democracia, hegemonía y separación de la política de la vida cotidiana

Parte de las dificultades devienen de la perdurabilidad y eficacia que está demostrando el régimen representativo liberal -el sistema de «democracia formal»- que remacha la escisión entre lo social y lo político al ocultar la profunda desigualdad que produce el sistema tras una supuesta igualdad ciudadana. Y si bien se intenta confundirla con el derecho a decidir sobre la «cosa pública», poco tienen que ver ya que «la democracia dio un giro del ejercicio activo del poder popular al goce pasivo de las salvanguardas y derechos constitucionales y de los procedimientos, y del poder colectivo de las clases subordinadas a la intimidad y el aislamiento del ciudadano individual. El concepto de democracia se fue identificando cada vez más con el del liberalismo«[3].

De la misma manera que bajo el capitalismo el productor es expropiado de su producto de trabajo, al que ve como ajeno y sin sentido, asimismo siente ajena y hostil a la sociedad y a lo público, facilitando la delegación de lo político.

No sólo fue expropiado el derecho a decidir sobre lo público sino que el ámbito de lo económico quedó excluido y por fuera de lo que podía decidirse en democracia. Así, «el capitalismo hizo posible la redefinición de la democracia, su reducción al liberalismo. Por un lado, ahora había una esfera política independiente, en la que el status extraeconómico -político, jurídico o militar- no tenía implicaciones directas para el poder económico, el poder de apropiación, explotación y distribución. Por otro lado, ahora existía una esfera económica con sus propias relaciones de poder que no dependía del privilegio jurídico o político«[4].

Este carácter acotado de la «democracia» se vio aún más restringido en la fase neoliberal del capitalismo, que eliminó gran parte de lo que perduraba como público para sumarlo al ámbito de lo privado sujeto a las leyes del capital. La salud, la educación, la naturaleza, la cultura, el ocio, hasta el propio cuerpo, dejaron de ser cuestiones de interés social, para regirse por las lógicas mercantiles.

La escisión de lo político y lo social no solo diluye a la clase, a lo colectivo, en lo individual, particular, sino fragmenta internamente a cada individuo que, por un lado, como trabajador vivencia la explotación cotidiana, pero por el otro, como ciudadano igual a sus semejantes ante la ley, parecería gozar de sus derechos y libertades. Como trabajador se lo habilita, en todo caso y no sin resistencia, a exigir mejores salarios o a defender sus condiciones de trabajo. Pero en ningún caso se considera lícito que pase, como trabajador, de lo particular, sectorial, a lo universal, a lo que hace a la sociedad en su conjunto. No puede entonces cuestionar el modelo de sociedad, no se le permite hacerlo desde su rol de trabajador, ya sea ocupado o desempleado. Puede sin embargo hacerlo como ciudadano. Pero como ciudadano no tiene derecho a cuestionar lo que ocurre en la empresa o fábrica, ya que la misma es de un particular que, como supuestamente es «igual» a todos, tiene derecho a su propiedad sin que nadie lo cuestione. Como resultado, el ciudadano, por fuera de su clase, no tiene los medios para cambiar nada, por fuera de votar a algún «representante» para que, supuestamente, gobierne en su nombre.

La escisión entre lo político y lo social es la condición de posibilidad para que la hegemonía de las clases dominantes pueda realizarse y reproducirse, ya que sólo así sus intereses particulares aparecen como intereses del conjunto de la sociedad.

La construcción de poder popular -como estrategia y táctica para el cambio social- puede irse constituyendo, ir conquistando sus propias «casamatas» dentro de la sociedad burguesa, sólo traspasando los límites de tal escisión. Sin embargo, la desconexión entre el plano de la vida cotidiana del pueblo trabajador y el plano de lo político suele ser asumida sin crítica aún por quienes, desde la izquierda, enfrentan al sistema.

Esta escisión marcó a fuego las prácticas emancipadoras del siglo XX. «En la vieja concepción el movimiento era social y el partido era político, y el partido político representaba en la política al movimiento social. Pero, ¿porqué se decía esto que el partido era político y el movimiento era social? Porque el partido estaba del lado del Estado. Entonces, finalmente, se decía que el partido era político porque subordinaba la política al Estado. Y el movimiento era social porque estaba del lado de la vida de la gente, y no del Estado directamente».[5] De esta forma, la propia izquierda asumió que el pueblo trabajador se vea restringido a las prácticas sindicales y reivindicativas, mientras era convocado a votar periódicamente a los que actúan en el plano de lo político.

El resultado es que la vida sindical y los reclamos sociales suelen terminar girando en el vacío de la falta de perspectivas reales y abriéndole la puerta a los sectores pro-capitalistas -aún los más reaccionarios- que presentan en todo lugar y por todos los medios, sus perspectivas generales para «toda» la sociedad. Una vez compartido este proyecto de país de los sectores dominantes, muchos de los padecimientos que sufre nuestro pueblo trabajador son aceptados por éste como «daños colaterales» en pos de un futuro mejor que derramaría sus beneficios para toda la sociedad. Y cuando estos padecimientos se hacen insoportables y se sale a la lucha, se lo hace para aminorar el sufrimiento, sin que ello signifique inevitablemente una ruptura con los proyectos de las clases dominantes, sino sólo una apertura a la posibilidad de disputarlos.

La izquierda tradicional, que encabeza muchas de estas luchas, termina sorprendida de cómo su importante rol en los conflictos no se refleja de la misma manera en adhesión política más que esporádicamente, o en saltos que más tarde o más temprano encuentran su techo. Al mismo tiempo, la vida política, encerrada en los partidos, pierde toda vitalidad, fuerza creativa y anclaje social, al restringirse a una minoría de individuos «esclarecidos», motivados, o con los medios de vida que les permiten tener tiempo para hacer política.

Esta especie de división de tareas en el seno de las organizaciones del pueblo trabajador conservó cierta eficacia en la situación especial de la segunda posguerra hasta mediados de los setenta. En esos años rigió el llamado «pacto keynesiano» por el cual se institucionalizó el otorgamiento de derechos laborales y sociales a los trabajadores, a cambio de no cuestionar al sistema, en el marco de los denominados «Estados de Bienestar». Pero en la situación actual, tras la ofensiva neoliberal que reconfiguró el capitalismo, estas formas escindidas de organización política y sindical, han agotado sus perspectivas históricas y ya no logran siquiera defender lo conquistado, por lo que se hace necesario repensarlas, para desplegar estrategias basadas en la construcción del poder popular, la extensión de los ámbitos de decisión colectiva popular y la potenciación de prácticas que aporten a la politización de lo que aparece como social y a darle carnadura social a lo que el sistema pretende permanezca como político ajeno.

La crítica a la democracia liberal no significa desvalorizar la importancia de la democracia para el pueblo trabajador, sino por el contrario, resalta la necesidad de «considerar la significación de la solución propuesta por Marx: la verdadera democracia. Aquí no se trata en absoluto de la democracia republicana burguesa, sino de una transformación radical que implica la supresión tanto del Estado político alienado como de la sociedad civil privatizada. La palabra democracia tiene para él un sentido específico: abolición de la separación entre lo social y lo político, lo universal y lo particular«[6]. Obviamente, esto transforma en cuestión de primer orden el debate sobre la transición.

De doña Rosa al padre Néstor: de la negación a la reapropiación de lo político

Si bien ya desde la entrada del capitalismo en su fase neoliberal se hizo necesario repensar las formas tradicionales de organización y lucha, el resurgir de la lucha popular desde fines de los ’90 lo convirtió en una necesidad práctica inmediata.

Hasta entonces, las derrotas y el desaliento provocados por el llamado «socialismo real» habían contribuido a que el pueblo trabajador eliminara de su agenda la construcción de organizaciones que proyectaran una política propia, sobre lo que se apoyó el capitalismo globalizado para quitar, en apariencia, todo contenido conflictivo a la política y reducirla a un mero tema de gestión. Los sectores populares aceptaron depositar la política en manos «de los que saben», como se escuchaba decir, mientras las ansias de cambio social recorrían caminos divergentes con los de la política dando lugar a «la absorción de lo político por lo social, por las luchas sociales, los movimientos sociales, etc., [lo cual] es una tremenda debilidad, es una de las llaves por la que el sistema y las políticas reaccionarias pueden reapropiarse de los esfuerzos que estamos haciendo para iniciar una renovación radical de las políticas que apuntan a la no dominación«[7].

En la Argentina este abandono de la política se dio tras las graves derrotas populares durante la feroz dictadura y profundizadas por el menemismo. Sus consecuencias sobre los proyectos emancipatorios fueron descritas con palabras sencillas por Rubén Dri, quien se preguntaba retóricamente ¿Qué hacen entonces los militantes populares? Recurren a la «sabiduría popular» o «buen sentido» que anida en el «sentido común», como dice Gramsci. Como el animal perseguido se refugia en su guarida, donde puede montar su defensa, los militantes populares se refugian en lo social«[8]. En el origen de muchas de las formas de resistencia que surgieron en los noventa puede reconocerse este breve retrato.

Pero como no hay mal que dure cien años y como la paciencia de los pueblos perdura mucho menos aún, la resistencia popular y las contradicciones del sistema hicieron naufragar la ilusión del «fin de la historia» y la militancia popular sacó nuevamente la cabeza por sobre la «guarida». La rebelión del 2001 sacudió las estanterías de todo el panorama político argentino y, conscientes del riesgo que corrían, los sectores más coherentes y capaces de las clases dominantes, que coagularán en el kirchnerismo, comprendieron que las formas de dominación no podían continuar como hasta ese momento y, entre otras cosas, modificaron la forma en que se manifestaba la separación entre lo social y lo político.

El kirchnerismo recreó la escisión de una forma diferente a la del menemismo neoliberal, cuando la separación entre ambas esferas pasaba por hacer política negando que se la estuviera haciendo. Por entonces, los sectores dominantes no hablaban en nombre de la política sino -como popularizó un conocido propagandista del sistema- en el de «Doña Rosa». Parecía entonces que se hablaba y actuaba desde el sentido común que dicha «doña» supuestamente encarnaba. La vida cotidiana, la esfera de las relaciones sociales y económicas, parecían transcurrir por canales inmutables en donde lo político no podía ni debía inmiscuirse. Le otorgaban así la palabra a «Doña Rosa» para quitársela al pueblo. El que intentaba hablar desde lo político era, consecuentemente, estigmatizado como portador de intereses particulares espurios y ajenos, reñidos con ese sentido de lo «común».

Bajo el kirchnerismo, la forma en que se naturaliza la escisión entre lo político y lo social ya no pudo continuar siendo la misma. Tras la rebelión popular del 2001 la sociedad había recuperado -peligrosamente para el sistema- el hacer política cotidianamente en cada ámbito de interés popular para decidir sobre los destinos del país. Las asambleas barriales y populares cuestionaban el régimen representativo y debatían qué hacer con la deuda externa, los medios de comunicación, la salud o con las empresas privatizadas. Los movimientos de trabajadores desocupados decidían quién podía circular o no -por entonces con el apoyo del resto de los sectores populares- y ponían en cuestión el derecho del capital a decidir quién y cómo se trabajaba. Sectores de trabajadores comenzaron a negarle a la patronal el derecho a decidir sobre la propiedad privada de su establecimiento, que en este sistema resulta incuestionable, recuperando empresas para seguir produciendo y resaltando así el carácter social de la producción, si bien en forma incipiente y limitada ya que abarcó sólo un sector de patronales vaciadoras o en quiebra, aunque marcando un piso que nuevos ciclos de lucha podrían llegar a elevar.

Con la rebelión del año 2001 se había comenzado a superar esa brecha que hace a lo esencial de la dominación del capitalismo y se salió a la calle, ya no sólo para reclamar tal o cual cosa, sino para cuestionar absolutamente todo, con un espíritu destituyente que anheló construir un nuevo país. «Doña Rosa» y su sentido común pasaron a ocupar un lugar en la misma fosa donde yacen los restos de su mentor, aunque hoy varios ya reclaman su herencia.

El kirchnerismo comprendió cabalmente el peligro que para la recomposición hegemónica de los sectores dominantes entrañaba la incipiente articulación entre la acción política y la social, por lo que se abocó a recomponer la escisión y la autoridad estatal, aún a costa de soportar cierto grado de conflictividad social, en tanto ésta permaneciera como reclamo meramente social y se diluyera cualquier atisbo de planteo más general y universal. Se dedicó así a recuperar «la legitimidad del Estado y de la democracia representativa liberal, particularmente dirigida a restablecer el monopolio estatal del hacer político y a las representaciones partidarias como las únicas mediaciones legítimas de la soberanía popular delegada«[9], relegando nuevamente a los sectores populares, con sus organizaciones y movimientos, al rol preestablecido de actores meramente sociales.

El recurso de seguir negando la validez y la misma existencia de la política había sido enterrado por la rebelión. El kirchnerismo decidió asumir esta realidad y reivindicarla, como hizo con tantos otros temas, pero ya no como práctica de los sectores populares sino resignificada como actividad monopolizada por los partidos y el aparato estatal. Hábilmente, sabiéndose en un escenario diferente al de los ’90, supo recoger banderas populares muy sentidas -diferenciándose así de los gobiernos que lo precedieron- mientras volcó el vino nuevo en odres viejos para sacudir el polvo a las viejas prácticas, instituciones y organizaciones políticas, canalizando la renacida actividad política popular hacia el apoyo de decisiones políticas ajenas. Desde entonces, el pueblo fue convocado, no ya como protagonista, sino sólo para apoyar decisiones gubernamentales. Lo político, con el kirchnerismo, si por un lado se generalizó hacia sectores antes indiferentes, por el otro comenzó un camino inverso al que había iniciado desde el 2001. De actividad popular, desde abajo, que había comenzado a inmiscuirse en cada resquicio de la vida económica, social y cultural, pasó a ser una actividad desde arriba, restringida a lo que desde las cúpulas se decidía priorizar.

La recomposición hegemónica de las clases dominantes necesita de mitos fundacionales y tras la muerte de Néstor Kirchner -basta recordar su multitudinario velorio- comenzó a tomar forma la creación de un nuevo mito que como tal, es reacio a toda mirada histórica. Así como a Raúl Alfonsín la muerte lo transmutó a «padre de la democracia» (ocultando su apoyo a la sangrienta dictadura hasta la Guerra de las Malvinas), a Néstor Kirchner se lo elevó a «padre» de la política y de la militancia, a fin de enterrar cualquier atisbo que sugiera una política donde el protagonista sea el pueblo, así como para afianzar la concepción de «militancia» como el apoyo a grupos dirigentes que hacen política «para» el pueblo, dentro de los marcos representativos de la democracia y de sus campañas y mecanismos electorales.

La construcción del poder popular en la cornisa: una ¿nueva? estrategia de poder

Mientras el kirchnerismo avanzaba en la recomposición hegemónica del capital, ni la centro-izquierda ni la izquierda tradicional tuvieron qué contraponer a esta mutación de sentido de lo político, ni a la profundización de su escisión con lo social. Y esto fue así porque coinciden en la matriz ideológica por la que conciben a sus organizaciones como monopolizadoras de lo político y a «la política como disputa de partidos por ocupar espacios institucionales, para lo cual se prima la captura del voto como medida de progreso y avance. Lo electoral por tanto es hegemónico y toda la estrategia política está subordinada al voto, para lo cual se prima el corto plazo, lo inmediato y el mensaje político en relación a los demás, más que el horizonte propio y construido junto a las mayorías populares«[10]. Vale recordar como ejemplo cuando, en plena rebelión popular, una de las principales organizaciones de la izquierda tradicional fatigaba esquinas con un petitorio para que la izquierda conforme un frente electoral, mientras otra consideró a las asambleas populares como un estorbo para su autoconstrucción y se alegró con su desaparición. Ninguna pensó siquiera y en todo caso, en la posibilidad de ponerse al servicio de la rebelión ofreciendo su personería electoral a las organizaciones populares que brotaban como hongos. En contraste, en la hermana Bolivia, el por entonces pequeño MAS de Evo ofreció la suya al movimiento popular triunfante para profundizar el proceso de transformaciones. Por su parte, el centro-izquierda que encabezaba la CTA, convocaba a quedarse en las casas para no quebrantar la institucionalidad, mientras el pueblo se movilizaba para echar al presidente De la Rúa.

De esta forma, en vez de funcionar como catalizadores que aceleraran este inicial proceso de articulación entre las prácticas sociales y las políticas, en vez de aportar a la construcción del sujeto que el grito de «piquete y cacerola, la lucha es una sola» anunciaba como posibilidad, terminaron ensanchando la brecha entre lo político y lo social al concebir el fortalecimiento de sus propios partidos y organizaciones por encima del rico laboratorio de programas, prácticas, formas de lucha y organización que bullían en nuestro pueblo en aquellos años.

La nueva izquierda, en cambio, aún inmadura, se sintió a sus anchas en el seno del pueblo trabajador insubordinado. Pero cuando, años más tarde y con demasiada tardanza, se decidió a proyectarse con una política integral hacia el conjunto del pueblo trabajador, se creyó que no había otra forma que hacerlo dentro de los límites políticos recompuestos por el kirchnerismo. Pilares básicos de la identidad y estrategia de la nueva izquierda independiente comenzaron entonces a ser tildados de «románticos» o faltos de «vocación de poder» y fueron mutando al ritmo de esta adaptación.

Un primer paso fue considerar que la construcción de poder popular necesitaba ser acompañada con una estrategia para disputar el poder. Negando su carácter estratégico y absolutizando que la construcción del poder popular requiere de la disputa por el poder del Estado, se obvió que, asimismo, necesita de la construcción de una nueva institucionalidad popular surgida desde fuera del Estado, en contra o al margen de éste. Es decir, que no requiere sólo la transformación del Estado capitalista, sino también de su destrucción, como advirtió al final de su vida Hugo Chávez cuando señaló -como perspectiva del proceso revolucionario bolivariano- la alternativa imperiosa de «comunas o nada». Las visiones superficiales e interesadas, según la cual la novedad introducida por el chavismo fue la construcción de amplias coaliciones electorales para hacerse con el poder, poco tienen que ver con esta realidad.

No negamos la necesidad de entablar una disputa por el Estado. Por el contrario, creemos que «el Estado se muestra complejo, compuesto por estratos y zonas grises, en contacto con formas asociativas múltiples, creando el marco para la «guerra de posiciones» imaginada por Gramsci. Anular este espacio de actuación debido a una repulsa dogmática del Estado no sólo es teóricamente indigente sino políticamente dañino«[11]. Asimismo, acordamos con Miguel Mazzeo cuando señala que «… consideramos que el poder popular incrementa sus capacidades para la transformación social cuando logra desplegarse en el marco de la sociedad y el Estado, cuando penetra en sus poros y sus grietas, es decir, cuando actúa en el marco de una totalidad… reconoce la importancia de las distintas instituciones que las clases subalternas se dan para afrontar sus luchas cotidianas (cabe recordar que la lucha de clases abarca necesariamente la lucha política y la lucha económica), y acepta la posibilidad de plantear disputas y acumular en el marco del Estado. Se trata de un formato del poder popular que pone el énfasis en la construcción del sujeto insurgente con conciencia libertaria«[12].

Despojada de su connotación subversiva, la construcción de poder popular y el abandono de los intentos por ampliar espacios alternativos enfrentados al sistema, se subordinaron a la búsqueda de poder institucional que, convertido en la palanca principal para la transformación, devino en la real estrategia de poder.

Un segundo paso por parte de sectores de la izquierda independiente fue que el énfasis en la construcción de un sujeto insurgente fue mutando hacia la construcción de su propia organización y a una política sin sujeto, característico de los viejos manuales del marxismo soviético o del estructuralismo de los ’60. Se pasó entonces a entablar una política de alianzas condicionada por el hecho que «la primacía de lo institucional y los ritmos electorales generan que la política se circunscriba fundamentalmente a los actores que participan en las instituciones, que por definición son los partidos políticos, siendo la ciudadanía más un mercado de votos que el sujeto político fundamental«[13]. La política fue abandonando así el eje de la lucha de clases para centrarse en los partidos y organizaciones con inserción institucional. La unidad del «campo popular» emergió entonces como estrategia que suplantó a la construcción del poder popular.

Si bien es aguda la necesidad de aportar a la articulación del fragmentado pueblo trabajador, el concepto de «campo popular» resulta, como mínimo, confuso y muy poco útil para tal tarea. ¿Qué organizaciones pertenecen al mismo? ¿Lo «popular» se determina en base a quienes lo componen o por su dirección u objetivos? Aparecen entonces, de la mano de un concepto tan vago, organizaciones que por el solo hecho de tener una base popular -e inserción institucional- se convierten en aliadas estratégicas: alas burocráticas, organizaciones que forman parte del gobierno y sólo aspiran a incrementar su inserción en el Estado, centro-izquierdistas con larga trayectoria en subordinar movimientos populares genuinos (como la Constituyente Social) a proyectos institucionales ajenos al pueblo trabajador. Una mirada que secundariza la lucha de clases y hace primar lo institucional, resulta incapaz de escapar a la trampa de considerarlos como únicos actores para la imprescindible unidad del pueblo trabajador. Así, mientras se reivindica el proceso revolucionario bolivariano, en los hechos se aspira a repetir la experiencia del Frente Amplio uruguayo y del PT de Brasil.

No negamos que es lícito y necesario hacer acuerdos tácticos, por uno u otro motivo, con los más diversos sectores y organizaciones, pero siempre en pos del objetivo estratégico de construir una izquierda enraizada en el pueblo, donde el principal sujeto son los miles de activistas, luchadores y agrupaciones que surgen y seguirán surgiendo en los conflictos, en la recuperación de las herramientas gremiales a nivel de empresa, en la lucha por vivienda o educación, en los movimientos de género, ambientales, culturales o comunicacionales. Es desde allí que se podrá construir un «bloque histórico» y disputar hegemonía y no desde acuerdos por arriba con organizaciones que supuestamente estarían demostrando «vocación de poder» por el sólo hecho de tener inserción institucional.

Los marcos de alianzas deben pasar por otros criterios y considerar que «hoy hay un sector importante de la izquierda latinoamericana que no apuesta a la actualidad de la revolución. Lo tenemos en la Argentina con los grupos que oscilan entre defender los logros de Cristina o proponer nuevas versiones del desarrollismo, en el PC chileno que acompaña a Bachelet, en el Frente Amplio de Uruguay, en el MST de Brasil, en sectores políticos dentro de los procesos venezolanos, bolivianos y en Cuba. Pero también hay una izquierda que cree en la actualidad de la revolución y trabaja con esa perspectiva. Ese trazo grueso nos pone en un mismo bloque con grupos políticos a los que denominamos izquierda tradicional. No es casualidad entonces que compartamos con ellos listas sindicales antiburocráticas o que coordinamos en luchas territoriales, o por reivindicaciones puntuales. Las diferencias que tenemos con esos grupos no han desaparecido, ni deben atenuarse porque nuestra izquierda en búsqueda no esta pasando por un buen momento» (Guillermo Cieza, «La otra izquierda»).

La mirada concentrada en las organizaciones con representación institucional impide ver y valorar los procesos, muchas veces moleculares, que se dan en el seno de nuestro pueblo trabajador y en la lucha de clases. Así, en las elecciones del 2013 en la Capital, equivocadamente se concluyó que no habría rupturas en el kirchnerismo sino en el centro-izquierda, levantando entonces una política tibia que no se propuso disputar la importante ruptura de sectores plebeyos y trabajadores que se alejaban del kirchnerismo, porque no se percató que existían.

Paradójicamente -aunque sustentada en la crisis de representación política que el kirchnerismo congeló pero no resolvió- el privilegiar la relación entre organizaciones en vez de seguir el pulso a lo que sucede con el pueblo trabajador conduce al aislamiento sectario. En contrapartida se requiere revalorizar la experiencia de la izquierda independiente, nutrida con compañeros/as de las más diversas tradiciones e identidades. La actual ruptura con el kirchnerismo por parte de sectores importantes de nuestro pueblo trabajador constituye una oportunidad para el conjunto de la izquierda, a condición de valorar estas prácticas que rehuyen del sectarismo. El ejemplo de Venezuela resulta inspirador. El chavismo, hijo del caracazo, construyó una nueva identidad popular, en un ida y vuelta con el pueblo y contra todo lo viejo representado por la IV República y sus partidos. Fue surgiendo así una nueva identidad, recogiendo elementos anteriores como hilo de continuidad, pero esencialmente nueva. Tal como ocurrió aquí en los ’40 con el viejo peronismo. La izquierda se encuentra frente a ese inmenso desafío.

Ni el «poder» ni el «abajo» constituyen lugares de donde partir ni a donde llegar

Compartimos la valoración sobre la izquierda independiente que hace Fernando Stratta cuando sostiene que «… para algunos las incertezas de la izquierda independiente son suficientes para plantear su agotamiento como ámbito desde donde erigir un proyecto emancipatorio. Resulta necesario entonces afirmar que la izquierda independiente no es tanto la delimitación, más o menos clara, de un conjunto de organizaciones, sino un espacio político que lleva inscriptas ciertas coordenadas estratégicas de construcción…, las respuestas más novedosas de nuestro pueblo a los procesos de desposesión (precarización laboral, saqueo de los bienes comunes) se inscriben en el mapa de las resistencias de las que forman parte las experiencias de este espacio político. Lo mismo sucede al observar los procesos más avanzados de Nuestramérica, en donde el poder comunal aparece como vanguardia de la transición al socialismo. Esta es la certeza para confiar y creer en la actualidad de su proyección real. Y esa proyección tiene una base de sustentación en el desarrollo de las ideas fuerza que atraviesan y caracterizan al espacio político de la izquierda independiente«[14].

La Izquierda independiente cuenta con sus agrupaciones de base, imprescindibles para la construcción del poder popular, prefigurar valores y nuevas prácticas no capitalistas y para una alternativa política anti-sistémica y con proyección socialista. Surgidas en la lucha social pero con perspectivas de cambio social, son profundamente políticas en la medida en que lo reivindicativo, guiado por una estrategia de construcción de poder popular es al mismo tiempo una lucha «contra las estructuras, los medios, los valores, la cultura y los mecanismos de producción y reproducción material y espiritual del poder de dominación, discriminatorio y discriminante, excluyente y crecientemente marginador de las mayorías«[15].

Pero en ellas no se resume el conjunto de las prácticas políticas necesarias para proyectarse políticamente hacia el conjunto de los sectores dominados. Se hace necesario que lo social se articule en lo político de forma tal que se cuestione a la sociedad no ya en tal o cual aspecto por más medular que sea, sino integralmente. Resulta imprescindible «ir construyendo colectivamente un marco de contención y proyección hacia dimensiones, espacios y problemáticas más amplias y abarcadoras, encaminada a la profundización de las luchas y propuestas, de modo tal que sea posible avanzar colectivamente en el cuestionamiento social integral y articular las luchas sectoriales y sus propuestas con el proceso de cuestionamiento creciente y de transformación de la sociedad«[16].

Pero así como el poder no es un lugar al que hay que llegar, una cosa factible de ser tomada de la misma manera que podemos tomar un vaso con la mano, sino que constituye un proceso, una relación social, algo similar podemos considerar en relación al «abajo» o al «de base» de nuestras agrupaciones, que no señalan un lugar donde haya que permanecer ni un espacio a ocupar; indican, en cambio, una lógica, un proceso que hay que llevar a todos lados y a todos los ámbitos de la sociedad. Esta lógica del «abajo» señala la prioridad otorgada a la construcción del poder popular y al protagonismo del pueblo como sujeto de cambio. Constituye una lógica de intervención político-social que no obliga a las agrupaciones de base a permanecer en tal supuesto lugar, sino a trascender con este protagonismo de los sectores populares hacia todos los ámbitos de la sociedad, sin temor a perder ese carácter de abajo, de protagonismo de lo plebeyo y popular. Se trata de una disputa hegemónica contra las lógicas del capital que tienden a la alienación de los sectores populares. La articulación de lo político y lo social junto con esta lógica del «abajo» constituyen señales identificatorias de la nueva izquierda independiente en tanto esta asume que no se trata sólo de tener propuestas políticas de «izquierda» contra el capital y su sociedad, sino de priorizar en ellas el protagonismo popular y por consiguiente, otras prácticas y otra política.

El despliegue de esta lógica del «abajo» hacia el conjunto de la sociedad se hace imprescindible ya que no creemos sea factible potenciarla dentro del espacio restringido de lo local o pueda perdurar dentro del limitado espacio de acción de las agrupaciones de base. Más aún si la pretensión es la construcción del poder popular. Nos parece en este sentido atinada la observación de Miguel Mazzeo, «…no toda dinámica social autonómica constituye, por si misma, una instancia de poder popular, incluso a pesar del protagonismo que las clases subalternas puedan desarrollar. Existe un conjunto de estrategias de supervivencia, actos de rechazo o de insurgencia que pueden desplegar dinámicas autonómicas sin vocación libertaria…«, concluyendo que «sin negar la importancia que pueden llegar a tener las zonas liberadas, los microespacios relativamente aislados y las comunidades autónomas, preferimos el formato de poder popular que puede ser articulado con el concepto de hegemonía«[17]. Más aún, creemos que las transformaciones del capital y su sistema mundo obligan a pensar en espacios más amplios de transformación, resultando imposible proyectar una Argentina liberada fuera de la región nuestroamericana.

Nos encontramos atravesando un proceso de transición y maduración de la nueva izquierda independiente surgida desde abajo, desde lo profundo de los sectores explotados y/o excluidos por el capital. Ningún crecimiento puede darse sin crisis y sin optar por rumbos que por momentos se bifurcan, reflejo de una sociedad contradictoria y compleja.

Sin embargo, vemos en la nueva izquierda local y latinoamericana, aún con sus fuertes debates y fracturas, una construcción en proceso, un grito de rebeldía de nuestros pueblos que están aprendiendo a construir herramientas eficaces para terminar con este sistema capitalista y patriarcal. Nueva izquierda independiente a la que podemos entender como síntesis creativa, en tanto las valiosas tradiciones revolucionarias que los pueblos fueron forjando durante el siglo XX -trotskismo, anarquismo, peronismo revolucionario, guevarismo, etc.- son componentes importantes en la construcción de las nuevas estrategias revolucionarias con perspectivas socialistas, feministas, libertarias y ecológicas, pero ya no pueden dar respuesta por sí mismas a la nueva realidad del pueblo trabajador y del sistema capitalista.

Notas:

[1] Martín, Facundo Nahuel y Mosquera, Martín. En: http://contrahegemoniaweb.com.ar/que-organizacion-para-que-estrategia-poder-popular-herramienta-politica-y-estrategia-socialista/

[2] Mazzeo, Miguel. Que (no) hacer: apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios. Buenos Aires, Antropofagia, 2005, p. 112.

[3] Meiksins Wood, Ellen. Democracia contra capitalismo. Siglo XXI, México, 2000. p. 264.

[4] Meiksins Wood, Ellen. Idem, p. 272.

[5] Badiou, Alain. Movimiento social y representación política. En: Acontecimiento nº 19-20, Buenos Aires, 2000.

[6] Lowy, Michael. La teoría de la revolución en el joven Marx. Buenos Aires, Herramienta, El Colectivo, 2010. Pág. 70.

[7] Raúl Cerdeiras. Algunas ideas para otra política. Buenos Aires, Acontecimiento nº 35, 2008, p. 39.

[8] Dri, Rubén. De la multitud al pueblo, del no-poder al poder popular. Buenos Aires, Herramienta nº 46, 2011, p. 15.

[9] Seoane, José y Taddei, Emilio. Recolonización, bienes comunes de la naturaleza y alternativas desde los pueblos. Diálogo de los pueblos, GEAL, 2010, p. 65.

[10] Fernández Ortiz de Zárate, Gonzalo. Redefinir la política, prioridad estratégica para la izquierda. En: http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=1&id=1

[11] Acha, Omar. El socialismo desde abajo, de ayer a hoy. En: Socialismo desde abajo. Buenos Aires, Herramienta, 2013, p. 28.

[12] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa (introducción al poder popular). Buenos Aires, El Colectivo, 2007.

[13] Fernández Ortiz de Zárate, Gonzalo. Redefinir la política, prioridad estratégica para la izquierda. En: http://www.rebelion.org/mostrar.php?tipo=1&id=1

[14] Stratta, Fernando. Izquierda independiente: balance y perspectiva. En: http://contrahegemoniaweb.com.ar/izquierda-independiente-balance-y-perspectiva/#more-151

[15] Rauber, Isabel. América Latina: sujetos políticos. Santo Domingo, Pasado y Presente XXI, 2005, p. 38.

[16] Rauber, Isabel. Ibídem, p. 38-39

[17] Mazzeo, Miguel. El sueño de una cosa (introducción al poder popular). Buenos Aires, El Colectivo, 2007, p. 65-66.

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