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Revolución de los medios

Fuentes: Alainet

Desde que comenzaron las protestas ciudadanas en Túnez, los medios de comunicación occidentales se plantean si los pueblos árabes están preparados para la democracia. Parecen proyectar en otros países sus propias carencias, reflejadas en los crecientes niveles de abstención en los procesos democráticos nacionales, en las instituciones europeas e incluso en ámbitos como el universitario. […]

Desde que comenzaron las protestas ciudadanas en Túnez, los medios de comunicación occidentales se plantean si los pueblos árabes están preparados para la democracia. Parecen proyectar en otros países sus propias carencias, reflejadas en los crecientes niveles de abstención en los procesos democráticos nacionales, en las instituciones europeas e incluso en ámbitos como el universitario. Pero también en la crisis de los medios de comunicación en una etapa de indefinición y de nuevas oportunidades.

Dan por sentado que una población oprimida desearía liberarse de unos sátrapas para caer en manos de políticos que ejecuten las directrices de nuevos tiranos invisibles y a veces más implacables aún: las grandes instituciones financieras que ahogan a poblaciones enteras con «medidas de ajuste» y recortes «para calmar a los mercados». Sucede en las economías de mercado, que la gente confunde con democracias. Ni todas las democracias tienen economías de mercado ni todas las economías de mercado se insertan en sistemas políticos democráticos.

La creciente distancia entre los «representantes» y los ciudadanos, como muestran las encuestas, dejan ver uno de los síntomas de la enfermedad democrática de los llamados «países occidentales». En lugar de situarse junto al ciudadano para comprender sus problemas, algunos grandes medios de comunicación se han convertido en correas de transmisión del poder político, en manos de los partidos, y se han vendido al poder económico, en manos de grandes empresas, de grupos de presión y de multinacionales. Renuncian así a la función clásica de Cuarto Poder que tendrían en auténticos sistemas democráticos, donde denunciarían abusos para que los ciudadanos participaran con decisiones informadas.

En lugar de eso, han aceptado enviar becarios a «ruedas de prensa» de políticos que no admiten preguntas. Se ahorraría tiempo y dinero si los políticos contrataran a un técnico que escribiera comunicados y los enviara a los medios. Sólo tendrían que copiar, pegar y enviar. Entraron en una dinámica empresarial que exige grandes márgenes de beneficios que sólo pueden dar la publicidad y contenidos enfocados al entretenimiento. Esto resta espacio a la reflexión y a los temas que en realidad afectan a las personas. Muchas veces, la línea editorial choca con los intereses publicitarios, como sucede con los anuncios de prostitución en España. En un mismo periódico han coincidido estos anuncios con reportajes que denuncian la trata de mujeres, alimentada en parte por esa publicidad. Lo comercial queda por encima de la línea editorial si la sostenibilidad de los medios depende de los anuncios.

Pero nuevas iniciativas pueden ocupar el vacío y ofrecer una respuesta a la incertidumbre que rodea a muchos grandes medios. Las nuevas tecnologías pueden convertirse en las herramientas de los auténticos profesionales de la comunicación. Se pueden servir de ellas ciudadanos que buscan criterios e información que les ayude a descodificar un mundo que perciben como amenazante por el bombardeo de imágenes y por la creciente «necesidad» de seguridad que alimentan políticos y medios de comunicación.

Los ciudadanos utilizan cada vez mejor estas herramientas para mostrar su indignación. Como en España, después de que se conociera el voto en contra de los eurodiputados nacionales a una propuesta de ley que, entre otras cosas, les impondría una congelación de sueldos y de «dietas». Se trataba de medidas similares a las que esa clase política espera de los ciudadanos como sacrificio «para salvar la economía». La excusa que dieron algunos políticos implicados de que la votación se debió a un error no pudo contener la rabia que destilaban las decenas de miles de comentarios en Twitter, al saberse uno de los motivos del voto: tendrían que viajar en clase turista en lugar de primera clase en vuelos inferiores a cuatro horas. La diferencia de precio entre uno y otro vuelo es de 1.000 euros, casi el doble del sueldo mínimo interprofesional. Hace unos años, reservaban vuelos de primera clase, volaban en clase turista y se embolsaban la diferencia.

Ha sido tarea de periodistas y analistas interpretar esa indignación expresada en las redes sociales. Esto ha alimentado los contenidos de blogs y columnas de célebres periodistas. Algunos medios ya ven en los blogs de autores con prestigio una forma de volver al lugar que les pertenece: cerca de los ciudadanos.

Carlos Miguélez Monroy es Periodista y Coordinador del CCS Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS), España.

Fuente original: http://alainet.org/active/45683