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¿Trogloditas en la prensa?

Fuentes: Rojo y negro

Como sabemos por experiencia que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla, ponemos una interrogación a nuestra convicción sobre ciertos medios de comunicación de masas, en el certero diagnóstico hecho por el New York Time acerca de algunos militares nostálgicos de los medios de destrucción de masas. Pero con buena voluntad, cierta […]

Como sabemos por experiencia que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla, ponemos una interrogación a nuestra convicción sobre ciertos medios de comunicación de masas, en el certero diagnóstico hecho por el New York Time acerca de algunos militares nostálgicos de los medios de destrucción de masas. Pero con buena voluntad, cierta estulticia y un optimismo digno de mejores causas. Porque leer esta semana del 23-F advertencías en letra impresa del tenor de las perpetradas por el extinto diario El Alcazar y el colectivo golpista Almendros es para dudar de la salud democrática de nuestros líderes de opinión y sus locos cacharros.

Pongamos por caso el discurso manufacturado por el diario El Mundo, que ha conseguido desbancar a ABC en audiencia y fidelidad de la derecha, siendo por contra un medio nacido en plena democracia postfranquista. Primero fue una portada, domingo 19 de febrero, donde bajo imágenes tipo épico novecento -la manifestación en Bilbao por el juicio contra «el entramado de ETA» y la de Barcelona contra un «Estatut de mínimos»- se denunciaba al alimón la burla del comunicado no pacifista de ETA y la «marea secesionista» que a decir de los oráculos de la madrileña calle Pradillo nos embarga. Una patada en la conciencia de patriotas y gentes de orden.

Pero al día siguiente, lunes 20, lo que la víspera era mera «cobertura informativa» se convertía en todo un vendaval antidemocrático, si por tal cabe entender llamar a «desembarazarse» del presidente del Gobierno, blandir una encuesta que supone una enmienda a la totalidad de lo consensuado por los partidos y dedicar su primer titular de portada a una dirigente socialista que embiste contra sus colegas de escaño en la línea de lo allí mismo ya declarado por Enrique Múgica, Defensor del Pueblo, pidiendo «vencedores y vencidos»,¡¡ el Defensor del Pueblo, santo cielo!!. Lo primero fue un editorial titulado «Zapatero en la cuenta atrás», que llevaba como subtítulo la siguiente admonición-ultimatum: «Al presidente le queda un mes para buscar un gran pacto de Estado o desencadenar la mayor crisis de nuestra historia democrática» (¿más que el 23-F?, ¿más que la entrada en la criminal guerra de Irak?)). Y en él se decía esto a guisa de despedida: «Desde el momento en que queme sus naves (el presidente Zapatero) cualquier solución pasará ya por desembarazarse democráticamente de él». Todo un sinsentido: desembarzarse de alguien nunca puede hacerse democráticamente, y menos si ese alguien es el legítimo presidente de un Estado democrático. Por cierto, ¿no es algo parecido lo que ahora argumentan los revisionistas del Alzamiento cuando dicen que el golpe de Franco estaba justificado por la política ilegítima de la II República? Habrá que hurgar en la genealogía política del término «desembarazarse» para interpretar el devenir.

En cuanto a la encuesta de marras, no tiene desperdicio. Hace diana preventivamente con un pronunciamiento de traca: «La mayoría se opone a los puntos esenciales que ya se han pactado en el Estatuto catalán». O sea, que la política de firmas contra el Estatut desplegada por el PP no es una fértil ocurrencia de Génova 13 sino un clamor popular revelado por El Mundo. Aunque leyendo las preguntas de la científica encuesta de Sigma Dos («Está de acuerdo con que los catalanes tengan derechos y deberes distintos al resto de los españoles?) a uno se le vine a la memoria lo escrito respecto al uso de «opinión movilizada» por el sociólogo francés Pierre Bourdieu: entonces «la opinión pública no existe» (Les temps modernes, núm.318, pp 1292-1309).

Aunque en realidad no hay nada nuevo bajo el sol. Se trata sólo de la penúltima andanada de ciertos poderes fácticos ante una política reformista que no constaba en su carnet de baile. Lo mismo, clónico, pero en académico lo había dicho el 13 de enero pasado Jorge de Esteban en una tribuna libre de El Mundo («En vísperas de la desintegración nacional»), que fue secundada en forma y fondo por su colega ABC el 23 de ese mismo en un editorial («El Estatut o la implosión nacional»). Así que la cosa parece clara: la opinión publicada en los medios de la derecha es la verdadera (como su religión) y la opinión pública expresada por la sociedad civil en la calle y por sus legítimos representantes en el Parlamento es una coña. Embarazoso asunto, vive Dios. ¿Quien será el desembarazador que nos desembaraze? ¿Rosa Díez, Múgica quizás, o aquellos añorados felipistas servidos al consenso con los centristas del Partido Popular en el espíritu de aquel gobierno de salvación nacional que llevaba en su guerrera el general Armada cuando llegó al Congreso el 23-F mientras medio país bostezaba?

(Contexto: Sigma Dos S.A. es accionista fundador de El Mundo y Jorge de Esteban, presidente de Unidad Editorial, fue embajador en el Vaticano con el PSOE del 82)