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El pensamiento liberal en tiempos de tormenta reaccionaria

Fuentes: Huella del Sur

Acaba de efectuarse la reedición de una obra que busca hacer el balance de cuatro décadas de retorno al orden constitucional en Argentina. El autor mira el presente con una perspectiva sombría que quizás corresponde al naufragio de toda una visión del mundo. Y al surgimiento de nuevos antagonismos que marcarán el futuro cercano.

La experiencia democrática: Cuarenta años de luces y sombras. Argentina 1983-2023.

Natalio R. Botana.

1ª edición-Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Edhasa, 2025.

314 páginas.

Natalio Botana es autor de varias obras en las que suele moverse en las intersecciones entre la teoría política y la historia. En la que hoy nos ocupa explora tanto el desenvolvimiento de los sucesos políticos como el devenir de la historia de las ideas en las cuatro décadas transcurridas entre 1983 y 2023. En la presente edición agrega un epílogo en torno al proceso que va de diciembre de 2023 a la fecha, el gobierno de Javier Milei.

Ha elaborado en el pasado al menos dos clásicos insoslayables: La tradición republicana y El orden conservador. En esta última obra se movió en torno a la construcción de Estado y régimen político en el país. Desde los días de la llamada “organización nacional” hasta la Ley Sáenz Peña. Con rigor en la investigación y muy buen despliegue analítico.

En La tradición… efectuó un fructífero ejercicio para entender la historia del pensamiento liberal en general. Y su despliegue en nuestro país por la vía de los grandes pensadores del siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi.

El enfoque de Botana es el del liberalismo, en el sentido amplio del término. Uno no recostado sobre los aspectos económicos y sólo devoto de la “libertad de mercado”. No ha sucumbido a los efluvios de la “revolución conservadora” de los tiempos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y tampoco ahora, como veremos, a la estampida “libertaria”.

Todo esto le asigna interés a sus indagaciones en torno a las cuatro décadas que el régimen de democracia representativa lleva en nuestro país. En un campo en el que abundan los lugares comunes del pensamiento más convencional, es bienvenida la reflexión de intención rigurosa. La que procura un enfoque crítico y no la vuelta sobre lo escrito y dicho por otros.

En el libro que nos ocupa Botana ha adoptado una modalidad ensayística, sin aparato erudito. No se ciñe a la historia fáctica ni a un análisis de la estructura de la sociedad. Más bien cruza todo el tiempo el proceso de la democracia argentina con los enfoques de la ciencia política.

Sus miras e inspiraciones son amplias. Desde el tronco y las ramas de la Ilustración del siglo XVIII hasta el pensamiento y la acción de quienes construyeron el orden “occidental” capitalista posterior a la segunda guerra mundial.

A la hora de admirar estadistas, Franklin Roosevelt y Konrad Adenauer le resultan mucho más atrayentes que los abanderados del neoliberalismo y “el fin de la historia”.

Claro que hace tiempo, Botana lo sabe, que no vivimos los “treinta gloriosos” ni la “economía social de mercado”. Ha pasado el ideal de sociedad con inclusión al menos de sus dos tercios superiores.

Ya no se trabaja con un concepto de Estado que se permitía amplias regulaciones de la actividad empresarial e incluso la planificación. Si bien en una variante “indicativa” que reconocía el protagonismo de la “iniciativa privada”.

Al menos dos tipos de liberalismo

En un trecho de la obra, Botana confronta lo que denomina “liberalismo de contorno” con un “liberalismo programático”.

El primero se concentra en el aspecto “derogatorio” de las que se supone son injerencias e intromisiones excesivas del Estado sobre el libre juego de las leyes del mercado.

El “programático” en cambio atiende a, en condiciones de libertad y vigencia de las instituciones, proveer ciertos bienes públicos al conjunto de la población: Salud, educación, infraestructura, seguridad social, protección del trabajo.

El profesor se interroga acerca de la suerte adversa de la democracia liberal con una programática de contenido social en las últimas décadas de Argentina. Está claro que a su juicio sólo el período presidencial de Raúl Alfonsín pudo aproximarse a ese propósito. Y culminó en fracaso y desplazamiento del presidente.

Escribe en la introducción: “La democracia de 1983 cortó esa cadena opresiva, pero no pudo revocar unas continuidades que permanecieron de manera latente y se manifestaron en la forma de populismos, desestabilizaciones e ingobernabilidad.”

Y más adelante: “…todos los intentos por dejar atrás la tradición populista, respaldada por redes operativas y creencias igualitarias, fracasaron, hasta que las contradicciones de una economía, incapaz de satisfacer esos sentimientos y expectativas, quizá termine erosionando esa tendencia aparentemente tan robusta.”

La mención privilegiada a las corrientes “populistas” entre las causas de crisis y falencias marca a nuestro juicio un déficit persistente en el análisis. El mal fundamental de Argentina en tiempos recientes no es atribuible sólo a desmanejos de las finanzas públicas y menos a “excesos” de gastos en políticas sociales.

Más bien la sociedad argentina entera paga las cuentas de las superganancias de los grandes capitales. De su compulsiva propensión a “fugar” sus réditos fuera del país. Y su escaso aporte a las políticas públicas por vía tributaria. Lo que no pagan los ricos deriva en el gravamen de la sociedad entera vía deuda externa. Y en condicionamiento de su economía por mandato de organismos internacionales.

El abordaje de las críticas al kirchnerismo por parte del autor de La libertad política y su historia no condice del todo con el nivel de su tratamiento de otros temas. Es tributaria en exceso de los tópicos que instauraron los grandes medios de comunicación, los partidos de la oposición de derecha y el poder judicial más ligado a unos y otros.

No duda ni por un momento de que el fiscal Alberto Nisman fue asesinado. No encuentra reparos al armado probatorio de la “causa de los cuadernos”. No formula objeción alguna a cada uno de los procesos a los que ha sido sometida Cristina Fernández de Kirchner.

Las políticas sociales del período 2003-2015 son desvalorizadas por no estar acompañadas por la sustentabilidad fiscal. Y también por su carácter “indiscriminado”, como en el caso de las jubilaciones por moratoria.

Podría esperarse que quien ha dado muestras más de una vez de ser un investigador puntilloso no confundiera su rechazo de los gobiernos encabezados por el partido justicialista con el aval a casi cualquier acusación que se haya formulado en su contra.

El autor aprecia la “razonabilidad” y “previsibilidad” en las democracias. Argentina no es del todo razonable ni previsible. Para nadie, por arriba y por abajo. Claro que en la cúspide se ha encontrado una y otra vez la veta para la obtención de lucro al amparo de lo imprevisible, inestable y en apariencia irracional de los procesos que se viven.

Lo desvela el cúmulo de deficiencias que percibe en el sistema parlamentario argentino. Desde su visión, nuestro país recae en pérdida de calidad democrática cada vez que parece en condiciones de recuperarse.

Traducido al enfoque de las clases dominantes y las instituciones a ellas vinculadas, el problema de base es que la dictadura de 1976, con todo el caudal de sangre y destrucción que volcó, no consiguió la derrota definitiva de la organización popular.

No pudo prevenirse de rebeliones desde abajo. No dio lugar a una “estabilidad” complaciente con sus intereses como la de Brasil, Uruguay o incluso Chile hasta el alzamiento de 2019.

Miopía hacia el poder económico

En el tamiz crítico que Botana pasa por la estructuración y funcionamiento de la sociedad argentina no encuentra un lugar acorde la gravitación del poder económico concentrado, más allá de alguna mención contingente.

Ese poder que hoy no vacila en dejar de costado o incluso tirar por la borda los principios de la democracia representativa. Lo hace para dar acompañamiento a la ofensiva desregulatoria y privatizadora que lleva adelante el gobierno de Milei. A quien, como veremos, Botana dista de venerar.

La conducta hasta ahora desarrollada por el grueso del poder económico, político, comunicacional y cultural no va de acuerdo con los principios que defiende el autor. Los supuestos portadores de valores del liberalismo ya no aspiran a las conjunciones de “centro” o a lo sumo “centroderecha”.

Financian la fundación Faro de la derecha ultra. Festejan, o al menos no hacen ninguna objeción en público, al alineamiento automático con EE.UU, bajo la gestión de Donald Trump.

Una dificultad es que Botana se resiste a la percepción plena de que su enfoque se encuentra anclado sobre todo en los “treinta gloriosos”, entre 1945 y 1975. Y que los “bienes públicos” cuya universalización propicia ya no son valorados por los titulares de los grandes capitales que proveen de “combustible” económico a las que hasta ahora fueron grandes democracias.

Nuestro país constituye un escenario periférico del deterioro progresivo mundial del ordenamiento capitalista de concertación social y pluralismo desplegado en el plano social, político y cultural. En ese campo el diagnóstico del investigador es claro:

“…en la Argentina se ha interrumpido el circuito virtuoso de la movilidad social. Lo que antaño mostró el éxito de un país de inmigrantes, con altas tasas de movilidad social ascendente, hoy ofrece el muestrario de la reproducción social de la pobreza entre generaciones.”

Hoy los dueños del poder real ya no tienen enfrente un “modelo socialista” a superar. Ni conviven con movimientos obreros masivos y corrientes revolucionarias decididas.

Por lo tanto, han perdido todo interés por la justicia social y la ampliación de derechos. Al contrario, primero han buscado la reducción de sus esferas respectivas. Y ahora ya contemplan con beneplácito a quienes predican su abolición como “aberraciones” o “robos”.

El historiador que nos ocupa se encuentra aquejado por la incertidumbre. Ya no puede confiar en que la libertad, la democracia y el republicanismo delimitan el horizonte de nuestra época y el futuro visible.

Argentina lleva décadas sin crecimiento económico, incremento del empleo y mucho menos disminución de la pobreza. En su mirada, carece de fuentes financieras genuinas para sostener políticas de inclusión. Esto último, como ya dijimos, una constatación que exige un buceo crítico sobre sus causas.

Ha perforado y disuelto desde 1983 a un sistema de partidos que llegó a establecerse en las década de 1980 y 1990. Y a un “bicoalicionismo” que quedó en prospecto en las primeras décadas del siglo XXI. Ha concitado una y otra vez la apatía y la aversión del grueso de la ciudadanía.

Es cierto lo que sostiene Botana a propósito de que la expansión de derechos se vuelve declamatoria o por lo menos frágil e insustentable a mediano plazo si no hay respaldo financiero para la extensión y profundización de la cobertura.

Habría que añadir que esas condiciones, cuando estuvieron en manos de grandes capitalistas y gobiernos afines, sólo sirvieron para profundizar la desigualdad y la injusticia.

Ocurre que le sigue la discusión sobre las fuentes de financiación. Con buen criterio y a diferencia de la mayoría de los exponentes del liberalismo, Botana habla de financiación genuina. No pone el énfasis exclusivo en la contención o reducción del gasto.

Y no carga las tintas sobre la desmesura mentirosa de la presión impositiva, un infundio constante del empresariado argentino. De cualquier modo se queda a las puertas de una discusión de fondo sobre el tema.

No reconoce la regresividad del sistema tributario argentino. Y tiene poco o nada que decir acerca del peso de la deuda pública externa que ahoga los presupuestos del Estado nacional.

Si la obtención de recursos estatales se detiene ante los intereses considerados intangibles de los grandes capitalistas, los bienes públicos aparecen como insustentables. Entonces la restricción del gasto es mostrada como la única “solución” posible al problema fiscal.

Allí se encadenan las políticas de ajuste cuyo exponente más radical es la “motosierra” propagandizada por Milei. No hay sistema alternativo ni amenaza revolucionaria cercana, como ya escribimos.

Por lo tanto las clases dominantes no están dispuestas a ningún sacrificio y quieren un Estado pequeño y barato para ellos. Centrado en el “orden” y la “seguridad”. Y en la atención permanente y veloz a las demandas de las grandes empresas.

Las ¿tres? grandes crisis y la “solución” que transitamos

Botana marca tres crisis profundas a lo largo de los cuarenta años de democracia. Hay allí una dificultad. La que considera la tercera, desplegada en 2022 y 2023, no es equiparable a las otras dos, situadas en 1989 y 2001.

La primera terminó con elecciones y renuncia anticipada del presidente Raúl Alfonsín, en medio de saqueos y muertes violentas. Rasgos algo similares surcaron la coyuntura de 2001. La que dio lugar por primera vez en la historia al desplazamiento de un gobierno elegido por una rebelión popular. Y en medio de la más sangrienta represión callejera.

En ambas ocasiones el Estado se hallaba en bancarrota, bajo amenaza de paralelo quiebre de la legitimidad política.

No ocurrió algo similar en 2023. Hugo altos índices de inflación. Y un gobierno desprestigiado, sí. Se venía de una contingencia inusual y muy grave como el COVID, con la parálisis económica y el encierro subsecuentes.

Pero no se vivió un desbarranque completo. De hecho, el presidente Alberto Fernández pudo entregar el gobierno en tiempo y forma. No hubo saqueos generalizados y mucho menos una rebelión popular. Su ministro de Economía fue postulante a la presidencia y hasta estuvo a punto de imponerse en la llamada “primera vuelta”.

¿Por qué entonces esa asimilación a las coyunturas críticas anteriores? Tal vez porque Botana necesita esa equivalencia para erigirla en un nuevo cierre de ciclo político. En lo que ansía sea el final irreversible de la experiencia abierta en 2003.

Un punto de desarticulación definitiva de una experiencia política que pretendió, en gran parte con éxito, sostener hegemonía durante dos décadas. Hoy, con su lideresa condenada y prisionera, tres derrotas electorales consecutivas y su partido político que experimenta profundas divisiones, hay razones para considerar cerrado el ciclo.

Más allá de la profundidad de la instancia crítica de hace dos años ¿Acaso ahora será el vendaval reaccionario que asusta a Botana el que aspire con fundamento a un ciclo prolongado de hegemonía?

A eso apunta el gobierno actual, una vez obtenida una segunda convalidación electoral en octubre de 2025. En apariencia ha consolidado al nuevo partido, La Libertad Avanza. Y por el momento tiene el beneplácito del grueso de las instancias de poder.

El autor de La Tradición Republicana pinta en un párrafo el programa reaccionario: “…desmantelar todo para que la verdad renazca. Créase o no, la motosierra de Javier Milei se ha convertido en un símbolo apetecible para sectores predominantes de Occidente.”

Señala así que la ultraderecha argentina no es sólo un fenómeno nacional, sino que se proyecta a escala mundial. Algo acentuado a partir de su tándem con Donald Trump, una vez éste instalado de nuevo en la presidencia de EE.UU.

Describe así la propuesta simplista pero atractiva de la visión ultra:

“Ante un estado de bienestar que cruje no cabe la reforma, sino la purificación conducida a destino por el comportamiento exclusivo del individuo en mercados abiertos.”

“Al gobernante le cabe pues derogar, de tal suerte que ese reformismo, necesario frente a los enormes desajustes llevados al extremo por estados prebendarios y populistas, dé un paso más para abrazar la nueva y profética revolución del siglo XXI.”

Lo que Botana llama liberalismo “programático” arde en la pira de las “ideas de la libertad” junto con todas las certezas del capitalismo “administrado” del siglo XX.

El régimen emergente se halla preocupado sobre todo por mantener el orden y agudizar la vigilancia de las mayorías populares en sociedades con desigualdad creciente. Tiene en su cúspide los intereses de los “inversores”, claro.

Botana caracteriza así el pensamiento y la praxis de Milei: “…una fórmula inestable en la cual ciertos componentes del acervo liberal, como el orden fiscal, la reducción del Estado y el combate a la inflación, coexisten con las inclinaciones autoritarias de la tormenta reaccionaria.”

Y sigue: “…la fusión de libertarismo e intolerancia, lejos de nacer por generación espontánea, está anclada entre nosotros en un pasado adicto a las polarizaciones violentas y excluyentes, a la ambición de levantar hegemonías y a las tendencias faccionalistas que socavan la unidad de los partidos.”

Ciertas propensiones idiosincrásicas de la política argentina aparecen así como causal de la ofensiva reaccionaria. Cabe la réplica de que los culpables son los fracasos precedentes.

Los de todos los intentos de administrar la desigualdad e injusticia crecientes sin introducir cambios de fondo. Los que han desembocado en la tentativa de erradicación de todo lo que huela a justicia social y democracia auténtica.

La añoranza del “centro”

Como otros analistas pertenecientes a la tradición liberal, Botana echa de menos la existencia en el país de una amplia corriente “republicana”. Con inquietudes reales por la institucionalidad y las libertades públicas. Con preocupación sincera por la ética pública además de por los intereses económicos predominantes.

Hoy la rendición ante los “libertarios” de la difunta coalición entre la Unión Cívica Radical y PRO ha colocado a esa perspectiva más lejos que de costumbre.

Escribe Botana: “¿Puede acaso el centro republicano terciar entre ambos extremos? (el kirchnerismo y la corriente ‘libertaria’) Podría hacerlo, si el faccionalismo deja de carcomer el espíritu asociativo y si esos retazos de antiguas alianzas comprenden que hay que reorientar con otra visión las herramientas tecnológicas de que se valió La Libertad Avanza.”

“Un aprendizaje imprescindible ¿Qué coalición responsable tendrá en efecto la virtud suficiente para que una palabra civilizada custodie con eficacia la legitimidad de esos bienes públicos dejados de lado?”

Lo que él llama la “tormenta reaccionaria”, fenómeno mundial con particular proyección sobre Argentina, entraña el aplastamiento de las ideas y conceptos del liberalismo mientras se proclama su triunfo.

Los que Botana llama “bienes públicos” dejan de ser considerados tales. Bajo el aspecto de apoteosis liberal (o “libertaria”) avanza el riesgo de clausura, al menos por un lapso prolongado, de la tradición proveniente del siglo XVIII.

El “centrismo” y el “consensualismo” por los que aboga el historiador, fueron corroídos en nuestro país (y también en otras partes del mundo) por quienes propiciaron la adopción plena del programa neoliberal, en alianza subordinada con las corrientes situadas más a la derecha.

La “centroderecha que pretendió en su momento ser “moderna y democrática” se transfirió en movimientos sucesivos y con rapidez a las filas encabezadas por Javier Milei, una vez que este ascendió hacia la presidencia. PRO secunda hoy casi todas las iniciativas del gobierno. Algo similar ocurre con parte del radicalismo.

Quienes aún hoy pueden aspirar a recrear el “centro”, en gran parte representantes de situaciones provinciales, sacrifican presuntos principios a cambio de la salvaguardia de sus posiciones en los Estados locales.

En cuanto al gran empresariado, en sus vertientes productiva, financiera y comunicacional, ya ha mostrado su visión instrumental de las reglas de la democracia. Sus posiciones ante Milei son de celebración de sus medidas de fondo, salvo alguna que apunte muy directo a sus intereses.

Como máximo hacen críticas muy limitadas a sus avasallamientos de las reglas de la institucionalidad. Casi a diario hay actuaciones del gobierno que pasan casi sin objeciones cuando otras similares del “populismo K” fueron objeto de aluvionales impugnaciones.

La clase dominante local no sostiene un proyecto político diferenciado. Quiere “sus” reformas: Laboral, previsional, tributaria, reducción selectiva del aparato estatal, supresión o disminución de diverso tipo de controles sobre sus operaciones.

Lo demás parece importarle bastante poco. A lo sumo piensan que habrá que ocuparse de ello más adelante, una vez consolidadas las ganancias de este período.

Las fuerzas de la “tormenta reaccionaria” infunden espanto al autor, que no trata de disimularlo. Y lamenta la tal vez duradera clausura de las opciones centristas basadas en la búsqueda de puntos intermedios de equilibrio.

“La historia del siglo XX nos enseña que cuando hubo que reconstruir sociedades diezmadas por la guerra o por procesos de declinación, la respuesta de los sistemas políticos consistió en armar coaliciones de centro, sin duda diversas, que no obstante pactaban políticas de largo plazo.”

No son buenos momentos para el liberalismo político. El autor lo sabe. Por eso tiembla por el eje mismo de la “tradición republicana” que él aspiraría a que marque el camino. Parte de sus diagnósticos sobre cómo se llegó hasta aquí no son compartibles.

Su conformación conceptual e ideológica no le permite reconocer que la sociedad argentina tenía otro derrotero posible. El del enfrentamiento con los sectores del poder más concentrado.

El espectro político se distribuyó mayormente en dos partes: Por un lado quienes se mantuvieron fieles a esos sectores por intereses y/o convicción. Su superficial concepción democrática se tiñó de un “republicanismo” de tinte conservador. El que se habituó a vestir de defensa de las instituciones y la moral pública el respaldo a intereses no confesados que eran su preocupación verdadera.

Y frente a ellos, quienes no radicalizaron sus críticas y sobre todo sus acciones frente al poder real. No lo hicieron por su adhesión a una concepción de democracia verticalista y “estadólatra”, de domesticación de la sociedad civil.

Usufructuaron la “grieta” con los “republicanos” sin articular una alternativa de fondo. Y denostaron a quienes pretendieron situarse a su izquierda. El pueblo no se movía del acatamiento a su discurso. Sólo era convocado para la aclamación de decisiones tomadas desde arriba.

Acaso el sostenimiento de una mirada esperanzada sobre la sociedad argentina dependa hoy de la adopción de senderos innovadores, de ruptura, no explorados hasta ahora.

El conformismo de “demócratas” y “progresistas” ha allanado el camino para que la idea de cambio se convierta casi en sinónimo de una práctica regresiva de la antipolítica. Ajustada por completo a los intereses más concentrados del país y del exterior.

Se necesita recuperar las ideas de libertad, democracia y transformación social articulándolas con propuestas de transformación radical. No es hora de prudencias y mesuras excesivas. La sociedad argentina, como otras en el mundo, se enfrenta al avance de la barbarie. La tradición de más de un siglo indica que el polo antagónico no es la democracia liberal sino el socialismo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.