Hemos hablado de tecnologías ocultas cruciales para nuestra «civilización», los fertilizantes sintéticos y el análisis químico que nos mantiene medianamente a salvo. En este artículo repasaré someramente las consecuencias ocultas de las tecnologías en torno a la energía, los problemas asociados a su producción e implementación. Mucho de lo que se dice aquí no es original, otras lo dicen con más conocimiento y mejor, pero sí me apetecía expresarlo a mi manera, corto y conciso.
La crisis sistémica en la que estamos es ecosocial y energética. Probablemente nos enfrentemos a la crisis energética más salvaje de la historia humana. Y ya no tenemos una salvación milagrosa como fue la de la energía solar concentrada y almacenada durante millones de años: los combustibles fósiles. No volveremos a tener tasas de retorno energético de 30. Sabíamos que la guerra total por el petroleo se iba a dar, porque el peak oil no era un cuento de cenizos. Por supuesto, la guerra se utilizará como justificación del decrecimiento forzoso y al racionamiento al que nos someterán. Esta guerra total también servirá de excusa para paralizar los tibios avances en electrificación, lo que puede hacer de los argumentos de este texto algo del pasado. Pero no está de más desmontar los muchos mitos fantasiosos relacionados con la energía: como la posibilidad de descarbonizar su generación, desacoplarla del crecimiento económico, asociar horas de sol con energía fotovoltaica, llamar a la electricidad fotovoltaica o eólica “renovable”, etc.
Empecemos por un hecho. El 70% del consumo energético viene de los combustibles fósiles. Debemos dejar el petróleo restante en el subsuelo si en este siglo no queremos desaparecer como especie y llevarnos por delante buena parte de la diversidad del Holoceno. Y es que la gran extinción en la que estamos sumidos es única por su velocidad más que por la cantidad de especies. El capitaloceno ha cambiado el clima terrestre, la geología y también por supuesto las mentes, esparciendo la posibilidad de que las tecnologías pueden violar las leyes de la física (en concreto la termodinámica) y del capitalismo, haciendo creer que la energía se puede transformar sin pérdidas, que se puede desacoplar crecimiento material del energético, y que, por arte de magia, únicamente incrementando la producción de electricidad, se disminuirá el uso de fósiles y las emisiones, mientras mantenemos nuestro estilo de vida.
La tozuda realidad, sin embargo, muestra que el aumento de la producción de electricidad solo hace aumentar el «pool» total, ya que el capitalismo no puede no utilizar una energía sobrante, así como la transformación de energía cinética en eléctrica (y al revés) lleva asociada pérdidas considerables en forma de calor. No existirá nunca una tecnología humana que pueda ni acercarse a algo que la evolución ha pulido durante miles de millones de años como es la fotosíntesis y su increíble eficiencia energética.
Además, el conjunto de tecnologías prometidas para descarbonizar la producción de energía tienen un cuello de botella «aguas arriba»: los minerales. Por ejemplo, una turbina de 200 metros requiere 300 toneladas de materiales como el acero, cobre, aluminio, y tierras raras. 400 elementos en total. Sin contar con la cadena de tecnologías no resilientes, y petroleo (y sus emisiones de CO2) necesario para que ese molino genere electricidad y termine utilizada en un hogar. Con una vida media de menos de 20 años.
Algunos de esos minerales son el cobre, el cobalto, o el coltán. Aproximadamente el 80% del cobre del mundo se extrae en la República Democrática del Congo. Allí trabajan dos millones de personas en minas artesanales e industriales. Entre ellos, decenas de miles de niños. Muchos reciben menos de dos dólares al día. Los accidentes son constantes: derrumbes, intoxicaciones, violencia y explotación.
Sin hablar de que algunas empresas utilizan la madera de balsa, utilizada en las palas de aerogeneradores en China y Estados Unidos. Se trata de una madera tropical muy apreciada que proviene de plantaciones enormes, generando deforestación, desplazamiento de comunidades indígenas y pérdida de biodiversidad.
La energía fotovoltaica no es menos. La región china de Xinjiang produce el 45% del silicio solar del mundo. En Xinjiang, el Estado chino obliga a los uigures y kazajos, bajo amenaza de internamiento, a trabajar en la industria solar por una miseria o sin recibir ningún pago.
Llamar a esto energía “renovable”, limpia o sostenible es una forma de lavado de cara “verde”, llamado greenwashing. No hay que ser muy listo para darse cuenta que aunque la energía que viene del sol es «infinita», concentrarla, transformarla en electricidad, transportarla y usarla no solo tiene pérdidas muy grandes (la maldita termodinámica) sino que requiere de elementos finitos y no renovables. Por tanto, la energía fotovoltaica NO ES RENOVABLE.
Organizaciones soberanistas supuestamente de izquierdas reclaman una transición energética “local”, que reduzca las dependencias de combustibles fósiles, a la vez que se usen las fuentes de energía eólica y solar locales. Más allá del discutible “not in my backyard” de los opositores y las propuestas de alianzas con capital extranjero de los defensores, lo que apenas se menciona en este “debate” es que estas propuestas de transición energética, si pretenden mantener cierto estatus quo de consumo (alimentación, viajes, transporte, etc.) y crecimiento económico son neocoloniales.
Por ejemplo, la propuesta de EH Bildu de construir gigafactorías de baterías para ayudar a la transición al vehículo eléctrico permitiendo la creación de puestos de trabajo en el territorio, ignora a sabiendas que EH no es productora de litio, y que por tanto para conservar la soberanía propia, se debe no permitir la ajena, en concreto la del sur. Y es que solo cuatro países (Australia, China, Chile y Argentina) acaparan un 95% de la producción de litio. Más cerca, pero siempre “al sur”, el pueblo extremeño lucha contra la mina de litio en Cáceres.
“Una investigación realizada para Chile por Ingrid Garcés, de la Universidad de Antofagasta, indica que por cada tonelada de litio que se produce, se utilizan 2 millones de litros de agua. Así, diariamente se extraen más de 226 millones de litros de agua y salmuera del salar de Atacama”
Una transición energética ligada al lucro y al crecimiento material es incompatible con la soberanía de los pueblos del sur global. Ganar soberanía desde unas regiones en detrimento de otras es ecofascismo.
Para saber más de minerales necesarios para la transición recomiendo el libro de Alicia Valero: Thanatia, límites materiales de la transición energética.
Como decía, hay mucho escrito sobre la cuestión de la transición energética. Lo mejor que he leído es el libro de OMAL “Megaproyectos. Ofensiva corporativa global en tiempos de transición ecosocial”. Una de las conclusiones que podríamos extraer del libro es que megaproyectos energéticos sí o no es en realidad un falso dilema. Depende de si lo mueve el lucro, es democrático y es respetuoso con el entorno natural y social.
Pongamos otro ejemplo de tecnología energética bluf:
¿Se acuerdan de los coches alimentados por agua que las empresas petroleras no querían promocionar? ¿Se acuerdan de aquella energía milagrosa procedente del agua que iba a alimentar nuestros coches, camiones, aviones y trenes, el hidrógeno? ¿Ah no?
Y es que el hidrógeno no solo no es una energía (es un vector energético), su producción es muy contaminante aunque lo etiqueten de verde, es dificilísimo de transportar y almacenar (además de ineficiente). No era más que propaganda para llevarse las subvenciones.
Se podría también mencionar la patada para adelante de los biocombustibles (con tasas de retorno energético igual o menor de 1), o los biogas.
En los 80 el PSOE desmanteló buena parte de la red ferroviaria de España, porque el progreso eran las carreteras, o sea el diésel. Por ejemplo el oriente andaluz, provincias de Granada, Jaén y Almería están desconectadas por vía férrea. En España se produce el 22 % de las frutas y hortalizas de la UE. Buena parte en Almería y Murcia, de donde suben miles de camiones al norte, impulsados por diésel. Si en el primer texto hablábamos de la dependencia de fertilizantes procedentes del gas, no es menos el diésel para la maquinaria agrícola y su transporte. El PSOE, de nuevo, apuesta por el tren de alta velocidad, en vez de vertebrar y electrificar el transporte por tren de personas y mercancías, lo que haría de verdad, y no los molinos eólicos, que fuésemos más resilientes a la crisis del petróleo y se pudiera absorber el excedente de energía eléctrica que tenemos.
Como conclusión podríamos decir que las tecnologías energéticas tienen “externalidades”, generan problemas en toda su cadena de producción y distribución. Y que la imperiosa necesidad y urgencia de dejar los fósiles en el subsuelo solo se podrá hacer si cambiamos el modelo económico y de sociedad ligado al crecimiento material.


