El vacío opositor como motor de la maquinaria libertaria.
La Argentina llegó a las elecciones con una oposición desfondada, dispersa entre sí y demasiado ocupada en sus disputas intestinas como para ofrecer una alternativa creíble al malestar social. El peronismo, núcleo histórico de representación de mayorías en diversos períodos, atraviesa su crisis más profunda en décadas: sin liderazgo claro, sin horizonte de sucesión y sin una narrativa capaz de hablarle a quienes habían desertado de la política. Si bien nunca tuvo precisión en su discursividad y menos aún en un programa u organicidad, aparece anquilosado en su lengua, fracturado territorialmente y sin un candidato competitivo a la vista para 2027, una fuerza “sin brújula” que observa cómo su bastión bonaerense se astilla entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof. La escena se completa con la ausencia de renovación, la puja municipal por las cajas y los desgarrones donde antes había disciplina. El peronismo aparece así no como víctima de operaciones externas, sino como rehén de sus propias insuficiencias.
1. La anorexia opositora
Ese vacío se extiende al resto de la oposición no peronista, más ocupada en fragmentarse que en disputar un rumbo, ya que otro tanto le sucede al radicalismo, menguado por el enorme costo político por su alianza con el Pro de Mauricio Macri en el frente “Cambiemos”, hoy desaparecido y mayormente cooptado por Milei. El electorado llegó a las legislativas atrapado en una mezcla de rechazo al programa de Milei y ajenidad emocional respecto de quienes debían enfrentarlo: un presidente que “no sabe cómo resolver la economía”, que solo piensa en endeudamiento y alianzas atenazantes, pero una oposición aún menos confiable y temida por su incapacidad de ofrecer rumbo tras el fracaso relativo del gobierno de Alberto Fernández.
Entre la crítica a la gestión libertaria y el espanto frente al retorno del peronismo, se consolidó un voto defensivo, resignado, que prefirió “no empeorar lo que ya está mal”. Pero la crisis no es coyuntural. Es estructural. Alejandro Horowicz, que desde hace décadas disecciona las metamorfosis del peronismo, sostiene que el movimiento llega a este ciclo “desarmado”, como la fase terminal de un cuarto peronismo sin proyecto, erosionado por dos décadas de tensiones entre épica y gestión, entre representación y burocracia, entre masas y aparato. Esa larga agonía del peronismo -y, en su espejo, de toda la oferta política tradicional- dejó un hueco histórico: un país que perdió su capacidad de producir mayorías estables y cuyo dispositivo electoral se volvió una “democracia de la derrota”, donde cada ciclo opositor es más débil que el anterior.
Ese vacío fue el escenario perfecto para Milei, que no necesitó construir una alternativa: le bastó con ocupar una ausencia. Ganó no sólo por lo que prometió -shock, ferocidad, ajuste, anti-casta- sino por lo que sus adversarios dejaron de representar. En una sociedad fatigada y desorientada, con niveles altos de abstención y una crisis de representación que se expresa en jóvenes que ni siquiera sienten obligación cívica con el voto, el libertarismo irrumpió como síntoma antes que como solución. La oposición, incapacitada para leer el clima social, quedó reducida a observar cómo su propia implosión abría la puerta a un experimento político de rasgos cada vez más personalistas y teocráticos.
Porque en condiciones de crisis, el amorfismo estructural del peronismo (y en parte también del radicalismo) se potencia para desplegar toda su diversidad que, en un extremo, tiene a toda clase de colaboradores de Milei, sin los cuales, no podrá haber sostenido su plan reaccionario y represivo. Eso no quiere decir que no haya peronistas progresistas o inclusive de izquierda, solo que en el sintagma nominal “peronismo de izquierda” el núcleo es el peronismo y la izquierda simplemente el modificador. La estructura sintáctica es de un sustantivo seguido de un complemento del nombre, ya que ni siquiera resulta un adjetivo. Para ello, encuentran fundamento en una de las “20 verdades” formuladas por el propio Perón: una sarta de pavadas con tono refranero que sus partidarios toman como las tablas de la ley de Moisés, por caso afirma que “para un peronista, no hay nada mejor que otro peronista” (sin preguntarse siquiera qué habría peor que López Rega y los asesinos de la AAA, o los gobernadores que colaboran con Milei y Bullrich hoy). Si el sustantivo no es la izquierda o el progresismo, si no se puede pensar en un frente transversal donde la izquierda peronista sea una de las vertientes, mayoritaria o no, el proyecto siempre nacerá mutilado. Es esencialmente un obstáculo: sirve para obstaculizar algo el avance de la ultraderecha, tanto como obstaculiza toda rearticulación de un bloque progresista que no sea una coyuntural alternativa propia, endogámica, destinada necesariamente al fracaso. Con esta escena de fondo -una oposición exhausta, un peronismo sin norte y una ciudadanía que vota entre el miedo a un derrumbe mayor y la resignación- podría leerse el avance de Milei.
2. La izquierda atrapada en su cápsula sectaria
La izquierda argentina o más precisamente el frente meramente electoral (FIT) llega a la derrota frente a Milei con una vieja herida abierta: la incapacidad crónica de transformar militancia en hegemonía. Las organizaciones tienden a cristalizarse en formas sectarias, donde un núcleo duro subordina cualquier vocación amplia a la preservación de su propia identidad y de su programa “prefijado”, esperando que la realidad se acomode a él y no al revés. Esta estructura produce una subjetividad militante que resiste cualquier ampliación, teme la llegada de nuevos actores y divide cuando debería unificar. En consecuencia, la izquierda se especializa en disputar pequeños territorios -un centro de estudiantes, un sindicato, una banca ocasional- para perderlos al ciclo siguiente, porque lo que no puede construir es institucionalidad, negociación, articulación y poder sustentable.
El fantasma jacobino persiste bajo nuevas ropas: la idea de una vanguardia esclarecida que gobierna en nombre del pueblo pero sin él. Ese moralismo férreo, heredado de tradiciones revolucionarias del siglo XX, dejó una huella duradera: la tentación de la pureza doctrinaria y la desconfianza hacia la sociedad civil. En la Argentina contemporánea, esa herencia se vuelve estéril: produce consignas de guillotina simbólica que movilizan minorías intensas pero no convocan mayorías exhaustas.
Mientras tanto, la derecha aprendió a disputar la cultura, aquello que la izquierda cedió por inercia o seudo suficiencia moral. Daniel Feierstein sostiene que, ya desde mediados de los 2000, sectores conservadores comenzaron a reconstruir un discurso negacionista sofisticado, con nuevos lenguajes, nuevas plataformas y una estrategia gramsciana invertida: conquistar el sentido común a través de la corrosión del campo popular desde adentro. Frente a ello, buena parte de la izquierda respondió tarde, encapsulada en esquemas conceptuales envejecidos, hablándole a la derecha de los ochenta mientras emergía una derecha del siglo XXI. La desconexión con los jóvenes, la incapacidad de leer la mutación de los valores culturales y la tendencia a la autoreferencialidad dejaron al progresismo sin herramientas para enfrentar lo que Horowicz define como un proceso de desarme moral, donde la voluntad de combate se fragmentó y se volvió incapaz de proponer un horizonte transformador.
La oposición a Milei se mueve como un coro desafinado: muchas voces, ningún tono común. No fracasa por falta de diagnósticos -la inflación del ajuste, el retroceso social, el desmantelamiento estatal- sino por la incapacidad de convertir ese repertorio de quejas en una identidad compartida. Frente a un gobierno que combina antiestatismo fanático y goce punitivo, sus adversarios no hallan el modo de traducir las múltiples demandas sociales en una gramática común. Y sin gramática común, no hay sujeto político.
3. Populismo
Conviene entonces desarmar el equívoco más persistente: el populismo no es una ideología ni un repertorio de gestos carismáticos, sino una lógica política que emerge cuando la institucionalidad deja de procesar demandas que se multiplican sin respuesta. El filósofo argentino Ernesto Laclau insistió en su libro “La razón populista” que las sociedades no implosionan por exceso de conflicto, sino por su silenciamiento: sólo cuando la lógica diferencial se agota y deja demandas insatisfechas se abre el terreno para la equivalencialidad, ese reconocimiento mutuo entre reclamos dispersos que descubren que su exclusión tiene la misma raíz. Allí comienza a gestarse el pueblo, no como entidad sociológica, sino como efecto discursivo que necesita un significante vacío capaz de condensar lo heterogéneo -“pueblo”, “patria”, “dignidad”- y un punto de cathexis afectiva donde ese vacío se vuelva identificable. El populismo es, en su esencia, la poética de esa condensación.
Si trasladamos esta lógica a la Argentina actual, el problema se vuelve diáfano: las demandas insatisfechas abundan -salarios pulverizados, servicios desmantelados, violencia represiva, incertidumbre generalizada-, pero no se reconocen entre sí. Permanecen encerradas en su particularismo, capturadas por la lógica diferencial del enojo solitario. No hay equivalencia porque no hay punto de reunión simbólica: ningún significante vacío que articule el malestar, ningún nombre capaz de reunir la multiplicidad bajo un mismo paraguas identitario. Milei, paradójicamente, sí lo encontró: “la casta”. La oposición, en cambio, sólo ofrece diagnósticos aislados y una prudencia que roza la abulia moral. Por eso el malestar no se traduce en sujeto político: es un archipiélago sin puente, un coro sin partitura, una indignación sin estructura.
La pregunta, entonces, no es sólo por la debilidad organizativa de la oposición, sino por su incapacidad de imaginar una frontera antagónica que no sea pura nostalgia o mera administración progresista de la catástrofe. La crisis es doble: de representación y de imaginación. Laclau advertía que ninguna hegemonía se construye sin disputar el lenguaje y sin ofrecer una narrativa de comunidad posible. La oposición no perdió sólo votos: perdió el deseo de articular un horizonte. Sin esa apuesta, toda alternativa se agota en tecnocracia impotente, incapaz de interpelar a quienes hoy experimentan el ajuste como una forma de desposesión existencial.
La fuerza de Milei no proviene de la coherencia de su programa -que es más bien una pieza de taxidermia ideológica- sino de su capacidad para apropiarse del significante vacío que la oposición resignó. No importa que “libertad” sea un término saturado de contradicciones; importa que funcione como condensador libidinal, como pantalla donde proyectar el odio, el deseo de ruptura y la fantasía de purificación moral. Así opera un significante vacío: no explica, convoca. No describe el mundo, lo ordena afectivamente. Por eso Milei pudo convertir el descontento social en un nosotros delirante, cohesionado por la promesa de destruir a quienes serían los responsables de todas las frustraciones.
4. La economía del afecto y la parálisis opositora
La política contemporánea no se disputa sólo en el terreno de los argumentos, sino en la economía del afecto: toda identidad popular se sostiene en cathexis, en una inversión libidinal que estabiliza la cadena equivalencial. Allí radica otro fracaso opositor: dejó la dimensión afectiva en manos del reaccionarismo libertario. Mientras Milei ofrece intensidad -aunque sea destructiva- la oposición administra tibiezas. El oficialismo captura el goce de la transgresión, la épica del insulto, la estética del castigo. La oposición responde con diagnósticos contables, pedagogía desabrida y admoniciones morales que no conmueven a nadie. Sin cathexis no hay “pueblo opositor”: hay electores sueltos, humores volátiles, cálculos cambiantes.
La consecuencia es devastadora: sin articulación equivalencial, sin un horizonte capaz de nombrar un “nosotros” alternativo, la sociedad no se polariza políticamente; se despolitiza. La fragmentación del malestar deriva en cinismo, apatía o autodefensa individual. No emerge la protesta como identidad colectiva, sino como gesto desesperado: cada cual reclama por lo suyo y luego se repliega. Milei no ganó sólo votos: ganó el monopolio de la gramática política. Ante su avance, la oposición responde con un moralismo impotente que no produce comunidad. Si el populismo es la forma en que la democracia recuerda su incompletud, la oposición argentina ha elegido olvidarla, refugiándose en la ilusión de que la mera gestión -o la restauración del pasado- puede suplir la falta de una frontera antagónica creíble. Y donde no hay frontera, no hay batalla: sólo administración del derrumbe.
Pero reconstruir equivalencialidad no significa copiar la performatividad del oficialismo. La imitación siempre llega tarde y en clave paródica. La oposición no necesita gritar más fuerte, ni exhibir un enojo vicario, ni producir un anti-Milei simétrico. Necesita, en cambio, articular las demandas dispersas -de jubilados, estudiantes, trabajadores, pymes, científicos, usuarios de servicios públicos- en un relato que no sea una nostalgia del Estado benefactor ni una letanía jurídica sobre derechos vulnerados. Debe producir un nombre propio, un significante capaz de reunir esa heterogeneidad sin falsificarla. No se trata de inventar un pueblo desde arriba, sino de identificar la resonancia común entre los que hoy sufren la intemperie. La equivalencialidad no es propaganda: es escucha. Y la oposición hace años que dejó de escuchar, ocupada en administrar sus internas o en disputar la supervivencia de sus sellos partidarios.
A esta dificultad se suma un problema estructural: la oposición no ha logrado leer el reordenamiento generacional y territorial del país. Si no aparece un significante capaz de nombrar esa desprotección común, Milei seguirá apropiándose de ella, incluso cuando la empeore. La oposición habla a quienes ya la conocen; no habla a quienes aún no tienen nombre político. Y sin interpelación nueva, no hay “pueblo nuevo”.
5. Un horizonte posible: disputar el sentido común
Toda disputa hegemónica comienza por el sentido común. No es un terreno a evangelizar sino a reorganizar. El fracaso opositor radica en creer que el sentido común es un espacio fijo, colonizado por el neoliberalismo, cuando en realidad es un campo movedizo: allí conviven el hartazgo, la bronca, la necesidad de orden, el deseo de protección, la experiencia del abuso patronal y el orgullo de sobrevivir. Ese terreno no está vacío: está librado. Por eso la pregunta no es qué significante vacío debería usar la oposición, sino qué antagonismo está dispuesta a construir. ¿Contra quién o qué se articula el “nosotros” que podría disputar el sentido libertario? Laclau diría que no hay pueblo sin enemigo simbólico; no hay comunidad sin frontera. La oposición teme nombrar esa frontera, como si la denuncia del poder económico, mediático o financiero fuera un gesto prohibido. En ese pudor se desvanece cualquier posibilidad de alternativa.
Si la oposición no logra articular un sujeto colectivo es porque evita formular el antagonismo que debería sostenerlo. No se trata de elegir un enemigo caricaturesco -la “casta” libertaria ya monopoliza ese teatro- sino de nombrar la estructura que produce la intemperie social: la concentración económica, el poder financiero que ordena la vida, la precarización convertida en normalidad, la violencia policial como pedagogía del miedo. Sin esa decisión de nombrar, toda política se convierte en administración de daños. Laclau insistía en que el antagonismo no es odio; es delimitación simbólica del campo de disputa. Pero la oposición teme delimitar, como si señalar al poder real fuera una falta de moderación o una amenaza electoral. En ese silencio, Milei ordena el conflicto a su gusto, mientras sus adversarios discuten sobre márgenes.
Si bien cada país deberá encontrar las herramientas políticas que permitan trazar una línea divisoria entre izquierda y derecha, cada vez más la experiencia de convergencias izquierdo-progresistas como el Frente Amplio uruguayo o el Nouveau Front Populaire francés están marcando, aún con dificultades, una alternativa real para la disputa del sentido y el poder.
Pero toda referencia extranjera queda corta si no se atreve a dialogar con este derrumbe propio, con este desamparo vernáculo. En ese filo donde la política parece agotada, es donde suele asomar otra respiración. Toda época de devastación abre, sin embargo, una hendija: allí donde el miedo se vuelve rutina puede surgir una rebelión del deseo. No una épica – y menos aún partidaria-, sino una comunidad que rehúse aceptar como natural la crueldad que la gobierna. En esa grieta -mínima, tenaz- podría comenzar la reconstrucción del lazo roto. Porque ningún pueblo está condenado a la intemperie eterna: siempre queda una voz que insiste, una memoria que pulsa, un porvenir que reclama ser dicho antes de existir.
Emilio Cafassi (Profesor Titular e Investigador de la Universidad de Buenos Aires).
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


