Recomiendo:
0

Detrás de la noticia: una encuesta, una ONG y la pedagogía mediática

Fuentes: Huella del Sur

Hace unos pocos días tuvo difusión masiva en los medios hegemónicos y otros el Informe —primera* y segunda entrega*— realizado por el Observatorio Pulsar – UBA (IGEDECO – Facultad de Ciencias Económicas / Carrera de Ciencia Política UBA) en alianza con la Asociación Conciencia. Sobre la base de lo que catalogaron como una encuesta nacional aplicada a 2.494 estudiantes escolarizados de entre 16 y 19 años. El trabajo fue enmarcado con el título de “Jóvenes: valores, política y democracia” y (según la ficha técnica de la propia encuesta) fue “diseñada para representar la estructura real de ese universo en la Argentina”.

La muestra fue estratificada por provincia, edad, sexo y gestión escolar —pública 66%/privada 34%—, con cuestionarios autoasistidos aplicados en “escuelas, aulas y estudiantes” y ponderación estadística para “asegurar representatividad”.

La ficha técnica se exhibe como garantía de rigor estadístico; sin embargo, lo que se universaliza en la comunicación pública no es la metodología, sino los resultados descriptivos: titulares que repiten porcentajes y frases como si fueran verdades incuestionables. Perfil, Infobae, Clarín, La Nación y otros medios, además de portales provinciales reprodujeron la encuesta con escaso análisis crítico o repitiendo, simplemente, los apartados analíticos del propio Informe, y sobre todo, reforzando la idea de que la juventud argentina es “apática” o “desapegada” de la política, según rezan los propios titulares mediáticos, como veremos más adelante.

Pero acerquemos un poco más la lupa al trabajo muestral y preguntémonos por qué se produce un efecto inmediato sobre un recorte de 2.494 casos para que se convierta en verdad nacional —con doble legitimación: la que expresa la propia ficha técnica, que no, necesariamente coincide con el universo mediático hegemónico y sus repetidores seriales— cuando según el Censo 2022 procesado por el INDEC (aún con el escaso diferencial demográfico que pudiera existir), se señala que, aproximadamente, la población de jóvenes entre 16 y 19 años es de 2.780.000 personas; lo que indica que la muestra tomada solo refiere al 0,09% del total de la población entre las edades consignadas.

La operación consiste en transformar un muestreo mínimo en diagnóstico universal, invisibilizando la diversidad de experiencias juveniles a lo largo y ancho del país. “Diversidad” sostenida en el Informe, solo por su pertenencia a la educación pública o privada, o por la cantidad de libros que haya en el hogar de lxs encuestadxs como diferencial cultural, marcas elitistas tan relacionadas a los componentes ideológicos que la Asociación Conciencia representa, y para reforzar un relato mediático que estigmatiza a lxs jóvenes como indiferentes, despolitizados e, incluso, moralmente evaluables.

Ajustando la lectura, tal vez podamos encontrar otras conclusiones distintas de los titulares mediáticos e incluso interpretar alguna contradicción funcional en el propio Informe.

El sospechoso 70% que fabrica la apatía juvenil

La encuesta del Observatorio Pulsar y la Asociación Conciencia distribuyó su muestra sobre 2.494 estudiantes de la siguiente manera: el 3% de lxs encuestadxs de 19 años; 19% de 18 años; 33% de 16 años y 45% de 17 años. Es decir, casi ocho de cada diez encuestados tienen 16 o 17 años, mientras que los mayores —los que tienen la obligación de votar o ya votan— representan apenas el 22% del total. Un dato a tener en cuenta a la hora de pretender la universalidad: si bien la encuesta mide la disposición a ir o no a votar, recordemos que el sufragio no es obligatorio para quienes tengan 16 y 17.

Teniendo en cuenta lo anterior, veamos: frente a la pregunta sobre el interés en la política, los resultados fueron: 8% muy interesados, 21% bastante interesados, 51% poco interesados y 18% nada interesados. El relato mediático, que más prendió en la opinión pública, simplificó estos números en un titular contundente: “7 de cada 10 jóvenes no se interesan por la política”.

Sin embargo, si cruzamos los datos con la distribución etaria, aparece otra lectura: el 29% que declara interés (muy + bastante) es casi coincidente con el porcentaje de jóvenes de 18 y 19 años en la muestra. Es decir, los sectores de mayor edad —los que ya enfrentan otra mirada de la escuálida realidad que los interpela— concentran el interés político, podríamos arriesgar esa hipótesis, mientras que el peso estadístico de los más jóvenes, todavía dentro de su realidad escolar, (16 y 17 años) arrastra el promedio hacia la “posible indiferencia”. Ahí tenemos una interpretación verosímil y distinta.

La encuesta, al no discriminar las respuestas por edad, invisibiliza esta diferencia etaria y convierte un dato parcial en diagnóstico universal. Así se fabrica el “70% de apatía”: una operación estadística que homogeneiza a la juventud y la presenta como una unidad despolitizada, en la interpretación de los medios, reforzando un relato funcional a la estigmatización que nuestras juventudes vienen soportando y al disciplinamiento cultural que se impone con el favor mediático y las políticas descontextualizadas y vaciadoras de sentido de la educación y del conocimiento; sin olvidar las penales, como la ley que establece el Régimen Penal Juvenil, recientemente votada, que baja la imputabilidad a los 14 años, para no abundar.

Coincidencia política, capital cultural y las conversaciones que no existen

La encuesta del Observatorio Pulsar y la Asociación Conciencia introduce variables que, lejos de describir la politicidad juvenil, funcionan como filtros ideológicos.

Haremos un breve paseo por algunas de las consignas. En primer lugar, la diferencia entre escuela pública (66%) y privada (34%) se presenta como garantía de representatividad, pero en realidad homogeneiza realidades muy distintas y legitima la universalización de un diagnóstico único: la supuesta apatía juvenil.

El sesgo se profundiza con la medición del capital cultural de los hogares: nivel educativo de los padres y cantidad de libros en casa. Según la encuesta, quienes tienen padres con estudios universitarios o posgrados, o más de 50 libros en su hogar, son los que declaran que la Argentina está “mejor o igual de bien”. Así se instala la idea de que la adhesión a la democracia y la valoración positiva del país provienen de los sectores privilegiados, mientras que los demás quedan implícitamente asociados al desinterés o la crítica.

La misma lógica aparece en la pregunta sobre coincidencia política con los progenitores: aunque la mayoría comparte las mismas ideas, la encuesta subraya que la coincidencia aumenta en segmentos específicos —jóvenes de 16 años (40%), estudiantes de escuelas privadas (41%) y quienes tienen padres con posgrado (48%). La coincidencia se presenta como virtud, reforzando la obediencia cultural en los sectores con mayor capital simbólico y socioeconómico.

Finalmente, la categoría “conversaciones” expone una contradicción: el 53% declara informarse de política por conversaciones, pero al mismo tiempo el 65% dice que habla poco o nada con familiares y el 81% poco o nada con amigos. Con el cruce de los propios resultados de estos ítems, por lo menos surge alguna ambigüedad.

En los resultados del informe la juventud aparece con apariencia homogénea, obediente y despolitizada donde se remarcan las diferencias socioculturales de origen y el acercamiento mayor o menor a la política; una juventud —mas o menos— informada por redes y medios.

Lo que se presenta como “dato” habilita una operación mediática que convierte un muestreo parcial, ínfimo, en verdad nacional, reforzando la idea “desapego” o “desinterés” por la política.

Entre la moral, la tolerancia y el voto crítico

En esta primera parte de la encuesta se vinculan conceptos “morales” con las ideas políticas: “¿Usted está muy, bastante, poco o nada de acuerdo con que se puede saber si una persona es buena o mala por sus opiniones políticas?”. El 8% muy de acuerdo y 21% bastante de acuerdo con que se puede saber si alguien es “bueno o malo” por sus opiniones políticas; este segmento muestra que una parte de los jóvenes acepta la “moralización” de la política, aunque la mayoría (40% poco de acuerdo y 19% nada de acuerdo) la rechaza.

Aparece esta idea de “moral” —ligada a los valores de Occidente— tan en consonancia con los pregones presidenciales y a los “valores” de la Asociación Conciencia, como veremos más adelante.

A 50 años de la dictadura genocida que una encuesta vincule la “moralidad” política en términos “ecuménicos” de “bueno” y “malo” es por lo menos preocupante: ¿Quién decide sobre lo “bueno” y lo “malo” en términos de subjetividad?

Una persona no es buena o mala por sus ideas políticas, en todo caso es la conducta ética de los funcionarios con capacidad de definir políticas que perjudiquen o beneficien a la mayor parte de la población: ¿Responde a una buena o mala conducta ética no cumplir con la ley de Financiamiento Universitario? ¿Responde a una buena o mala conducta ética no cumplir con la ley de Emergencia Pediátrica? ¿Responde a una buena o mala conducta ética no cumplir con la ley de Emergencia en Discapacidad? La dimensión ética de los funcionarios que deciden sobre nuestros destinos es directamente proporcional a la moral pública de sus actos.

Por otro lado, en las preguntas sobre vínculos afectivos, el 61% afirma que podría estar en pareja con alguien de ideas opuestas y el 64% que podría tener amistades con diferencias políticas, lo que sugiere tolerancia y convivencia democrática. Hay una oscilación evidente: la encuesta oscila entre moralizar el pensamiento político como rasgo íntimo (supuestamente autónomo) y reconocer la tolerancia en vínculos afectivos.

El propio informe combina dos registros en tensión: las marcas conservadoras y elitistas que provienen de la Asociación Conciencia, y el intento académico de revestirlas con un tono de neutralidad pragmática. En ese movimiento, lo que aparece como “perfil juvenil” es en realidad una síntesis ambigua: un discurso normalizador que se disfraza de objetividad.

La segunda parte del estudio refuerza esta tensión: el 72% de los jóvenes afirma que votar es importante pero no alcanza para decidir lo que pasa en el país, frente a un 23% que cree que con el voto se decide lo que pasa y un 5% que sostiene que votar no sirve para nada.

Lejos de ser apatía, esa respuesta expresa una sospecha crítica que los politiza: la conciencia de que el poder no se agota en las urnas y que la participación requiere otros espacios y formas. El informe traduce esa sospecha en “baja intensidad” y “compromiso selectivo”, pero lo que emerge es una juventud que se politiza justamente en la desconfianza hacia las narrativas normalizadoras.

Lo más revelador es que los medios hegemónicos borran incluso esa conclusión matizada. Mientras el informe reconoce que no hay rechazo absoluto ni apatía total, los titulares reducen todo a la fórmula de la despolitización: “7 de cada 10 jóvenes no se interesan por la política”. Así, la encuesta muestra una dudosa homogeneidad, y ese enfoque es reescrito por el aparato mediático para reforzar un proceso de estigmatización y disciplinamiento juvenil.

La pedagogía mediática: titulares y notas

Los principales medios tomaron la encuesta y la tradujeron en diagnósticos homogéneos. Clarín y La Capital titularon: “Siete de cada diez estudiantes dicen tener poco interés en el tema”. La Nación reforzó: “Argentina: jóvenes tienen poco o ningún interés en la política”. Infobae repitió la fórmula: “Casi el 70% de los jóvenes en la Argentina tiene poco o ningún interés en la política”. Perfil insistió en el desapego: “El 70% de los jóvenes argentinos muestra desapego hacia la política”. Página/12 redujo la encuesta al consumo informativo: “8 de cada 10 adolescentes se informan por redes sociales”. Letra P habló de ambigüedad: “Los jóvenes de la Argentina, entre el optimismo y el desinterés”. Canal Abierto formuló la duda: “Los jóvenes argentinos ¿creen en la democracia?”.

Los titulares recortan porcentajes aislados y los convierten en diagnósticos generales. En todos los casos, el relato es el mismo: juventud apática, consumista, distante de la política.

Lo curioso es la ausencia o escasa mirada crítica, puesto que ninguna nota problematiza el sesgo ideológico de la Asociación Conciencia, solo se legitima como un “informe de la UBA”.

La sospecha crítica de la mayoría de los jóvenes —su desconfianza hacia el voto como único mecanismo— se traduce en apatía.

Conciencia y la incidencia en las políticas públicas

La Asociación Conciencia se presenta como una ONG dedicada a la educación ciudadana y la formación democrática. Sin embargo, detrás de esa fachada pedagógica se encuentra una trama de alianzas corporativas y vínculos políticos que la convierten en un actor de incidencia pública con fuerte capacidad de moldear políticas educativas. Sus programas abarcan desde la terminalidad escolar y la inserción laboral juvenil hasta el combate del trabajo infantil en zonas tabacaleras. Pero la contradicción es evidente: mientras afirma luchar contra el trabajo infantil en el tabaco, entre sus aliados, según su propia página web, figuran la Cámara del Tabaco de Salta y la Cámara del Tabaco de Jujuy, dos de los sectores empresariales directamente vinculados a esa problemática.

La lista de aliados corporativos es extensa y revela la magnitud de su entramado empresarial:

energéticas como Pampa Energía, Axion, Camuzzi y Raízen; agro y tabaco con Adecoagro y las Cámaras del Tabaco mencionadas anteriormente; bancos y fundaciones financieras como BBVA, Galicia, Hipotecario, Supervielle, Moody’s, Divergood y la Fundación Banco Nación; infraestructura y transporte con AUSA, Emova y Mantelectric; seguridad privada con Fundación Prosegur; gigantes tecnológicos como Samsung, Google y Xylem; farmacéuticas y consumo doméstico con Johnson & Johnson y SC Johnson; consumo masivo con Cervecería y Maltería Quilmes; certificadoras globales como Control Union; y organismos estatales como BA Ciudad, RENATRE y el Consejo Federal de Inversiones.

Es decir, Conciencia se financia con recursos de grandes empresas y bancos, lo que condiciona su narrativa sobre juventud y ciudadanía y fija su posición ideológica en la educación en consonancia con los procesos endoprivatizadores propuestos por los organismos internacionales: UNESCO, OCDE y Banco Mundial.

En junio de 2024, Conciencia lanzó el Pacto Educativo en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. El evento fue una verdadera foto de poder: participaron referentes políticos de todo el arco partidario del establishment —Mauricio Macri, María Eugenia Vidal, Guillermo Francos, Manuel Adorni, Carlos Torrendell, Daniel Scioli, Martín Llaryora, Jorge Macri, Ramiro Marra, Martín Tetaz, Mariano Cúneo Libarona, Daniel Filmus, Ariel Sujarchuck, intendente de Escobar, estos dos últimos referenciados con la oposición peronista, junto a empresarios como Cristiano Rattazzi, Daniel Vila y Adelmo Gabbi y otros, además de representantes de Naciones Unidas y cuerpo diplomático.

El director ejecutivo de Conciencia, Juan Manuel Fernández Alves Dacunha, fue funcionario del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, lo que refuerza la conexión directa con referentes políticos que representan intereses corporativos.

El Pacto Educativo se presentó como un programa nacional de “educación ciudadana”, con talleres, capacitaciones y proyectos escolares. Pero en realidad cristaliza la estrategia de Conciencia: instalar un discurso de juventud “responsable” y “moderada”, legitimado por el empresariado y el arco político. La encuesta realizada junto al Observatorio Pulsar de la UBA cumple aquí una función precisa: proveer insumos para justificar este pacto, mostrando a los jóvenes como apáticos y necesitados de formación cívica y ciudadana.

La contradicción estructural es insoslayable: denunciar el trabajo infantil en tabacaleras mientras sus “aliados” son las propias cámaras tabacaleras; promover la inserción laboral juvenil mientras se invisibiliza la precarización estructural que afecta a más del 60% de los jóvenes; fortalecer organizaciones sociales de base mientras se las subordina a la lógica de la “excelencia en gestión” y la dependencia de recursos externos. Todo ello bajo la narrativa de ciudadanía “responsable”, que en realidad funciona como un dispositivo de disciplinamiento simbólico.

Una muestra más es el convenio celebrado por la ong con el el Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de Salta en abril de 2025. Por entonces, la ministra de María Cristina Fiore Viñuales dijo: “Este convenio representa una gran oportunidad para acompañar a nuestras escuelas en la formación de ciudadanos comprometidos y críticos (…) desde el Gobierno vemos a la sociedad civil como aliados estratégicos en la construcción de la Salta que queremos”.

Pero no solo la ministra tuvo expresiones sobre el convenio, también lo hizo Juan Manuel Fernández Alves Dacunha: “Este es un trabajo de tres patas: el Estado como principal responsable de garantizar el acceso a la educación gratuita, obligatoria y de calidad; el sector privado involucrándose en el desarrollo de los pueblos; y la sociedad civil acercando proyectos innovadores para hacer más eficiente el rol del Estado”.

Una breve digresión: es muy interesante como el director ejecutivo de la ONG Conciencia, pasó de ser Director General de la Dirección General Planificación y Coordinación de Intervenciones Urbanas dependiente de la Subsecretaría Mantenimiento Urbano perteneciente al Ministerio Espacio Público e Higiene Urbana de la Ciudad de Buenos Aires a “pedagogo” en el ámbito de la autodenominada “sociedad civil”. Fin de la digresión.

Conciencia, que es solo un eslabón más en la profundización de la entrega de las políticas públicas y su ejecución a este entramado corporativo, como lo venimos investigando y denunciando desde hace muchos años, es otro actor político-empresarial que articula con gobiernos, ministerios, empresas y organismos internacionales para instalar su agenda corporativa como política educativa. Su rol es moldear la percepción social de la juventud, instalando la idea de que son apáticos y necesitan ser guiados hacia la responsabilidad democrática y ciudadanía responsable.

La pedagogía mediática se completa con los titulares de los medios: la encuesta provee los datos, los medios los simplifican en apatía, y Conciencia aparece como la ONG que ofrece la solución para la aplicación de las políticas educativas para fortalecer la “ciudadanía”.

La “sociedad educadora” y la industria del negocio educativo

El aporte crítico de este artículo es mostrar que la sospecha juvenil, lejos de ser apatía, es politización frente a un sistema que busca disciplinarlos. Conciencia, con su entramado empresarial y político, lejos de “educar” normaliza bajo su propio prisma ideológico. Y lo hace con la acriticidad de los medios, el financiamiento corporativo y la legitimación de referentes políticos y empresariales que representan los mismos intereses precarizantes y disciplinadores.

Detrás de la noticia no hay apatía juvenil, sino una operación discursiva que convierte la sospecha crítica en desinterés. La encuesta del Observatorio Pulsar y Conciencia, los titulares que simplifican y el Pacto Educativo que reúne a empresarios y políticos son eslabones de una misma cadena: la pedagogía mediática que normaliza y disciplina.

El entramado de aliados de Conciencia —energéticas, bancos, tabacaleras, tecnológicas, farmacéuticas, certificadoras y organismos estatales— es la expresión concreta de una moral corporativa que se presenta como universal y que se impone bajo el signo de la “educación ciudadana”. Conciencia instala su agenda corporativa como política pública.

Y aquello que Carlos Torrendell, secretario de Educación de la Nación, definió como “el pasaje del Estado educador a la sociedad educadora”, debe leerse en realidad como la transferencia de la educación pública a la industria del negocio educativo de la autopercibida sociedad civil.

La supuesta apatía queda desmentida por los cientos de miles de jóvenes que se movilizaron el 24 de marzo en la Marcha de Memoria, Verdad y Justicia. Lejos del desinterés, la resistencia y, tal vez, la sospecha como forma de politización juvenil frente a un sistema que enmascara la idea de que la única democracia posible es la representativa liberal, funcional al capitalismo global y a los (brutales) “valores” de Occidente.

*Informe: primera entrega

*Informe: segunda entrega

Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/03/29/detras-de-la-noticia-una-encuesta-una-ong-y-la-pedagogia-mediatica/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.