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La prédica católica no cambia el discurso

Diálogo entre Dostoievski y Bergoglio

Fuentes: Río Negro

El cardenal Jorge Bergoglio puede ser tenido como uno de los líderes del catolicismo argentino más cultos e inteligentes, desde los tiempos del obispo Lué hasta hoy. En eso se distingue claramente de sus predecesores de similares ancestros itálicos -Copello, Caggiano, Quarracino, Primatesta-, pero no tanto como para abandonar objetivos esenciales del mensaje eclesial posterior […]

El cardenal Jorge Bergoglio puede ser tenido como uno de los líderes del catolicismo argentino más cultos e inteligentes, desde los tiempos del obispo Lué hasta hoy. En eso se distingue claramente de sus predecesores de similares ancestros itálicos -Copello, Caggiano, Quarracino, Primatesta-, pero no tanto como para abandonar objetivos esenciales del mensaje eclesial posterior a la dictadura del llamado Proceso de Reorganización Nacional.

Con algunos retóricos matices, pero sin apartarse de los lineamientos fundamentales de la prédica pastoral de las últimas décadas, Bergoglio convocó el jueves, en el Tedeum al que, esta vez sí, asistió el presidente Kirchner, al perdón y a la reconciliación. Reclamó primero «esa grandeza humilde de saber pedir y ofrecer perdón, renunciando al odio y a la violencia», y convocó luego, después de una fervorosa exaltación de la «mansedumbre» , a que los argentinos nos sintamos «felices si somos perseguidos por querer una patria donde la reconciliación nos deje vivir, trabajar y preparar un futuro digno para los que nos suceden».

En esas palabras habló a una Nación en la que una dictadura militar, la última (hubo otras antes de los 70), cometió el más horroroso de los crímenes, cual fue el de apropiarse de bebés después de matar a padre y madre -luego de hacerla parir- y entregarlos a los amigos.

Dostoievski hizo hablar de los crímenes contra los niños, y del perdón y la reconciliación, a uno de los hermanos Karamazov, Iván, en palabras dirigidas a su hermano, el dulce Aliocha.

Dice Iván: «…Comprendo cómo se estremecerá el universo cuando el cielo y la tierra se unan en un grito de alegría, cuando todo lo que vive o haya vivido exclame: ¡tienes razón Señor, se nos han revelado tus caminos!; cuando el verdugo, la madre y el niño se abracen y digan, con lágrimas en los ojos: ¡tienes razón Señor! Sin duda, entonces se hará la luz y todo se explicará. Lo malo es que yo no puedo admitir semejante solución. Y procedo en consecuencia durante mi estancia en este mundo. Créeme, Aliocha: acaso viva hasta ese momento o resucite entonces, tal vez grite con todos los demás, cuando la madre abrace al verdugo de su hijo: ¡tienes razón Señor! , pero lo haré contra mi voluntad. Ahora que puedo, me niego a aceptar esta armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de niño…Los verdugos padecerán en el infierno, me dirás. ¿Pero qué valor puede tener este castigo, cuando los niños han tenido también su infierno? Por otra parte ¿qué armonía es esa que requiere el infierno?»

Aliocha, el menor de los tres Karamazov, escucha a su hermano Iván: «…No quiero que la madre perdone al verdugo: no tiene derecho a hacerlo…Y si el derecho a perdonar no existe, ¿a dónde va a parar la armonía eterna? ¿Hay en el mundo algún ser que tenga tal derecho? Mi amor a la humanidad me impide desear esa armonía. Prefiero conservar mis dolores y mi indignación no rescatados, ¡aunque me equivoque! Además, se ha enrarecido la armonía eterna. Cuesta demasiado la entrada. Prefiero devolver la mía. Como hombre honrado, estoy dispuesto a devolverla inmediatamente. Esta es mi posición. No niego la existencia de Dios pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada».

Sigue una respuesta de Aliocha, dicha «con suave acento y la cabeza baja». Dice: «Eso es rebelarse».

E Iván: «¿Rebelarse? Habría preferido no oírte pronunciar esa palabra. ¿Acaso se puede vivir sin rebeldía? Y yo quiero vivir. Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo… a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente».

«No, no me prestaría», contesta Aliocha.