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El capital contra los pueblos. Los pueblos contra el capital

Fuentes: Adital

Reflexiones del Colectivo Axolote sobre el Encuentro de Pueblos Indígenas de América. Cinco miembros de nuestro colectivo asistieron a éste evento en calidad de observadores el pasado mes de octubre. De la asimilación de esta experiencia como un punto harto importante para nuestro propio camino nace nuestra modesta palabra, que no intenta poner verdades sobre […]

Reflexiones del Colectivo Axolote sobre el Encuentro de Pueblos Indígenas de América. Cinco miembros de nuestro colectivo asistieron a éste evento en calidad de observadores el pasado mes de octubre. De la asimilación de esta experiencia como un punto harto importante para nuestro propio camino nace nuestra modesta palabra, que no intenta poner verdades sobre el papel sino sólo compartir pensamientos y sentimientos.

Si hallamos un oído receptivo y hasta crítico para nuestra tarea nos sentiremos muy satisfechos. Ojalá ese sea el destino de lo que tenemos como ejercicio más o menos cotidiano en nuestro grupo y que por primera vez hacemos publico.

Colectivo Axolote, UAM-Iztapalapa. Miembros de la Otra Campaña y adherentes de la Sexta Declaración

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El capital contra los pueblos. Los pueblos contra el capital. A propósito del Encuentro Indígena de Vicam, Sonora.[1]

Job Hernández

Quisieron ser los herederos de la conquista: se llaman jueces y son oidores; representantes del pueblo, y son hermanos de la Santa Escuela; presidentes y son virreyes; sabios y son doctores; Y LLAMAN A SU COLONIA LA REPÚBLICA. (Ignacio Ramírez.)

Oigo la tempestad. Me hablan de progreso, de «realizaciones», de enfermedades curadas, de niveles de vida por encima de ellos mismos. Yo, yo hablo de sociedades vaciadas de ellas mismas, de culturas pisoteadas, de instituciones minadas, de tierra confiscadas, de religiones asesinadas, de magnificencias artísticas aniquiladas, de extraordinarias posibilidades suprimidas… YO HAGO LA APOLOGÍA SISTEMÁTICA DE LAS CIVILIZACIONES DESTRUIDAS POR EL IMPERIALISMO. (Aimé Césarie)

Treinta y dos millones de indios vertebran ―tanto como la misma Cordillera de los Andes― el continente americano entero. Claro que para quienes lo han considerado casi como una cosa, más que como una persona, esa humanidad no cuenta, no contaba y creían que nunca contaría. (Segunda Declaración de la Habana)

I

El desarrollo capitalista ha sido siempre una aventura colonialista. La explotación y el despojo de los pueblos originarios corren necesariamente al parejo de su registro como inferiores, de la jerarquización racial entre «gente de razón» y pueblos etiquetados de salvajes, primitivos o, cuando mucho subdesarrollados. Desde el abierto colonialismo de los siglos XVI al XIX hasta el refinado desarrollismo del siglo XX, desde los descarados proyecto de eliminación hasta las hipócritas propuestas de integración o asimilación, el capitalismo ha orquestado una serie de discursos y acciones que tienen como objetivo final revestir de un aura civilizatoria su embestida sobre los pueblos. No puede ser de otra manera: «La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea».[2] Impulsar el genocidio y el etnocidio, el homicidio motivado por el robo, como algo permisible, sólo puede lograrse inmolando a las víctimas en el fuego sagrado de una idea y una empresa loable que redima todos los pecados. Esa idea redentora, o cuando menos adormecedora de la conciencia crítica se llama progreso, desarrollo, modernización, civilización. Se trata de una confianza ingenua en las virtudes civilizacionales del capitalismo y es un caballo de Troya introducido subrepticiamente incluso en las vertientes más críticas y radicales del pensamiento de izquierda.

Pero en realidad hace mucho tiempo, apenas en su infancia, el capitalismo dejó de ser necesario como factor de desarrollo de las fuerzas productivas y la burguesía abandonó su carácter de clase progresista al volverse dominante en la mayoría de los países europeos. A partir de allí, la expansión del capital se volvió simple y llanamente una tragedia para la humanidad, un freno para su avance económico y cultural, sobre todo en el caso de los pueblos ajenos a los centros de acumulación. Por eso, actualmente ningún proyecto capitalista puede ser defendido con el pretexto de sacar a los pueblos y comunidades del atraso y la pobreza: la memoria de los pueblos indígenas está allí para decir que en ningún momento de la historia mundial de estos 515 años ha ocurrido así. Los pueblos y las comunidades han vivido cada trazo carretero, cada aeropuerto impuesto, cada fábrica fundada, cada mina explotada, cada presa construida, cada hotel o campo de golf instaurado en sus territorios, como una auténtica «catástrofe que acumula sin cesar ruina sobre ruina»[3] y sepulta lo que pudieron ser vías de convivencia social fundadas en una lógica ajena a la ganancia y la acumulación. La historia viva de los pueblos originarios demuestra fehacientemente lo que para algunos indecisos todavía es hipótesis teórica: del capital y sus distintas personificaciones no se puede esperar nada bueno. La palabra india es contundente: «la guerra de conquista capitalista es sometimiento, que significa muerte, enfermedades, exterminio, humillación, maltrato, destierro, imposición de lenguas y religiones distintas a las de los pueblos originarios…convierte a nuestros hermanos y hermanas que defienden a nuestros pueblos en perseguidos y presos políticos».[4]

II

En la actualidad el colonialismo se revitaliza, regresa por sus fueros y reclama de manera descarada la primacía de sus principios, la superioridad de los valores en que se funda la sociedad del capital. Si acompañó al nacimiento del capitalismo y posteriormente se volvió un pilar fundamental del imperialismo, en la era del imperialismo redoblado y reforzado llamado eufemísticamente «globalización» el neocolonialismo articula la ofensiva ideológica-económica-militar plasmada en las contemporáneas reediciones de la Doctrina Monroe, la Alianza para el Progreso y los Congresos Panamericanistas. El Plan Puebla Panamá, la Iniciativa de las Américas, el Plan Colombia, los distintos tratados de libre comercio, el Plan Mérida, etc., constituyen verdaderos y refinados planes de supresión de pueblos y comunidades a lo largo y ancho del territorio americano con el pretexto de la modernización y el desarrollo, mientras instituciones enteras, gubernamentales y no gubernamentales, dedican sus mejores esfuerzos a esconder o disimular este hecho. Aún siendo esto un proceso cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, la diferencia cualitativa, de relevante significación, es que en la actualidad el desarrollo del capitalismo promete engrosar a un ritmo acelerado la lista de culturas erradicadas por su mano, es decir, en progresión geométrica con respecto de otras épocas históricas. Si esta etapa de reestructuración y guerra contra la humanidad concluye con el triunfo irrestricto de las fuerzas prosistémicas, en el campo de batalla habrán perecido decenas de culturas milenarias que están a punto de quebrarse ante la ferocidad de la ofensiva en su contra, como el caso de los Cucapás (una cultura que tiene 9 mil años de existir en las márgenes de Río Bravo y que en la actualidad cuenta sólo con 319 miembros) o los Quilihuas (un pueblo con 190 miembros que sobreviven dispersos en el municipio de Ensenada, B. C. y una lengua a punto de extinguirse pues sólo 5 personas la usan cotidianamente). La batalla contra el capital es, para muchos pueblos originarios, una batalla de vida o muerte que están dispuestos a dar porque entienden que la desaparición de una cultura no es una ley natural de corte darwinista, sino un evento político capaz de ser evitado: «queremos dejar constancia de nuestra decisión de luchar hasta el final para impedir la desaparición de nuestro pueblo y nuestra ancestral cultura», advierten. [5].

III

La confrontación pueblos originarios/capital es inevitable y aguda porque en nuestra época adquieren centralidad en la valorización del capital todos los mecanismos asociados a la acumulación primitiva, eso que los zapatistas han llamado, sin eufemismos, «despojo».[6] Sucede cada vez que, para sortear sus propias contradicciones, el capital inicia un proceso de recomposición que implica tanto su profundización como su expansión territorial. Así ha ocurrido desde su nacimiento: las contradicciones son resueltas colonizando esferas de la vida y territorios antes intocados, sometiéndolas a la ley del valor y la ganancia y haciendo que el patrimonio de los pueblos, incluida su fuerza de trabajo, adquiera la forma mercancía, la forma necesaria e inicial para su transformación en capital. Es el eterno retorno de la acumulación primitiva. Por eso no debe sorprender la semejanza de nuestra época con las descripciones contenidas en el capítulo XXIV de El capital, una parte de la obra de Marx especialmente atacada al considerársele un instrumento analítico envejecido y anacrónico, aplicable a tiempos ya pasados, pero no a estas «alturas» de la civilización. Ante la abundante evidencia empírica, estamos obligados a pensar que la acumulación primitiva no es una etapa particular del desarrollo capitalista, época ya pasada cuando el capital celebraba sus orgías y nacía chorreando sangre y lodo por todos sus poros. Más bien se trata de un proceso recurrente, cuyos mecanismos siempre se pueden activar a fin de lograr tres resultados necesarios para iniciar la acumulación de capital o escalar de manera acelerada su nivel: la apropiación de la tierra por el capital, la conquista del campo para la explotación de tipo capitalista y la creación para la industria urbana de un proletariado enteramente libre.[7] Usurpación de las tierras comunales, asesinato masivo de la economía tradicional, saqueo de la naturaleza: en suma, expropiación general del territorio; al mismo tiempo, poder sobre las vidas de quienes, ya despojados, no tienen otro patrimonio para vender que su propia fuerza de trabajo. He allí las premisas indispensables para la permanencia del capital, al mismo tiempo resultados de su propia acción.

Hoy la acumulación primitiva es parte indispensable en la explicación de las ganancias empresariales, especialmente jugosas cuando no hay contraparte considerada digna del estatus de socio comercial y sujeta del código mercantil, sino pueblos enteros despojados de su condición jurídica de propietarios y materia de aplicación del código penal. Por los bienes «adquiridos», los dueños del dinero no tienen ni siquiera que pagar: se trata de un robo en toda la extensión de la palabra y sin las mistificaciones propias de la explotación. El despojo no tiene ni siquiera la apariencia de contraprestación o intercambio entre iguales que reviste la explotación. Por este camino, ―necesariamente violento, necesariamente sostenido por la violencia concentrada del estado― grandes fortunas brotan sin invertir un solo centavo. Los mecanismos son antiguos y se repiten sin cesar desde el nacimiento del capitalismo.

Entre otros los siguientes:

1. Cercamiento y usurpación de las tierras comunales, impidiendo el acceso de los pueblos que tradicionalmente cazaban, pescaban o recolectaban frutos y leña en ellas; consecuentemente, criminalización del usufructo comunal de las tierras y recursos naturales. 2. Expropiaciones con carácter de ley, mediante decretos estatales y con el apoyo de la fuerza pública para su ejecución, es decir, «la ley misma se convierte ahora en vehículo del robo perpetrado contra las tierras del pueblo» violándose de manera descarada el «sagrado derecho de propiedad» si de indios o campesino se trata. 3. Robo y saqueo de los territorios fiscales, propiedad de la nación, donados o vendidos a precios irrisorios a la iniciativa privada. 4. «Deslinde», a manos de compañías privadas o dependencias gubernamentales, de las tierras y territorios considerados «vacíos» o «sin dueño», generalmente después de un proceso discrecional de certificación o titulación. 5. Depredación de los territorios a manos de empresas que realizan incursiones de piratería para extraer madera, agua, animales, plantas, etc., sin el consentimiento de pueblos y comunidades que son sus propietarios legales. 6. Fragmentación de la propiedad rural para evitar que los productores se remonten por encima del nivel de subsistencia y se vuelvan «personas demasiado independientes», reticentes a vender su mano de obra para la generación de ingresos complementarios. 7. Finalmente, «despejamiento» o desalojo de los territorios, es decir, la expulsión de los hombres y mujeres que le habitaban mediante la agresión militar directa o mediante su migración forzada por causas económicas.[8]

Para cada uno de estos procedimientos se puede buscar un ejemplo cercano y contemporáneo, en México o en cualquier otra parte de América. Sólo basta trasladar el ángulo de mirada hacia las víctimas y los agraviados, enfocando la lente hacia abajo y a la izquierda.

IV

Para la recomposición pronta y barata del capitalismo, atorado en una crisis de larga duración desde los años setenta, se hizo necesario el control de las tierras y los territorios de los pueblos originarios y su transformación en capital (la transformación de la madre naturaleza en parte del inventario empresarial bajo el rubro de recursos naturales o capital natural, como gusta decir la economía académica burguesa). Eso explicaría en parte el ciclo de luchas indígenas abierto con fuerza a partir de 1994 en América Latina. La centralidad de la cuestión indígena y su papel de «sector decidido»[9] deriva de las características contemporáneas de la reproducción capitalista en la era del neoliberalismo. Ante la posibilidad real de desaparecer, la América irredenta que hizo las luchas anticolonialistas y de liberación nacional de los siglos XIX y XX, ha puesto ese freno de mano que son las revoluciones contra el «progreso» devastador del capitalismo. O como gustan decir los zapatistas, le han metido el pie a la locomotora hasta entonces considerada imparable, anunciando con ello la posibilidad de dar la lucha y obtener la victoria. Los pueblos originarios saben perfectamente que la sobrevivencia material y espiritual de sus comunidades está indisolublemente ligada a su potestad soberana sobre la tierra y el territorio, por eso su resistencia es obstinada. En ese sentido son profundamente materialistas, confirmando el dicho de un ferviente creyente de sus causas y oído atento del clamor de los de abajo, José Carlos Mariátegui: el despojo de sus tierras constituye para el indígena un motivo de disolución porque «la tierra ha sido siempre toda la alegría del indio. El indio ha desposado la tierra. Siente que «la vida viene de la tierra» y va a la tierra».[10] O dicho más sintéticamente por un miembro de la nación Secwuajo, «la vida o la muerte, el existir o no existir para nosotros como nación depende de defender estas montañas sagradas».[11] Por eso la primera demanda de los pueblos indios es hoy la autodeterminación, la posibilidad de ser sujetos de su propia historia al mantener el control de sus espacios de reproducción vital y espiritual. Cualquier acercamiento a la cuestión que cercene, obvie o minusvalore esta demanda, aún teniendo sanas intenciones presta un flaco favor a la causa del movimiento indio.

En las condiciones actuales de la acumulación, esa demanda es profundamente anticapitalista porque obstruye de tajo uno de los dos conductos vitales para la reproducción del capital. Lo saben los pueblos indios y por eso se aprestan a la batalla sin tregua, buscando alianzas con el resto de los trabajadores del campo y la ciudad, enviando a sus emisarios a pactar la conformación de un bloque social de los oprimidos y explotados; lo saben los capitalistas, y por eso no ceden un ápice ni están dispuestos a reconocer un estatuto legal como los Acuerdos de San Andrés que significaría retroceder en sus afanes de conquista y perder jugosos negocios presentes y futuros. No es algo sujeto a la buena o mala voluntad de las partes: es un hecho objetivo del curso que ha tomado la historia. Se trata de un auténtico choque de trenes que en otras épocas ha significado verdaderos puntos de inflexión o mutaciones epocales en la historia de nuestra América. Porque cuando los ríos profundos de la rebelión india comienzan a alimentar el ancho cauce de las revoluciones latinoamericanas no hay vuelta de hoja. Sucedió así cuando la lucha contra España dejo de ser cosa de blancos y letrados; sucedió así cuando contra el porfirismo se alzó la voz de las comunidades agrarias por la tierra y no solo el grito de libertad política emitido por los partidos progresistas. Ningún cambio revolucionario se ha realizado en estas tierras sin el concurso de los pueblos indios.

V

Y ellos en la actualidad están listos. A pesar de sus errores y retrocesos, ―¿pero quién no los tiene? ¿los malintencionados que buscan la paja en el ojo ajeno?― presentan avances importantes con respecto de otros destacamentos sociales. Han identificado al enemigo y tienen una caracterización profunda de él, derivada de su larga confrontación, de su permanente estado de movilización general a manera de ejército que libra «la guerra más larga de la historia de la humanidad».[12] Por eso, en el Encuentro de Pueblos Indios de América se coincidió «en señalar a la estructura económico-político-social del capitalismo que aplican los malos gobiernos» como «el enemigo público común para todos los pueblos indígenas».[13] Además, los pueblos, tribus, naciones y comunidades saben lo que quieren y lo que eso implica en términos de pelea, resolviendo lo que será su aporte a la construcción de un programa nacional e internacional de lucha. Así, en sus propias palabras, los pueblos indígenas luchan por: reconstituir el régimen de propiedad comunal de la tierra y su defensa como medio de producción prohibiendo su compra/venta; ejercer la autonomía y libre determinación sobre sus territorios; crear una América sin fronteras; elaborar sus propios medios alternativos de comunicación; defender la Madre Tierra: agua, aire, tierra y fuego; favorecer una vida digna que significa tierra y trabajo, preservando las tradiciones, la cultura y las propias formas de vida de los pueblos indios; construir una educación concientizadora, liberadora y autónoma; redactar una nueva constitución donde se integren los Acuerdos de San Andrés y se vaya más allá del capitalismo; usar la tecnología pero sin dejar de ser lo que se es y sin agredir a la naturaleza.

Incluso, han delineado una estrategia para el logro de sus demandas históricas, hablando de realizar una red de hermandad y compañerismo, de unidad para la defensa de los pueblos originarios; rescatar su cultura: sus formas políticas y jurídicas, sus lenguas, sus vestidos; recuperar pacíficamente sus tierras mediante el método de la ocupación; alentar la producción de sus propios alimentos como el maíz y el frijol promoviendo su siembra y consumo; crear bancos de semillas criollas; desprenderse de las formas e ideologías del estado y organizarse de forma independiente respecto de los partidos políticos; desarrollar técnicas adecuadas para producir alimentos sanos, libres de químicos; rechazar las iniciativas y leyes expansionistas como el TLC; rechazar todas las formas de privatización y certificación de la tierra como el Procede y el Procecom; difundir la memoria histórica de las luchas indígenas; reintroducir la lengua originaria donde se ha perdido y defenderla donde esté amenazada; buscar la unidad continental de los pueblos indios, y de los pueblos indios con los pueblos no indios. [14]

Por esto, la afirmación hecha por un delegado de la nación Mikma en Vicam no es retórica: «ahora estamos regresando de un sueño largo y estamos despertando para luchar por nuestros derechos».[15] El Encuentro realizado en Vicam, Sonora, es apenas otra estación de la larga lucha de los pueblos indios, que proclama a todo pulmón el renacimiento espiritual y material de sus comunidades y refresca la memoria sobre el carácter guerrero de su cultura; es apenas un presagio de la gran conmoción que vendrá sí y solo sí a la rebelión india se suma la insubordinación simultánea de los obreros, los estudiantes, las trabajadoras sexuales, y otros trabajadores del campo y la ciudad articulados en torno de un programa de lucha de izquierda, que establezca las bases de una sociedad futura más allá del capital, como la única alternativa que tenemos de salvarnos a nosotros mismos. Hay que apresurar el paso y mirar con ojos de discípulos el camino que nos muestra la América roja y del color de la tierra.

Notas

[1] En abril de 2007, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el Congreso Nacional Indígena, la Autoridad Tradicional de la Tribu Yaqui y otras organizaciones y naciones indias convocaron al Encuentro de los Pueblos Indígenas de América para discutir tres temas: «la guerra de conquista capitalista en los pueblos indígenas de América. La resistencia de los pueblos indígenas de América y la defensa de la madre Tierra, nuestros territorios y nuestras culturas. Por qué luchamos los pueblos indígenas de América». Al llamado acudieron 570 delegados de 67 pueblos, tribus o naciones ubicadas en 12 países del continente americano, reunidos durante los días 11, 12, 13 y 14 de octubre de 2007 en el pueblo de Vicam, Sonora.

[2] Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Ed. Universidad Veracruzana, p. 27.

[3] Walter Benjamín, «Tesis de filosofía de la historia», en Para una crítica de la violencia, Ed. La nave de los locos, p. 113.

[4] «Documento de la subsede «San Pedro Atlapulco», leída en la plenaria de Vicam». A partir de aquí todas las referencias a la palabra o los documentos del Encuentro de Pueblos Indígenas de América están tomadas de los audios disponibles en www.encuentroindigena.org y www.piezasdelrompecabezasdelaotra.org [5] Intervención de las delegadas cucapás y participación de Elías Espinoza Álvarez, delegado quilihua, durante el Encuentro de Pueblos Indígenas de América. [6] Además de las referencias directas a Marx, cabe detenerse en los aportes del geógrafo marxista David Harvey, quien recientemente ha sistematizado este retorno del «simple robo» como una herramienta de la burguesía para «evitar que el motor de la acumulación se acabe parando». Se trata de la acumulación por despojo como un rasgo decisivo del capitalismo global contemporáneo. David Harvey, El nuevo imperialismo, Ed. Akal, p. 65 y cap. IV, pp. 111-140. El autor se inspira, por supuesto, en la obra de Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital

[7] Carlos Marx, El Capital, Tomo I/Vol. 3, Libro primero, Cap. XXIV, «La llamada acumulación originaria», Ed. Siglo XXI, p. 918. [

8] Ibid, parte 2, «Expropiación de la población rural a la que se despoja de la tierra», pp. 896-918.

[9] EZLN, Comunicado del CCRI-CG del EZLN, 08 de abril de 2007. Ojo: aquí se habla de «parte decidida» que no de «vanguardia». Dejemos para otro momento ésta última discusión, pero anotemos desde ahora que deberá ser resuelta durante el desarrollo histórico de la lucha y por un análisis concreto de ésta, y no por referencias librescas a uno u otro texto que mistifique a uno u otro sector o clase social.

[10] José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ed. Era, p. 43.

[11] Palabras de un delegado de la nación Secwuajo en el Encuentro de Pueblos Indígenas de América, sitios electrónicos ya citados.

[12] S. C. I. Marcos, Palabras de la Comisión Sexta del EZLN en la clausura del Encuentro de Pueblos Indios de América.

[13] «Documento de la subsede «San Pedro Atlapulco»»… Además, «Documento de la subsede Nurío, Michoacán», sitios electrónicos ya referidos.

[14] Ibid. [15] Intervención del delegado mikma (Canadá) en el Encuentro de Pueblos Indígenas de América.

* Colectivo Axolote, UAM-Iztapalapa. Miembros de la Otra Campaña y adherentes de la Sexta Declaración