Recomiendo:
0

Espectáculo trumpista de la violencia en las pantallas para la nueva fabricación del consentimiento

Fuentes: Rebelión

¡Es la economía, estúpido! Pero también ¡es la cultura, estúpido! Es la producción de beneficios económicos y la reproducción de la cultura gánster. Es el espectáculo de la mentira para justificar la verdad sanguinaria del imperialismo y es el espectáculo de la verdad de la violencia para ocultar la verdad del imperio que se desangra.

Guy Debord nos enseñó que la sociedad del espectáculo es la mercancía que ha alcanzado la dominación total de la vida social. Es la dictadura de la economía manifestándose en imágenes. Pero también es la dictadura de las imágenes que desarrollan el capitalismo tecnofeudal. Y lo hace con raíces profundas en la historia, aunque introduce innovaciones importantes, como veremos en este artículo.

En el caso de Trump versus Venezuela, la mercancía de la imagen sirve para vender el relato en dos sentidos: legitimar un ataque militar orientado al dominio geoestratégico (incluyendo político y económico) y proporcionar ingresos a los medios y las tecnologías vendedoras. Facilita un doble beneficio económico, al tiempo que ofrece una interpretación de los hechos. Lo que importa no es el ser, sino el parecer, pues permite tener.

La historia se repite: mafia de primera generación – decir mentira para esconder la verdad sanguinaria del imperialismo

La ideología, práctica y propaganda imperialista viene de muy atrás. Después de que varias administraciones dejaran en un segundo plano el control del Hemisferio Occidental para centrarse en Oriente Medio, Trump ha revitalizado la Doctrina Monroe de los 1820 con la Doctrina Donroe en un alarde más de narcisismo maligno, para asegurar el “dominio” y “el acceso a geografías clave”.

La Doctrina Monroe tiene sus origines en dos eventos. Primero, la guerra de 1812, cuando los británicos lucharon contra su excolonia en una alianza con indígenas y quemaron la Casa Blanca antes de retirarse. Después, con la nueva independencia de Estados latinoamericanos, cuando EEUU ofreció su apoyo contra los franceses y británicos ante la posibilidad de un frente hostil al sur y la rivalidad por la dominación económica en la región. No funcionó, porque Britannia rules the waves, era el poder económico dominante hasta la Primera Guerra Mundial. A partir de ahí, “América para los americanos” (léase estadounidenses). Y a partir de 1845 se desarrolla la doctrina del Destino Manifiesto, cuyas ideas siguen vigentes: la creencia en el excepcionalismo estadounidense y la misión divina de guiar al mundo y expandirse.

En los dos siglos siguientes, EEUU ha participado en numerosos golpes de Estado, operaciones terroristas y guerras contra América Latina, además de explotar constantemente sus recursos naturales. En este sentido, la retórica infantil, belicosa de Trump es simplemente un camino más en una ruta inmensa trazada por presidentes inteligentes (Kennedy, Johnson, Nixon, Carter, Clinton, Obama) e ignorantes (Reagan, los Bush, Trump), independientemente del partido y orientación más o menos progresista o conservadora.

La propaganda gubernamental siempre encontró eco en los medios de comunicación y, después, en las redes sociales, regidos tácitamente por lo que Chomsky llamó “el principio de la Mafia”: El Padrino no tolera que nadie lo desobedezca, ni siquiera un pequeño tendero que no puede pagarle protección, porque puede dar ejemplo a otros tenderos. Solo hacía falta camuflar el principio en argumentos sobre la bondad de la causa estadounidense y la maldad del enemigo. Se mostraban unas imágenes mercantilizadas, espectacularizadas y, a menudo, prefabricadas, se omitían otras, y se transmitía masivamente un relato propagandístico.

Como dijo Hearst: “Tú dame las imágenes, que yo pondré la guerra”. Y digna de recordar es la escenificación y difusión de un testimonio falso con un inmenso impacto emocional y político en el caso de las “atrocidades de las incubadoras” para justificar la guerra del Golfo. El mismo principio aplica a la guerra de Irak y el genocidio en Gaza, que marcan dos puntos de inflexión en el orden mundial: la imposición de la ley del más fuerte con manipulación mediática; un todo vale para acaparar dinero, recursos naturales y poder. Pero, el rey aún tapaba sus vergüenzas bajo el manto de las armas de destrucción masiva, la democracia, el terrorismo, el derecho a defenderse o la decapitación masiva de bebés.

También el malgobierno de Trump aduce mentiras para justificar su imperialismo mafioso sanguinario: narcotráfico, seguridad nacional, incluso violación de los estatutos sobre armas de fuego, o acabar con el terrorismo internacional, traer paz, estabilidad y libertad, proteger la civilización occidental y el bien de “América”, defenderse de la amenaza marxista-woke y del terrorismo doméstico, deportar a delincuentes o salvar la vida de una agente de ICE, según el caso.

Como parte del show, los medios dominantes han repetido el discurso de la Casa Blanca sobre la “captura” de Maduro, a pesar de que no se cumple ningún supuesto legal para considerarlo tal. La acongojada BBC incluso ha prohibido a sus periodistas usar el término “secuestro” —eso sí, muy educadamente con dos please y un thanks en un breve memo de unas 65 palabras.

Innovación trumpista: mafia de segunda generación – decir verdad (parcial) para ocultar la verdad de un imperio que se desangra

Lo que sí se ha producido es una radicalización de la lógica de la mercancía del espectáculo. Extremando el guion cinematográfico de El padrino, la mafia se ha vuelto más violenta, está expandiendo su negocio y ha tomado las instituciones estatales, mediáticas y tecnológicas. Ya no sólo justifica la violencia para defender a ‘la familia’, sino que ejerce el dominio bruto, bárbaro, a cara descubierta. Es un nuevo punto de inflexión. Pareciera que el rey quiere mostrarse desnudo; exponer la verdad del imperialismo. Es la era de la Postvergüenza.

Así, la nueva mafia reconoce abiertamente que tiene “derecho a apoderarse de cualquier país por sus recursos”; “somos una superpotencia y, bajo la presidencia de Trump, nos comportaremos como tal”. En palabras de la congresista Andy Ogles, “el depredador dominante” debe convertir Groenlandia en un “protectorado”. Internamente, es necesaria la represión interna y visibilizar el poder a los matones: ICE, fascistas cristianos e imperios mediáticos y tecnológicos de Bezos, Musk, Ellison o PalantirLa dictadura es el paraíso de los gánsteres.

Pero el destape tiene trampa. Muestra la verdad sanguinaria del imperialismo para ocultar la verdad del imperio que sangra. Busca esconder su decadencia y debilidad, la verdad más relevante. También desvía la atención de la verdad particular clave, el uso criminal de la fuerza para controlar otro país. Y omite que un objetivo central es expulsar a China de Latinoamérica y hacerse con el control de tierras raras. Es mera operación bikini para encubrir que el rey está desnudo. Enseñar un poco para no enseñarlo todo.

La estrategia también busca disciplinar al resto de países, desmoralizarles y disuadirles de desobedecer. Como Tony Montana en Scarface, Trump quiere hacer saber que el mundo es suyo, humillando tanto a sus enemigos construidos.

Como bien sabían Maquiavelo o Hobbes, el mecanismo de control social más eficaz es el miedo, especialmente cuando va acompañado de un espectáculo burlesco que hace pensar que El Padrino no está bien de la cabeza y es capaz de lo más inverosímil —en última instancia, miedo al apocalipsis. Así, se crean marcos cognitivos y emocionales que pueden bloquear la capacidad de agencia del receptor para que acepte el mal menor: “Le haré una oferta que no podrá rechazar”.

Pasear al rebelde “capturado” con los grilletes delante de las cámaras o exhibir a los matones del ICE adueñándose de las calles ejemplifica lo que podría pasarles a otros y, al mismo tiempo, da fe del triunfo de la mafia, demostrando que su poder es real: propaganda por el hecho. Se produce como evento mediático, un ritual dramatizado diseñado para ser transmitido en vivo y reproducido ad nauseam para captar la atención de la audiencia. El espectáculo mediático sirve para distraer la atención de los temas centrales y promover la agenda trumpista y el militarismo.

Los espectáculos trumpistas facilitan su bonapartismo, concepto marxista para explicar el intento dinástico de acaparar riqueza y poder internacional para su familia apoyándose en plebiscitos tecnocomunicativos controlados por el capo, autoritarismo, personalismo, demagogia, fuerza militar y aires de grandeza.

¿Por qué funciona el espectáculo gánster?

Desde Eisenhower, el político es una mercancía convertida en imagen que se vende a los consumidores reduciendo la evaluación racional y recurriendo al espectáculo, que coloniza así la vida política y social. No es descabellado pensar que para que me mientan unos en un teatrillo mediocre, que me entretenga un verdadero profesional.

El sistema capitalista estadounidense es una inmensa maquinaria de espectáculo mercantil al que buena parte de la sociedad se ha acostumbrado. La élite intelectual habla de comunicación política y no de propaganda, cuando nada tiene de poner la política en común. La publicidad y los algoritmos dominan las emociones, infantilizando a la población, que muestra dificultades para el pensamiento crítico y la soberanía y responsabilidad emocional. Y el discurso tecnoutópico del cibertarianismo, animado por la falaz cultura del emprendimiento, afirma la omnipotencia de las máquinas digitales. Se acepta la vigilancia digital masiva porque el algoritmo ‘me recomienda productos que me interesan’, en lo que viene a ser un totalitarismo participativo. Todo esto crea subjetividades sumisas, hace creer que no hay límites y genera mucha confusión y frustración en un contexto de desigualdad. El reo estaba listo para ser noqueado.

Como nos enseñan los Estudios para la Paz, la frustración que genera la violencia estructural puede ser canalizada mediante la violencia cultural y comunicativa como agresividad hacia un objeto externo. El espectáculo de las imágenes permite el desahogo de los infelices y desatar la rabia reprimida de los más resentidos, su vendetta simbólica. Es el placer del consumidor de videos snuff. No parece que sirva de catarsis purificadora, sino de acicate de la pulsión de muerte que deviene fácilmente en apoyo o ejercicio de violencia directa.

El propio Trump es producto de un American way of life que le ha facilitado tener un reality durante catorce temporadas en el que se deleitaba de despedir a los concursantes perdedores: “You’re fired!”. Así desarrolló su marca personal como magnate de los negocios exitosos, implacable e incluso autoritario, entendido en un sentido capitalistamente positivo. Ello, a pesar de ser condenado por fraude, entrar en bancarrota, contratar a inmigrantes sin permiso de trabajo, impago a contratistas, disputas laborales y acusaciones de discriminación racial. Todo un éxito en una cultura dominante donde “ya no hay pobres, solo hay losers”. Más tarde, en 2021, pudo crear el Trump Media & Technology Group, propietario de la red social Truth Social: más pasta y más altavoces. Trump es la máquina todopoderosa que ordena hacia quien orientar la agresividad.

No cabe duda de que la industria cultural glorifica la violencia e idealiza al héroe-gánster que se toma la ‘justicia’ por su mano. No es solo Johnny, piloto de bombardero, quien “está en un videojuego controlando la pantalla”, sino que la información viene siendo gamificada desde la guerra del Golfo mediante recursos gráficos estilo videojuego que muestran ‘ataques quirúrgicos’, ‘armas inteligentes’, ‘bombas de precisión’, mientras el enemigo, el territorio o los tanques aparecen digitalizados y descontextualizados. La guerra se presenta como un juego de infantes, inofensivo e idealizado, en el que la brutalidad y el sufrimiento de la guerra pasan desapercibidos, lo que desensibiliza al público y ofrece pocas opciones emocionales y racionales.

Cuando la enriquecedora experiencia de la vida viva es arrinconada por la experiencia vicaria de las pantallas, al público le queda el placer inmediato, el chute de adrenalina de la mercancía de la imagen que le hace sentir vivo. Pero el subidón pronto decae. Y ahí entra en juego el maestro de ceremonias “inundando la zona de mierda” con sucesivos shows para rellenar el vacío: un bombardeo masivo y continuado de estímulos propagandísticos y materiales que deja sin tiempo de respuesta y desorienta a los oponentes. Es como un thriller que debe ir subiendo en intensidad: primero amenazas, luego bombardeos a “narcolanchas”, después invasión y bombardeos en tierra —llamados “explosiones” en buena parte de los medios— seguidos de la exhibición del trofeo al volver a casa, la afirmación de que EEUU gobernará Venezuela y, finalmente, la farsa del juicio. Al mismo tiempo, amenazas y humillaciones por doquier.  “Debemos hacerlo otra vez”, dijo Trump; intensificar el espectáculo.

¿Qué hacer?

La guerra simbólica de Trump no es puro simulacro, pues va acompañada de guerra material. Contra la desafortunada hipérbole de Baudrillard, diremos que la guerra sí tuvo lugar. No es simulacro por dos razones. Primero, porque en todo texto hay referente, sea real o ficticio. Respecto a Venezuela, hay dos secuestrados, destrucción física, muertos, confusión, rabia e incluso odio real. Y hay referentes ficticios como el Cártel de los Soles. En segundo lugar, porque siempre hay resistencia del pensamiento crítico. La imagen no es omnipotente; no puede colonizar todas las mentes y corazones. Mientras haya receptores que cuestionen el relato oficial, no habrá mera hiperrealidad; no se abole la diferencia entre lo real y lo falso. No hay fin de la historia. Es una cuestión empírica. No se puede matar académicamente a los vivos.

La estrategia del espectáculo funciona con los crédulos y los acobardados; no con quienes se manifiestan en contra. Incluso puede estar perdiendo apoyo de sus bases con baja tolerancia con las muertes. Hay también oposición entre parte de las élites. Hay países que no se han dejado chantajear y la economía estadounidense se muestra débil para expandir el imperio. Es posible doblegarlo. ¿Cómo?

Hay tres corrientes de pensamiento universitario dominantes: están las calculadoras cuantitativistas de la ‘comunicación política’ que se equivocan con la mayor precisión. En el otro extremo hay sofisticados especuladores que carecen de base empírica. Y están los gurús del ‘giro emocional’ que emplean las mismas tácticas que el adversario para activar emociones negativas contra él y, en el mejor de los casos, emociones positivas a ‘nuestro’ favor.

Otra opción más compleja es partir de un compromiso radical con el referente y acompañarlo con la imaginación social necesaria para repensar el cambio sistémico. Para ambas tareas es necesaria una praxis de la liberación con y sobre la que comunicar, es decir, poner en común los referentes reales e imaginados. Para conseguirlo, es necesario que las fuerzas del cambio den prioridad a la creación de un movimiento amplio de desespectacularización y desmercantilización de la comunicación, tal y como hacen colectivos como Free Press y Media Reform Coalition.

Dicho esto, cabe considerar alianzas impuras con el centro. El Financial Times critica la “nueva era del imperialismo por los recursos”, mientras que The Economist sostiene que “un imperio petrolero estadounidense es una idea profundamente errónea”. Se pueden crear alianzas con estas perspectivas críticas centristas en un frente democrático, no solo de izquierda, porque mucha gente del centro está contra el imperialismo. Ocho ciudades y millones de personas estadunidenses han protestado contra la invasión de Venezuela. La oposición afroamericana es sólida y la población latina va en esa dirección después de coquetear con Trump en 2024 bajo el influjo empresarial y evangélico. La idea de un frente popular con el centro, incluyendo el periodismo ortodoxo, debe ser una opción sumativa.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.