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Heridas que desangran a los pueblos originarios

Fuentes: Rebelión

El 12 de octubre de 1492, como poéticamente lo relató el artista Gabino Palomares, arribaron al continente americano hombres barbados montados en bestias como demonios del mal, con fuego en las manos y cubiertos de metal. Entre estas personas, según lo sostuvo Juan Pablo II, también se encontraban muchos bautizados que, viviendo en contra de […]

El 12 de octubre de 1492, como poéticamente lo relató el artista Gabino Palomares, arribaron al continente americano hombres barbados montados en bestias como demonios del mal, con fuego en las manos y cubiertos de metal. Entre estas personas, según lo sostuvo Juan Pablo II, también se encontraban muchos bautizados que, viviendo en contra de la fe cristiana, participaron activamente en los atropellos que por aquél entonces se cometieron contra los aborígenes americanos.

En efecto, en los siglos posteriores a 1492 numerosos navegantes europeos arribaron a América, principalmente, con el propósito de usurpar o saquear las riquezas de los pueblos originarios de la región; someter y esclavizar a los indígenas americanos; y «evangelizar» a los aborígenes advirtiéndoles, según lo documenta Daniel Vidart en su libro Ideología y realidad de América, que si se resistían a adoptar la fe católica «o en ello dilación maliciosamente pusiereis, certifícoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y os haré la guerra por todas partes… y os sujetaré al yugo de la Iglesia… y os haré esclavos».

Cuando en el año 1516 los primeros navegantes europeos arribaron a la región que actualmente se conoce como Argentina, de acuerdo a cifras brindadas por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas Argentinos, existían aproximadamente 500.000 indígenas de los cuales aquellos que se encontraban en el sur y norte del país fueron conquistados después de la segunda mitad del S XIX -época en la que Argentina ya se había independizado de España-; y, por su parte, quienes habitaban las zonas cercanas al río fueron dominados rápidamente porque los expedicionarios europeos eligieron esos territorios para asentarse ya que les posibilitaban enviar fácilmente, al Viejo Continente, las materias primas y riquezas aborígenes.

Ahora bien en el transcurso del siglo XIX -a pesar de que el país ya era soberano- los gobernantes argentinos (dominantes hacia adentro y serviles hacia Europa) continuaron manteniendo ante los pueblos originarios de la región la misma postura que, tiempo atrás, habían tenido los conquistadores europeos. En este sentido, por ejemplo, Domingo Sarmiento, quién presidió al país durante los años 1868 y 1874, a mediados del siglo XIX sostuvo: «Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar… son unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar… son unos indios piojosos… incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado».

Durante el último siglo la situación de los pueblos originarios argentinos poco ha cambiado ya que, como lo sostuvo el Subcomandante Marcos en el Encuentro de los Pueblos Indígenas de América que se llevó a cabo en octubre del 2007, los indígenas argentinos (y del resto de América) continúan padeciendo «el despojo y robo de sus tierras y recursos naturales, pero ahora con las ropas de la nueva «modernidad»… La explotación de cientos de miles de hombres, mujeres, niños y ancianos, reproduciendo los tiempos y métodos de las encomiendas y las grandes haciendas de la época en las que las coronas de Europa se impusieron a sangre y fuego. La represión con la que ejércitos, policías y paramilitares enfrentan los reclamos de justicia indígena, igual que la que las tropas de los conquistadores emplearon para aniquilar poblaciones enteras».

En la actualidad los 600.329 indígenas que, según la última Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas, viven en la Argentina están al borde de la muerte ya que no reciben la atención sanitaria necesaria para curar sus enfermedades que, en gran medida, se vinculan con el contexto de extrema pobreza donde viven. Así mismo, la vida cotidiana de los aborígenes argentinos es sumamente dificultosa ya que actualmente, al haber sido despojados de las tierras en las que vivían sus antepasados, están viviendo en zonas áridas o montañosas en las que no pueden, como lo hacían los antiguos pueblos originarios, cazar animales para alimentarse o recoger plantas medicinales para mitigar sus dolores físicos.

En este escenario de constante marginación y exterminio indígena originado hace varios siglos, y que aún no ha finalizado, sería importante (entre otras tantas tareas impostergables) elevar una oración a Cristo Pobre -cuyo nombre tantas veces fue utilizado en vano- que, parafraseando a Mario Benedetti, diría: Padre nuestro que estás en los cielos… santificado sea Tu Nombre, no quienes santificaron en Tu nombre y participaron del exterminio aborigen… Ya que nos quedan pocas esperanzas y deudas, perdónanos si puedes nuestras deudas, pero no nos perdones la esperanza, no nos perdones nunca nuestros créditos… poco importa que nuestros acreedores perdonen, así como nosotros una vez perdonamos a nuestros deudores… todavía nos deben cinco siglos de insomnio y garrotes, tres mil kilómetros de injurias; pagar sus culpas por la matanza de decenas de millones de aborígenes… No nos dejes caer en la tentación de olvidar y vender este pasado o arrendar una sola hectárea de su olvido. Ahora que es la hora de saber quienes somos y han de cruzar el río el dólar y su amor contrareembolso, arráncanos del alma el último mendigo y líbranos de todo mal de conciencia. Amén.