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Impotencia periodística

Fuentes: Rebelión

El retorno. Mi retorno, qué simbólico es todo esto. Ouroboros. Desde que cerraron el Diario donde yo escribía cada semana («Diario Málaga-Costa del Sol»), no había vuelto a sentarme a escribir una columna de opinión. Hoy soy consciente del porqué del tema: he sufrido impotencia periodística, es evidente. Algunos celebraron por todo lo alto el […]

El retorno. Mi retorno, qué simbólico es todo esto. Ouroboros.

Desde que cerraron el Diario donde yo escribía cada semana («Diario Málaga-Costa del Sol»), no había vuelto a sentarme a escribir una columna de opinión. Hoy soy consciente del porqué del tema: he sufrido impotencia periodística, es evidente. Algunos celebraron por todo lo alto el cierre del Diario, pero el cierre de un diario es algo que siempre es fastidioso, sobre todo para los trabajadores que van a la calle.

Sigo todavía un poco fastidiado, tengo que reconocerlo. Para muestra, varios botones, que menudos gatillazos he pegado. Por ejemplo, mi pluma no se puso erecta ante las elecciones catalanas, donde unos y otros hacen y deshacen patrias, lenguas, culturas y pactos con la misma premura con la que un adolescente se hace una manola en el cuarto de baño de su casa, deseando que no le pille su madre o alguno de sus tres hermanos (que Dios los cría y ellos se juntan).

Tampoco se me puso firme cuando en Madrid llegaron a la conclusión de que Andalucía era una realidad nacional, cuando el ayatollah Losantos volvió a vomitar sus odios en otro ponzoñoso libro (libros que hay que leer, para conocer bien todo eso que escupe cada mañana), cuando ETA roba pistolas y los OTOS le dicen que va a llevar «trastras», que eso no está bien, etc. Nada, que no se me levanta ni con Fraga abucheado en Granada, con las derechas pidiendo el olvido del pasado inmediato pero no del pasado más anterior (Ansar quiere moros pidiendo perdón por aquello del siglo VIII), con el lenguaje bélico-derechista o bélico-infrarrojo, o con los líos en que me envuelvo últimamente en diferentes sitios, que tampoco doy abasto con eso. Tengo a mi hijo predilecto periodísticamente muerto, vamos. No da señales de vida pero, a diferencia de Alfonso Armada, no está aunque le espero.

Hoy, sin embargo, doy un paso adelante y emborrono unas frases. Como el que quiere dejar el alcohol y acude a una terapia de grupo, ya me imagino la escena: yo en medio de todos, levantado de mi silla, contando todo esto con la cabeza baja, y escuchando a mis colegas de sillas en círculo. «No estás solo, Antonio», «Ánimo, Antonio», «Te queremos, Antonio», «Has sido valiente al venir, Antonio». Alguien que me toca la mano, otro me pasa el brazo por encima, todo eso.

Y me asomo a estas páginas sin otra razón que volver a rodar, no sé hacia dónde. Pero ya no puedo callar más, no. Ya es mucho lo que veo, y no puedo morderme más la pluma. El mundo sigue rodando: Bush sigue haciendo la(s) guerra(s) por su cuenta, el Eje del Mal aumenta a lo ancho y a lo alto, el calentamiento de la tierra nos calienta la cabeza, los norcoreanos tiran unos petardos por allí por Asia para arriba, siguen las muertes de palestinos en esta paz armada que se sacaron del ala, más ultraderechistas en el gobierno judío (como si se pudiera estar más a la derecha, ya; pues se puede), extremistas islámicos que ejercen de tales, el cadáver de Perón dando tumbos, como el de Evita (Perón dio tumbas a Argentina y su cadáver da tumbos por Argentina), Fidel, que está jodido pero mejora, en México el ejército dando tortas y algo más, etc. Encima, veo «Princesas», del excelente Fernando León, y me quedo prendado de la película, del mensaje, de lo guapas que están las protagonistas, de lo puta que es la vida (y no las llamadas «putas», esas señoras) y de lo grande que es Manu Chao, que está que lo borda.

Umm, me noto mejor. Mi hijo predilecto vuelve a lograr que me enorgullezca de él, menuda erección periodística que acabo de sentir de nuevo.

En fin, vuelvo a sentir bajo mis talones el costillar de Rocinante. Ahora, ya se sabe: otra vez a meterme en líos políticamente incorrectos.