Si hace treinta años algún visionario o alguna vidente nos hubiera descrito con detalle la realidad que vivimos hoy en día, le habríamos tomado por loco y, como a Casandra, no le habríamos creído. Si además hubiera añadido que el periódico digital Rebelión seguiría apareciendo cada mañana con noticias, opiniones y denuncias, dispuestas a ser leídas y analizadas por miles de lectoras y lectores, nos hubiéramos asombrado y con razón. Porque no deja de ser sorprendente que con todos los cambios tecnológicos experimentados en estas tres últimas décadas, y sobre todo en el campo de las herramientas de información y conocimiento, un medio tan limitado como es Rebelión siga contando con el respaldo de miles de personas en todo el mundo, cuyo reflejo se ve en las más de 27.000 visitas diarias contabilizadas y las 5,8 páginas leídas en cada una de esas visitas.
En estos 30 años de travesía muchas cosas han cambiado. Y especialmente en el terreno de la información y en el uso de un espacio como es Internet. Si en los primeros años de Rebelión la página llegó a situarse entre las 100 más leídas de las 2,7 millones que existían en español (año 2004), ahora esta cifra se estima en más de 500 millones. En aquellos comienzos nos aventurábamos en un océano con 250 o 350 millones de navegantes (cerca del 7% de la población mundial), en la actualidad, con más de 6.000 millones de usuarios (74% de la población global), nuestra singladura se ha hecho más y más complicada.
No se trata de dar cifras y datos de lo que fue y lo que es hoy Rebelión, porque tanto entonces como ahora siempre hemos analizado las estadísticas con la debida distancia. La pregunta sería más bien: ¿qué papel cumple Rebelión como instrumento para personas y colectivos que trabajan por un mundo más justo? Y, por supuesto, si sigue siendo necesaria en el mundo actual una herramienta de este tipo. Una cuestión que quienes hacemos el periódico nos planteamos regularmente, partiendo del modelo informativo y organizativo originario, para saber si llegó el momento de recoger las velas y dejar de navegar o, por el contrario, conviene que esta nave de locos siga remando sin descanso, y evite los cantos de sirena, para poder intercambiar cada mañana informaciones, ideas, propuestas o reflexiones de quienes a un lado y otro del océano, y aun mucho más allá (que también los hay), nos comparten sus inquietudes.
En los artículos que componen este libro se ofrecen distintas perspectivas. Algunas más personales, otras más centradas en los orígenes de Rebelión y en las bases que lo hicieron posible, o en el análisis de los medios de información, también en la vinculación que los medios alternativos deben tener hacia los movimientos sociales, etc. Pero pocas se aventuran a señalar qué rumbo habrá que seguir en este proceloso mar que se agita peligrosamente.
La experiencia adquirida en los últimos 25 años en varios medios de prensa internacionales, compaginada con la militancia en el colectivo editorial de Rebelión, me autorizan a señalar tres ejes de fundamental importancia que nos han permitido sortear o evitar un gran número de dificultades, y encontrar apoyo y solidaridad más allá de todo cálculo. Gracias a ellas, podríamos decir, hemos llegado hasta aquí: la primera es el carácter no mercantil del proyecto; el hecho de que nunca hayamos manejado dinero (salvo el estrictamente necesario para pagar anualmente el dominio y el alojamiento de la web) nos ha evitado problemas insalvables y tener que desviar tiempo y energías de nuestro objetivo principal que es la información. La segunda es haber mantenido una estructura absolutamente horizontal sin ningún tipo de preeminencia entre quienes componemos el consejo editorial. La tercera es la certeza de que las ideas en el terreno de lo que podríamos llamar la izquierda transformadora son amplias, diversas (que no divergentes), pero no excluyentes. Esa pluralidad, desde la reflexión y el análisis, permite enriquecer las luchas y el avance de los pueblos; los ejemplos que de ello podríamos ofrecer en estos 30 años de trabajo serían innumerables.
Algunas de las voces presentes en este libro ofrecen su visión sobre estas tres cuestiones, por lo que no quiero extenderme en ello. Pero sí me atrevo a plantear, o abrir el debate, sobre aspectos de los que se habla poco desde una perspectiva anticapitalista, pero cuya clarificación urge porque nos va la vida en ello, literal y metafóricamente hablando. Me refiero principalmente al desembarco de las redes sociales en la última década, pues ha cambiado por completo las reglas de Internet. El conjunto de estas aplicaciones, gestionadas por poderosas empresas tecnológicas, constituyen lo que la profesora Shoshana Zuboff denomina el «capitalismo de la vigilancia». Estos sitios están diseñados para distraernos al máximo, evitando cualquier pensamiento o reflexión. Nuestra distracción es su beneficio, y sus cuentas de resultados no dejan de aumentar aprovechándose de nuestros puntos débiles. La llamada economía de la atención explota un modelo de negocio cuyo único interés es hacer dinero a costa de los usuarios de estas aplicaciones y del tiempo perdido delante de los dispositivos móviles. Esa acción, en apariencia inocua, de pasar la pantalla con el dedo hasta el infinito, permite que queden registrados hábitos, gustos, preferencias… con los que se alimenta un programa o algoritmo, a través del cual nuestro perfil (engordado con el uso de la aplicación) pasa a ser mercancía con la que comerciar. Es el algoritmo el que también decide qué información nos interesa, pero explotando aquellos contenidos denominados de «sesgo negativo». Porque desde hace años la psicología tiene evidencias (y estudios que lo demuestran) que lo indignante, el enfado o la rabia nos mantiene pegados a las pantallas mucho más tiempo que lo bello o tranquilizador. No se trata de pensar nada, ni de saber si lo que estamos viendo es cierto o no. Lo que importa, por el bien del negocio, es crear patrones que nos atrapen y nos mantengan enganchados, y si para ello hay que dar vía libre a todo tipo de mensajes de odio o racistas, y facilitar la proliferación de propaganda y grupos de extrema derecha a nivel global, no hay problema, las redes sociales se ponen a disposición sin cortapisas.
Los efectos secundarios de este modelo de negocio están siendo catastróficos: por una parte se ofrece espacio y se fortalecen iniciativas políticas cuyo efecto es devastador; por otra, la dependencia creciente hacia los dispositivos móviles y todo lo que acarrean está minando la concentración, el desarrollo intelectual y muchas funciones cerebrales en niños y jóvenes, pero también en adultos. Una «degradación humana» sobre la que alertan numerosas investigaciones. Esta economía de la atención proporciona ingentes beneficios a sus propietarios, pero a un costo muy alto, altísimo. En un mundo con inmensos problemas que demandan soluciones urgentes, los algoritmos de las redes sociales se dedican a promocionar las políticas de extrema derecha y la desinformación salvaje.
Este modelo se encuentra en las antípodas de lo que simboliza y busca Rebelión.
Frente a la inmediatez y la continuidad sin fin de contenidos que no permiten ningún tipo de respuesta racional, Rebelión antepone el tiempo lento de la lectura y la reflexión, y ofrece una selección de artículos que no está definida por ningún algoritmo sino que la realiza quien accede libremente a la página, sin usuario ni contraseña, sin cookies de pago ni de las otras. Tampoco tienen cabida los anuncios ni los llamados, eufemísticamente, «contenidos patrocinados», que casi a diario llegan a nuestros correos.
Frente a la inteligencia artificial Rebelión propone la inteligencia colectiva, materializada en los cerca de 300.000 artículos, reportajes, o libros que componen nuestra valiosa base de datos (de libre acceso para cualquiera que los quiera leer o descargar), de algo más de 47.500 autoras y autores. El conocimiento y la información no son mercancías, sino bienes intangibles, comunes o públicos, que deben estar al servicio de quien los demande. La comercialización de la información en la era digital es un negocio central de las empresas tecnológicas. Lo cual nos obliga a redoblar esfuerzos para garantizar el libre acceso sin contraprestación económica, ni de datos personales, ni de otro tipo. Ya dijo Antonio Machado que todo necio confunde valor y precio.
Frente al aislamiento y la impotencia que generan las redes sociales, Rebelión facilita un diálogo colectivo de ida y vuelta. Un espacio fértil al que llegan documentos y textos sobre luchas, demandas o utopías desde cualquier lugar, y se transforman en información y ejemplo al servicio de quienes puedan estar interesados o necesitarlo. Para contrarrestar los mensajes de odio, la sensación de inseguridad y miedo que extienden las redes sociales, nada mejor que la puesta en común de argumentos y análisis orientados hacia la consecución de un mundo mejor, el laboratorio de reflexiones y propuestas sobre la emancipación y sus amenazas, o el encuentro diario con la diversidad y la pluralidad.
Si el «capitalismo de la vigilancia» nos empuja para que toda nuestra vida esté regulada por aplicaciones móviles y pase por el aro de las redes sociales, quizá ha llegado la hora de plantar cara y alzar la voz, individual y colectivamente, contra los gigantes tecnológicos. Y quizá desde Rebelión podamos dedicar los próximos 30 años a armar de argumentos las filas de la resistencia.
José Daniel Fierro es periodista y editor. Ha colaborado con numerosos medios de prensa alternativos y pertenece al consejo editorial de Rebelión desde 2001. Es coautor junto a Santiago Alba Rico del libro Túnez, la revolución (Hiru, 2011) y prologuista de Plumas rebeldes. Periodistas contra la corriente (Enric Llopis ed., 2019).
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