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Faltan pocos días para las elecciones legislativas de octubre, las primeras que enfrentará la administración K desde su llegada al poder. A continuación, cinco ejes para entender qué es lo que está en juego

Internas

Fuentes: Libertad No Duerme

Al compás de las encuentas Se sabe, las primeras legislativas son siempre importantes para un gobierno. Marcan el pulso de la opinión pública y permiten evaluar los primeros años de la gestión. Recordar, por caso, las de octubre de 2001, donde el masivo voto «bronca» y el rechazo al gobierno de De la Rúa anticiparon […]

Al compás de las encuentas

Se sabe, las primeras legislativas son siempre importantes para un gobierno. Marcan el pulso de la opinión pública y permiten evaluar los primeros años de la gestión. Recordar, por caso, las de octubre de 2001, donde el masivo voto «bronca» y el rechazo al gobierno de De la Rúa anticiparon la crisis de diciembre. Pero para este gobierno, estas elecciones son particularmente importantes dada su debilidad de origen.
El ascenso de Kirchner con sólo el 22% de los votos significó una fragilidad congénita, que fue rápidamente paliada por los altos índices de popularidad que obtuvo el presidente. Sin embargo, y teniendo en cuenta la volatilidad de la opinión pública, estas elecciones constituyen la oportunidad para este gobierno de convertir el apoyo en las encuestas (su principal soporte) en una ratificación en las urnas.
Siendo los sondeos de opinión la mayor fuente de legitimidad de este gobierno, toda la campaña ha sido realizada mirando de reojo las repercusiones en los números. La consecuencia principal ha sido una estrategia de campaña vacilante, ambigua y en ocasiones contradictoria. El propio presidente, quien se puso al frente de la campaña, fue el actor protagónico de esas idas y vueltas.
La primera estrategia de campaña fue la idea del plebiscito: el presidente convocó a la sociedad a votar en nombre del proyecto que él encarna, identificando totalmente la elección con su figura. Las críticas que recibió por la maniobra (algunos creyeron ver incluso alguna novedosa forma de cesarismo autoritario), pero más probablemente la poca repercusión que demostró en los sondeos, dejaron la estrategia en el tintero.
En los últimos meses, una medida de corte conservador fue la de prohibir piquetes y bloquear el acceso a la Plaza de Mayo a más de una manifestación, con una cantidad tan inédita como absurda de efectivos policiales impidiendo el paso. En la búsqueda de una imagen más moderada y firme (luego de las quejas mediáticas por el acampe piquetero) el gobierno incurrió en una falta grave al cerrar la Plaza de Mayo a una movilización de piqueteros, trabajadores y estudiantes. La Plaza de Mayo es, por historia y presente, propiedad del pueblo argentino, y más aún del campo popular. Un gobierno de identidad peronista debería saberlo mejor que nadie.

¿Enemigos íntimos?
La gran vedette de la campaña fue, sin dudas, la conflictiva relación Kirchner – Duhalde. Y no estuvo exenta de los vaivenes presidenciales antes mencionados.
En un principio, las negociaciones con el duhaldismo parecían encaminadas hacia un acuerdo y a una lista de unidad en la Provincia de Buenos Aires. Pese a las diferencias internas, ambos sectores coqueteaban mutuamente, y el pacto de gobernabilidad parecía extenderse hasta el 2007.
Sin embargo, hacia el cierre de las negociaciones, y cuando todo parecía encaminado a la convivencia, el duhaldismo exigió una importante mejora de su presencia en las listas bonaerenses, lo que provocó la terminante negativa del gobierno, y la posterior ruptura en boletas separadas.
La breve tregua que siguió al distanciamiento estalló por los aires cuando el presidente y su esposa denunciaron un pacto de desestabilización formado su ex socio junto a Menem y Patti. Allí se hizo evidente que la conflictividad había escalado hasta un punto sin retorno. Al menos hasta después de las elecciones.
La denuncia no sólo fue descabellada, sino que mostró un nivel importante de impunidad por parte del gobierno, al darse el lujo de considerar golpista a quien había sido hasta entonces su principal aliado político. En definitiva, más allá de los méritos que el caudillo de Lomas de Zamora haga o no para merecer tales adjetivos, se aprecia una contradicción por parte del gobierno al pasar de la amistad fraternal a la violencia verbal declarada frente a quien designara como representante argentino en el MERCOSUR.
De cualquier forma, la conflictividad en campaña no fue bien vista por la opinión pública y por más de un dirigente (en otra ocasión sería pertinente analizar la forma en que el diario La Nación instaló la figura del vicepresidente Daniel Scioli como propulsor de una campaña civilizada) y el gobierno retomó la prudencia en la relación con el duhaldismo, olvidando las brutales declaraciones de días atrás.

De nuevos y viejos.
Luego de la ruptura con el duhaldismo, el gobierno preparó su instrumento electoral para la Provincia, el Frente para la Victoria, que lleva como máxima referente y candidata a senadora (y actual senadora por Santa Cruz) a la primera dama Cristina Fernández de Kirchner.
El duhaldismo, por su parte, postuló como cabeza de lista a Hilda «Chiche» Duhalde, esposa del ex mandatario y acérrima rival de Cristina. En su discurso han interpelado directamente a la derecha bonaerense, cerrando un acuerdo con el ex comisario torturador Luis Patti y buscando posicionarse como guardianes de la ortodoxia peronista.
La construcción del Frente para la Victoria, mientras tanto, fue acompañada de una retórica de renovación política. Frente al aparato duhaldista, el discurso del kirchnerismo proclama la ruptura frente a las prácticas del viejo peronismo de la Provincia. El armado electoral, en tanto, presenta claroscuros. Mientras que algunos candidatos de la lista pueden considerarse parte de una renovación en el peronismo, otros nombres no lo son tanto. Sumado a esto, las alianzas con más de un intendente del conurbano de pasado sospechado, siembran dudas sobre el verdadero alcance de la renovación que plantea el gobierno.
Luis D´Elía, líder piquetero kirchnerista, confesó que el «treinta por ciento de los mafiosos» había quedado del lado de la lista del Frente para la Victoria. Pese a que D´Elia lo considere como una concesión estratégica necesaria en el marco de una construcción nacional, rápidamente lo mandaron a callar desde la Casa Rosada. En definitiva, el problema no es que D´Elía hable de más, sino que en esta ocasión no falta a la verdad.
En la Capital Federal, el armado del kirchnerismo también fue contradictorio. La lista de diputados nacionales se eligió a dedo, de acuerdo al paladar de la clase media porteña progresista, buscando conquistar el «voto Carrió». Allí figura como cabeza de lista el canciller Rafael Bielsa, seguido de figuras como la economista Mercedes Marcó del Pont, el director del INCAA Jorge Coscia o el actor y músico «ex TVR» Claudio Morgado.
Sin embargo, el armado electoral en la ciudad implicó el pacto con las viejas estructuras del justicialismo porteño. Allí todo se dio bajo la mano del Jefe de Gabinete Alberto Fernández, quién revivió al Partido Justicialista de la ciudad, que se encontraba intervenido judicialmente. La lista de legisladores porteños se diseñó de acuerdo a su reparto de poder en la ciudad.
La pregunta que se puede realizar es acerca de la necesidad de haber pactado con un partido que se encontraba debilitado, con magros antecedentes electorales, y con una presencia casi nula en la ciudad. En contraste con la Provincia, la debilidad del justicialismo porteño podría haber permitido diseñar una alternativa de poder en la Capital, que se planteara como una auténtica renovación. En su lugar, el kirchnerismo prefirió el pacto de poder con las viejas estructuras ex menemistas de la ciudad y les confirió protagonismo nuevamente.

La oposición.
Si hasta aquí no hemos mencionado a la oposición, es porque durante la campaña para estas elecciones, le ha resultado muy difícil a la misma hacerse un lugar entre las internas del PJ. Pero esto ocurre, más que por la habilidad del justicialismo de colocarse en el centro de la campaña, por problemas intrínsecos en la construcción de proyectos alternativos de poder.
En el caso de la Provincia de Buenos Aires, la mayoría de la oposición ha preferido denunciar la maniobra divisoria del PJ en lugar de plantear una alternativa sustentable. Seguramente, para los analistas políticos del exterior debe resultar difícil comprender cómo, cuando finalmente el partido hegemónico se divide, la oposición en lugar de celebrar el hecho, se queja y lo denuncia como una maniobra para obtener más poder.
¿Cuál será, en todo caso, la responsabilidad de la oposición para que el PJ reúna por separado más del 60% de los votos de la Provincia? Lo cierto es que la ausencia de una oposición viable en el distrito permite al PJ reproducir en su seno divisiones que capturan a una mayor parte del espectro político. De esta forma, el justicialismo sigue siendo el dueño de las expectativas de la Provincia, tanto por izquierda como por derecha.
Las figuras más importantes de la oposición son, hoy por hoy, Elisa Carrió por un lado, y la alianza entre Ricardo López Murphy y Mauricio Macri, por otro. En los tres casos se trata de candidatos que recogen una buena cantidad de votos a nivel personal, pero que les cuesta transferir esa buena imagen a un proyecto político que vaya más allá de sus figuras.
El frente López Murphy – Macri lleva al primero como candidato a senador en la Provincia, y al segundo como candidato a diputado nacional en la Capital. La alianza no sorprende por el perfil ideológico, sino porque se sabe que la relación personal entre ambos no es buena. Por lo visto, la necesidad de sumar algún voto más para sus filas pudo más que las preferencias personales en el armado de las listas.
López Murphy y Macri no innovan demasiado en las propuestas, pretendiendo instalar una agenda de derecha, con una fuerte presencia de la seguridad, por un lado, y la represión a las protestas piqueteras, por otro. Macri fue incluso más allá y pidió el encarcelamiento para los líderes de las agrupaciones. El lineamiento económico es coherente con la historia de ambos, y predica una ortodoxia liberal símil década del noventa.
Elisa Carrió, por su parte, eligió la figura del contrato moral para su campaña en Capital. La líder del ARI caracteriza a los principales problemas de la nación como parte de una crisis moral, y ha atenuado, en cambio, los condicionamientos ideológicos de su discurso. Esto ha motivado una polémica (incluso en el interior de su partido), porque el enfoque predominantemente moral del discurso de Carrió la habilitó para incorporar al frente de su lista de legisladores a Enrique Olivera, un radical de seno conservador de pasado delarruista. Olivera, quien también es miembro de la Sociedad Rural, fue compañero de fórmula de De la Rúa cuando éste fue Jefe de Gobierno, y asumió la jefatura de gobierno cuando su aliado estaba en campaña por la presidencia.
La crítica que se le ha realizado desde diversos sectores a Carrió no pone en tela de juicio la idoneidad moral de Olivera, sino la frustración de una alternativa progresista en la ciudad. Carrió, en la búsqueda por sumar votos de los sectores más moderados de la Capital, ha abortado la posibilidad de estar a la cabeza de un frente de la izquierda democrática. En lugar de eso, teje alianzas con representantes conservadores, e instala la figura de Olivera como Jefe de Gobierno para el 2007.

Los desafíos.
Está dentro de las expectativas que el gobierno nacional haga una buena elección en casi todo el país, y logre consolidar el ejercicio del poder. Los interrogantes se abren, en cambio, cuando se piensa más allá de octubre.
En primer lugar, el aparente quiebre en la relación con el duhaldismo parece implicar que el gobierno deberá tejer una alianza con otros actores políticos. Sin el apoyo automático del PJ en el Congreso, la sanción de leyes no será tan sencilla para el Ejecutivo. Pero aun así, las internas en el peronismo siempre pueden dar paso a treguas, y no hay (ni nunca habrá) una última palabra en la relación entre las partes.
El punto más conflictivo en vistas al futuro es, sin embargo, el de las alianzas sociales del gobierno. Luego de dos años de sostenido crecimiento económico y recuperación de la crisis, lo que está en juego en un salto cualitativo en la política económica, que apunte a una redistribución de los ingresos.
La segunda fase del modelo debería estar orientada a la reducción de las fuertes desigualdades, mediante una transferencia de recursos desde los más sectores más concentrados del capital hacia los más desprotegidos. En definitiva, romper con la lógica asimétrica en la matriz distributiva de la década del 90.
El desafío para el gobierno queda planteado: apoyarse en la ratificación de las urnas para profundizar los aspectos positivos de la gestión, y realizar las grandes transformaciones pendientes, o definitivamente volcarse a una coalición conservadora que continúe un camino de resultados largamente conocidos para el país y la región.

14 de Octubre del 2005
Bueno Aires, Argentina
www.libertadnoduerme.com.ar