La crisis del Partido Acción Nacional

Fuentes: Rebelión

Del proceso electoral de 2012 resultaron posicionamientos muy importantes de los partidos y grupos políticos. Los aspectos definitorios son la vuelta al gobierno federal del Partido Revolucionario Institucional, con un comprador de la Presidencia de la República: Enrique Peña Nieto; el fortalecimiento de la izquierda electoral, y la crisis profunda del partido de la ultraderecha […]


Del proceso electoral de 2012 resultaron posicionamientos muy importantes de los partidos y grupos políticos. Los aspectos definitorios son la vuelta al gobierno federal del Partido Revolucionario Institucional, con un comprador de la Presidencia de la República: Enrique Peña Nieto; el fortalecimiento de la izquierda electoral, y la crisis profunda del partido de la ultraderecha mexicana: el Partido Acción Nacional. Se produjeron, asimismo, tres hechos complementarios: la reaparición pública con una gran movilización de masas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, la conversión del Movimiento Regeneración Nacional en partido político y la disposición de una izquierda anticapitalista más organizada, deslindada del Partido de la Revolución Democrática y con el claro propósito de posicionarse como una fuerza política con un proyecto propio.

Los datos duros de la crisis del PAN han sido expuestos por Reforma, Milenio, La Jornada, El Universal y otros diarios. Dicha situación se expresa, fundamentalmente, en la desbandada de la militancia y los adherentes a ese instituto político: cientos de miles de panistas votaron con los pies y dejaron su militancia en el partido que representa la kakistocracia y la antipatria mexicanas. Tal desarrollo fue previsto desde principios de 2012 por analistas y comunicadores de conocidos medios impresos.

Algunos datos de la crisis orgánica del PAN son los siguientes: en Nuevo León, un estado industrial muy importante, se reafiliaron poco más del 40 por ciento de los panistas activos y el 15 por ciento de los adherentes. En Michoacán, entidad natal de Felipe Calderón, 90 por ciento de los adherentes no refrendaron su pertenencia al PAN, en tanto que 30 por ciento de los militantes dijeron adiós a este partido. En Colima los seguidores blanquiazules fueron más radicales: únicamente mil 559 militantes activos y adherentes ratificaron su permanencia en las filas del PAN.

En Toluca, capital del Estado de México, los panistas registrados quedaron reducidos al 45.6 por ciento, es decir, de mil 132 militantes anteriores sólo continúan en el partido de Javier Lozano 615 individuos. En Yucatán no aceptaron el refrendo el ex gobernador Patricio José Patrón Laviada, el ex presidente municipal de Mérida Luis Correa Mena, y otros destacados líderes estatales y funcionarios federales en la entidad, además de que nada más la mitad de los militantes reafirmó su afiliación, mientras que los adherentes sólo ratificaron su permanencia en las filas panistas entre el 10 y 12 por ciento. Se las ve negras el partido blanquiazul. De un millón 868 mil miembros en 2012 descendió a 368 mil 253 inscritos, de acuerdo con el nuevo padrón panista publicado el 6 de enero del año en curso, producto del refrendo organizado por el partido albiceleste a fines de 2012. El 43 por ciento de militantes activos dijeron adiós al PAN. En cuanto a los adherentes, pasó de un millón 500 mil a 163 mil 220. Una verdadera sangría.

El debilitamiento tan acentuado del PAN es resultado directo de 12 años de gobiernos panistas caracterizados por mantener, en forma agudizada, la política económica neoliberal implantada en México desde 1982, que han polarizado a la sociedad, en un extremo los oligarcas beneficiarios de las privatizaciones, y en otro, millones de desocupados, de campesinos con sus comunidades, ejidos y minifundios en crisis creciente, de trabajadores ocupados en la economía informal y de obreros y empleados con salarios de hambre, al mismo tiempo que continúa la destrucción de la seguridad social.

Pero a la política económica neoliberal, los panistas le sumaron el alineamiento descarado con la política exterior de Estados Unidos, el esquirolaje contra la unidad latinoamericana y caribeña, la firma de acuerdos con los vecinos norteños lesivos para la soberanía nacional y la permisividad para la actuación por la libre en el país de las agencias norteamericanas de seguridad, espionaje y provocación. En cuanto a la corrupción, peculado, tráfico de influencias y otros fenómenos tan característicos de los gobiernos priistas, cabe precisar que los panistas los superaron con creces. El descaro y el cinismo de los panistas también fueron mayores que los de los priistas.

No es todo. El gobierno de Felipe Calderón Hinojosa desarrolló a lo largo de su sexenio una criminal guerra contra el narcotráfico, bajo la vigilancia y control del gobierno de Estados Unidos, que produjo entre 80 mil y 122 mil muertos, según diversas fuentes. Dicha guerra condujo a los cárteles de la droga a controlar extensas zonas del país y a incursionar en diferentes áreas del crimen organizado, esto es, el narcotráfico creció y sus capos se fortalecieron y avanzaron en otros renglones delincuenciales, en tanto que la drogadicción conquistaba cada vez más adictos y clientes en la sociedad mexicana.

Aunado a los hechos mencionados, Felipe Calderón solicitó y permitió que agentes y «asesores» de la DEA, la CIA, la FBI, el Ejército, la Marina y otras dependencias del gobierno de Estados Unidos, cuyo fin es concretar el intervencionismo y los planes y proyectos del imperialismo, se movieran en México como si anduvieran en territorio propio. Panistas y gringos violaron en forma permanente la Constitución General de la República, otras leyes y la soberanía nacional. El ex presidente agringado buscó y consiguió avanzar en la conversión de México en un protectorado yanqui.

Los agentes de la Casa Blanca y de los monopolios norteamericanos que capitalizaron el gran fraude electoral de 2006 y que elevaron a la Presidencia de la República al espurio, corrupto e inepto Felipe Calderón, no sólo se evidenciaron como vulgares émulos de Antonio López de Santa Anna, sino que introdujeron en el seno del PAN las prácticas internas características del PRI: abultamiento del padrón electoral, acarreo de votantes, compra de voluntades, imposición de candidatos por el tlatoani de Los Pinos, dedazo en la promoción de «dirigentes» y utilización de los programas sociales y asistencialistas para convertir a la pobreza y extrema pobreza en instrumentos comiciales. Lo único que les faltó a los discípulos de Maximiliano de Habsburgo, Victoriano Huerta, los cristeros y Francisco Franco fueron los jilgueros que siempre han acompañado y acompañan al partido de Carlos Salinas de Gortari, porque… ¡carecen de oradores y merolicos!

Pese a la utilización de los programas sociales con fines electoreros, la compra de votos y otras trapacerías típicas de panistas y priistas, los resultados están a la vista: los votantes le pasaron la cuenta al PAN y éste pasó a ocupar un merecido tercer lugar en la preferencia de los electores. Para la sociedad mexicana, esto es algo positivo que es menester saludar.

Sin embargo, el grupo hegemónico del Partido de la Revolución Democrática, viene al rescate del PAN. En lugar de buscar el mayor debilitamiento del partido de la ultraderecha mexicana, la corriente dominante del PRD se propone realizar alianzas con el panismo para, dice, enfrentar la restauración autoritaria del PRI. Es una política contraria a los intereses del pueblo y la nación, pues no existen bases programáticas para la confluencia entre la izquierda electoral y la banda progringa de los panistas. Dicho en otras palabras: es aliarse con el peor partido del espectro político del país, sin obtener ningún avance positivo. La militancia perredista debería intentar un curso distinto.

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