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Ley de Puertos

La entrega de la República Argentina a manos del oficialismo y la «oposición dialoguista y consensual»

Fuentes: Rebelión [Ilustración del artista Ariel Andrada]

Los galpones vacíos a la vera de cursos de agua como el Riacho Barranqueras, las instalaciones industriales abandonadas (como el Ingenio Las Palmas, Anderson Clayton, La Fabril S.A. y la Fabril Financiera, entre otros) son los mudos testigos que con el rechinar y crujir de sus desgastadas estructuras nos hablan de lo que implican las mentadas “inversiones extranjeras”.

Por ello deben ser conservadas como patrimonio cultural.No para servir a los fines recaudatorios del turismo vaciado de contenido (rodeado de “emprendedores” -más bien mercaderes- y festivales que lo único que hacen es distraer la atención); sino como herramienta pedagógica, que enseña elocuentemente: sus dueños -los capitalistas extranjeros- luego de haber sacado fastuosas ganancias a costa de nuestro territorio y del pueblo trabajador, se retiran dejando ruinas edilicias y ruinas humanas, en busca de otros horizontes que les provean de exenciones impositivas y mano de obra barata o esclava.

Hoy, la reciente Ley de Puertos2 ha sido sancionada por amplia mayoría -incluida la pseudo oposición- en la Cámara de Diputados de la provincia del Chaco. No sabemos si lo han hecho por desmemoria, por ignorancia funcional o por connivencia con los capitales extranjeros.

Por nuestra parte, estamos obligados a recordar esos hechos históricos tan trágicos como fundamentales, ocurridos en Argentina y en particular en el Chaco. Para sumar elementos para reflexionar, ponemos a disposición del lector un capítulo del texto “el Gog3” de Giovanni Papini.

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La compra de la República

[Capítulo de la novela: Gog] [Cuento/Capítulo a texto completo.]

Giovanni Papini

Nueva York, 22 de marzo.

En este mes he comprado una República. Capricho costoso que no tendrá continuaciones. Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo y del que he querido librarme. Me imaginaba que eso de ser el amo de un país daba más gusto.

La ocasión era buena y el negocio quedó concluido en pocos días. Al presidente le llegaba el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto por paniaguados4 suyos, estaba en peligro. Las arcas de la República estaban vacías; imponer nuevos impuestos hubiera sido la señal para el derrocamiento de todo el clan que asumía el poder, tal vez de una revolución. Ya había un general que armaba bandas de rebeldes y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

Un agente norteamericano que estaba allí me advirtió. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos estipendios dobles que los que recibían del Estado. Me han dado en prenda -sin que lo sepa el pueblo- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un convenio secreto que, prácticamente, me da el control sobre toda la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el amo casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una nueva subvención, bastante fuerte, para la renovación del material del ejército y me he asegurado, a cambio de ello, nuevos privilegios.

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos siguen imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer -vida, bienes, derechos civiles- penden, en última instancia, de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrantes. Podría, si quisiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar con ello al Gobierno, desde el presidente hasta el último secretario. No me sería imposible empujar al país que tengo en mis manos a declarar la guerra a una de las repúblicas limítrofes.

Este poder oculto, pero ilimitado, me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todas las molestias y servidumbre de la comedia política es una fatiga tremenda; pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso. Mi desprecio por los hombres encuentra aquí un sabroso alimento y miles de confirmaciones.

Yo no soy más que el rey de incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido adueñármela y el evidente interés de todos los enterados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y bastante más grandes e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una análoga dependencia de misteriosos soberanos extranjeros. Siendo necesario mucho más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son efectivamente gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan representando con naturalidad el papel de jefes legítimos.

FIN

Notas:

2 https://dataportuaria.ar/nota/26136/chaco-aprobo-una-nueva-ley-portuaria-para-habilitar-inversion-privada-en-barranqueras-y-las-palmas/

3 Texto creado por el autor en 1931.

4 Paniaguado: El que está protegido por una persona y es excesivamente favorecido por ella

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.