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La noche del chancho

Fuentes: Página 12

En las soledades argentinas hay cronistas increíbles. Casi siempre es gente que observa y anota en absoluto silencio. En este caso es una maestra patagónica: Hurí Portela. Anotó los detalles de toda la injusticia que se expandió por una pequeña localidad, Gobernador Gregores, en Santa Cruz. En el libro La noche del chancho ­que acaba […]

En las soledades argentinas hay cronistas increíbles. Casi siempre es gente que observa y anota en absoluto silencio. En este caso es una maestra patagónica: Hurí Portela. Anotó los detalles de toda la injusticia que se expandió por una pequeña localidad, Gobernador Gregores, en Santa Cruz. En el libro La noche del chancho ­que acaba de salir­ está lo que sufrió la gente durante la dictadura de Videla. Es increíble la petulancia, el proceder tiránico, el patear el tablero, el sentirse Dios, patrón y señor, de un gendarme a quien la dictadura le dio plenos poderes para gobernar esa población patagónica. Dios con botas ante el vecindario que no podía creer lo que estaba viendo. Un tema para Anton Chejov en el teatro; para Fassbinder, en cine.

El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas ­tal su real nombre­ se sintió Dios. Y fue Dios. Cuando hablaba con la gente abría bien las piernas, a lo macho, o se tiraba para atrás en el sillón del escritorio y miraba con asco al civil que venía a solicitarle algo. Un aspecto que se repitió en el interior argentino y que no fue tocado ni por los políticos ni por la sociedad cuando cayó la dictadura: el comportamiento corrupto y dictatorial de militares, civiles sometidos, gendarmes y policías que entraron a dominar la burocracia.

En La noche del chancho se trabaja este aspecto con fidelidad histórica y jurídica. Aparece todo ese pasado fantoche y criminal. En general la sociedad se comportó como soldados conscriptos ante los cabos primeros y los generales de la Nación. Menos los estudiantes de la Escuela de Agronomía de Gregores, la maestra Hurí Portela y algunos pocos civiles dignos, esos que siempre se hacen presentes por puro coraje civil y vergüenza propia.

El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas fue todo. Y se acabó. ¡Viva la Patria! El que no obedece es zurdo y al zurdaje no hay que darle ninguna oportunidad. Principalmente si son estudiantes. Ya que de por sí, un estudiante es sospechoso.

El 24 de marzo de 1976 ­que deberá ser recordado todos los años como el día de la vergüenza argentina­ toma el poder en la municipal de Gregores el comandante Horacio Primitivo Callejas. Dice la autora de La noche del chancho: ³La mayoría de las personas entrevistadas: ex alumnos, profesores, maestros de internado, recuerdan que el comandante Callejas no trataba bien a nadie. Era déspota, proclive siempre a insultar, y era común escucharlo gritar Œcomo un loco cuando alguien lo contradecía¹. Una de sus primeras acciones fue invadir de sorpresa la Escuela de Agronomía con treinta gendarmes armados. A las 7.30 de la mañana oscura, aún sin amanecer, entraron los gendarmes a los gritos, entre maestros y alumnos sorprendidos. Buscaban un Œnido de subversivos¹. Todo era mentira. Callejas lo hacía para asustar y demostrar su poder. Pateaban puertas, a las mujeres las palpaban de armas. Secuestraron las tijeras de injertos, de podas y los cuchillos usados en la enseñanza. El uniformado se proclamó rector. Por supuesto prendieron una fogata y quemaron libros y revistas sacados de los roperos de los estudiantes. Una acción valiente de la Argentina uniformada que nos invade de pena y vergüenza: que los uniformados pagados por el pueblo quemen libros, que es quemar el pensamiento, el derecho, la libertad.

Después, la delación. Los uniformados tomaron exámenes ideológicos a los alumnos. Fueron secundados por la supervisora general de Escuelas, Egidia Sanchi de Marum, férrea defensora de la dictadura. Pero los alumnos no respondieron positivamente a lo que querían los uniformados porque no habían leído a Marx. Ni siquiera entendieron muchas preguntas de los milicos. No importa. Callejas no logró su propósito, pero ordenó que todos los estudiantes se cortaran el pelo y usaran corbata. Así se era patriota. Pero los estudiantes dijeron: no. Por eso Callejas puso un peluquero. Los alumnos calificaron al alcahuete que oficiaba de peluquero como ³Hacha brava². A los profesores sospechados de ideas liberales se los expulsó y no se les pagó los sueldos adeudados.

Los alumnos se despertaban hasta entonces con música folklórica. Ahora, con la Gendarmería, a puro pito. Además, en pleno invierno, se les quitó una frazada para que se hicieran machos. Lo mismo, en la comida, se prohibieron los quesos, dulces, embutidos, el paté, los jamones, fiambres y las mermeladas, a pesar de que todo se hacía en la escuela. Callejas recorría los almuerzos y cuando veía una mesa un poco desordenada, arrancaba el mantel y tiraba todo, a los gritos y patadas. Lo más injusto fueron las cesantías de maestros y empleados. Muchos chicos se fueron por no aguantar la brutalidad del régimen de Callejas. En 1976 había 110 alumnos; a fines del ¹77, sólo 40. No hubo paz, comenzaron los hechos rebeldes de los alumnos que mostraron toda su entereza al oponerse al pequeño tirano. Hasta que llegará la noche del chancho.

Fue en marzo del ¹77. Los alumnos del último año iban a festejar el egreso con el título de agrónomos. Como era costumbre, prepararon una gran fiesta. Era clásico el asado de cerdo. Para lo cual tomaron uno de esos animales que habían alimentado ellos durante la enseñanza. Fue una verdadera fiesta de estudiantes. Pero todo iba a terminar muy mal. El gendarme Callejas ordenará la detención de los cinco estudiantes que habían intervenido en la faena del chancho. Se los llevó a la comisaría porque, si bien los estudiantes lo habían criado, el chancho era de propiedad del Estado. De inmediato se los expulsó de la escuela por disposición del rector Jorge Lisardo Alvarez, un hombre de Callejas y de la dictadura. Es decir que, para los expulsados, los seis años de estudios habían sido en vano. Los expulsados tenían buen promedio y uno de ellos era el abanderado y otros dos, escoltas. Es impresionante en el libro de Hurí Portela el detalle de todo lo que hicieron los padres y los compañeros para revocar la medida. La tristeza de los alumnos acusados, la angustia interminable. La crueldad. Porque se los mantuvo incomunicados en calabozos que se inundaban.

Desde allí fue todo humillación. El tiempo hizo algo de justicia. Pero en el alma de los estudiantes permaneció siempre el dolor de las penas irracionales. En cambio, el comandante Callejas cobra un muy buen retiro y se pasea en uniforme por el barrio. Lo llaman ³el chancho argentino². Con él nadie se atrevió a hacer verdadera justicia.