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La obscenidad es burguesa

Fuentes: Rebelión

«Mucho peor que robar bancos, es fundar uno». Bertolt Bretcht   Cuentan los que saben que lo que se conoce como «sentido común» es en realidad una construcción cultural basada en la idiosincrasia, usos y costumbres de la sociedad humana. Es así que surgen montones de frases populares y posicionamientos ante el entorno, que son […]

«Mucho peor que robar bancos, es fundar uno». Bertolt Bretcht

 

Cuentan los que saben que lo que se conoce como «sentido común» es en realidad una construcción cultural basada en la idiosincrasia, usos y costumbres de la sociedad humana. Es así que surgen montones de frases populares y posicionamientos ante el entorno, que son comunes a los individuos que la integran. «Sentido común» es no ir al mar un día frío y tormentoso, evitar cruzarse un animal peligroso, no pisar vidrio descalzo, esquivar los problemas, respetar a las autoridades y las leyes… y etc., etc., etc. Evidentemente, el sentido común tiene mucho que ver con el instinto de conservación natural en cada ser viviente y con las relaciones humanas en sociedad, tanto entre personas como entre éstos y las instituciones. El problema surge cuando la institucionalidad que condiciona el nivel de consciencia de las masas lo pergeña un pequeño núcleo de personas para su propio provecho, cuando las condiciones sociales entran en contradicción con el instinto de conservación, y cuando las relaciones sociales generan inequidades que, como en toda fuerza de la naturaleza, conforman la energía latente de una explosión para equilibrar lo que está desequilibrado. Como el volcán que explota por la presión de la lava.

En el sistema Capitalista, esas fuerzas se tensan al máximo permanentemente. A través de aceitadas maquinarias de aleccionamiento y formación social, que van desde los programas educativos hasta los medios de difusión, todos al servicio del modo de producción que le da los privilegios a la burguesía y le permite explotar y marginar a la absoluta mayoría de la Humanidad. Se crea entonces una cultura, impuesta por la clase dominante, donde los explotados piensan como quieren los explotadores que piensen. Ése es el gran triunfo de los capitalistas.

Los saqueos de los días previos a las fiestas navideñas de este año en diversas zonas de Argentina han mostrado realidades que quieren ocultarse y que provocan vergüenza, tristeza y dolor a las mujeres y hombres de buena voluntad que habitan esta tierra. Primero, porque han sacado a la luz una realidad que desde el gobierno y sus seguidores se quiere silenciar, que es la inmensa pobreza que aún subsiste en el país, después de casi 10 años de kirchnerismo. Y segundo, la obscena «naturalización» de esa pobreza por parte de la sociedad toda. Una cosa tiene que ver con la otra. «Pobres habrá siempre» reza el dicho popular, y entonces parece «natural» que haya quienes vivan en condiciones que lastiman la dignidad humana; no por ellos, si no por los que provocan tal cruel realidad.

¿Quiénes se favorecen con tal «culturización» del imaginario social?: los explotadores.

Es esa «cultura», ese «sentido común» instalado por los que dominan la Tierra, los que hacen que ante cualquier estallido del pobrerío se escandalicen hasta los asalariados, no por las causas que llevaron a tal estallido, sino por sus efectos. El problema es «el saqueo» y no la desigualdad que los provoca. Que se haya generalizado la idea de que ante una agitación los pobres salen de sus casas «porque sí»; que «sólo» se puede salir si se tiene hambre y no si se está humillado; que ni siquiera importe si lo que comen es reparto de miseria y dádiva de lo más básico, sin acceso a la comida que se obtiene dignamente por el trabajo y con la posibilidad de disfrutarla como otros lo hacen, habla de una insensibilidad social que avergüenza a la especie ¿Que hubo agitadores? Pues claro que los hubo ¿Y? ¿qué éxito podrían haber tenido, si no existiese la masa crítica a la que apuntaban, los pobres que tanto se niegan?

Los burgueses se quejan de lo que provocan, y la pequeña burguesía de lo que consensua. Porque sería bueno que todos aquellos que se sienten cómodos viviendo en el Capitalismo sepan que es el modo de producción el que necesariamente genera la pobreza. Los pobres son mano de obra barata. Son los que les aseguran a los patrones las tasas de ganancia, con el salario como variable por excelencia. Y no puede haber nunca ocupación plena y digna, porque es el mejor aleccionador social, como una Espada de Damocles, para que no se desborden las aspiraciones de los trabajadores. Es por eso que, yendo particularmente al caso argentino, el gobierno «nacional y popular», después de una década de administrar el país, puede exhibir a través del Indec que el salario promedio de los trabajadores en Argentina es de $3300, cuando la canasta familiar ronda los $6500 o los $7000; al mismo tiempo según la propia presidenta CFK, los banqueros, financistas, empresarios y corredores de bolsa ganaron «como nunca» en la historia. Cuando se habla del impresionante crecimiento de la economía del país desde el 2001 hasta el presente, queda muy claro quiénes fueron los beneficiarios, a dónde fue a parar toda la riqueza que los trabajadores produjeron: a los bolsillos de los patrones. Sin ir más lejos, el Banco Central acaba de informar que durante el 2012 los bancos ganaron el 41% más que durante el 2011. Los mismos bancos que estafaron a la gente tan explícitamente con el «corralito» de los nefastos Cavallo-DeLa Rúa, la devaluación de Duhalde y el consenso de los Kirchner.

Nadie fue preso, por supuesto. Los banqueros pasean su opulencia impunemente por la vida. Mientras tanto, los ladrones de gallinas purgan sus penas en cárceles en condiciones oprobiosas.

Los burgueses han armado toda una institucionalidad para proteger sus privilegios, que es el Estado Burgués, el Estado Capitalista. Así, las leyes castigan al pobrerío y permiten el latrocinio de los poderosos. A ello, también, contribuyen los propios explotados, aportando a la construcción de la imagen «respetable» de los más grandes ladrones de la sociedad humana.

En Argentina, los banqueros se roban el 30% del dinero que prestan.
Los patrones se roban la riqueza que producen sus obreros.
Las corporaciones se roban las riquezas naturales y estratégicas que pertenecen a todo el pueblo.
Los funcionarios del Estado Burgués roban del peculio público para enriquecerse.

Todos se organizan en el Capitalismo para robarle al pueblo y gozar de sus vidas a costa de la explotación, los pesares, la angustia y el sufrimiento de las mayorías asalariadas y marginadas. Sin embargo, estos canallas son aplaudidos hasta por sus víctimas. Los llaman «señores» y hasta les rinden pleitesía. Pero cuando el pobrerío se harta de ser pobre, de no poder gozar por un instante las mieles de la vida, de ser mancillado y humillado por los que ostentan su riqueza mal habida, estalla y sale de su ranchos y saquea un pan, un vestido o una pc, el escándalo lo desatan aquellos que provocan la desigualdad y la injusticia.

Cuando una persona se apropia sin pagar de una mercancía, es un robo. Si una banda hace lo mismo, también es un robo. Pero si miles de personas carenciadas salen a tomar lo que permanentemente se les enrostra y se les niega, suena bastante a acto de justicia. El capitalismo combina perversamente la opulencia, el consumismo y la ostentación con la pobreza que sólo puede desear lo que le muestran en la cara.

Como dato de color cabe mencionar que, casualmente, en el discurso enjuiciador de la pobreza se pusieron de acuerdo la «Corpo» y la «Korpo». Demostrando una vez más que defienden los mismos intereses de clase, opuestos a los de la mayoría de los mortales

Por más represión y control que se ejerza, por más que se demonice a los humillados de la tierra, por más que se les pise la cabeza o se los quiera ocultar debajo de la alfombra, la obscenidad de las desigualdades que produce el capitalismo generará indignación, desprecio y resentimiento de manera permanente. Mientras haya pobres, habrá injusticia. Y mientras haya injusticia, la posibilidad de que la sociedad tiemble como ahora estará siempre en ciernes.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.