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La traición de los mejores

Fuentes: Rebelión

El pasado miércoles 18 de febrero de 2026 Mark Zuckerberg, el CEO y fundador de Facebook (Meta), tuvo que comparecer por primera vez como testigo en un juicio celebrado contra varias empresas tecnológicas, entre las cuales estaba la suya, en la Corte Superior del estado de California. Su presencia fue requerida por la defensa de la demandante, Kaley G.M., una joven de apenas veinte años nacida en el 2006 en California. 

Para esas fechas ya existían varias de las redes sociales que denuncia, de ellas señala que han generado ciertos trastornos en su mente, concretamente ansiedad y depresión.  Estos, según la defensa, han sido derivados del abuso que realizan los algoritmos de las redes hacia sus usuarios. Mediante estos mecanismos, las plataformas someten a los individuos a  un pulso contra su propia voluntad a la hora de abandonarlas. No obstante, cabe resaltar que, aquellos que se muestran menos firmes ante esta tesitura, son los más expuestos a un duelo asimétrico. En este, empresas inundadas de dinero pueden contratar a los mejores psicólogos, matemáticos, analistas de datos… para configurar sus algoritmos. 

Este selecto grupo de mentes brillantes trabaja con los labios sellados por contrato y la ética nublada por los ceros. Son magníficos profesionales que se enfrentan en muchos casos a cerebros en desarrollo de niños y adolescentes, que parten en clara desventaja contra sus contrincantes en este desigual pulso. 

Volviendo al caso que nos ocupa, las multinacionales en cuestión no fueron muy hábiles en su defensa, por lo que perdieron el juicio. Hasta ahora, en anteriores litigios  de esta naturaleza, estos gigantes empresariales se habían salido con la suya gracias a la citación de un escudo federal: la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de 1996, donde se exime de toda responsabilidad sobre los usuarios a las redes sociales. Gracias a este escudo legal, las empresas matrices de las plataformas sorteaban esas denuncias alegando que actuaban como una especie de ¨tablón público¨ en el que, mientras no hubiera contenido directamente ilegal, no se los podía responsabilizar de nada. Gracias a otros muy efectivos algoritmos, las plataformas se mantenían limpias de este material censurado. Amparándose pues en esta ley, la responsabilidad debía caer sobre los usuarios que habían realizado actos en perjuicio de otros, de modo que  la mayoría de juicios terminaban en nada. El anonimato y la insolvencia de estos usuarios tóxicos evitaban la prosperidad de las denuncias.  

Hoy, gracias a esta última resolución, ha quedado demostrado que, si realmente estas plataformas actúan como un tablón, este consta de algún mecanismo que consigue conocer a cada usuario para terminar poniéndole delante justo lo que busca.

Todos estaremos de acuerdo en que este “tablón programado” pierde la naturaleza de “tablón público”, que es la simple función de sostener mensajes en un lugar a la vista de todo el que pase por delante. Si tenemos esto en cuenta, veremos que hasta la resolución del proceso judicial iniciado por Kaley, a las redes sociales les bastaba con culpar a la bala para decir que ellos no habían matado a nadie. Y hasta ahora a la justicia le parecía bien. 

Ahora, después del juicio en la Corte Superior de California, se ha reconocido la falsedad de esta idea de  “tablones virtuales” de modo que se debió comprobar a qué responden los algoritmos que posicionan el contenido en estas plataformas. 

Las empresas comenzaron su intervención defendiendo que los algoritmos solo facilitaban al usuario el contenido que deseaba, con el objetivo de evitar que pierda el tiempo en el buscador o filtrando contenido que no sea de su agrado. 

Con este argumento, se exoneraron de malicia alguna, además presentaron su sistema  como símil de una supuesta “voz editorial” de la plataforma, para así hacer entrar en juego el factor “libertad de expresión”. Acogiéndose a ella, pretendían verse liberados de cualquier obligación de cambio o supervisión en los algoritmos. Además, también se sirvieron  en su defensa de los modos de control parental que se encuentran en las diferentes plataformas. Alegaban que estos mecanismos responsabilizan, en última instancia, a las personas que están  a cargo de la joven cuando esta es menor de edad: a sus padres. 

Una vez articulados los argumentos de los demandados, la defensa de la demandante tuvo muy fácil demostrar que la intención de esos algoritmos “posicionantes de contenidos” no eran tan pulcros como planteaban los demandados y consiguió demostrar esas malas artes que denunciaba. Esto fue posible gracias al testimonio de varios expertos en neurociencia y a correos internos entre dirigentes y equipos de desarrollo algorítmico de estas empresas. En estas conversaciones quedaba demostrado que estos artífices eran plenamente conscientes de lo que tenían entre manos. Además, se trajeron a colación otras técnicas (scroll infinito, reproducción automática, notificaciones) de las que se demostró  que sumaban en esta constante guerra asimétrica entre las redes sociales y la voluntad de sus usuarios. 

Cabe destacar que, como en toda guerra, ha habido objetores de conciencia en el bando declarado culpable, personas que formaban parte del equipo de desarrollo de estos algoritmos abandonaron sus puestos de trabajo debido a la carga ética que este les suponía. Si el lector no está muy familiarizado con esta materia, deberá comprender que en estos equipos de trabajo solo entra la créme de la créme. Para que se haga una idea, acceder a un puesto dentro de esos equipos de trabajo es más difícil que conseguir entrar en la universidad de Harvard. En resumen, las personas que forman parte del desarrollo de estos algoritmos habrán sido los alumnos más brillantes de sus institutos, después habrán  pasado a ser los mejores estudiantes de las universidades más punteras (según los rankings establecidos) para terminar sometiendo con alevosía la voluntad de la masa social de  la que ellos formaron parte años atrás, durante su adolescencia. Esto lo han ejecutado en favor de los beneficios del capital invertido en estas empresas tecnológicas. 

Esto me recuerda a otros momentos de la historia en los que seres humanos brillantes también tuvieron que actuar contra su propio pueblo. En aquellos casos todo estaba movido por ideologías carcinogénicas para la humanidad y amenazas de vida o muerte.

En la actualidad, estos cerebritos traidores no han necesitado ser convencidos con nacionalismos ni con amenazas. Unos contratos suculentos han bastado para que actuaran de esa forma en relación con los demás. Invito a la reflexión del lector sobre esta cuestión. 

Para concluir, quiero indicar que, debido a este caso, se espera que en los próximos meses se empiecen a ver controles por parte del estado americano hacia este tipo de algoritmos. Este hecho da a entender que lo peor de esta tormenta ya ha pasado, pero, aun así, es imposible  borrar  el daño ya realizado a millones de personas jóvenes que, como Kaley, han crecido en este ambiente de bombardeo de estímulos desconectados de la realidad. Las consecuencias de esto han sido diversas alteraciones neurológicas y, en los casos más extremos, trastornos psiquiátricos crónicos. 

Esta generación de personas es la que protagoniza la novela que podrá leer a finales de este mismo año o principios del que viene (si las editoriales se portan bien conmigo) por lo que si identifica en ellos ciertos comportamientos patológicos, intente no tenerlos en cuenta, ya que son debidos al “despiste” de sus mayores; que, viendo a sus pequeños enganchados a casinos de bolsillo donde apostaban su tiempo a cambio de dopamina, ellos veían a niños consultando un “simple tablón” de anuncios en línea donde La felicidad no ocupa lugar.

Juan Cano Tapia (Martorell,1999) trabajo como auxiliar de servicios en la Universidad de Barcelona

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.