Las derechas argentinas ocuparon el poder político desde la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX. Han regresado allí por distintas vías, las que incluyeron, a partir de 2015, la victoria electoral en condiciones de limpieza del sufragio y con previo anuncio del programa que llevarían adelante. En el presente nos encontramos bajo un experimento muy riesgoso y poblado de incoherencias que sin embargo tiene respaldos muy poderosos.
Ernesto Bohoslavsky-Sergio Morresi.
Historia de las derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei.
1ª edición. 1ª reimpresión. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica, 2026.
310 páginas.
Este libro emprende un recorrido por casi un siglo y medio de historia de la derecha argentina. Una corriente, con diversas expresiones, que estuvo en el poder en nuestro país durante buena parte del lapso mencionado. De manera directa o, con frecuencia, por intermedio de agentes que no le eran propios. Y sin embargo llevaban adelante un programa o lineamientos que iban de acuerdo a su visión del mundo y del país.
Durante mucho tiempo la derecha argentina no consiguió éxitos encuadrados en el sufragio popular y exentos de fraude y violencia. Las mayorías le eran esquivas. Necesitó una y otra vez de mecanismos “alternativos” al voto en elecciones limpias para llegar al gobierno.
Los orígenes.
Las derechas nacieron a la política y al dominio del aparato del Estado en un régimen estabilizado en 1880. Éste se asentaba en el sufragio voluntario y minoritario. Plagado de maniobras sobre la emisión del voto y posterior manipulación de los resultados.
Ejercieron así un predominio ininterrumpido durante un período de más de tres décadas. El que coincidió con una apropiación de recursos, tierras en primer lugar. Y una subordinada pero ventajosa inserción del país en el mercado internacional.
Salvo los apologistas de “la era de Roca” que han proliferado en estos últimos años, cualquier estudioso reconoce que fue un período marcado por una aguda desigualdad. Con trabajadores urbanos, agrícolas y pequeños propietarios del campo sumidos en la pobreza, el analfabetismo y la exclusión política.
Eran víctimas de represión y deportaciones si alzaban voces de protesta o hacían huelgas. Si se mantenían en el conformismo, quedaban atrapados en una opresión apenas “dulcificada”. La mediaba el paternalismo que avalaba su explotación económica y su utilización política como masa de maniobras electorales.
Se necesita tener en cuenta, como se hace en el libro, que en esos años anteriores a 1916 se consolidó el Estado argentino. Nació así bajo el signo de la injusticia. Con la economía agroexportadora sometida a los dictados de una clase terrateniente asociada al capital extranjero y a una burguesía urbana en crecimiento que se volcaba al comercio, las finanzas e incluso a la industria.
Las dos “familias” y la división del trabajo entre “primos”.
La obra rastrea el itinerario de lo que llama las dos grandes familias de la derecha: La liberal-conservadora y la nacionalista reaccionaria. Los autores complejizan esa clasificación dicotómica con la diferenciación entre variantes “altas” y “bajas” de ambas. Según tengan un matiz elitista prevaleciente o incorporen gravitantes elementos plebeyos, en busca de consensos en sectores populares.
La corriente “liberal” tuvo el predominio entre las dos familias durante la mayor parte del tiempo. Los nacionalistas actuaron a menudo como “fuerza de choque” en las irrupciones militares sobre gobiernos civiles. En general consiguieron hegemonizarlos durante un tiempo limitado y luego tuvieron que dejar paso a sus “primos”. Quienes tenían un mayor dominio sobre los medios de producción y articulaciones políticas más sólidas.
Algo diferente fue en el lapso comprendido entre 1932 y 1943. Entonces los nacionalistas reaccionarios jugaron el rol de fuerza auxiliar de la coalición conservadora en el gobierno. Completaban así una alianza amplia que pudo compaginar la entente de las capacidades propias con la captación de espacios minoritarios pero amplios en fuerzas de raigambre diferente como el radicalismo y el socialismo.
A partir del golpe de junio de 1943 el nacionalismo tuvo preeminencia y condujo la gestión de gobierno junto con militares que se reservaban la conducción operativa. Pero les daban juego amplio en la elaboración de las concepciones a llevarse adelante. La irrupción de Juan Domingo Perón con el impulso a un proyecto diferenciado y con matices inéditos, abrió un período que sólo dio lugar a los exponentes de la derecha que se le subordinaron.
Durante décadas, conservadores y nacionalistas no hicieron políticas de masas. No formaron partidos políticos sólidos. Las organizaciones que configuraron eran de duración efímera por lo general. O bien constituían ligas de algunos partidos provinciales sin el “paraguas” de un partido nacional.
Otra falencia era que no se asumían como “derechas”. Durante largo tiempo optaron por la timorata denominación de “centro”. Incluso a contrapelo de la evidencia de que no existía casi nada a su derecha. Recién en tiempos muy recientes, con el ascenso mundial y local de la derecha radicalizada, nos encontramos en nuestra sociedad con núcleos que reivindican sin timideces su pertenencia a un universo derechista.
No por casualidad lo anterior coincide con la “fusión” de las dos familias principales y otras “tribus” menores. No se trata sólo de la ubicación en el espectro ideológico y político. Apunta al objetivo de “normalizar” ideas y prácticas hasta hacía poco indefendibles, salvo con disposición a afrontar un repudio sonoro y casi unánime.
Dictaduras, minorías, política de masas.
Como se analiza en la obra, las fuerzas más conservadoras solían encontrarse más preocupados por la defensa de sus ideas en términos profesorales, sin la búsqueda de una comunicación de fácil comprensión para públicos amplios. Y en un registro de pretensión “racional” y “seria”, ajena a las emociones y a la interrelación profunda con la gente “de a pie”.
En las dictaduras, ambas familias las sostuvieron, asesoraron, se insertaron en sus elencos de gobierno. Y procuraron abrir un campo para sus ideas que no conseguían por medios más regulares. Alguna vez los programas económicos dictatoriales fueron elaborados antes del asalto al poder en oficinas de grandes empresas o gremios patronales en las que tenían preeminencias las ideas “liberales”.
Corresponde el ejemplo del último régimen militar. Con el caso de José Alfredo Martínez de Hoz y el Consejo Empresario Argentino. Desde allí emergió un plan que no se circunscribía a una política económica antiestatista, aperturista, más o menos guiada por los preceptos de la ortodoxia.
Era además portador de un proyecto de reestructuración integral de la sociedad argentina. Elaborado desde el propósito de poner fin a tres décadas de Estado de Bienestar y arreglos tripartitos entre empresarios, trabajadores y aparato estatal. Lo que era acompañado por un acentuado poderío sindical en el nivel de base, al que los patrones ansiaban erradicar desde su implantación.
El anticomunismo fue un elemento común a ambas “familias”, cuya vigencia puede explorarse desde la posteridad inmediata a la revolución de octubre de 1917. Su primer punto culminante fue más tardío, en la década de 1930, luego del primer golpe cívico militar triunfante.
Estuvo en parte vinculado con el ascenso sindical, intelectual y político del comunismo argentino. Tuvo doble expresión: a) Los grupos parapoliciales y paramilitares que florecieron con José Félix Uriburu y sus sucesores en el gobierno, como la Legión Cívica y similares. b) La creación de organismos estatales especializados en el combate contra el comunismo. Los que, entre otros elementos, introdujeron el uso sistemático de la tortura.
El nacionalismo era el que la tenía más difícil en el reparto. Se inclinaban a los temas superestructurales (educación, cultura, justicia) desde una posición “espiritualista”, que colocaba en posición subalterna a las materialidades “groseras” propias de la economía. Solía ubicarse en esas áreas en instancias del aparato estatal dominadas por un poder dictatorial. O bien por los regímenes de la era del “fraude patriótico”.
Acompañaba esas prioridades intelectualistas con cierta inclinación por la violencia en la línea de los “puños y las pistolas”, una afinidad con los fascismos europeos de la que no se recataban. Así es que se asistió a la convergencia de nacionalistas de derecha en puestos elevados de la institucionalidad educativa y cultural con la integración de sus adherentes en cuerpos paramilitares y policiales que ensangrentaron la escena política.
La manifestación más significativa de esa connivencia de apariencia paradójica se dio entre 1973 y 1976. La coprotagonizaron intelectuales católicos, hispanistas, de un anticomunismo fanático y con deseo de instauración de algún régimen autoritario. El otro rol fundamental estuvo a cargo de comandos clandestinos de postulados reaccionarios decididos a dirimir por la sangre el ascenso de corrientes peronistas situadas en la izquierda.
Luego de la ofensiva plena de violencia física y simbólica que desenvolvieron bajo el manto de la derecha peronista y del propio Perón en sus pasos finales, sus acciones sirvieron de camino de pasaje hacia el golpe del 24 de marzo.
Y en dirección a la aplicación más sistemática y en mayor escala de la secuencia de secuestro, tortura, asesinato y desaparición que constituyó la marca de fábrica de la represión dictatorial. Todo al servicio de un programa de liberalismo económico con escasas afinidades con el pensamiento y las acciones del nacionalismo en esos terrenos.
A partir de 1989 la relación entre fuerzas de derecha e institucionalidad democrática dio un giro relevante. Por primera vez al triunfo electoral de un partido “nacional y popular” que no contaba con sus simpatías, derivó en la asunción por el gobierno subsiguiente de la programática histórica del nudo más concentrado de las fuerzas capitalistas.
Entonces los liberal-conservadores se sumaron a la gestión de gobierno, diluyeron el partido que habían conformado y con el que alcanzaron cierta cosecha de votos. Y prestaron cuadros históricos suyos a la implementación de políticas abocadas, con mayor alcance e intensidad que nunca antes, a las privatizaciones, la desregulación, la “flexibilización laboral” y la apertura económica.
Gobierno surgido de elecciones limpias y políticas privatistas y de “libre mercado” se revelaron por primera vez compatibles. Claro que mediante un instrumento político “prestado”, que provenía de orientaciones por cierto no antagónicas pero sí hasta entonces diferenciadas del ideario derechista.
Habría que esperar más de dos décadas para que al final se produjera el triunfo por la vía del sufragio legítimo de una expresión identificada de modo claro y unívoco con la “familia” liberal conservadora. Fue entonces, en 2015, que un frente liderado por una fuerza conservadora, consiguió la victoria en segunda vuelta.
Obtenida en competencia frente a otra postulación que, pese a su encuadramiento en el peronismo, profesaba una extendida comunidad de ideas con las fuerzas que entonces enfrentaban al “populismo”. Las que lo hacían en nombre de una entente de “republicanos” con matices entre sí pero conjugada por el giro hacia la derecha de fuerzas que venían de apelaciones más populares que habían abandonado en su camino reciente.
Unión y radicalización.
En los últimos años, en nuestro país y en varias otras partes del mundo se da un proceso de fusión entre ambas líneas “familiares”.
El nacionalismo se descubre hoy compatible con políticas de libre mercado. Y hace abandono de imperativos proteccionistas, industrialistas y hasta “antiimperialistas” que supo sostener en tiempos pasados. Por su lado los conservadores se recuestan sobre valores reaccionarios, con inflexiones propias de la antigua consigna “Dios, patria y familia”.
Liberalismo (o libertarianismo), nacionalismo, catolicismo integrista, conservadorismo tradicionalista, se articulan entre todos y difuminan sus fronteras para dar lugar a nuevas constelaciones que oponen un frente consolidado a cualquier perspectiva progresista. O tan siquiera afín con cierto empeño de “corrección política”.
En Argentina esa conjunción alcanzó una cabal expresión en ocasión de las elecciones de 2023, con antecedentes ya en los comicios legislativos de 2021. En primer lugar se materializó en la integración de la fórmula presidencial.
En ella el por entonces outsider estrella y adalid de la versión más extrema del liberalismo económico fue secundado por una lideresa del catolicismo integrista (en su versión radicalizada, el “lefebrismo”), ligada a la negación activa del genocidio dictatorial y al reclamo de “liberación de los presos políticos”. Designación esta última aplicada a los condenados por crímenes de lesa humanidad.
No sólo se trató de una combinación electoral. Las respectivas agendas se combinaron para dar lugar a un conjunto de demandas compartidas por ambas vertientes. Así, si bien el presidente Javier Milei profesa creencias religiosas que desembocan en una personal asociación entre catolicismo conservador y judaísmo ultraortodoxo, sus posiciones están claras en cuanto al antifeminismo y el rechazo al derecho al aborto, reivindicaciones raigales de la otra “familia”.
También convergen ambos en la política de “mano dura” en materia de supuesto combate al delito. Y en la mirada antimigrantes que se asocia a la anterior y tiene asimismo otras proyecciones.
Como afirman los autores, “La dinámica de fusionismo y radicalización cuestiona de forma abierta principios fundamentales de la tradición liberal, de la concepción pluralista del debate público y de los límites republicanos.”
Luego de orbitar durante casi dos décadas en torno a una constante proclamación “republicana”, la otrora derecha “moderada” se ha subordinado a la corriente extremista o se ha incorporado a sus filas de manera completa, como se dio en el caso de Patricia Bullrich y sus seguidores provenientes de PRO.
La democracia representativa y las prácticas de debate público y abierto se degradan a plena luz del día. Y son dejadas de lado de manera cada vez más explícita. El supuesto “pacto democrático” que se conjeturaba comprendía a la inmensa mayoría de la sociedad argentina ingresó en un tembladeral.
Lo hace ante quienes, desde el control del aparato estatal, abandonan esos acuerdos y se aplican a consideraciones acerca de la incompatibilidad entre “libertad auténtica” y democracia. Lo que hace parte de un fenómeno de alcance mundial.
Un signo de clase y un recorrido criminal.
Como se trasluce en el texto que analizamos, el itinerario de las fuerzas conservadoras y reaccionarias en nuestro país no pertenece sólo al campo de las ideas políticas y filosóficas. Ni se agota en el diseño y gestión de políticas públicas de ese signo.
Ha tenido en todas las épocas un correlato de acción violenta. De fuerte represión. De activo bombardeo a las experiencias de democratización, en particular cuando pusieron algún obstáculo a la acumulación de capital y al incremento de las ganancias. Incluso se llegó a políticas exterministas, fuera bajo formas políticas legitimadas con un discurso “republicano” o a través de dictaduras más o menos abiertas.
Fueron gobiernos de derecha los que presidieron los dos genocidios que jalonan la historia argentina en los siglos XIX y XX. El primero, el indígena, se implementó en la época del Partido Autonomista Nacional (P.A.N), y el liderazgo de Julio Argentino Roca.
Fue el correlato en materia de dominio territorial efectivo y homogeneización política y cultural del proceso de consolidación del Estado argentino. Operó sobre el sustrato material de la apropiación por grandes propietarios de vastas extensiones de tierras cultivables. El componente de clase de todo el proceso es insoslayable. Sin justipreciarlo cualquier análisis queda trunco.
Fue un recorrido en el que se unificó el mercado nacional, se instauró de manera sólida el monopolio de la fuerza legítima y se estableció por primera vez un régimen estable de sucesiones pacíficas en el ejercicio del gobierno. El Estado nació así sobre un sustrato de exterminio masivo, “campaña del desierto” mediante, al mismo tiempo que se organizaba el primer gran partido conservador.
El segundo genocidio, iniciado en 1975-1976 estuvo al servicio de una revancha histórica de las clases dominantes frente al auge de masas y la impugnación armada que habían signado la etapa anterior. Se hizo bajo la égida del entonces reciente “neoliberalismo” y con la inspiración de una doctrina contrarrevolucionaria como versión modernizada del anticomunismo.
Se encaró un disciplinamiento violento y de pretensión definitiva que conjugó el propósito de aniquilamiento con la voluntad de ocultarlo. Y hacerlo parte de un “pacto de silencio” orientado a la elusión de todas las responsabilidades. El debilitamiento de una vez y para siempre del movimiento obrero y otras expresiones contestatarias era la finalidad estratégica.
Encontró resistencias que hicieron que pese a importantes avances, no se consumara por completo. Un estrecho círculo monopólico, local y trasnacional, de grandes conglomerados empresarios, alcanzó éxito sólo parcial en su objetivo de aplastamiento de las clases subalternas.
Sí tuvo un triunfo más amplio a la hora de la redistribución hacia la cúspide de la riqueza y el poder. Y de imposición de un sentido común renuente a cualquier política de confrontación abierta. Las posiciones revolucionarias tan extendidas de las décadas de 1960 y 1970 quedaron relegadas, remitidas al terreno de las utopías irrealizables.
Esas prácticas hacen que ocuparse de las derechas en Argentina refiera al debate económico, social, político y cultural, sí. También al afán de justicia por los crímenes cometidos por sus representantes a lo largo de casi 150 años de historia.
La agresión en vasta escala que hoy padecen trabajadores, pobres y sectores medios en sus condiciones de vida y de trabajo y en el goce de sus derechos, exhibe la persistencia en la voluntad de sometimiento, explotación y exclusión. Si bien es temprano para asegurarlo, no puede descartarse que, si queda librado a su propia lógica, ese rumbo culmine en un nuevo ciclo de violencia y en otra abrogación forzada de las instituciones parlamentarias.
Las derechas argentinas han revestido formas cambiantes, como se sintetiza a lo largo del libro. Por el contrario, han tenido continuidad en los intereses de clase a los que han obedecido y promovido. Y en la disposición a utilizar métodos criminales en cuanto perciben algún grado de amenaza para sus fines estratégicos.
Esta obra constituye una síntesis apta para un público amplio. La actual situación de nuestro país y la naturaleza e inclinaciones del poder político que hoy lo rige le confieren una actualidad indudable. La reflexión rigurosa y colectiva sobre sus rasgos de identificación y las raíces de sus prácticas es una herramienta imprescindible para una comprensión clara y operativa de los enemigos a quienes nos enfrentamos.
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