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Macri entre pobres y reyes

Fuentes: Huella del Sur

Durante una entrevista con el podcast “La Fábrica”, Mauricio Macri afirmó que “un pobre de hoy vive igual o mejor que casi un rey de hace cien años, porque tiene cloaca, tiene agua corriente, tiene acceso al transporte público y a la educación pública. O sea, en los lugares donde las cosas funcionan”.

Desde el punto de vista de la verdad histórica el dislate es tan evidente como para que no merezca siquiera un párrafo de refutación. En tiempos como los actuales, de crecimiento de múltiples desigualdades y dificultades crecientes aún en los países más prósperos, la equiparación entre pobres del presente y reyes del pasado es disparatada.

Ocurre que la cuestión no pasa por allí sino por la intencionalidad del ex presidente de la nación al exteriorizar su aparente divagación. Y la relevancia de la persona que lo dice. Hoy aún es el titular de PRO; el partido que gobierna CABA. Y conserva un número de legisladores no desechable entre los diputados nacionales .

Por encima de su influencia en el plano institucional, Macri es un cuadro de la clase dominante argentina cuya subestimación sería un error. No habla sólo por él ni por su partido. Tampoco en interés exclusivo de las empresas de su familia y amigos.

Desde las empresas más concentradas a los jueces, son múltiples las terminales de poder que le son familiares. En el exterior, jeques árabes y millonarios estadounidenses están entre sus relaciones más aceitadas.

Por qué y para qué dice lo que dijo

El sentido profundo de su declaración no se reduce a la enormidad que llegó a la tapa de los diarios sino a otra que la acompañó y clarifica su significado: “Porque uno sabe lo que le falta tener. Es una locura correr detrás de lo que creés que deberías tener. Creemos que nos corresponde más y que deberían decirnos que somos más lindos, más inteligentes o más fuertes de lo que realmente somos.”

Ahí está la clave, nos parece. La alusión a las aspiraciones “excesivas” de quienes están por fuera de los círculos privilegiados. El “querer demasiado”. Deseos impropios de los países “serios” o “que funcionan”.

Este es un tema recurrente entre los representantes del gran capital de nuestro país. Se lo puede rastrear hacia atrás con abundancia de ejemplos.

Son recordadas las palabras de Javier González Fraga sobre el “sobreconsumo” de argentinas y argentinos durante los gobiernos K: “le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”.

Para quien fuera presidente del Banco Central en el primer gobierno de Carlos Menem y del Nación durante el mandato de Macri, ninguna de esas inversiones era propia del “empleados medios”. Había que despojarlos de esa ilusión.

En 2018 el economista neoliberal Carlos Melconíán pidió una devaluación justificándola en que se necesitaba un tipo de cambio en un nivel que impidiera que “los cadetes de las empresas” tomaran vacaciones en el nordeste brasileño o en Miami. De nuevo la misma idea apenas subyacente: Una parte de la sociedad argentina vive por arriba de sus posibilidades, se da gustos que no le deberían estar permitidos. Hay que privarlos de ellos cuanto antes.

Al año siguiente Eduardo Costantini, el megaempresario artífice de Nordelta, sostuvo que “los problemas de la Argentina responden a un tema de conducta de los argentinos”, y enseguida “…somos un país que vive por encima de sus posibilidades, de sus recursos…”

Este tipo de mensajes sigue vigente, como lo muestran los dichos de quien fuera dos veces jefe de gobierno porteño. Para todos ellos hay que “bajarle el copete” a millones de insolentes que no se satisfacen con la vida modesta y limitada que le reservan. Que no se conforman con, en el mejor de los casos, mantener la cabeza un poco por encima del pozo de la pobreza.

Hay dos “costumbres” que los magnates de esta tierra, sus aliados y servidores, ya no toleran a los trabajadores ni a las capas medias. Quieren erradicarlas para siempre. Son diferenciables pero están muy interconectadas.

Una es la relacionada con el ascenso social. La expectativa de vivir mejor que en la generación anterior o que en el propio pasado. El deseo de que los hijos de trabajadores concurran a la universidad gratuita y de masas o a otra instancia educativa de calidad. Que esto proporcione un mejor trabajo y una visión del mundo más amplia. Y el espíritu viajero de tantas argentinas y argentinos. Que no se conforman con transcurrir toda su vida sin traspasar las fronteras nacionales.

Las otras tienen que ver con las posibilidades y derechos asociados al trabajo y los trabajadores. Que una familia “tipo” donde ingresen dos salarios pueda vivir sin sobresaltos y hasta con algún excedente. Que haya una esperanza de “casa propia” o en su defecto alguna vía de acceso a una vivienda de condiciones aceptables.

Una jornada de trabajo que deje un margen de tiempo familiar o con amigos. Un período de vacaciones que pueda tener un escenario menos rutinario que el balcón del departamento o el jardín de la casa.

Todo esto debe ser anulado, para la mirada de los patrones argentinos y sus ideólogos. Urge la construcción de una cultura en la que trabajadoras y trabajadores acepten como natural su lucha por la supervivencia. En condiciones de competencia feroces y sin que nada esté garantizado.

Que los impulsos igualitarios que supieron caracterizar a la sociedad argentina pasen rápido al olvido. Si es posible que se los repudie como ilusiones perjudiciales que han llevado el país a la ruina. Y que esto no tenga vuelta atrás.

Es Macri, es Milei, es una clase social entera.

Claro que corresponde a la verdad el señalamiento de que Macri tiene una total desconexión con la realidad de la mayoría de argentinas y argentinos que madrugan para ir al trabajo. Los que enfrentan con dificultad y hasta con imposibilidades los duros obstáculos que les plantea la existencia cotidiana.

Esa constatación necesita ir acompañada con la conciencia plena de que no se trata sólo de ignorancia. O de pereza física, moral e intelectual. De todo eso hay, pero la cosa no termina ahí. Ni se explica sólo por tales razones.

El ex presidente expresa todo un programa de desposesiones y disciplinamiento. De una transformación social regresiva que coincide a la medida con los propósitos del presidente Javier Milei. Ambos son fanáticos de la “modernización laboral” y de los demás cambios reaccionarios que se vienen. No es una coincidencia ideológica como puede haber otras.

Ambos encarnan el capítulo argentino de una ofensiva del capital contra el trabajo que tiene al mundo entero como escenario. No se trata de ser más o menos amigo de Donald Trump (los dos lo son) sino de la identificación total con los propósitos del gran capital a escala mundial.

Mauricio y Javier están complacidos porque forman parte de la avalancha mundial de la extrema derecha. Los dos quieren convencernos de que “pobres habrá siempre”. Y de que quienes viven en la pobreza están allí sobre todo por su culpa. No han hecho “méritos” como para un lugar digno bajo el sol del capitalismo.

No los hicieron como Macri que lo consiguió con todo el trabajo que le tomó convertirse en un empresario del deporte y luego en un líder político. Con el respaldo omnipresente de la fortuna familiar.

O Milei, que se esforzó hasta el agotamiento para hacer su show cotidiano en televisión y en las redes sociales. Subido a un clima de época que muchos aún no percibían. Sin contar lo que luego le costó que el establishmen lo viera como opción viable.

Más allá de las ironías, Argentina se juega su destino frente a la perspectiva aciaga de convertirse en un país a la medida de los milmillonarios en dólares. Los “hombres de empresa” piensan que esta es una oportunidad histórica para construirlo de una vez y para siempre.

Ya lo intentaron varias veces en el último medio siglo. Parecieron lograrlo en más de una oportunidad. El tiempo mostró que se habían engañado, que el juego de las clases explotadas y marginadas seguía abierto.

La apuesta tiene que ser a que esta nueva “oportunidad dorada” para los de arriba sea la última. Ellos no se cansarán ni cambiarán sus convicciones. Hay que impedirles el cumplimiento de sus objetivos con la construcción en sentido contrario. Con cimientos sólidos unidos a una arquitectura audaz que se proponga “llegar al cielo”.

Ricos sí que no habrá siempre.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.