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Pobreza, peste y perspectivas: el futuro en el umbral

Fuentes: Rebelión

Habrá que cavar hondo para reencontrar las raíces y afirmarse hacia una Argentina que haga honor a la feracidad de sus pampas, la belleza de sus montañas y el orgullo de una historia plena de ejemplos de grandeza, inteligencia y generosidad.

No será fácil. Menos por estar rodeados de pobreza y muerte que por el peso del nihilismo y la indolencia, resultantes de una derrota cultural profunda, merced a la cual se ha entronizado la ignorancia, el oportunismo, la mezquindad chabacana y la ausencia de todo ideal de libertad y grandeza. No será fácil pero es posible. A condición de mirar la realidad de frente y disponerse a los sacrificios que impone el propósito de comprender, diseñar y realizar un país para el futuro, en el que sus habitantes tengan la posibilidad de buscar y alcanzar la plenitud de un ser humano superior al que deja como rémora un sistema agonizante.

Habrá que ser capaz de conjugar ese objetivo trascendental a partir del penoso panorama dominante. Según la estadística oficial a fines de 2020 Argentina tenía 42% de pobreza y 10% de indigencia. Resumen incontrastable de la degradación nacional. Hoy esas cifras superan el 50% y duplican el número de miseria extrema. Desde diciembre esos guarismos de la vergüenza no dejaron de crecer. Y no lo harán a lo largo de este año, pese a que habrá elecciones y se volcarán millones para conquistar votos.

Inútil culpar al coronavirus. La decadencia argentina viene de muy lejos. Las clases dominantes han sido incapaces de impedirla o siquiera frenarla. Por el contrario, desde los años 1930 arrastraron al país a la mentira y la pobreza hasta desembocar en un cenagal de corrupción, incapacidad y saqueo. La pandemia sólo ha expuesto, a la vista de todos, la inviabilidad del sistema vigente. El país ha llegado a un límite imposible de franquear sin dolorosas convulsiones y transformaciones profundas, sean del signo que fueren.

Que callen, mientan o edulcoren quienes por diferentes razones, aun viendo la hondura del abismo, se niegan a asumir los hechos y sacar conclusiones: los amos del capital carecen de respuesta porque no tienen la fuerza para aplicar la única para ellos pensable: el saneamiento cruento de una estructura socioeconómica deformada, un poder impregnado por mafias de todo género, imposible de reformar (sea en el sentido progresista o reaccionario que se le quiera dar a la palabra).

Ahora reaparece la peste, en lo que ha dado en llamarse “segunda ola”. Esta vez el discurso oficial no opta por la salud y olvida la economía. Aquella formulación desgraciada, propia de quien todo lo desconoce respecto de la salud y la ciencia económica, ha sido sepultada y echada al olvido junto con 58 mil muertes por covid y el derrumbe económico sin precedentes en nuestra historia. El gobierno se muestra incapaz de reaccionar frente al resultado catastrófico de su accionar. Y el malestar social aumenta al ritmo impuesto por el colapso económico y la inflación fuera de control.

Burguesía impotente

En 2018, ante la inminente debacle del gobierno de Mauricio Macri comenzó a formarse un apresurado bloque burgués para afrontar el derrumbe del proyecto “Cambiemos”. El sector del gran capital que encabezó la búsqueda de reemplazo no tenía hegemonía entre sus pares. Y la figura escogida entonces como posible candidato, Roberto Lavagna, por diferentes razones fue quien involuntariamente acabó dinamitando el proyecto.

In extremis, aquel bloque -nunca completamente fraguado- apeló entonces al peronismo a través de los gobiernos provinciales a condición de que Cristina Fernández no fuera candidata para el regreso a la Casa Rosada. Así apareció Alberto Fernández

Tres años después, en circunstancias análogas, el bloque empresarial estalla y el gobierno peronista se autofagocita ante la mirada atónita de partidarios y opositores.

A diferencia de 2018, no hay peronismo de reserva. Y la ensoñación de recomponer un gran partido conservador que aúne al gran capital y polarice a las aterradas clase medias choca cada día con la corrupción y fragmentación extrema del capital y su Estado.

Esto es lo que subyace en el indescriptible desbarajuste dominante en todos los órdenes de la vida nacional. No es la torpeza del elenco gobernante la que provoca la aceleración irrefrenable de la degradación sino, a la inversa, el agravamiento de una crisis añeja y estructural, para la que el poder burgués no encuentra respuesta, la que catapulta a los más altos niveles de gobierno a personajes funambulescos, incapaces hasta la desesperación, inmorales más allá de toda medida.

Buscaron la solución con Uriburu (1930); con Perón después (1946); con el antiperonismo más tarde (1955); con remedos pseudo democráticos luego (1958); con golpes militares (1966); otra vez con Perón (1973) y otra vez con la dictadura (1976). Pese a haber apelado a las formas más sanguinarias, fracasaron y regresaron vencidos y entregaron el poder al único partido entonces existente, la UCR (1982) y otra vez al peronismo (1989). Luego hubo una fusión vergonzante de unos y otros (1999), hasta la explosión de 2001. Único actor con guion sobre el escenario, el gran capital recomenzó en 2002 y continuó con la estafa sistemática a las mayorías. Siempre respaldados por los profetas del “mal menor”. Siempre merced a la ausencia de conciencia de clase en los trabajadores y de un mínimo de formación política en el conjunto social. “Nos dominan más por la ignorancia que por la fuerza”, decía Simón Bolívar. Aquí no ahorraron lo segundo, pero la clave fue lo primero. Véase adónde ha llevado su victoria.

Descontrol

Comentaristas y analistas comenzaron a utilizar el término “vacío” para aludir al poder ejecutivo. Poco falta para que se esgrima la consigna “vacío de poder”. Ya buscan, con afán y sin resultados, un reemplazante.

Transcurrieron apenas 16 meses desde la asunción de Fernández. 12 de ellos signados por la pandemia, con 9 de irracional cuarentena y el resto fuera de control. La totalidad del andamiaje institucional capitalista implosionó arrastrado por el panperonismo gobernante.

En condiciones internacionales y nacionales de gravedad incomparablemente mayor que en los años 1970, se reproduce el estallido del peronismo y, otra vez, arrastra al país. A diferencia de entonces, no existen aparatos sindicales capaces de encuadrar a las masas trabajadoras y amarrarles las manos para entregarlas a una dictadura militar, para lo cual siquiera existen fuerzas armadas. Aún con un argentino en el trono de Pedro, poco puede hacer en la coyuntura la iglesia católica, carcomida por diferentes causas y acosada por una miríada de iglesias menores, lanzadas como lobos contra un animal herido. Por eso Francisco y las jerarquías locales apelan a remedos fascistas sin otros recursos que dinero y complicidad de instituciones y medios en vano intento por crear liderazgos prefabricados.

El gobierno panperonista no sólo ha perdido la iniciativa política, que muy difícilmente recuperará. Ante todo, ha perdido la presencia en la calle. Nadie menos que una coalición conservadora ocupó su lugar. Y perdió el uso del símbolo máximo: Cambiemos impuso la bandera argentina como su propio emblema. Pese a todo, este intento de recomposición política de la gran burguesía no tiene destino, aparte de contribuir eficientemente a la desagregación nacional.

Ambivalencia

Se trata de una situación objetiva extremadamente favorable para una revolución dispuesta a abolir el capitalismo. Como contrapartida, están ausentes los factores subjetivos, insustituibles para una transformación real de la sociedad. Es imperativo asumir ambos términos de esta contradicción, base en última instancia de la vertiginosa y aparentemente imparable decadencia argentina. Uno, da fundamento al optimismo respecto de un posible futuro nacional, a la vez que alerta sobre la dramática amenaza que se cierne sobre el país. El otro, alienta al esfuerzo por la asunción de una base científica para el accionar político de actuales y futuras generaciones, a la vez que exige delimitación intransigente respecto de las bases teóricas y el accionar pasado y presente del arco de izquierdas.

Como sea, la velocidad de la crisis se acelera ahora con la probada incapacidad del panperonismo para afrontar el derrumbe económico y la catástrofe sanitaria. En 2020 el PIB cayó un 10% según datos oficiales. A la fecha se contabilizan 58 mil muertes por Covid-19. La dinámica económica augura más daño aún. Esos datos sumados a la quiebra en masa de pequeñas y medianas empresas, todo en el marco de un descontrolado desequilibrio macroeconómico del capitalismo local, son suficientes para prever una dinámica de agudización de la crisis. El falso crecimiento, así como el supuesto freno a la disparada del dólar, son en realidad mero rebote después de la brutal caída y resultado temporario de maniobras que cuestan al país sumas fabulosas embolsadas, otra vez, por banqueros.

Argentina paga un alto precio -y pagará todavía más- por el giro pragmático de las izquierdas que en 1915 decidieron apoyar la candidatura de Daniel Scioli y en 1919 pusieron sus esperanzas en Fernández. Otra vez, como en 1973, el reformismo (clásico o armado), contribuye a dejar inerme al país frente al desenlace inexorable del capitalismo y la abrumadora degradación de las clases dominantes.

En ese elevado costo histórico no es menor el representado por el vuelco de una porción elevada de la sociedad -eventualmente mayoría- hacia el bloque encabezado en 2015 por Mauricio Macri y la marcada tendencia de franjas juveniles hacia propuestas protofascistas que, para colmo del escarnio, se denominan “libertarias”.

Enajenación electoralista

Pese a la magnitud del cataclismo económico y sus devastadores efectos sociales, la totalidad del funcionariado político agrupado en estructuras otrora denominados Partidos, se ha lanzado a una carrera electoral para obtener bancas de diputados, senadores y concejales en las elecciones programadas para octubre próximo y ahora puestas en cuestión por razones de oportunidad, en una demostración adicional de la ausencia total de solidez en las instituciones del capital.

A derecha e izquierda suponen que la debacle panperonista saciará su sed de votos. Quienes tienen el 1% sueñan con aumentar 100% su caudal. Esa estrategia los contenta. El gran capital pretende alcanzar la hegemonía parlamentaria, recuperar el gobierno en 2023, reconfigurar su expresión política a través de una “convergencia patriótica” entre peronistas, radicales y macristas. Saben que sin un profundo saneamiento capitalista el sistema sólo puede avanzar en su descomposición. Y fingen creer que reemplazar el caos panperonista por una alianza mayor los salvaría de su deshonroso destino.

Así, la búsqueda obscena de votos domina cada paso oficial u opositor en medio de la devastación económica y sanitaria. Imposible tratarlo aquí sin extender excesivamente este texto. Queda pendiente la fundamentación de una afirmación terminante: América Latina no retomará un camino de renacimiento socialista escalando escaños en los parlamentos putrefactos de una clase que permanece dominante pero es ya parte del pasado. Ni qué decir de quienes han trocado la educación de las masas explotadas y oprimidas por la gestión innoble de subsidios oficiales. Arrastrar a desposeídos a exigir dádivas a costa de la sociedad y no del capital es lo contrario de la gran tarea de educación, movilización y organización de las mayorías, sin lo cual no hay perspectiva posible de transformación social.

En ese camino se ha arrastrado a miles de jóvenes a la complicidad con ladrones consumados, enriquecidos desde el poder, que ostentan sin vergüenza bienes mal habidos e inventan un término para encubrir connivencia con supuesta lucha contra la injusticia. Para ello apelaron a un término que pocos entienden: lawfare.

Una tilinguería, pero en inglés. Traduce al lenguaje del oportunismo una obviedad asumida hace siglos por los explotados: como la Democracia, el Derecho tiene apellido. Y éste revela su pertenencia de clase: es burgués, o es proletario. Descubrir en el siglo XXI que el aparato judicial es utilizado por gobiernos, medios de comunicación, partidos políticos, sindicatos corrompidos e iglesias de toda denominación para inculpar inocentes y resguardar a poderosos, es otra impudicia de advenedizos a punto de ser barridos de la historia junto con sus cómplices reformistas.

Futuro de una proeza científica y técnica

Mientras tanto, otra contradicción de dimensiones mayores domina la realidad mundial. En menos de un año la ciencia consiguió un antídoto para una peste desconocida y de extraordinaria capacidad destructiva. Su inverso, la capacidad productiva, puso en marcha la fabricación de miles de millones de vacunas. Paralelamente, el sistema relanza la competencia por este nuevo e inesperado recurso para contrarrestar la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia -virus mortal y sin remedio para el capitalismo- y agrava las tensiones interimperialistas a la vez que lanza a miles de millones de seres humanos a la penuria y la mortandad porque la vacuna transformada en mercancía obra como cualquier otra y está negada a la mayoría de los 7 mil millones de habitantes del planeta.

No podría haber una prueba mayor de la agonía de un sistema, que ha llevado los medios de producción a un nivel de fabuloso desarrollo y sus productos se vuelven contra la persona humana.

Dilemas para filósofos que trajinan los medios enajenantes: ¿se indignarán por la falta de vacunas, elucubrarán sobre la mayor eficiencia de ésta o aquélla, o asumirán que el sistema de producción vigente genera mayor desigualdad, más muerte y destrucción de riquezas, incluso cuando los propios recursos históricamente creados permiten encaminar al mundo en sentido inverso? Que se apresuren en hallar una respuesta: ya la pandemia ha cobrado 3 millones de vidas. Y los estrategas del capital asumen que este flagelo puede operar como una gran guerra y complementar el objetivo de sanear al sistema mundial de la mercancía excedente que traba el funcionamiento: la fuerza humana de trabajo.

Crisis política

Lejos de estas preocupaciones, el elenco gobernante actúa como hormiguero al que se le ha arrojado una piedra de gran tamaño. Sospechan que pueden perder las elecciones y no escatiman bajezas para remontar la caída. Desde la oposición burguesa la conducta es idéntica, aunque en espejo. Y el paralizado y desperdigado aparato sindical muestra a sus CEOs tan confundidos como el resto de la burguesía frente al agravamiento de las condiciones generales.

Sea dicho sin rodeos: Washington tiene sus peones a ambos lados del tablero. Acaso predominan hoy los que ocupan casilleros en el gobierno.

Aquéllos, éstos y los demás actúan para armar un remedo farsesco del Gran Acuerdo Nacional intentado en 1973. Con mayor o menor conciencia, piensan en las nuevas formas de 1976.

Es hora de trazar otro camino para la Argentina del futuro.

@BilbaoL