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Público en Barcelona

Fuentes: Rebelión

  Leí con devoción, como tantos otros, El día que dejé de leer El País, aquel inolvidable poemario del entonces joven poeta Jorge Riechmann. Sin embargo, no logré seguir el sensato sendero indicado por el autor a pesar de que mi sensibilidad suele coincidir con la suya -mejor, a pesar de que mi sensibilidad se […]

 

Leí con devoción, como tantos otros, El día que dejé de leer El País, aquel inolvidable poemario del entonces joven poeta Jorge Riechmann. Sin embargo, no logré seguir el sensato sendero indicado por el autor a pesar de que mi sensibilidad suele coincidir con la suya -mejor, a pesar de que mi sensibilidad se ha ido construyendo y modificando leyéndole y escuchándole-, y aunque creyera ya entonces que era uno de los ecologistas, activistas y filósofos morales de mayor rigor y sabiduría argumentativa. Riechmann pone el acento donde es necesario ponerlo, abre caminos que uno con sus solas fuerzas no ha logrado ni siquiera vislumbrar.

Seguí leyendo el diario independiente (¡qué risa tía Felisa!) de la mañana. Recuerdo muy bien mi impresión, mi desolación, cuando leí años más tarde aquel editorial sobre el golpe de Venezuela. El periódico supuestamente liberal por excelencia, donde escribían las principales plumas democráticas y de izquierdas, eso se decía, medio justificaba, o justificaba sin más, un golpe fascista y anticonstitucional que contaba con el apoyo de la CEOE, del gobierno Aznar y del poder imperial y sus cortesanos. Vivir para ver (y no creer). Los intereses de los propietarios de El País estaban, una vez más, en el puesto de mando. Mao no estaba totalmente equivocado.

Pero, a pesar de ello, seguí, erróneamente, sin posibilidad de disculpa. Seguí por el mismo sendero acaso por la ausencia de alternativa. Pero apareció Público y, a pesar de mis dudas iniciales, decidí combinar ambas publicaciones. Hasta el editorial dedicado a Ernesto Guevara. Como escribió Francisco Fernández Buey en una carta al director que reprodujo Rebelión, aquello era insoportable, totalmente insoportable. Desde entonces, y a pesar de la añoranza que siento de los artículos de Sánchez Ferlosio y de otros autores y periodistas menos conocidos pero de indudable interés, me he ido liberando poco a poco. Ya no soporto El País ni su mundo.

Me alimento desde entonces de Público y de Rebelión, Espai Marx y Sin permiso. No porque piense que Público sea la izquierda de la izquierda que siempre habíamos soñado. Lejos de ello. No me gusta el formato, su parecido con la prensa de metro, sus numerosas fotos, sus artículos excesivamente breves, incluso su estructura. Además, como no podía ser de otra forma, se le ve el plumero político. A veces, muchas veces, de forma excesiva, poco digerible. Este 13 de diciembre, las ocho primeras páginas, todas menos una que es de publicidad comercial, son propaganda política gratuita del PSOE. No hay forma de ver cuál es el interés ciudadano en conocer el perfil desdibujado de los nuevos candidatos del PSOE (véase, por ejemplo, la descripción de la trilateralista Trinidad Jiménez) y el destino profesional de los que ya no serán diputados en la próxima legislatura.

Pero, al mismo tiempo, es un diario en el que se pueden leer, con acuerdo o desacuerdo parcial, aprendiendo, artículos de Javier Ortiz, de Carlo Frabetti, Belén Gopegui, J. F Martín Seco, Carlos Fernández Liria, Espido Freire o Santiago Alba Rico entre otros (Por cierto, ¿para cuándo aportaciones de Miguel Candel, M. J. Aubet, Francisco Fernández Buey, Carlos Piera o Antoni Doménech por ejemplo?).

A lo que voy, al asunto que me trae entre manos. Uno, en Firenze, por ejemplo, una ciudad sin tradición roja mayoritaria, puede adquirir Il Manifesto en cualquier quiosco de la ciudad. Pues bien, siendo lo que es, y ese ser no es el ser del periódico de la gran Rossana Rossanda, Público no es un diario que pueda adquirirse fácilmente en una ciudad como Barcelona. No sé lo que ocurre en Madrid, Zaragoza o en otras ciudades españolas. No sé tampoco, si es el caso, qué gremio está presionando -acaso el de la prensa- pero en zonas de la ciudad condal no se distribuye. Puede adquirirse La Razón, por ejemplo -que por cierto se distribuye gratuitamente en numerosas residencias públicas de ancianos- u otras publicaciones del mismo talante pero Público no. ¿Y por que no? ¿Por oposición ideológica, política? ¿Pero no existe la libertad constitucional de expresión, prensa, etc. etc?

Seguramente sí, aunque sea parcial, pero también existe la búsqueda del «justo penique» y no siempre esta finalidad entra dentro del anterior marco. No es lucha política, es peor. Esta mañana, no es la primera vez, he intentado adquirir Público en la avenida Gaudí de Barcelona, una zona de clases trabajadoras situadas y de pequeña burguesía propietaria entre el Hospital de Sant Pau y la Sagrada Familia, zona densamente poblada, concurrida, de paseo ciudadano y de visitantes y turismo organizado. No ha habido forma, en ninguno de los cinco quiscos de la avenida se vendía. Razón dada por una trabajadora de uno de estos quioscos: mi jefe dice que no saca beneficio con su venta. No es que no obtenga beneficio, desde luego, sino que el diario, como se sabe, se vende a medio euro y el resultado semanal para el propietario es menor que si el ciudadano/a adquiriera otras publicaciones que se venden a 1 euro.

Así, pues, sin perdón y sin vacilación. Esto da menos de lo que yo quiero, esto se vende a un precio menor del que a mi me resulta rentable o muy rentable, y con eso ya es suficiente. Ni una coma más ni un argumento adicional. Vendo lo que me da la gana y eso no me da la gana, aunque, desde luego, me dé la gana vender todo tipo de pornografía política y cultural que sea el caso. Todo esto es rentable. No es animadversión política, no es sectarismo con Público. Son negocios y los negocios son los negocios.

Insisto: Barcelona, ciudad abierta, con mucho seny, en zona céntrica, la millor botiga del món, la mejor tienda del mundo, en escandalosa publicidad promovida institucionalmente por un ayuntamiento gobernado por el PSC-PSOE e ICV-EuiA (y ERC hasta hace muy poco).

Antes, en tiempos, o no se hubieran atrevido o hubiéramos organizado una campaña de presión o de desprestigio. Ahora, aunque el asunto es trivial comparado con atropellos sin fin, no somos capaces. Nos falta energía y público.