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Reflexiones sobre México y la elección

Fuentes: Rebelión

1. Sobre ¿Por qué votar por el PRI? Ni me gusta ni suelo escribir en primera persona, pero por diversas razones, aquí no tengo más alternativa. Desde hace algunos días he estado planteando una pregunta a conocidos míos de todas las tendencias: ¿alguien me puede dar un argumento racional, inteligente, desapasionado, una razón lógica que […]

1. Sobre ¿Por qué votar por el PRI?

Ni me gusta ni suelo escribir en primera persona, pero por diversas razones, aquí no tengo más alternativa. Desde hace algunos días he estado planteando una pregunta a conocidos míos de todas las tendencias: ¿alguien me puede dar un argumento racional, inteligente, desapasionado, una razón lógica que vaya más allá del mero interés político de pertenencia o cercanía con un grupo de poder, para votar por Partido Revolucionario Institucional? Con diferentes matices, la pregunta casi de inmediato desató respuestas de cartabón: «había que impedir que llegara un populista a la presidencia» -decían – «es que López Obrador es un peligro para México» -insistían- «nos quería convertir en una nueva Venezuela». Respuestas de este tipo y otros lugares comunes de crítica a la izquierda eran una categoría general. Otra categoría se construía sobre un riel paralelo, la crítica a la derecha: «es que necesitamos un cambio, alternancia» -justificaban- «es que la guerra de Calderón fue muy sangrienta» -criticaban- «es que a diferencia del PAN, el PRI roba pero reparte» -me decían. Tal vez tuve mala suerte y mi problema es que no encontré interlocutores más reflexivos. Sin embargo, estoy seguro que a la misma pregunta, respuestas así se escucharon por millones por todo el país… y se dieron por buenas.

El problema de todas ellas es que, en el sentido duro, no son respuestas a la pregunta planteada. La pregunta no era «¿Por qué no votar por Andrés Manuel?» ni «‘Por qué no votar por el PAN?» sino «¿Por qué votar por el PRI? Una vez hecha la aclaración, las respuestas se hacían escasas, sencillamente mis interlocutores no encontraban argumentos como los solicitados -racionales, inteligentes, desapasionados- para votar por el Partido Revolucionario Institucional… y aún así, votan -los que sí votan, y que son muchos- por el PRI. ¿Por qué?

En ciencias sociales no hay respuestas absolutas -de hecho creo que ni siquiera son ciencias en el sentido duro del término, pero esa es otra cuestión. He estudiado sociología y ciencias políticas entre otras cosas, y sólo se me ocurren respuestas lógicas. (Es decir, uno puede complejizar las explicaciones de un fenómeno social hasta el infinito, pero eso no hace tales explicaciones más verídicas. En todo caso aquí no tengo mayor pretensión; no es este un ensayo académico ni un artículo periodístico, es lo que dice el título que es: reflexiones que me vienen al vuelo y que pongo por escrito para tratar de entender las cosas.)

A mi juicio los votantes del PRI se pueden catalogar en seis segmentos.

El primero: los convencidos. Aquí se agruparían todos aquellos que conocen y a quienes convencen esos argumentos que busqué y no encontré, esos argumentos que racionalmente y de forma desapasionada validan un voto a favor del PRI. He de decir que sólo un amigo -por cierto, no simpatizante del Revolucionario Institucional- me supo decir algo que tenía algo de contenido: «Bueno -dijo- lo único que se me ocurre es que el sector femenino ilustrado y liberal del PRI sabe que el partido está a favor de la despenalización del aborto» pero nada más. La apuesta es a la convicción.

El segundo: los interesados. Aquí utilizo la categoría de «interesados» no en un sentido peyorativo sino descriptivo, es decir, por interesado entiendo todos aquellos que se verán directamente beneficiados por su apoyo general -que culmina con el voto- al PRI. Dirigentes del partido, legisladores y burócratas de todos los niveles ahí en donde gobierna el PRI además de sus séquitos inmediatos. Un asistente de un candidato del PRI votará por él si tiene la certeza de que con el triunfo será promovido a asesor en la nómina del nuevo diputado, senador, gobernador o lo que sea. ¿Tiene lógica? Sí, ¿pragmática? También, ¿ética? No necesariamente (al menos no en el sentido general de una ética por el bien de todos; aunque sí en el sentido de una ética por el bien de algunos… ¿de quienes? de ellos y los suyos). La apuesta es a la conveniencia.

El tercero: los ilusos. Es el grupo en el que se congrega una gran parte de lo que popularmente se ha llamado «las estructuras del partido» o «los operadores electorales». Hacen y deshacen electoralmente, vendiendo ilusiones, haciendo promesas y pintando escenarios que ellos, en su fuero interno, ya han comprado. De verdad creen que si gana su candidato, o su partido ellos verán un cambio. En pocas palabras. Se parecen mucho al grupo anterior pero con una diferencia: a aquéllos sí les cumplen -o tienen forma de hacer que les cumplan- y a éstos no. Son muchos miles que elección tras elección hacen y deshacen con la esperanza de que «ahora sí voy a estar ahí», la esperanza del «ahora sí me toca», la esperanza del «ya hice méritos» del «ya lo merezco», del «ya me toca». La apuesta pues, es a la ilusión.

El cuarto: los acostumbrados. Si en los tres segmentos previos la lógica que explica el comportamiento electoral es la de la convicción consciente en el primero y la de la conveniencia material en el segundo, o la ilusión de una conveniencia en el tercero, aquí la única lógica que explica el comportamiento es la de la inercia: votan por el PRI porque siempre han votado por el PRI y punto. A diferencia de los dos grupos anteriores, este segmento es muy amplio, centenas de miles -tal vez millones- podrían ser agrupados bajo esta categoría. De algún modo están vacunados contra las campañas electorales, no importan candidatos ni propuestas: se vota por costumbre, por tradición. Esta es la escuela electoral que puede dar cuenta del voto de los integrantes de muchos gremios y centrales sindicales -maestros, obreros, campesinos, etc.- entre otros. Tal vez suene simple, sí, pero no por ello es menos posible o real. La apuesta es a la inercia.

El quinto: los traficados. Andrés Manuel lo denunció a todo lo largo de la campaña: «trafican con la necesidad de la gente». Y es cierto, pero la ecuación tiene al menos dos elementos: el traficante electoral que compra votos interés (normalmente un miembro del segundo o del tercer grupo) y el traficado que los vende por necesidad. Aquí no existe la convicción ideológica del primer grupo, ni la conveniencia política del segundo, ni la ilusión de recibir alguna migaja del tercero, ni la tradición partidista del cuarto. Aquí lo que hay es el pragmatismo que impone la pobreza. Estamos hablando de gente para quien los procesos electorales son la oportunidad de tener un pequeño ingreso extra, ya en efectivo, ya en especie. Saben lo que hacen está mal, saben que es un delito electoral, saben que se están vendiendo -aunque tal vez no dimensionan el daño de su disponibilidad a vender su voto- o tal vez no lo saben, pero en todo caso tampoco importa. Todo lo que importa es que ahora tienen un pequeño recurso que hace el dolor de la pobreza o la indignidad de la miseria más llevadera, por un día o una semana. La apuesta es a la necesidad.

El sexto: los engañados. Sería el grupo de los despistados -que increíblemente son muchos, tal vez millones- a quienes se les dice que Andrés Manuel va a ser un nuevo Chávez y lo creen, aunque no tengan la más remota idea de quién es ese tal Chávez; esos a quienes se asusta con el fantasma de que México va ser como Venezuela y que con esta idea andan aterrados aunque sean incapaces de señalar al país sudamericano en el mapa. Son los mismos que en el pasado hacían compras de pánico atiborrándose de azúcar porque el gobierno soltaba el rumor de que se iba a acabar; son los mismos que se aterraron cuando supieron que había una criatura suelta llamada Chupacabras. Son, básicamente, los que -por paradójico que suene- ven la televisión con los ojos cerrados para informarse y no sólo para entretenerse. La apuesta es a la ignorancia.

Es muy claro que muchas de estas categorías se enciman unas con otras como es también muy claro que la tipología no es privativa del PRI: mucho de lo mismo puede encontrarse en otros partidos. Pero los porcentajes cambian. A modo de ejemplo: es mucho más fácil encontrar simpatizantes del PAN o del PRD con argumentos sólidos, convincentes y razonados de por qué votar a favor de uno u otro que en el caso del PRI. Esto me hace pensar que los votantes del primer grupo («los convencidos») son más numerosos en el caso los dos primeros casos que en el del tercero. Otro más: el voto «por costumbre» por el Partido Nueva Alianza será infinitamente menor que el voto «por costumbre» que recibe el PRI en cada proceso electoral. Así pues, cada quién tendrá una distribución favorita sobre los porcentajes de cada uno de los tipos de votantes. La mía para el caso del PRI es la siguiente:

  • Los convencidos 01%

  • Los interesados 04%

  • Los ilusos 10%

  • Los acostumbrados 20%

  • Los traficados 25%

  • Los engañados 40%

Si es así, entonces, en reversa se podría decir que los principales aliados del PRI son la ignorancia, la miseria, la apatía, la inmadurez, la mezquindad, y sólo al final, la convicción.

2. Sobre los defensores del proceso y su resultado

Ahora bien, entre los defensores del triunfo del PRI en particular, y del proceso electoral en general están quienes utilizan retos simplones como «Perdón que lo pregunte, pero ¿tú votaste? en el lugar en dónde lo hiciste ¿qué irregularidades hubo? Es decir ¿tú qué pruebas tienes del fraude? A los que se responde con facilidad preguntando de vuelta ¿has abortado? ¿has sido drogadicto? ¿estuviste en un campo de concentración? ¿has padecido SIDA? ¿No?, entonces ¿tú qué pruebas tienes para defender una posición -a favor o en contra, la que sea- sobre el aborto, o sobre las drogas, sobre los nazis, sobre el SIDA o sobre cualquier otro tema del que no tengas conocimiento de primera mano? La lógica -si es que tiene alguna- del argumento es «Si yo no lo veo, entonces no existe» como si el periodismo fuese inútil en su totalidad o como si la observación electoral no fuese más que un motivo decorativo de la elección sin ninguna función.

Otro argumento de defensa muy socorrido aunque no por ello más real o válido es que «el 70% del electorado expreso democráticamente una preferencia política distinta a la de los quejosos que siguen a López Obrador ¿por qué no pueden respetarlos?». El alegato se construye sobre tres premisas falsas.

La primera: Califican como democrático un ejercicio electoral en el que tuvieron lugar -por mencionar tan solo 10 fallas graves- robo de urnas, compra de votos, inequidad en cuanto acceso a medios de comunicación, rebase de topes de campaña, urnas con más votos de los asignados en la lista nominal, inconsistencias numéricas entre votos en las urnas y las actas, entre las actas y las sábanas y entre las sábanas y los registros del Programa de Resultados Preliminares, duplicación de boletas electorales y actos intimidatorios contra los votantes antes y durante la jornada electoral, de parte de todos los partidos. ¿Cómo puede considerarse democrático un ejercicio con todas estas irregularidades?

La segunda: Suponen que «los quejosos» son sólo los partidarios de Andrés Manuel. No es así. Difícilmente se podría decir que los integrantes del movimiento #Yosoy132 somos todos simpatizantes del candidatos de las izquierdas. Algunos lo somos, pero no todos y me atrevo a decir que incluso somos minoría al interior del movimiento. Pero ese grupo de «los quejosos» no se limita a los seguidores de Andrés Manuel López Obrador y a los integrantes del movimiento #Yosoy132, sino que se extiende a otros sectores, de la cultura, de las artes, de las ciencias, amas de casa, obreros, maestros, organizaciones no gubernamentales e incluso gobiernos (¿cuáles? Los que no enviaron sus felicitaciones de forma tan acelerada e impertinente y esperaron a ver la evolución de los resultados) entre otros, tanto en México como en el extranjero.

La tercera: Por alguna razón suponen que a pesar de la avalancha de elemento de prueba -ya no se diga de acusaciones- de un proceso electoral desaseado, ese 70% es un porcentaje legítimo cuando es precisamente el proceso de donde salió ese porcentaje el que se está cuestionando. En todo caso, no es el respeto del 70% de los votantes el que se debe buscar, sino el respeto del 100%, es decir, incluyendo al 30% de «los quejosos.» Curiosamente quienes utilizan este argumento convenientemente olvidan mencionar que muchos de quienes votaron por la candidata del Partido Acción Nacional (PAN) también sostienen que hubo fraude. En todo caso, salvo quienes actuaron al margen de la ley en el proceso electoral, nadie pierde con la transparencia.

Como en el caso de la pregunta («¿Por qué votar por el PRI?») los defensores del proceso electoral y su resultado se centran en el ataque de quienes lo impugnan que en y no en destacar aquellos elementos que ellos ven como virtuoso del proceso. En otras palabras, dejando de lado el hecho de que «ganó» su favorito ¿con qué elementos cuentan para sostener que el proceso fue limpio y que la victoria del PRI fue en buena lid? ¿qué explicación dan al cúmulo de irregularidades que han sido reconocidas incluso por el propio árbitro de la elección -el Instituto Federal Electoral- en la mayoría de las casillas y momentos de la elección? Los defensores del proceso electoral y sus resultados asumen que «la mejor defensa es el ataque», critican a los siervos que se mofan del rey y con eso buscan esconder una verdad evidente para todos -incluso para ellos aunque no lo reconozcan públicamente- ¿cuál es? que el rey está desnudo.

3. Sobre los que alegan fraude

¿Por qué es tan difícil entender para quienes critican a «los quejosos» que en primer lugar no son quejas en favor del triunfo de Andrés Manuel, sino en contra de un proceso con vicios antes, durante y después de la jornada electoral?

Hacer esta distinción parece una verdad de Perogrullo -y lo es- pero destacarla es fundamental. Es fundamental porque, como ya se señalaba, los defensores del proceso electoral y su resultado parecen ser ciego a estas diferencias que ellos presentan como matices pero que son diferencias de fondo. En algunos puntos las agendas coinciden, pero se trata de movimientos y expresiones diferentes. En todo caso sólo quienes nieguen esta realidad serán sorprendidos cuando vean que las protestas siguen mientras no se aclare y transparente el proceso electoral independientemente de lo que diga o deje de decir Andrés Manuel. Es fácil -y estoy seguro les llena de certidumbre- el descalificar a los inconformes diciendo «son los quejosos de López Obrador» para no asumir psicológica y anímicamente el costo de reconocer que la condena al proceso electoral no sólo proviene de un solo sector político -el bloque de izquierda partidista- sino de otros, sobre los que las burocracias de los institutos políticos no tienen ni influencia ni control. Les duele reconocer que la sociedad civil organizada apartidista no los apoya. ¿O es que existe algún grupo social organizado, reconocido públicamente por la calidad de su trabajo y por su comportamiento independiente y responsable, que se haya pronunciado a favor del proceso electoral y de su resultado, calificando al primero como válido y al segundo como legítimo? No, no existe. ¿Por qué? Porque no lo fue y ninguna organización gubernamental con estas credenciales estaría dispuesta a seguir el sendero del descrédito en el que cayeron encuestadoras, medios de comunicación, comunicadores y políticos -incluido el ex Presidente Vicente Fox- a cambio de unas monedas.

4. Sobre Andrés Manuel López Obrador

Esto puede resultar difícil de creer para quienes no simpatizan con Andrés Manuel, pero no por ello quiero dejar de decirlo. Él no es un santo, ni un redentor, no es un genio y tampoco un salvador. Es un político, pero un político que ha conseguido algo que, al menos hasta donde sé, no ha conseguido ningún otro en México en las últimas décadas: inspirar a la gente. Sus detractores descalifican esta inspiración como fanatismo, no lo es. Yo no me considero un fanático pero reconozco sin duda y sin vergüenza que la lucha política de Andrés Manuel me inspira. ¿Cómo y por qué me inspira? Aquí tres razones entre muchas.

Me inspira en primer lugar porque creo que devuelve contenido al concepto de militancia política. ¿Qué militancia política? Esa que es desinteresada, ajena de partidos y que se alimenta por un ideal; es decir, esa actitud y comportamiento políticos que se asumen a título personal sin esperar dádivas económicas o de cualquier otro tipo. En otras palabras, esa actitud política que se asume no sólo en la teoría sino también en la práctica porque es lo que se considera correcto hacer, algo digno, algo decente, en breve, un deber social.

La lucha de Andrés Manuel me inspira también porque la considero muy humana. Humana, no humanitaria -que es un concepto que aquí queda un poco fuera de lugar- sino humana. ¿A qué me refiero con humana? A que su discurso es sencillo, muy aterrizado. Acalladas las descalificaciones histéricas, escuchando a Andrés Manuel es difícil no coincidir con sus análisis de la situación del país, del origen de la pobreza, del origen de la violencia, del dolor de la miseria. No se escucha -o al menos yo no lo escucho- prefabricado, recurriendo a los lugares comunes y a los latiguillos del discurso político para arrancar aplausos. Lo escucho sincero, y eso en política no sólo es una virtud rara que se agradece, sino que es difícil de creer cuando se presenta. Y en este caso yo creo en su sinceridad.

Finalmente Andrés Manuel me inspira porque creo -sin ser iluso ni ingenuo- que su práctica política es más transparente que la del promedio de la clase política general en México. No se sabe que posea grandes fortunas o propiedades, ni en México ni en ningún lado, fue el único candidato que tuvo la osadía de presentar a un gabinete integrado por mucho de lo mejor que tenemos en México. ¿Por qué no hicieron lo mismo los candidatos del PAN y del PRI? Porque a nadie tienen cerca con las credenciales morales, éticas, técnicas y políticas de la gente que rodea Andrés Manuel. Una vez más, ninguno de ellos es un santo, pero comparados con un hombre sobre cuyos hombros pesa la responsabilidad de decenas de violaciones, asesinatos, torturas y otras atrocidades en Atenco, o de otro responsable de que mas de cuarenta bebés perdieran la vida quemados vivos en una guardería en Chihuahua -por mucho que la candidata lo haya «distanciado» de su campaña- bien podrían serlo.

5. Sobre lo que fue, lo que es y lo que viene

Es difícil hacer predicciones, pero algunas cosas se saben con certeza. La más importante de ella: sólo se puede impugnar una elección presidencial en cada generación; quien haya impugnado los resultados de 2006 está descalificado para impugnar los de 2012, como si la posibilidad de hacer fraudes consecutivos fuera inexistente en un país que los vivió por siete décadas. Creo que esto es lo más sorprendente de toda la elección, la incredulidad del presente y el desprecio del pasado de forma simultánea y de cara a un futuro que de tanto esperar, fastidiado, va a terminar por irse.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.