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Regresar a la nueva normalidad

Fuentes: Rebelión

Acorde a la retórica presidencial a partir de esta semana hemos comenzado a experimentar una etapa tanto inédita como ambigua. Frase de suyo contradictoria y sin sentido pero que refleja espléndidamente la realidad que enfrentamos no sólo en este país, ya de por sí trágico y surrealista (acaso como muestra de nuestra universalidad como especie), pero que en situaciones de crisis como la actual pandemia, tal contradicción aparece en toda la extensión y crudeza de su significado.

Como en el mito de Sísifo, equivalente a este limbo en el que nos encontramos suspendidos, hemos atestiguado como el presidente ha visto sucumbir su protagonismo mediático frente a uno de sus subordinados (que si aceptamos el lenguaje bélico con el que se ha caracterizado al SARS-CoV2 sería algo así como uno de sus generales emergentes no previstos), el Subsecretario de Salud. El mismo que en entrevista a la televisora hegemónica, otrora identificada con la “mafia del poder”, respondió con toda claridad “nunca” a la pregunta de cuándo regresaríamos a la vida que teníamos antes.

En medio del mar de incertidumbre una respuesta contundente y precisa. Nunca. El problema está en la pregunta: ¿qué implica volver a la normalidad de antes? ¿es deseable, necesario? Habría tantas respuestas como habitantes. El género, la clase social, la etnia, la edad, la preferencia sexual o la tolerancia a la frustración son variables a considerar. Más preguntas ¿qué lección nos ha dejado la pandemia? ¿había que aprender alguna? La respuesta no será la misma para empresarios como Slim o Salinas Pliego, que para los familiares de los obreros muertos en las maquilas de ciudades fronterizas como Tijuana o Ciudad Juárez.

Paradojas de la vida. Los municipios que pueden regresar o comenzar a vivir la nueva normalidad desde ahora por no tener contagios ni muertos han sido bautizados con toda lógica como, “municipios esperanza”, conformados en su mayoría por comunidades y rancherías indígenas, son también aquellos que están más aislados, sin servicios de salud, esos a los que la modernidad no ha llegado. Allí no temen a la tecnología 5G o a ser controlados por drones o chips “incrustados”, porque la mayoría de ellos no cuentan siquiera con los servicios básicos.

La nueva normalidad en México está motivada por la relección de Trump que ve en la economía de su país, la posibilidad de remontar las encuestas. Las actividades esenciales como el reinicio de las armadoras automotrices o la minería “coinciden” con los dictados del imperio que se resiste a sucumbir. Viene con la Guardia Nacional y la militarización del país para resguardar los megaproyectos y la construcción del mal llamado Tren Maya, el Corredor Transístmico, el aeropuerto en Santa Lucía o la refinería de Dos Bocas.

Regresar a la nueva normalidad significa vivir en un lugar en donde los ricos son los únicos que resucitan antes de importar la pandemia, también implica otorgar los contratos a los mismos empresarios de siempre aunque se pregone el fin del Neoliberalismo. Garantizar la impunidad a los políticos y hombres de negocios de antes, tan sólo porque ahora colaboran en la 4T. La crisis no la van a sentir los jodidos porque ellos siempre han vivido en ella y ya están acostumbrados.

Normalidad significa por último que con la pandemia no lo advertimos pero estamos en una nueva era. Todo cambió para seguir igual que antes, sólo que con más miedo y miseria para los mismos de siempre, algunos de los cuales (pese a todo lo anterior) resistirán y organizados en movimientos sociales o no, sacarán a flote a este país a pesar de sus políticos.

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