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Sofismas y dogmas, los reflejos “dialécticos” de la 4T

Fuentes: Rebelión

En los últimos días se difundió un audio en el que supuestamente un funcionario de alto nivel del gobierno federal actual señalaba contradicciones, errores y desvíos del gobierno y concluía que la famosa 4T no existía.

Esta declaración desató una serie de “reflexiones” acerca de la permanencia o no del funcionario dentro del gabinete. AMLO dejó pasar las supuestas críticas y trató de cerrar filas en torno a las críticas y las menciones de una crisis en su gobierno.

Posteriormente Víctor Manuel Toledo, secretario del Medio Ambiente, quien es el funcionario que señaló los errores, contradicciones y desviaciones de la 4T, publicó en el diario La Jornada un artículo que define muy bien el perfil de este gobierno y los alcances reales de la llamada transformación en marcha.

Escribe Toledo, quién, por cierto, antes de ser funcionario de alto nivel del gobierno, fue un destacado activista medio ambiental autocalificado como “de izquierda”, afirma que el gobierno de la 4T no es anticapitalista, sino que su misión es acabar con el neoliberalismo, generador de todos los males nacionales.

Esta definición y todo lo argumentado por Toledo a lo largo de su artículo, reflejan con claridad meridiana el perfil, los intereses de clase y los objetivos de la llamada “Cuarta Transformación”. Sin duda debemos agradecer a este funcionario “de izquierda” su honestidad ideológica para definir al gobierno actual.

Toledo aclara que su movimiento es dialéctico, que responde a las necesidades del pueblo. Escribió Marx en Miseria de la Filosofía que “a juicio de muchos sofistas el movimiento dialéctico es la distinción dogmática de lo bueno y lo malo”, y que “el qué se plantea el problema de eliminar el lado malo, con ello mismo pone fin de golpe al movimiento dialéctico”.

Así, para los “teóricos” de la 4T el movimiento dialéctico es: en las sociedades actuales hay lados buenos y malos, es decir el capitalismo no es tan malo, tiene lados buenos y malos. Lo malo del capitalismo no es el sistema de explotación, que genera miseria, desigualdades, narcotráfico, pandemias, inseguridad y muertes.

No, lo malo del capitalismo es la corrupción, es decir el neoliberalismo. Al liberar a México del neoliberalismo o sea de la corrupción, se libera, se termina con las desigualdades y se “purifica” al país. En resumen, la igualdad, que es el lado bueno de toda relación económica, de acuerdo con la “dialéctica” de la 4T, es la intención primitiva, la tendencia mística, el fin providencial.

AMLO como buen sofista y defensor del sistema capitalista, como lo dice explícitamente Toledo, trata de eliminar las contradicciones del sistema a través de la purificación disruptiva de la corrupción, buscando el equilibrio, o sea, la corrupción como fuente de todos los males, eliminarlo como fórmula para neutralizar el lado “malo” del sistema, lo que de acuerdo con Marx “no es un movimiento dialéctico, es a lo sumo moralina barata”.

En todo caso habrá que recordarles a los “izquierdistas” de la 4T que “la propiedad privada derivada de la división del trabajo crea las desigualdades, la lucha de clases y la aparición de las estructuras políticas”, y qué “no es la conciencia la que determina la vida, es la vida que determina la conciencia”, según escribía Marx en “La Ideología Alemana”.

En México y las sociedades capitalistas la contradicción fundamental es la propiedad privada de los medios sociales de producción. La propiedad privada genera la lucha de clases y la lucha de clases es el motor de la historia, está es una verdad inocultable a pesar de toda la basura que escriben los intelectuales orgánicos al servicio del poder y del capital.

Para los sofistas de nuestro tiempo, encarnadores de la nueva transformación, el capitalismo es un sistema inamovible, sujeto a perfección, sólo es cuestión, dicen, de purificarlo, de “limpiarlo” de todo lo malo y una vez realizado este rito de purificación, los mexicanos seremos felices, habrá mayor igualdad y menos pobres.

Hemos sostenido que las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de la época. El movimiento mesiánico que encarna AMLO se asemeja a la escuela filantrópica, es decir humanista, que dice combatir firmemente las practicas más negativas de la burguesía, pero en realidad lo que hacen es consolidar el poder de esta clase.

Y lo anterior es así porque, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. Así, todas las manifestaciones morales, idealistas, humanistas incluso, del líder de la 4T son, en términos estrictos, sólo demagogia y sofismas al servicio del capital y los monopolios.

La teoría y la práctica de la 4T niegan las posibilidades de la transformación profunda que requiere el país. Al constituirse en el centro de la famosa 4T, AMLO, con demagogia, se niega a la movilización de los cientos de miles de trabajadores y asalariados que desean, necesitan un cambio real, profundo del sistema de producción.

El movimiento de la 4T es reformista, porque a pesar de que sea totalmente sincero, se ha transformado, en los hechos en un instrumento de la burguesía para reducir a la impotencia y la desmovilización a las masas trabajadoras.

Porque la historia de las revoluciones es, por encima de todo, la historia de la irrupción masiva y si es necesaria, violenta, de las masas trabajadoras en la dirección y el gobierno de sus propios destinos, sin necesidad de salvadores, mesías o agentes providenciales.

El miedo a la movilización popular estriba en el hecho de que cuando las masas se movilizan y van a la revolución, no lo hacen con un plan totalmente preconcebido, ni para cambiar de dueño o patrón a través de un sistema político controlado y dirigido, por el contrario, se movilizan con un claro sentimiento de la imposibilidad de seguir soportando la vieja sociedad.

A pesar de todo lo que se ha escrito y la demagogia utilizada, la vieja sociedad subsiste. Está presente en cada parte del sistema, en los millones de pobres, marginados y desempleados. Se expresa en los miles de trabajadores y pobres muertos por la pandemia actual, en los salarios de miseria, en el crecimiento del empleo informal, sin seguridad social y en la opulencia de quienes tiene todo.

Pero la izquierda revolucionaria mexicana e incluso del continente, se muestra incapaz de elaborar una propuesta alternativa. En ocasiones sólo se conforma con ondear la bandera roja y gritar, pero sin contenido, acaso sin programa.

Es indispensable separar la conciencia, el saber, la gnosis de la simple y pura emoción que en muchas ocasiones sólo es el espejo de la inmadurez política. Para que la critica comunista y revolucionaria tenga un sentido político profundo y positivo se debe tener un programa muy definido de movilización popular.

Es indispensable mantener ondeante las banderas rojas y los gritos de rebeldía, pero también es fundamental desarrollar la convicción de avanzar en la unidad, en la construcción y elaboración de un proyecto político, militante y revolucionario que ponga como principal punto del orden del día la transformación profunda de la sociedad.

La actual crisis económica, agudizada por la crisis sanitaria, ha generado situaciones paradójicas. Por un lado, una aparente revitalización de que la empresa privada y el mercado serán los únicos salvadores, los únicos con capacidad de remontar la crisis. Así, pareciera que la burguesía, los monopolios y el capital financiero han recuperado incluso fortalecido su confianza en sí mismos.

El apoyo que la da el gobierno de la supuesta transformación la hace aún más militante, más audaz, obrando incluso en ocasiones esporádicas, en contra del propio gobierno que, paradójicamente, sólo confía en la empresa privada y sus inversiones para remontar la crisis del sistema capitalista.

Y con gran incongruencia en la izquierda revolucionaria priva un sentimiento de frustración, de fracaso, de profunda división, de una crisis de la ideología, de los programas, de los métodos y en general una gran desconfianza entre los revolucionarios, socialistas o comunistas.

Entre la izquierda revolucionaria priva cierta intimidación a la hora de reivindicar a la sociedad comunista como la única alternativa de cambio revolucionario profundo y como única contraposición al capitalismo, mientras que los políticos en general se sienten muy cómodos dentro del sistema, utilizando como sinónimos de fortaleza de éste, términos como democracia, combate a la desigualdad, combate a la corrupción, a la pobreza y la desigualdad.

Un replanteamiento necesario desde la izquierda revolucionaria implicar no olvidar, ni obviar el análisis central del pensamiento marxista contemporáneo: el capitalismo está destinado a ser una fase más, pasajera, por tanto, del largo caminar histórico de la humanidad. Esta es obligación primordial de los revolucionarios para dejarlo bien sentado y con mucha claridad entre la clase obrera y las masas trabajadoras. Lo demás es sofisma y demagogia.

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