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600 millones de esperanzas

Fuentes: Rebelión

Los desastres naturales que azotan este país avanzando en el cambio, han servido para todo; hasta para envilecer los odios de comiteístas y unionistas, quienes llegan a proclamar que Dios es enemigo de Evo y el MAS. De esa laya fue el comentario de uno de éstos cuando, al declararse emergencia en las zonas de […]

Los desastres naturales que azotan este país avanzando en el cambio, han servido para todo; hasta para envilecer los odios de comiteístas y unionistas, quienes llegan a proclamar que Dios es enemigo de Evo y el MAS. De esa laya fue el comentario de uno de éstos cuando, al declararse emergencia en las zonas de desastre, dijo que aquel decreto era mezquino.

Ese señor, ahora, tendrá que tragarse su mezquindad. Hoy, otro decreto, destina 600 millones de dólares para la reconstrucción de las zonas afectadas. Repetimos: no seis ni sesenta, sino seiscientos millones de dólares. Ya no se trata de dar algunas raciones a los damnificados, atender las urgencias médicas, construir unas cuantas viviendas y reparar caminos. Se trata de reconstruir seriamente las regiones dañadas por el fenómeno climático.

La rutina asfixiante

Una vieja canción de los trinitarios originarios dice: Soy pobre chosi trinitariono, / tengo mi santi con su yucal / para que coma tata prefecto / y me fomente la libertá. / Echauájamaca puse a pensá / tenía sembrao para comé / vino tiempo malo, puso a yové / empezó el río a rebalsá. / Tata presidente de la nación / con jerramienta me va ayudá / a reponerme lo que perdí / en esta chope inundación.

Es la expresión más clara de la resignación con que, el habitante de los llanos mojeños, espera cada año la época en que los ríos rebalsan, se pierden la cosecha y muere el ganado, se espera que el gobierno ayude y se cierre el ciclo con una nueva y «chope» inundación.

«Tata» presidente no ayudaba. Al contrario: recibía la contribución de otros países y la entregaba a los ministros, que la enviaban a los prefectos y éstos a los alcaldes, cuyos funcionarios se encargaban de distribuir bolsas pequeñas de alimentos; la mayor parte de la ayuda iba quedando en cada escalón.

El trinitario tuvo que darse cuenta que había de cambiar «tata» por «hermano» presidente, para que la ayuda realmente llegue y no en pequeñas bolsas sino en reconstrucción.

Alcances del programa

La magnitud del desastre ocurrido este año, exigía una respuesta sólida. Si tenemos en cuenta que, la inversión fiscal programada para 2008 se estableció en 1.300 millones de dólares, crear un fondo de 600 millones para hacer frente a esta emergencia, es un considerable esfuerzo que, ahora, puede hacerse con recursos propios.

Se comprarán alimentos para sustituir las pérdidas y evitar la especulación. Están en proceso de organización, siembras mayores para que, en las cosechas siguientes, pueda contarse con reservas. Se restituirá el hato ganadero. Se reconstruirán viviendas y restablecerán caminos. Se crearán defensivos y se hará traslados urbanos a lugares resguardados. En suma: no se pondrá parches, sino que se hará una gran operación que transforme la resignación en esperanza.

Otra visión de país

Así como el campesino pobre y el vecino mísero del Beni, vivían resignados al ciclo perenne de inundaciones y pérdidas, los grandes propietarios prosperaban a costa de las indemnizaciones que recibían por el ganado perdido, que calculaban generosamente en provecho personal.

Ha sido el modo en que la corrupción se beneficiaba del sufrimiento de los más: una miserable ayuda a éstos, aportes significativos a los ganaderos, altos intereses a los bancos encargados de distribuir los fondos y sustanciales recortes que quedaban en manos de los altos y medios funcionarios fiscales. A fin de año se hacían cuentas y el presupuesto de la nación mostraba déficit; en otros términos: el dinero se perdía y el pueblo pagaba los platos rotos.

La señal que se encuentra en el decreto es absolutamente distinta: no habrá indemnizaciones ni ayudas; se reconstruirá. No basta, por supuesto, que se disponga el gasto de un modo determinado. Es necesario que se establezcan formas de control que, con claridad, muestren resultados efectivos y castiguen los intentos de desviar los fondos que se disponen para esta tarea que debe beneficiar al conjunto de la sociedad.

¡Ahora es cuando!, dice la consigna. Debe ser así: es responsabilidad de cada uno de nosotros que ese fondo de reconstrucción se invierta, hasta el último centavo, en los planes a los que está destinado.