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Bolivia y las elecciones de agosto

¿Repliegue o derrota de la izquierda?

Fuentes: Rebelión

1. Lecturas de la coyuntura.

En Bolivia ha aparecido una cantidad considerable de “analistas” para comentar los resultados de las elecciones del pasado 17 de agosto. “Analistas” que tienen en común el acento de su reflexión en identificar una supuesta derrota de la izquierda (izquierda programática) y el “clivaje” del pueblo a la derecha. Unos sostienen que esto se debe a la división del partido, causada sobre todo por Evo Morales y su insistencia innegociable por su postulación permanente, mientras otros sostienen que esto se debe a que esta izquierda no tiene respuestas concretas a la situación de crisis económica de los últimos años. En síntesis, todas las lecturas asumen, luego de la descripción básica de los resultados electorales, el distanciamiento de la población respecto de la izquierda (idea validada por los resultados, sobre todo, del MAS como sigla) y celebran (de modo explícito o implícito) esa situación “analizando” las características del “nuevo ciclo” que al país le tocaría vivir.

Incluso las voces “oficiales” de la “izquierda” (dentro y fuera de Bolivia) tienen como referencia estos parámetros para, desde ahí, hacer la lectura de la situación del país. Acá es donde surge la pregunta a modo de sospecha: ¿y si lo que el país vive no es ese distanciamiento de la izquierda en tanto proyecto?, ¿y si  lo que el país vive es la crítica a la derecha que desde hace años se ha incrustado (parasitado) dentro el mismo gobierno del MAS?, ¿es todavía coherente (intelectualmente honesto) identificar al MAS (luego de la descarada captura de la sigla) como expresión de la izquierda boliviana?  

2. Del análisis de las causas a la descripción de los síntomas.

Un ejercicio, una argucia, argumentativa aparece –desde el grueso de “analistas”- para validar una lectura enredada (malintencionada) que termina legitimando una mirada que quiere hacerse hegemónica; el acento de la reflexión se lo coloca en el escenario inmediato, es decir, en la crisis económica y/o el “autoritarismo” de Evo Morales, los cuales sirven de explicación (causas) de lo que no se quiere profundizar, así la reflexión (centrada en lo urgente) hace innecesaria (irrelevante) la discusión por lo realmente importante. Lo significativo de este ejercicio es que nadie podría negar lo trascendente (urgente) de discutir la crisis económica, tema que se lo engarza hábilmente con la figura de Evo Morales, casi siempre, como otro factor de la misma crisis.  

Acá es donde surge la necesidad de la explicitación de la postura y la exigencia de distinguir los síntomas del síndrome que está detrás, es decir, ¿qué elementos son los que nos permiten comprender (no sólo describir) el trasfondo de la crisis económica?, ¿tenemos en claro la diferencia entre la descripción de la crisis y la comprensión de la misma?, ¿qué tipo de salidas ofrecen el grueso de actores políticos a la situación?, ¿qué continuidades existen entre las salidas identificadas en los partidos de derecha y la “izquierda” electoral? Acá es donde se puede sentenciar de manera categórica que lo que el país vive, desde hace tiempo, es la incrustación, infiltración, de la derecha dentro el gobierno que ahora es sólo nominalmente de “izquierda”.

Esto lleva a la exigencia de un examen interno (examen militante) para reflexionar acerca de las características que el bloque, al interior del gobierno del MAS, ha ido adquiriendo en el tiempo. ¿Qué tipo de políticas se han ido tomando en las últimas gestiones?, ¿qué tipo de reivindicaciones buscan las organizaciones sociales –que más que organizaciones, son dirigencias- dentro el gobierno?, ¿qué intereses concretos están orientando decisiones en la  actual gestión gubernamental? En última instancia: ¿qué cultura política es la que encarnan los actores políticos dentro el gobierno denominado como; “el gobierno de las organizaciones sociales”?

3. La otra traición; la traición en nombre de la «gestión»

Un maestro mayor mencionaba que las macroorganizaciones tienen lo que se denomina  epísteme institucional. Eso quiere decir que existe una racionalidad trascendente y propia del lugar en el que uno se encuentra, esa epísteme es la que se reproduce y la que se hace cultura; es decir, criterio naturalizado respecto del modo de tomar decisiones que, en este caso, orientan la dirección del Estado. Criterios y parámetros que se legitiman desde la estructura y racionalidad de la burocracia que da sentido a la práctica laboral de quienes se encuentran dentro, en tanto burócratas. Se trata de lo que ya, desde su sociología del Estado, otro maestro identificaba como capacidad de pensar al Estado o, desde lo que se constata en la presencia de esa “izquierda” en el gobierno, ser pensado por él. La burocracia (la actitud burocrática) no piensa; la burocracia hace procesos administrativos, es por ello que debe quedar en claro que la lucha política de la izquierda (al menos si se piensa como auténtica) no puede centrarse en la mera ocupación del Estado para hacer “gestión”.

La meta, la meta militante, no puede ser “hacer buena gestión” (el germen de la traición puede ser identificado ahí) porque la lucha real es por la transformación de ese Estado, por su descolonización se dijo en la última Asamblea Constituyente, por la revolución democrática-cultural, se dijo el año 2005, ¿lo olvidamos?, el sinsabor queda en el pueblo que, aunque no lo diga de manera explícita, lo recuerda en las decisiones y las exigencias que tiene presente. Si el problema es colocado en este nivel, entonces la reflexión debe ir un paso más allá del análisis acerca de la ocupación, o no, del gobierno por una u otra facción del partido. La discusión se transforma, en consecuencia, en la reflexión en torno de para qué tomamos o no las riendas de ese gobierno, del Estado en sentido estricto.

Un sentimiento presente en la población es el de su decepción y desencantamiento respecto de la conducción hecha hasta ahora. Se debe entender que ese sentimiento que no puede ocurrir si no existe expectativa real acerca de algo o alguien, nadie se decepciona o desencanta de algo de lo que no espera nada. Veinte años después del primer gobierno del MAS no se puede decir que se haya perdido, desde la población, esa disposición social al cambio, la población todavía se encuentra en sintonía de un proyecto que busca hacerse realidad, eso se lo dice desde la constatación de los resultados vividos, lo que los resultados de las elecciones dice -a modo de grito- es que el pueblo quiere escuchar, el pueblo está esperando escuchar al proyecto. Proyecto que, se hace evidente, no encuentra sujetos que encarnen esa voluntad que, al no materializarse, se evapora. Que, en última instancia, no termina por hacerse realidad.

Mientras los funcionarios hablan de gestión y se centran (se defienden) desde ahí, desde la burocracia, la población espera algo más que eso. El pueblo espera respuestas que vayan más allá de decir cosas como; “esa no es mi competencia”. Una práctica burocratizada con un discurso de “izquierda” es el que está presente hoy dentro esa “izquierda”. En este escenario; ¿tenía o tiene –una “izquierda que dejó de serlo hace mucho- opciones electorales reales? Obviamente que no, de ahí que los resultados numéricos de la jornada electiva no hacen otra cosa que mostrar el repudio del grueso de la población. Repudio al asalto a la sigla y la proscripción a la candidatura más fuerte del instrumento político.     

4. Un asalto y sus matices

El asalto al partido –en el caso de Bolivia- no puede significar, si quiere mantener legitimidad, un cambio en el uso del lenguaje, es decir, el asalto no tiene características similares a lo sucedido en Ecuador (con Moreno) o Perú (con Boluarte). En esos lugares se vivió un “correctivo” respecto de los fundamentos ideológicos mismos del bloque que tomó el gobierno, cosa que es posible de hacer cuando los partidos en el gobierno no son, estrictamente hablando, partidos, es decir, organizaciones políticas que están programática e ideológicamente alineadas, sino alianzas pragmáticas o partidos mínimos vaciados de contenido. En el caso del MAS en Bolivia se hace necesario que se cuiden las formas. Las características de su composición impiden romper, al menos discursivamente, la línea ideológica, línea que se la rompe en otro nivel, el nivel de la concreción específica de políticas y, sobre todo, en la cultura administrativa que orienta la gestión de gobierno. Las consecuencias terminan siendo las mismas, traición al proyecto político, las formas adquieren particularidades.

Es dentro este marco que se hace necesario reflexionar acerca de la postura que el bloque popular debe asumir en Bolivia. Asumiendo consciencia de la toma del partido, asumiendo un gobierno derechizado, asumiendo la presencia de liderazgos que luchan por la mera “renovación”, en tanto nombres, es decir, sin contenido ideológico y programático claro, entonces lo que queda es la construcción estratégica. El triunfo muy parcial de Rodrigo Paz y Lara (con sólo el 25% de los votos emitidos) junto a la presencia muy relevante e inédita del voto nulo y blanco (que multiplicó por cuatro su promedio histórico) en Bolivia parecen dejaros mensajes muy claros que deben ser leídos con atención.

Se hace urgente, para el bloque popular, en Bolivia retomar la dimensión programática e ideológica como centro de la discusión política. La disposición al cambio mostrada por la población merece acompañarse con la construcción de un programa que responda a las necesidades reales del país y no a los intereses particulares de sectores reducidos, pero eficaces (minorías eficaces). En este escenario se hace urgente reorganizarse, se hace urgente deliberar, construir, se hace urgente escuchar y estar a la altura de las necesidades del presente. El escenario puede hacer pertinente no estar en el gobierno. Si el bloque popular (la izquierda programática) no participó en las elecciones, entonces no se puede decir que ella haya perdido. A la izquierda programática se la proscribió, pero no se la anuló del escenario político. Ella está (debe estar) en la construcción programática y la construcción programática es la que debe propiciar la capacidad de movilización efectiva del pueblo.  

La izquierda programática debe consolidar al bloque popular, el bloque que identifique los intereses del pueblo. Este paso es el más importante, pues es el paso que implica la posibilidad de encarnación real del proyecto. Se trata del punto en el cual se identifica sujetos con el proyecto hecho persona. La movilización política debe permitir identificar a quienes van logrando este cometido. De ahí que no suene inadecuado pensar en movilizarse, movilizarse desde el repliegue, lo cual, antes que derrota, debería ser movimiento estratégico.  

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.