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Sobre el último discurso de Rodrigo Paz sobre el DS 5503

¿Sanar ajustando? Cuando la moral reemplaza a la política

Fuentes: Rebelión

En las últimas semanas, el discurso de Rodrigo Paz ha insistido en una tríada aparentemente inofensiva: sanar, ordenar la casa y actuar con responsabilidad. A primera vista, el lenguaje parece sensato, incluso deseable. ¿Quién podría oponerse a la sanación de un país en crisis, al orden o a la responsabilidad? Sin embargo, en política las palabras nunca son inocentes. Y en economía, mucho menos.

Lo que está en juego no es solo un estilo discursivo, sino una forma específica de legitimar decisiones económicas regresivas mediante una narrativa moral que desplaza el conflicto social y despolitiza el debate público.

I.  La economía como revelación

Cuando se habla de sinceramiento, se sugiere que el país ha vivido engañado, que alguien ocultó la verdad y que ahora, por fin, se nos dice lo que “realmente pasa”. Pero esa supuesta verdad no es neutral: suele traducirse en alzas de combustibles, eliminación de subsidios y reducción del Estado social. El ajuste deja de ser una opción política —discutible, resistible— y se convierte en una revelación incómoda pero necesaria.

Así, quien cuestiona el ajuste ya no discute un modelo económico: simplemente “no quiere ver la realidad”.

II. Sanación sin pueblo

Más inquietante aún es el uso del lenguaje terapéutico y religioso. Hablar de sanación implica que la sociedad está enferma, física y espiritualmente. Pero la enfermedad no sería la desigualdad, la dependencia económica o la precarización laboral, sino el “despilfarro” estatal, el pasado “nacional-popular”. El mercado moral aparece entonces como el médico y el sacrificio social como parte inevitable del tratamiento.

El problema es evidente: el dolor deja de ser injusticia y pasa a ser terapia. El aumento del costo de vida ya no es consecuencia de una decisión política, sino un efecto secundario inevitable del proceso de curación.

II.  “Ordenar la casa”: la metáfora que infantiliza

Decir que hay que ordenar la casa es quizás la metáfora más eficaz —y más peligrosa—. convierte al país en un hogar, al gobernante en un padre “responsable” y a la ciudadanía en una familia que gastó mal. En ese marco, protestar es sinónimo de desorden, reclamar derechos es inmadurez y cuestionar el rumbo económico es irresponsabilidad, por ello el Estado desde el poder, tiene como tarea fomentar la responsabilidad.

La metáfora doméstica e infantiliza a la sociedad (los trata como hijos) y oculta que lo que se presenta como orden es, en realidad, una redistribución regresiva del costo de la crisis.

IV. Responsabilidad: cuando la culpa cambia de lugar

La apelación constante a la responsabilidad completa el cuadro. No se habla de la responsabilidad del capitalismo como sistema, ni de las élites económicas, del capital financiero ni de la estructura productiva. La responsabilidad recae sobre el pueblo, que debe ajustarse, soportar y comprender. Vivimos, según este relato, “por encima de nuestras posibilidades”.

Así, la política económica se convierte en pedagogía moral: no se gobierna para redistribuir, sino para disciplinar.

V. Un neoliberalismo con lenguaje “limpio”

Nada de esto es nuevo, es el neoliberalismo de siempre, pero purificado: en los hechos ya no se promete prosperidad, sino virtud; no ofrece bienestar, sino redención; no discute intereses, sino valores.

El riesgo es claro: cuando la economía se moraliza, la democracia se empobrece. El disenso deja de ser legítimo y el conflicto social se transforma en pecado.

Sanar un país no debería significar acostumbrarlo al dolor. Ordenar no debería ser sinónimo de callar. Y la responsabilidad política no puede reducirse a pedir sacrificios siempre a los mismos.

En este sentido, más que un proyecto económico alternativo, el discurso de Paz configura una hegemonía moral sin pueblo, donde el mercado gobierna, la sociedad se sacrifica y la política se reduce a pedagogía del ajuste.

Es fundamental comprender que conceptos como sinceramiento, sanación, ordenar la casa y responsabilidad no son neutrales ni técnicos: son herramientas orientadas a construir hegemonía.

La hegemonía, como señalaba Gramsci, se sostiene cuando los subalternos interiorizan la lógica del poder y aceptan su propio sufrimiento como algo natural o inevitable. Es decir, no lo cuestionan ni lo combaten; lo asumen como necesario para el “bien común” o para la “patria”, tal como lo enuncian las élites.

Por el contrario, cuando los subalternos reflexionan sobre su posición de clase, pueden identificar los intereses estructurales que los afectan y participar activamente en la correlación de fuerzas, disputándose con la clase dominante el sentido común impuesto o por imponerse.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.