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Liborio Justo, perfil de un indomable

Fuentes: Huella del Sur

El 6 de febrero se cumplió el 124º aniversario del nacimiento de quien fuera un intelectual militante de la revolución y un estudioso de la historia argentina y latinoamericana.

Dirigente de agrupaciones encuadradas en la izquierda radical desde los últimos años de la década de 1930 y los primeros años de la de 1940; narrador de relatos realistas, historiador con varias obras sobre Argentina y América Latina, fotógrafo tan amateur como eximio. Viajero inveterado por latitudes disímiles y a veces insólitas, estudioso de la geografía y la fauna de regiones alejadas, habitante solitario por largos años de unas islas entrerrianas.

Esos rasgos parecerían englobar varias biografías. Sin embargo todos convergen en una sola persona: Liborio Justo. Vivió entre los años 1902 y 2003, dueño así de una vida centenaria que abarcó todo el siglo pasado y le permitió asistir al comienzo del actual. Fue un personaje múltiple, proteico.

Ello incluyó el uso de seudónimos. Solía firmar sus producciones narrativas como “Lobodón Garra”. La mayoría de sus intervenciones políticas aparecían con el apelativo “Quebracho”, que en ocasiones utilizaba también para firmar su producción de temática histórica. De modo ocasional firmó como Bernal, apellido de una rama de sus antepasados.

Del comunismo al trotskismo.

Su temprana autobiografía, escrita antes de los 40 años, titulada con ironía Prontuario lo muestra ante todo como una personalidad celosa de su independencia. Era un intelectual autodidacta (pasó sólo brevemente y sin graduarse por la universidad), con intereses muy vastos. En lo ideológico se acerca primero al ideario democrático de la Reforma Universitaria, para definirse luego hacia la izquierda radical.

Mientras reside en Nueva York, en los primeros años de la década de 1930, milita vendiendo el Daily Worker, periódico del Partido Comunista de EE.UU. Un modo de culminar su giro de 180 grados respecto al tipo de ideas y acciones que podrían esperarse a partir de su pertenencia de clase original, ligada a apellidos patricios y a vastas fortunas.

A la hora de dar una explicación a ese giro, menciona tres factores que a su juicio signan su itinerario: “…a) la opresión social provocada por el orden existente que me impedía lograr la plenitud del desarrollo de mi personalidad, b) la opresión circunstancial derivada del encumbramiento político de un familiar… y c) la opresión nacional que resulta de la acción del imperialismo sobre la sociedad a que pertenezco”.

Con respecto al segundo factor mencionado, se refiere a que era el hijo del presidente argentino entre 1932 y 1938, elegido mediante la proscripción y el fraude. El general Agustín P. Justo.

Liborio ofreció una respuesta a esa circunstancia, en su provocativo estilo. Fue el famoso grito ¡Abajo el imperialismo norteamericano! que profirió en 1936. En presencia del mandatario estadounidense, Franklin D. Roosevelt, y de su padre, el entonces presidente argentino, ambos reunidos en el recinto del Congreso Nacional, en Buenos Aires.

Sus cuentos sobre la Patagonia, publicados exitosamente bajo el título La tierra maldita –cuya primera edición fue de 1933, y que podrían ubicarse en un realismo social característico de la izquierda– ya le habían dado para entonces cierta notoriedad literaria, y preanunciaban su definición ideológica.

Al tiempo de regresar de EE.UU. se vinculó con el Partido Comunista de Argentina, para romper poco después con esa organización. Quiebre que volcó en una carta abierta publicada en la revista de izquierda Claridad. Condenaba en ella el viraje comunista hacia la política de frentes populares, efectuado durante 1935. Y en la misma misiva pública se declaraba trotskista.

A su ruptura con el PC hace mención en Prontuario, fundándola en el rol jugado por el comunismo en torno a la revolución española: “Fue allí donde el papel nefasto del llamado partido ‘comunista’ aplastando la revolución popular junto con el ‘socialismo’ amarillo y apuntalando con todo su aparato policial el carcomido régimen burgués de la República, se hizo tan evidente, que juzgué imposible, en ninguna forma, seguir como cómplice de actitud de tal naturaleza…”

Luego continúa: “… ese partido, para mayor escarnio nuestro, está dirigido por un individuo lleno de grasa en el cuerpo y en el cerebro, y sin otra condición destacable que la flexibilidad de su columna vertebral frente a la burocracia del Kremlin: el súbdito italiano Vittorio Codovilla (…) Si todavía hay algún tonto que lo siga, la altura del maestro está indicando a las claras la altura de los discípulos”.

El último pasaje constituye un cumplido ejemplo del furibundo estilo polémico que Justo cultivó durante toda su vida. Sin detenerse ante estigmatizaciones personales o burlas de trazo grueso. Fue un hombre de pelea, en una línea muy frecuentada por la izquierda en nuestro país.

Militancia trotskista.

Al poco tiempo hará efectiva su incorporación a las corrientes afines a la cuarta internacional. Si bien estas tendencias existían desde hacía unos años en el país, todavía estaban reducidas a pequeños grupos, sin influencia real en el movimiento obrero ni cohesión entre ellas.

En 1938 se suma a la Liga Comunista Internacionalista (LCI), un grupo trotskista que promueven Antonio Gallo, David Siburu y Aquiles Garmendia y que edita la revista Nuevo Curso.

Por la misma época lanzó el periódico España Obrera, destinado sobre todo al cuestionamiento de la política comunista en la guerra civil española.

Él intenta jugar como un elemento dinamizador, apoyado en que era alguien con recursos intelectuales, e incluso sociales y materiales, aptos para cumplir un cierto rol de liderazgo. O al menos para instaurar una discusión más rica y más ligada a la acción que la existente hasta entonces.

A poco de comenzar su actividad, y vivir los choques entre personalidades y pequeños grupos, sale de la LCI. Lanzó una fuerte crítica al accionar trotskista de toda la década anterior. Lo hizo en un folleto titulado “Cómo salir del pantano”.

Su énfasis teórico particular estaba puesto en el carácter semicolonial de Argentina: “… ha sido, durante largos años, una especie de apéndice económico de Inglaterra (…) Esta situación deformó por completo el desarrollo armónico de las fuerzas productivas del país, paralizando su evolución industrial y la consiguiente creación de un mercado interno, al mismo tiempo que permitiendo a la oligarquía ganadera argentina (en connivencia con la burguesía comercial porteña) consolidar su dominio (…).

Esa posición lo llevó a debatir con los trotskistas que postulaban que Argentina poseía un mayor grado de desarrollo y era, por tanto, susceptible de que allí se desarrollara un proceso revolucionario de carácter definidamente socialista. A ellos les atribuía no atender al problema de la liberación nacional que “Quebracho” sí planteaba.

Se entabló de ese modo un debate destinado a tener una duración muy prolongada. Y que dio lugar a una profusa producción teórica e histórica dentro del trotskismo en particular y en el campo de la izquierda en general.

La organización creada por Liborio, el Grupo Obrero Revolucionario (GOR), se dispersó al poco tiempo de su creación, quedando reducido a pequeños grupos aislados.

El autor de Prontuario logró reconstruir un núcleo de militancia que pasó a denominarse Liga Obrera Revolucionaria (LOR). Polemizaba con otra corriente, llamada Liga Obrera Socialista (LOS), que tenía a Antonio Gallo como figura destacada. El grupo de Justo sostenía la necesidad del abordaje de tareas democráticas, antiimperialistas y de transformación agraria. Insoslayables y anteriores al desenvolvimiento de una revolución socialista.

También reivindicaba la composición social de la LOR, con predominio obrero, frente al grupo “pequeño burgués” que lo enfrentaba.

Se afirma en las historias del trotskismo que el aporte fundamental de Liborio a esa corriente fue haberle dado importancia a la cuestión nacional, frente a otras elaboraciones menos afincadas en una visión abarcadora de las especificidades de nuestra sociedad.

Cuando los otros grupos trotskistas se unifican en el Partido Obrero de la Revolución Socialista (PORS), en 1941, Liborio respondió acusando al representante de la Cuarta Internacional, que había sido mentor de esa unificación, de “agente imperialista”. Y, poco después, en 1942, planteó ya su ruptura con esa Internacional.

Bajo esas circunstancias la LOR se dispersa y “Quebracho” se queda prácticamente solo. Escribió tiempo después el libro Trotski y Wall Street, en el que tildaba al propio revolucionario ruso de haber capitulado frente al gobierno burgués mexicano de Lázaro Cárdenas. Incluso lo acusó de haberse puesto al servicio del imperialismo.

Persistirá en el sustento de esa peculiar postura hasta el final de sus días, como lo atestigua una declaración de 1994: “León Trotski, detrás del palabrerío revolucionario que lo acompañó siempre, se alió al gobierno burgués de Lázaro Cárdenas, atado al imperialismo yanqui, hizo expulsar a sus partidarios revolucionarios declarándose demócrata, buscando salvar su vida o luchar mejor con su rival Stalin, y hasta se transformó en informante del gobierno de EE.UU.”

Mas allá de su opinión sobre la obra del fundador del ejército rojo, ésta siguió siendo una de sus fuentes de inspiración. En su libro Estrategia revolucionaria, de 1957, hará un balance de esa época temprana del trotskismo argentino, criticándole “…un criterio erróneo y metafísico que trató de trasplantar al medio semicolonial de América Latina las consignas aplicables a los países europeos (…) Ignoraron la unidad de América Latina así como negaron la necesidad de su liberación nacional…”.

Fiel a su estilo vitriólico lapida a sus contendientes de la época, lanzándoles, entre otros epítetos, el de “microcéfalos” al servicio del imperialismo yanqui en México.

Algunos apuntes sobre la obra de Justo.

A partir de la disolución de la LOR en 1943, Justo ya no será un militante encuadrado en ninguna agrupación de izquierda. Su obsesión por la independencia de criterio y su propensión por las posturas rupturistas hallarán mayor comodidad en el aislamiento.

Sí mantendrá inalterables sus ideas fundamentales, expresadas a través de su nada desdeñable producción escrita, ceñida en buena parte a la temática histórica y política. A lo que se agregaron algunas incursiones en la ficción, y otras en la crítica literaria. Sin descartar acercamientos a estudios geográficos y de ciencias naturales.

Más allá de su alejamiento del trotskismo, seguirá definiéndose marxista-leninista. Y ratificó siempre la centralidad de la problemática de “liberación nacional”. Sus posiciones no dejaron el campo de la izquierda radical.

El latinoamericanismo fue una característica permanente en su obra. Asociada a una potente crítica al imperialismo. Desde allí supo ver en su momento el giro desde la preeminencia del capital británico al período signado por el predominio no sólo económico sino político-militar de Estados Unidos.

Dedicó también parte de su obra a la prédica de la integración latinoamericana. Y en particular un libro completo a las posibilidades de desarrollo conjunto argentino-brasileño: Argentina y Brasil en la integración continental. Fue una obra tardía, cuando ya se discutía el Mercosur.

En 1956, Milcíades Peña lo invitó a formar parte de la revista Estrategia, un intento unificador de la intelectualidad de izquierda. Tras una aceptación inicial, Justo se retracta y rechaza el ofrecimiento. Al fundamentarlo escribió textualmente “prefiero quedarme solo”. Lo que pasará a ser una decisión definitiva.

Seguirá siendo un atento observador y estudioso de la realidad nacional, continental y mundial, sin formar parte de ninguna organización política ni dar lugar a discípulos o escuelas inspiradas por él.

En otro orden está su obra narrativa, en la que refleja sus propias experiencias de vida, de viajero y explorador. La ya mencionada La tierra maldita, original de 1933 es producto de sus viajes por la Patagonia austral, con la pintura de actividades como la caza de ballenas y focas. Y las vidas de vagabundeo y marginalidad que transcurrían los pocos que transitaban por esa región casi deshabitada y con un clima más que inhóspito.

Su posterior experiencia de poblador de las islas del Ibicuy durante un largo tiempo dio como resultado Río Abajo, otra serie de relatos. Su estancia en esas islas entrerrianas, tal vez haya tenido que ver con el abandono de la militancia política activa, Quizás obró a modo de contrapeso, en parajes aislados y poco poblados, del tiempo pasado en el febril mundillo de las agrupaciones trotskistas. Se ha escrito que, con esos cuentos, Liborio incorpora el fascinante delta entrerriano a la literatura nacional.

“Quebracho” ha pasado así de los fuertes debates y los folletos críticos del orden de cosas existente y de las corrientes revolucionarias rivales a un período signado por la soledad y la reflexión. Fueron doce años no casualmente contemporáneos al surgimiento y consolidación del peronismo. Una situación política difícil para quienes no cultivaban el peronismo pero tampoco profesaban el antiperonismo clásico, como era el caso de Justo.

Al volcar esa experiencia en la escritura, se reafirmó su tendencia realista, hasta despiadada, a la hora de pintar al ser humano en conflicto con la naturaleza y sumido en la soledad.

El abandono de la militancia organizada no implicó que “Quebracho” dejara de intervenir políticamente a través de sus escritos, sobre todo en las décadas de 1950 y 1960, desde su ya citada Estrategia revolucionaria, hasta su enfoque crítico a propósito de las guerrillas en Bolivia, desplegado en el folleto “Las guerrillas en Bolivia. ¿Cuál es el camino para la revolución en América Latina?”. Asimismo produjo escritos acerca de experiencias como la Unidad Popular chilena o la llamada Revolución Peruana.

Una obra destacable en esa línea es su libro dedicado a la revolución boliviana de 1952: Bolivia, la revolución derrotada (Raíz, proceso y autopsia de la primera revolución proletaria de la América Latina).

Este trabajo aparece entroncado en el internacionalismo ligado a la visión de “revolución continental”. Y a un entusiasmo reflexivo y a la vez muy intenso frente a la gran movilización de masas trabajadoras e indígenas. A lo que se agrega el extraordinario hecho del ejército boliviano derrotado por los mineros y otros sectores obreros.

En su capítulo final no se ocupa tanto de la “traición” de los dirigentes “burgueses” como de las falencias de los revolucionarios a la hora de comprender la situación y tomar el proceso revolucionario efectivamente en sus manos.

La publicación de este último trabajo ocurrió en 1967. Por la misma época de la guerrilla del Che. Tiene que ver con el propósito de presentar como contracara del llamado “foquismo” a una revolución proletaria. Con una situación en su momento de “doble poder” que la dirigencia revolucionaria habría malogrado.

De la misma época es el ya mencionado folleto sobre la guerrilla boliviana, en el que defiende la tesis de la “excepcionalidad” del proceso revolucionario cubano. El que en su visión había triunfado a raíz de ser la primera experiencia de ese tipo. Por lo que era irrepetible en otros países de América Latina. Venía así a situarse cerca de las posiciones al respecto del Partido Comunista de la Argentina. Claro que ello no implicó una convergencia política de ningún tipo.

Además señala lo que considera un error específico en el intento en el país del altiplano. Allí existía un campesinado que ya había vivido un proceso de reforma agraria tras la revolución de 1952. Y un movimiento obrero minero que no había recibido apoyo en sus luchas de los años inmediatos anteriores. Las diferencias con el caso cuban eran para él evidentes.

Historia argentina.

En torno a la década de 1960 comenzó a cultivar la escritura en torno a la historia nacional. A la que percibía como estrechamente entrelazada con su historia familiar.

Realizó incluso un intento de historia argentina integral, en cinco tomos y un apéndice, Nuestra Patria Vasalla, cuya secuencia de publicación abarcó cerca de un cuarto de siglo.

Desde el tatarabuelo que luchó en las invasiones inglesas, hasta la india pampa que participó de su crianza, parece considerarse a sí mismo un paradigma de identificación prolongada con estas tierras.

Antes de comenzar Nuestra Patria Vasalla, Liborio escribe: “En los años 1806 y 1807, Pedro Padroza, español, tatarabuelo del autor de este libro luchó contra los invasores ingleses (…) “Cuatro años más tarde, James Harris, inglés, también tatarabuelo del autor, integró la tripulación de la escuadra de Buenos Aires que, al mando de Guillermo Brown, emprendió la lucha contra los españoles de Montevideo…”.

Menciona también que Liborio Bernal, su abuelo, luchó contra las montoneras de Chacho Peñaloza, intervino en la guerra del Paraguay y fue comandante del fuerte de Carmen de Patagones. El itinerario de ese antecesor se completó con el cargo de gobernador militar de Río Negro, y en 1893 con el nombramiento como interventor federal en la provincia de Santa Fe. Donde participó en la represión al alzamiento de inspiración radicl de ese mismo año.

Sus antepasados de apellido Justo también tuvieron destacada actuación pública. Uno de ellos fue gobernador de Corrientes, y su padre, el general, primero llegó a ministro de Guerra y luego a presidente de la Nación, como ya consignamos.

Liborio escribe: “La historia de la República Argentina es, pues, en cierto modo, para el autor de este libro (…) la historia de su familia y, en ese sentido, considera tener derecho de hablar sobre ella y decir al respecto todo lo que tiene que decir”.

Aquí parece resonar cierto tono aristocratizante. Escribe la historia del país, entre otros motivos, porque ésta se confunde con la de su familia.

Apunta allí a exponer la trayectoria nacional desde su punto de vista antiimperialista y de necesidad de liberación nacional, algo que explicita desde el título y subtítulo de la obra: Nuestra Patria Vasalla. Historia del coloniaje argentino.

El conjunto está presidido por la idea de que Argentina nunca ha alcanzado a ser una nación, que el sentimiento nacional quedó diluido detrás de un cosmopolitismo hijo del sometimiento a las metrópolis del gran capital.

Su trabajo está atravesado, a nuestro juicio, por la tensión irresuelta entre el afán de producir un relato general sobre la historia nacional, y el de aplicar su modalidad interpretativa al origen y desarrollo de la sociedad argentina.

Tiene apuntes interesantes, en particular en lo relacionado con el vínculo de Argentina y sus clases dominantes con los poderes trasnacionales.

Es otro de sus trabajos historiográficos, Pampas y lanzas, el que marca el punto más alto en este campo. En particular por la radical y fundamentada defensa que hace de los indígenas. Valora su lucha contra los terratenientes y el Estado nacional argentino. Y presenta la guerra en la frontera como una gesta de vastos alcances.

Logra ser convincente a la hora de la valoración de lo que desde la “civilización” se visualizaba como “la guerra al malón”. La pinta como una epopeya en defensa de una identidad, un modo de vida y un territorio:

“Fue una guerra extraordinaria, sin tregua ni perdón, salpicada de hechos heroicos y portentosos, algunos de los cuales oscurecen a los más grandes ocurridos en toda la historia del país: el indio defendiendo su suelo, sus propiedades, sus familias, sus costumbres, su libertad; el cristiano, valido de todos sus recursos y de su mayor número, pugnando por arrebatarle las tierras y los animales y tratando de reducirlo a la esclavitud.”

“Quebracho” considera la herencia indígena como un componente olvidado pero insustituible de lo nacional, por eso su pregunta retórica: “¿Quién se acuerda del indio de la Pampa al reivindicar lo nacional?”. Justo propone la entronización del indio en lugar del gaucho como figura fundante y simbólica de la identidad nacional, en tanto que representante de una verdadera guerra contra la oligarquía dominante.

La exaltación del componente indígena se contrapone a la apreciación poco benévola que hace de la figura social del gaucho. En su mirada el gaucho equivale al “lumpenproletario”, sometido por su miseria y sin espíritu de rebeldía: “… el gaucho no solamente se sometió a los patrones estancieros y a los comandantes militares, sino que éstos, manejándolo como esclavo, lo amaestraron para hacerlo servir de perro de presa en las guerras contra el indio araucano de la Pampa, indomable e irreductible.”

A ello agrega la impugnación de su imagen (una vez extinguido como tal, podría agregarse), como figura emblemática de los valores y tradiciones argentinas. Operación de las clases dominantes que tiene como una pieza fundamental la consagración de Martín Fierro, como gran libro nacional.

Justo lo señala en tono crítico y evoca el papel jugado por Leopoldo Lugones en esa instauración, cuando ante lo más granado del establishment proclamó al poema de José Hernández como “nuestro poema máximo y la fuente más pura de nuestra tradición”.

“Lobodón Garra” incursionó también en la historia literaria, en la que se dedicó a opinar a propósito de los escritores argentinos, como en Literatura argentina y expresión americana. Lanzó juicios lapidarios sobre variados “próceres” de las letras nacionales. Hizo así gala una vez más de un estilo controversial, ajeno por principio a cualquier “diplomacia” o respeto de reglas preestablecidas para la discusión.

Valga como ejemplo un juicio en el que asocia a Lugones y Jorge Luis Borges: “… podemos afirmar que si Leopoldo Lugones fue el poeta del Shorthorn y del chilled beef (carne vacuna de alta calidad exportada a Gran Bretaña), en la época del predominio de la oligarquía, hoy Borges, con la decadencia de ésta, y la preponderancia del imperialismo, lo es del Fondo Monetario Internacional”.

Su mirada es más benévola, sin dejar de ser crítica, en 1900-2000. Cien años de Letras Argentinas. Enfoque polémico sobre nuestra expresión. Allí se ocupa del grupo Boedo y de Roberto Arlt, valorándolos como parte de un esfuerzo literario procedente de las clases subalternas. Y vinculado a un ideal de revolución social.

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La actuación pública y la escritura de Justo reconocen una coherencia indudable. Siempre se orientó al combate contra los poderes fácticos en sus variadas expresiones, oponiéndoles de modo invariable sus posiciones revolucionarias, articuladas, en un antiimperialismo latinoamericanista, en clave de liberación nacional.

Según quienes lo trataron, pasó sus últimos años abocado al análisis de la evolución del Mercosur, los movmientos piqueteros, las consecuencias del atentado a las Torres Gemelas.

El mismo espíritu impregna todas sus páginas. A su servicio desarrolló su vena corrosiva, que no perdonó a ninguna expresión del poder, desde los gobernantes hasta los representantes de la cultura oficial. Con lugar destacado para los monopolios y las grandes empresas, en particular los extranjeros.

Su soledad fue sin duda expresiva de su carácter y sus peculiaridades personales. Las que hay que justipreciar en el contexto de las deficiencias de articulación de una izquierda argentina aquejada de debilidad y dispersión nunca revertidas.

Sus escritos lo han sobrevivido. Varias de sus obras han sido reeditadas en años recientes. También se han generado compilaciones de artículos dispersos, como Los Estados Socialistas de América Latina, reunida unos años después de su muerte.

La izquierda argentina puede hallar en él una referencia de radicalidad insobornable. “No transar” podría ser el lema de esta figura multifacética y cautivante.

Este artículo es producto de la revisión del que con el mismo título apareció en el portal Tramas. Periodismo en Movimiento el 19 de mayo de 2024.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.