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Despidos masivos en la industria automotriz: caso de General Motors

Fuentes: Rebelión

«Desde el jueves se escuchaban rumores: “van a correr gente”. Yo temía. Todos teníamos miedo, nos sentíamos en la cuerda floja. Andábamos con dolor de cabeza, de oídos, de estómago, hasta con diarrea. Sabías que te podían correr».

Así se expresó Berenice sobre el reciente despido de 1,900 trabajadores de General Motors (GM) en la planta de Ramos Arizpe, Coahuila, el pasado 16 de enero del presente año. El testimonio que aquí se presenta reúne experiencias compartidas por distintas trabajadoras de la planta que solicitaron el anonimato para evitar represalias. Ese día, la tensión en la empresa era casi palpable: un silencio incómodo e inusual se extendía por todas las áreas. Nada funcionaba con normalidad. A las diez de la mañana, las y los trabajadores se fueron a desayunar; al regreso, los supervisores comenzaron a llamarlos uno por uno. Así comenzó el despido. Berenice no fue llamada, pero no pudo sentirse feliz al respecto, pues su madre y sus amigos habían sido despedidos.

El impacto económico, social y emocional en la clase trabajadora y en la región es evidente. El tema se sigue comentando en las calles, tiendas y colonias de Ramos Arizpe e incluso en toda la zona metropolitana de Saltillo, pues no solo ha sido GM, sino que se produjo un efecto dominó: empresas proveedoras como Martinrea, Utility, Rassini y Lear también se han visto obligadas a despedir personal. ¿Qué hay detrás de estos despidos? ¿Qué significan para quienes solo viven de su salario? ¿Qué pueden hacer al respecto? Estas son algunas de las preguntas que intentaremos responder en este escrito.

Una reconfiguración global

El despido masivo ocurrido en GM forma parte de una reconfiguración productiva a escala internacional. En los últimos meses se han registrado cierres y ajustes en múltiples empresas automotrices y maquiladoras. Tan solo en Coahuila se prevé la pérdida de 9 mil empleos en el sector automotriz. En Morelos, Nissan anunció el año pasado la eliminación de 2 mil 400 puestos de trabajo y el cierre de su planta en el presente año. Volkswagen en Puebla despidió a 200 trabajadores en el primer trimestre de 2025. En Ciudad Juárez, el pasado 26 de enero, la empresa de autopartes First Brand Group, cerró e impactó a quince maquiladoras afectando a cerca de diez mil trabajadores, entre otros casos.

Las empresas buscan mantener e incrementar sus márgenes de ganancias en un contexto de cambios en la política económica de los Estados Unidos: eliminación de estímulos fiscales a vehículos eléctricos, imposición de aranceles y una creciente competencia internacional, particularmente con los fabricantes chinos, que producen vehículos más baratos y con mejor desarrollo tecnológico.

La respuesta de las armadoras ha sido trasladar plantas, bajar la producción y despedir a los trabajadores. Los sindicatos por su parte han optado por guardar silencio.

Además, la industria automotriz es uno de los sectores más dinámicos de la economía mexicana. En 2024 alcanzó un récord histórico en producción y exportación de vehículos ligeros. En 2025 contribuyó con 4.5% al Producto Interno Bruto (PIB) y representó alrededor del 30% del total de la producción manufacturera nacional, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Sin embargo, hacia el cierre del año comenzaron a observarse señales de desaceleración: en diciembre las exportaciones registraron una contracción del 14.5%, de acuerdo con la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA).

En este contexto, Coahuila ocupa un lugar estratégico. El estado produce cerca del 20% de la producción nacional de vehículos y lidera la producción de autopartes, por lo cual los ajustes en las empresas automotrices y maquiladoras se convierten en un golpe directo en la economía regional y trastocan de manera importante la vida de miles de familias que dependen de esta industria.

La vida laboral antes del despido

Berenice es madre soltera de tres hijos. Ha trabajado en GM durante varios años. Ingresó como secuenciadora, organizaba y preparaba las piezas en el orden exacto en que se las solicitaban para la línea de ensamble. Su salario base era de 410 pesos diarios. Sin embargo, ese ingreso no era suficiente para cubrir las necesidades básicas de su familia, por lo que, cuando le es posible, hace horas extras. “A veces se me junta todo, recibo de la luz, del gas, material para las clases, el pago del transporte, las enfermedades, entre otras cosas. No me alcanza”, cuenta.

La aparente “estabilidad” de un empleo formal en una empresa multinacional contrasta con la realidad cotidiana marcada por la precariedad a la que someten a la clase trabajadora. GM maneja un sistema de nueve categorías salariales —que van desde poco más de 400 pesos a cerca de 1000—, pero en la práctica muchas trabajadoras realizan funciones de categorías superiores sin recibir el salario correspondiente.

En el caso de Berenice, ella realiza actividades que equivalen a una categoría más alta, pero su salario no corresponde con su desempeño. En cambio, compañeros varones que realizan las mismas actividades perciben ingresos mayores. Esto revela la desigualdad salarial que es parte de una dinámica estructural: las mujeres asumen la misma carga que los hombres, pero con menor reconocimiento salarial.

Esta situación es más evidente en áreas percibidas como “varoniles”, como es la operación de montacargas. Josefina, una trabajadora que fue despedida en el ajuste reciente, realizaba esta labor.  Operar montacargas implica levantar, transportar y acomodar contenedores, tarimas y autopartes. Es una labor de alto riesgo, el peso de las cargas y el movimiento constante pueden convertir un error en una tragedia.

Josefina lo expresó así: “manejar es un riesgo; es pesado y peligroso. La primera vez que lo hice, la sangre me bajó hasta los tobillos porque sentí que el montacarga se inclinó mucho hacia adelante”.

Este puesto es clave ya que trabajan en esquemas de producción justo a tiempo, donde cualquier retraso puede detener la línea completa. La responsabilidad es enorme, pero las consecuencias recaen exclusivamente sobre las y los trabajadores, en su salud física y emocional.

“No era justo que realizara ese trabajo y me pagaran menos de lo que correspondía. Ni siquiera podía ir al baño, porque todo el tiempo era cargar y descargar, me tenía que aguantar y muchas veces tuve infecciones urinarias por esa razón.”

Esta situación no solo revela la desigualdad de género que viven las mujeres en el ámbito laboral, también pone de manifiesto la ausencia de asesoría laboral y del respaldo de la organización colectiva a la que pertenecen: el sindicato, quien podría intervenir para modificar condiciones laborales y defender a las y los trabajadores.

El despido como arma de las empresas

Berenice no fue despedida. Sin embargo, no vivió el “ajuste” como un alivio o un triunfo momentáneo, sino como una advertencia. “Antes del despido reclamé el salario que me corresponde, pero ya no puedo hacer eso porque me da miedo que me corran”, dice.

El silencio se ha convertido en la respuesta ante las injusticias, tanto del sindicato como de los propios trabajadores, ahora más temerosos de perder su fuente de trabajo. Así, el despido opera como un mecanismo de control y de disciplina: reduce la disposición a exigir derechos y permite “ajustes” como la eliminación de bonos o los cambios arbitrarios de área sin resistencia organizada.

Armando, quien trabaja en la línea de producción, así lo afirma cuando nos dice que “las líneas de producción funcionan mucho más lento. Paran media hora y trabajan media hora, no hay disponibles horas extras, y eso nos afecta porque no podemos ganar más. Además, nos mueven de área sin consentimiento”.

Así, el despido no solo elimina puestos de trabajo, sino que precariza los ya existentes. En GM esto ya había ocurrido. En enero de 2025 fueron despedidos 800 trabajadores, lo que eliminó el tercer turno de producción y produjo consecuencias similares a las actuales. Ahora la planta opera con un solo turno y las y los obreros permanecen a la expectativa de lo que pueda ocurrir después.

El sindicato

La incertidumbre de las y los trabajadores no proviene solo de los despidos, sino también de la ausencia del sindicato y de su nula actividad para asesorar, aglutinar y organizar a los trabajadores. Berenice lo expresa con claridad: “Aquí nadie nos explicó nada. Solo empezaron a llamar gente. El sindicato no habló con nadie y nunca apareció”.

Armando coincide: “los del sindicato nunca avisaron, ni siquiera sabemos quiénes son. Solo los vemos cuando hay votaciones y hay que firmar hojas”.

Para comprender esta situación, entrevistamos al dirigente sindical Jesús Valencia Mercado, quien explica que estas decisiones no pueden entenderse solo en el ámbito local, sino como parte de una reestructuración productiva a escala internacional.

Nos dice: “en estas empresas multinacionales las decisiones más importantes como son los reajustes de personal se toman fuera del país, lo que limita la capacidad de respuesta de los sindicatos”.

Y añade: “los despidos responden a una recomposición de la inversión y de la producción. Las empresas buscan mantener su tasa de ganancia, incluso si eso implica afectar a miles de trabajadores. Los inversionistas consideran a la mano de obra como algo desechable fácilmente si eso perjudica la obtención de la tasa de ganancia que la empresa busca”.

No obstante, esa limitación no justifica la ausencia sindical, como señala el propio Valencia Mercado, quien en su análisis ubica la ola de despidos dentro de la lógica del capitalismo global. Sin embargo, en el ámbito local, la acción sindical sigue siendo cuestionable. Así también, señala el margen de acción que otorga el derecho mexicano.

“La legislación mexicana no protege a cabalidad el empleo, sino que se limita a la defensa de las indemnizaciones de los trabajadores, pero que un sindicato se restrinja a eso no es correcto, pues tiene el deber de oponerse al capital donde la fuerza y el número sean suficientes para impedir este tipo de situaciones”.

El sindicato Único de Trabajadores Planta Ensamble de General Motors, que representa legalmente a los trabajadores de GM en Ramos Arizpe, ha sido señalado por operar bajo contratos de protección patronal, esto quiere decir que los líderes sindicales realizan acuerdos que privilegian los intereses empresariales por encima de la defensa real de los trabajadores.

Este tipo de sindicatos domina el ámbito sindical en México, lo que ha quedado claro con la serie de despidos que se han dado en todo el país y que ha evidenciado la vulnerabilidad de la clase trabajadora mexicana.

Precariedad laboral

Estas decisiones tomadas en el ámbito internacional para los obreros se traducen en precariedad cotidiana. En el caso de Berenice, en algo muy concreto: no saber si podrá seguir pagando la renta, la luz o el gas. Aunque ella no fue despedida, su vida quedó marcada por la incertidumbre y el endurecimiento de las condiciones laborales.

Para los que fueron despedidos el panorama es aún más duro: sin ingreso fijo, sin ahorros y con deudas acumuladas; algunos se ven obligados a aceptar empleos con salarios más bajos y sin prestaciones, otros ingresan a la informalidad laboral, otros tantos emigran a otras ciudades en busca de empleo.  

Jesús Valencia comenta: “el salario es vital para los obreros, quienes prácticamente viven al día y no tienen ni para emergencias médicas o de otra naturaleza, lo que los deja vulnerables y dispuestos a alquilarse por cantidades mucho menores”.

El despido masivo en GM da cuenta de la creciente fragilidad del empleo en el capitalismo que, como siempre bajo este sistema, afecta más a quienes menos tienen.

¿Qué alternativa queda?

En este contexto de creciente precariedad laboral surge la pregunta cada vez más enfática: ¿qué pueden hacer los trabajadores para dejar de enfrentar esta situación de manera individual y aislada?

Para Valencia Mercado la respuesta pasa por tener presente las funciones de un sindicato. “Lo principal que los trabajadores deben hacer es formar su propio sindicato y tener presente que es un instrumento legal para defender sus propios intereses; o bien, buscar e incorporarse a uno que ya exista pero que realmente los defienda, pues de otra manera va a suceder lo que pasó en GM y lo que ha venido pasando en muchas otras empresas donde vulneran sus derechos”.

Añade que esta crisis también evidencia la crisis del sindicalismo corporativo y la necesidad de recuperar el sentido de la organización obrera: la defensa colectiva frente al capital: “no se vale que los sindicatos se queden, en el mejor de los casos, a gestionar liquidaciones, pues los sindicatos tienen el deber de oponerse al capital”.

Epílogo

Berenice entra cada mañana a la fábrica con un vacío emocional. No es la fábrica que conoció durante más de una década, donde compartió turnos, risas y cansancio con amigos e incluso con su madre. Ahora quedan líneas de producción semivacías, un comedor al que acude sola y un pensamiento constante: “el trabajo no es seguro”.

Su historia es parte de la experiencia cotidiana de la clase trabajadora que se encuentra sometida a un sistema económico que la explota y que la desecha a su conveniencia.

La organización colectiva se convierte hoy en una tarea urgente para los trabajadores de General Motors: romper con el sindicalismo que solo existe en papel y construir uno capaz de enfrentar los despidos, la precarización, las injusticias al interior de la fábrica y el uso del miedo como látigo de disciplina laboral. En la construcción del sindicalismo de base se juega el futuro no solo de los trabajadores que permanecen laborando en la planta, sino el futuro de la clase obrera. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.