Es necesario señalar que la demanda por la jornada de 40 horas fue enarbolada por primera vez por la Asociación Internacional de los Trabajadores, organización de trabajadores creada en 1864 a cuya cabeza estuvieron los padres fundadores del socialismo científico, Karl Marx y Friedrich Engels. En sus escritos como en la tribuna realizaron una defensa de la limitación de la jornada laboral como una necesidad para frenar la explotación laboral y el aumento de la ganancia del capital, defendiendo tiempo libre para el trabajador. Por ello, cuando hoy el grupo en el poder declara la promulgación de las 40 horas producto de la buena voluntad de los patrones, debemos detenernos ante la noticia.
La reducción de la jornada laboral ya era una demanda pendiente. México es el único país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) que no había modificado sus jornadas laborales desde que se establecieron las 48 horas semanales en la Constitución de 1917. ¿Por qué se promulga la medida ahora y por qué entrará en vigor en 2030, año de las elecciones presidenciales en México? Este planteamiento inicial nos debe llamar la atención para saber qué se esconde. Por lógica elemental, si actualmente las empresas laboran bajo un esquema de 48 horas semanales como tiempo obligado para los trabajadores, ¿cómo entender que, a partir de una medida legislativa, ahora los capitales, cruzados de brazos, dejarán perder 8 horas de extracción de plusvalía? Veamos algunos aspectos que debemos tomar en cuenta para hacernos de un criterio mejor informado.
Una primera respuesta es que, bajo el esquema de las 40 horas, los obreros mexicanos normalizarán trabajar más de 48 horas, pues ahora su pago será mayor, negándoles así su derecho al descanso, como ocurre en la actualidad. El lema del capital en amasiato con el Estado mexicano es: si quieres ganar más, trabajar más es lo que tienes que hacer. Si revisamos los cálculos aritméticos, esta consigna no se cumple, en el escenario de la iniciativa de 40 horas, si un trabajador laborara 9 horas más a la semana pagándole doble, percibirá una cantidad de 1,206 pesos mensuales más de lo que percibiera en el esquema de las 48 horas obligatorias. Asimismo, no es menor decir que ahora la reforma contempla 12 horas después del tiempo ordinario para el pago salarial al 200 por ciento, cuando la ley anterior contemplaba sólo 9 horas.
Cualquier trabajador mexicano sabe que, en la mayoría de los casos, el trabajo extraordinario tiene carácter obligatorio, no es trabajo opcional, como nos lo han querido hacer creer. Basta con que el supervisor del turno ordene: «¡tenemos pedidos que cumplir o necesitamos recuperarnos de los problemas económicos!», para que el obrero labore más tiempo en su jornada ordinaria, so pena de aplicarle alguna sanción o ser despedido. Aún más, en momentos de recesión económica o eventos sanitarios como el ocurrido en el mundo en 2020, el tiempo extraordinario se toma como tiempo de recuperación debido a la paralización económica.
Al analizar la implementación de la reforma a la jornada laboral, es fundamental tener presente el entorno y las condiciones de producción en que se desempeña el trabajador mexicano. La intensidad laboral está ligada al desgaste de la fuerza de trabajo, mientras que la productividad está relacionada con el desarrollo científico y tecnológico. Para todos es conocido que México se sustenta en una economía dependiente y subdesarrollada en materia tecnológica. Las empresas multinacionales de capital extranjero con posibilidades reales de modificar los tiempos laborales de la mano de obra emplean a un número de trabajadores escaso, lo que priva en las relaciones laborales es la existencia del aumento de la intensidad en las jornadas laborales y el no pago de las horas extras, condición para incrementar la tasa de ganancia. Es decir, el anhelo del obrero mexicano de únicamente laborar 40 horas semanales no se cumplirá con un decreto presidencial.
Finalmente, la tendencia en el mundo indica que, si solo mejoramos la jornada laboral y el resto de las condiciones las dejamos intactas, nos enfrentaremos a problemas en su implementación. Muchas empresas en México, principalmente las que tienen inversión de capital de mediano y pequeño tamaño que son las que contratan al mayor número de trabajadores, se han visto obligadas a reducir o interrumpir su actividad para ahorrar costos, y los trabajadores que se mantienen laborando se han visto obligados a ampliar su horario laboral.
Es necesaria la reducción de la jornada laboral, claro que sí. De acuerdo con un comunicado publicado el 21 de mayo de 2021, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó que las jornadas laborales prolongadas provocaron 745 000 defunciones por accidente cerebrovascular y cardiopatía isquémica (estrechamiento de arterias coronarias, malestar comprobado por las jornadas laborales prolongadas). En este sentido, los estudios clínicos asociados al exceso laboral elaborados por el grupo de expertos han mostrado que el trabajar 9 horas al día eleva el riesgo de mortalidad en un 3.7 por ciento y de accidentes cardiovasculares en un 6.9 por ciento.
La reducción de la jornada laboral a 40 horas, lejos de ser una conquista obrera producto de la lucha de los trabajadores mexicanos, se presenta como una dádiva calculada desde el poder político. Bajo el espejismo de un derecho social largamente postergado, se esconde la trampa de normalizar jornadas aún más extensas mediante el pago de horas extras, profundizando la explotación y negando el derecho al descanso. En un país como México, donde la intensidad del trabajo sustituye a la inversión en tecnología y el trabajo extraordinario es obligatorio de facto, esta medida no transforma las raíces del problema: una economía dependiente que subsiste a costa del desgaste de su fuerza laboral.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


