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Tecnologías ocultas (I)

El proceso Haber-Bosch

Fuentes: Rebelión

Este es el primero de una serie de artículos sobre las tecnologías que voy a publicar. Con los que pretendo mostrar tecnologías desconocidas pero imprescindibles para nuestro estio de vida.

Se hace raro escribir sobre tecnologías cuando la realidad cambia por minutos, cuando el texto parece quedarse obsoleto mientras se escribe. EEUU amenaza con el uso de armamento nuclear en el mismo momento que la misión de la NASA privatizada vuelve de fotografiar la cara oculta de la luna, con mensajes tecnooptismistas y fantasiosos de bases lunares, sin mencionar la crisis climática que sufre ese planeta Tierra y la humanidad a la que llaman una. Sin mencionar que su país ha desarrollado la tecnología para un genocidio. Esto huele a los tiempos del proyecto Manhattan, la guerra de las galaxias, y hace necesario reabrir el debate de la relación entre tecnología y política. 

¿Pero qué es la tecnología? Porque una cosa es lo que tiene en mente la mayoría de las personas cuando escuchan el término (ordenadores, internet, inteligencia artificial, robots que bailan o hacen acrobacias, el MRI (imágenes por resonancia magnética)), y otra cosa es lo que realmente es. Y en general, (versados o no), se identifica tecnología con informática y derivados.

Me gustaría que después de leer esta serie de artículos sobre tecnologías ocultas tuvieras otra idea de lo que es la tecnología, de cuáles son realmente relevantes y cambian o permiten nuestro estilo de vida. Además, a diferencia de lo que hacen esos astronautas, que pienses en la relación entre (geo)política, economía, la guerra, crisis climática y social y la tecnología. Tanto cómo esas cuestiones afectan a esta, su potencial uso y finalidad. Y lo contrario, ¿cómo afecta la tecnología a todo lo que nos rodea y nos hace humanos? Y de manera muy importante, todo es política, también la tecnología. Busquemos los aspectos de la tecnología que no son obvios, que están escondidos detrás del brilli brilli, del fetiche.

Lo primero sería demarcar brevemente la diferencia entre una herramienta y una tecnología. Los seres humanos llevamos cientos de miles de años usando herramientas, pero lo que llamamos tecnología —y especialmente tecnociencia— es algo mucho más reciente. La gran diferencia no es lo complejo que son esas herramientas, sino aplicar sistemáticamente el conocimiento científico para transformar y dominar la naturaleza. Y eso solo ha ocurrido realmente en los últimos siglos, en especial desde el siglo XIX. (Seguramente mucha gente lo discutirá, pero no es el propósito de este texto). Tecnología, en este sentido, no es un martillo ni un palo doblado. Esa unión entre ciencia y aplicación práctica crea un tipo de poder completamente distinto: la capacidad de modificar deliberadamente los procesos naturales a gran escala.

Empecemos por una tecnología poco conocida por el público general y, sin embargo, probablemente la más importante del último siglo: el proceso Haber-Bosch, la tecnología que alimenta al mundo, desarrollado a principios del siglo XX. Seguramente es una tecnología de la que no habéis oído hablar. Podemos fantasear con todo tipo de tecnologías y tener una colonia en la luna, pero las más importantes son las que nos proveen de agua limpia y comida.

A lo largo del siglo XIX, millones de personas migraron a las ciudades durante la industrialización. Una de la consecuencias del abandono del campo fue la “fractura metabólica”, un concepto ecológico desarrollado por Karl Marx que describe la ruptura en el intercambio material (metabolismo) entre la sociedad humana y la naturaleza:  “La preponderancia incesantemente creciente de la población urbana (…) perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. (…) Y todo el progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo (…) Este proceso de destrucción es tanto más rápido, cuanto más tome un país a la gran industria como punto de partida y fundamento de su desarrollo. La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”.  (El Capital, Vol. I) La industrialización de la agricultura de la época, unido a la fractura metabólica, el aumento de la población (y por tanto de las necesidad de comida), y lo costoso de la importación de guano y otros fertilizantes, lleva a que por ejemplo ciudades como París desarrollen incluso un sistema de transporte por ferrocarril de las heces humanas a la periferia agrícola. Pero las tierras se agotaban porque ya no se devolvía al suelo la materia orgánica que lo nutría. La tierra no podía alimentar a tanta gente. La química se estaba desarrollando muy rápidamente, y diversas tecnologías intentaban rudimentariamente la síntesis química e industrial de fertilizantes. Y una tecnología cambió el mundo, el proceso Haber-Bosch, que permitió producir fertilizantes industriales a gran escala, reponiendo artificialmente el nitrógeno que necesitan las plantas para crecer. El resultado fue espectacular: la producción de alimentos se disparó y la población mundial pudo duplicarse en pocas décadas.

Es una tecnología que permite convertir el nitrógeno del aire (N₂) en amoniaco (NH₃) combinándolo con hidrógeno. Las dos moléculas de nitrógeno, en forma gaseosa N2, es súper abundante en la atmósfera, el 78% de ella. Pero es inerte, y tal cual no sirve para incorporarse a los aminoácidos, los ladrillos de las proteínas. Así, la vida necesita de nitrógeno, pero en forma de NH3 o NO3-.  De forma natural lo hacen las bacterias fijadoras de nitrógeno que están en simbiosis en los rizobios de las leguminosas. Es un proceso eficiente, pero lento, que necesita de la rotación de cultivos y del cuidado de los suelos, así como de la adición de otros elementos como el fósforo y otros oligoelementos. 

Ese amoniaco es la base para fabricar fertilizantes nitrogenados. Pero transformar N₂ en NH₃ es extremadamente difícil: requiere temperaturas muy altas, presiones enormes, catalizadores especializados, mucha energía y de manera muy importante los hidrógenos procedentes del gas natural, CH₄.  Hoy, el 50% de la comida que se produce en el planeta depende de fertilizantes hechos con gas natural. Eso significa que la mitad de la población mundial —unos 4.000 millones de personas— come gracias a la tecnología Haber-Bosch. Como ejemplo, en ciudades como Vitoria solo el 1.5% de los alimentos frescos que consumen se producen en Araba y el resto se importa.

O sea, millones de personas dependen no solo del petróleo para el transporte sino para la (ya famosa) urea. La patronal de los fertilizantes avisa que, como pasó durante el comienzo de la invasión a Ucrania, se cerrarán plantas de fertilizantes. El sistema que alimenta a la humanidad es extraordinariamente frágil porque depende de unos pocos países que producen fertilizantes, unas pocas empresas que licuan gas natural (GNL) y que pueden construir y reparar esas centrales de alta tecnología, rutas marítimas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, estabilidad geopolítica. El 30% de los fertilizantes nitrogenados del mundo pasan por el Estrecho de Ormuz. Cuando se destruyen instalaciones de gas o de licuefacción en la región, la producción mundial de fertilizantes cae, y países como India (de los mayores consumidores) entran en alarma porque sin fertilizantes hoy no habrá cosechas. Incluido Brasil, de donde viene la soja que alimenta a los millones de cerdos que se sacrifican cada año en nuestro país. O sea, podemos comer jamón gracias al gas natural de Catar. 

Es verdad que no es la única manera de fertilizar a las plantas, y que será el futuro lo queramos o no, que la agroecología también puede hacerlo, pero la transición es lenta y requiere de voluntad política. Pensad en las consecuencias de una sola tecnología y las guerras de EE.UU. e Israel. Si ante las noticias nos centramos únicamente en las consecuencias energéticas y de transporte, no veremos todo el panorama. Buena parte de la alimentación depende de un proceso químico industrial, que es muy frágil como estamos experimentando.

¿Qué otras tecnologías desconocidas son cruciales y frágiles? En la próxima entrega hablaremos de las tecnologías que permiten que nuestros alimentos, agua, aire y materiales con los que estamos en contacto sean seguros.

Blog del autor: https://cienciamundana.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.