México importa el 75% del gas que consume y casi todo ese gas viene de Estados Unidos. Lo peor es que el 60% de nuestra electricidad se genera mediante plantas que funcionan con gas. Si Estados Unidos, por la razón que sea, interrumpe el suministro de gas hacia nuestro país, en solo dos días millones de mexicanos se quedarían sin estufa, refrigerador, Internet, televisión y mucho más.
No se necesita ser un técnico experto para entender que el vecino del norte nos tiene en sus manos, pero lo que no se explica es la razón por la que los gobiernos de México nos pusieron en esta condición de altísima vulnerabilidad. Como haya sido, aquí estamos, padeciendo al más antimexicano y demente de los presidentes que ha ocupado la Casa Blanca en mucho tiempo. Sin ninguna duda, estamos obligados a reducir, de alguna forma, esa dependencia inadmisible, pero la cuestión es cómo hacerlo.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha propuesto utilizar algún tipo «no tan nocivo» de fracking para extraer gas de las cuencas del norte, sobre todo, y ha aprovechado la crisis geopolítica global para anunciarlo. Sin embargo, tal opción será, si acaso, un paliativo y no una solución de fondo, pues el problema no es solamente la dependencia energética al gas natural, sino, esencialmente, nuestro sometimiento a un modelo económico ajeno, cuyo objetivo es satisfacer los intereses de las grandes corporaciones extranjeras.
El país se encuentra en una encrucijada: 1) satisfacer las necesidades del aparato productivo de Estados Unidos y los intereses de corporativos y financieros, o 2) satisfacer los requerimientos del mercado interno y las necesidades de su población, sin dañar la naturaleza.
Desde nuestra perspectiva, si México quiere sobrevivir y adaptarse a los muy complejos tiempos que se avecinan, es indispensable que camine, por tres rutas distintas1, hacia un modelo económico y energético soberano.
Primero. Aprovechar el nearshoring residual: A partir de la pandemia, México ha profundizado el nivel de integración productiva que mantenía con Estados Unidos, en virtud de que el nearshoring es la mejor opción con que cuenta nuestro vecino en su actual fase de desglobalización y declive imperial. El modelo económico expansionista del American way of life, basado en la energía barata y abundante, tiende a debilitarse aceleradamente y México ha sabido aprovecharse de sus estertores; es decir, de la incapacidad estadounidense para trasladar a su territorio la fabricación de muchos de los bienes que importa desde aquí. Sin embargo, este escenario favorable podría modificarse muy pronto si la guerra en Asia Occidental se agudiza y el mundo se precipita en una prolongada gran depresión. De ser así, México ya no tendrá la opción de convertirse en el hub manufacturero emergente que pretende ser, y el sueño de erigirse como una especie de pequeña nueva China se habrá desvanecido.
Segundo. Encender el motor interno de la autosuficiencia: Después de cuatro décadas de sometimiento a los caprichos de Washington, el país está obligado a construir, cuanto antes, su propia estrategia soberana para que su integración productiva con Estados Unidos deje de ser complementaria y subordinada. México debe enfocar todo su esfuerzo en recuperar los motores internos de su desarrollo, y, para ello, le urge el diseño de una política industrial que sea capaz de promover, a fondo, las actividades productivas que son estratégicas para los mexicanos, emulando la Estrategia de Doble Circulación empleada por China para adaptarse a los desafíos internos y externos. Bajo la presión ejercida por la decreciente disponibilidad de energía y de materiales críticos, en los próximos años la industria automotriz se replegará y dejará de ser el eje del desarrollo del país (y del mundo). Las prioridades serán otras muy diferentes a las actuales, por lo que es necesario identificarlas con precisión: en principio parece haber cierto nivel de consenso sobre las actividades que serían estratégicas: 1) autosuficiencia de alimentos, 2) aprovechamiento y gestión del agua, 3) desarrollo de dispositivos de energías alternativas, 4) innovación en modalidades y sistemas de electromovilidad, 5) aprovechamiento de la cadena desecho-insumo, 6) cuidado de la salud, 7) sistemas y dispositivos para la educación, y 8) industrias culturales y turísticas. Es urgente diseñar la hoja de ruta que haga posible el tránsito desde el modelo fundado en el ensamblaje, a un nuevo modelo centrado en la innovación y en la apropiación de las tecnologías que impulsarán aquellas actividades definidas como prioritarias.
Tercero. Descentralizar la base productiva y energética hacia las comunidades locales: Resulta extremadamente urgente dar paso a un vasto proceso de descentralización de la base productiva y energética de México hacia las comunidades locales. Más allá de que las condiciones parezcan ser ideales para la transformación de México en una pequeña nueva China, o algo similar, lo verdaderamente importante y estratégico no es eso. Si se observa con cuidado el curso de tendencias motrices, tales como la drástica disminución en la disponibilidad de combustibles y materiales críticos y el inminente colapso del sistema climático, resulta evidente que se requiere un tipo de organización de la producción y de la vida muy distinto al que depende del consumo y del crecimiento material infinitos. Vivimos en un planeta finito con recursos finitos —que además se están agotando—, y estos límites biofísicos nos obligan a construir una economía desde abajo, desde las comunidades, en los barrios y los pueblos, para alcanzar en un plazo muy breve la mejor adaptación posible y poder sobrevivir a lo que viene. Hemos sostenido desde hace más de una década, que la complejidad de las transformaciones en las que el mundo ya está inmerso obliga a un inaplazable debate —social, académico, gubernamental— sobre la mejor forma de afrontar el futuro inmediato.
Van aquí algunas ideas dispersas, posibles indicios, sueltos e inconexos, para intentar contribuir al debate colectivo, en la perspectiva de encontrar los mejores caminos para el futuro:
Son las comunidades urbanas y rurales la base del sistema emergente y de la nueva civilización que comienza a prefigurarse. En sus espacios debe dominar la cooperación y la solidaridad por encima del individualismo y la competencia. Constituyen la clave para desintegrar el antiguo statu quo desorganizador de la vida, erradicar los mecanismos de reproducción social que agobian y limitan, y demoler el modo de producir que oprime. Su propagación es esencial para fortalecer ese embrión que ya comienza a definirse a partir de manifestaciones muy diversas, las cuales comparten un objetivo común: detener el avance de las fuerzas destructivas del crecimiento material sin freno. Estamos, pues, al borde de un cambio histórico caracterizado por el fin de la globalización perversa y por el renacimiento de una forma de convivencia que hace posible el sustento, sin que al hacerlo se alteren los equilibrios inherentes a los paisajes en los que los seres humanos cohabitan con las demás especies e intercambian energías con la naturaleza. Tal es el secreto de la verdadera sustentabilidad: importar de otras cuencas sólo lo indispensable y complementarse con recursos externos sólo cuando resulta imperativo hacerlo.
Así, las comunidades locales constituyen el espacio propicio para comenzar a salirse del mercado depredador y de sus redes de control, lo cual es perfectamente factible hacerlo en los aspectos más básicos de la existencia cotidiana como son la alimentación, la salud, la educación, la información, el dinero y las finanzas, la manufactura ligera, el arte y la cultura, la energía y el transporte. La clave está en la construcción de redes de autoabastecimiento comunitario.
La base material que posibilita la transición hacia economías locales tiene este perfil:
1. Más de la mitad de las personas del mundo ya están fuera de las redes mercantiles, por lo que se requieren redes sociales alternas para asegurarles una vida plena
2. Dado que el modelo económico prevaleciente tiende al estancamiento y al decrecimiento, las opciones locales adquieren un carácter estratégico
3. Ante la inminente escasez de energía, los proyectos de generación y almacenamiento de energía renovable a escala local son una opción prioritaria
4. El conocimiento y la innovación que más ayudan a las personas comunes están en la gente trabajadora, más que en los exclusivos y caros laboratorios de las grandes corporaciones
5. La exposición de la agricultura a la emergencia climática demanda la adopción de modalidades resilientes de organización y producción
6. El limitado acceso a los materiales y los recursos naturales obliga a la reutilización completa de los residuos mediante esquemas de circularidad en las cadenas
7. La eficiencia potencial de las economías locales indudablemente constituye una opción para el desarrollo de las comunidades, frente a las crecientes dificultades de los Estados para atender las necesidades sociales básicas
8. La economía local es menos productiva en términos de economía capitalista, pero logra bajos precios por no depender de monopolios, reducir costos por externalidades (circularidad), y generar menores gastos de traslado, intermediarios, publicidad y tecnología, entre otros.
Es ya inaplazable el debate serio sobre las posibles opciones que se presentan ante nosotros. Dado el complejo y amenazante escenario en el que navega nuestro gobierno, es casi seguro que se verá obligado a explorar caminos nuevos, como la recién anunciada explotación del gas natural mediante técnicas de fracking. Sin embargo, si el gobierno pretende seriamente encontrar rutas de independencia y de adaptación en el agreste entorno, está obligado a ampliar su visión sobre el conjunto de fenómenos que están aconteciendo de manera simultánea.
Nota:
1 Ver Alberto Carral, México ante la oportunidad de un viraje histórico, Rebelión, 6 de mayo de 2025
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