El gobierno retrocede sin estar aún sometido a un asedio que pueda ser decisivo. Su continuidad e incluso su eventual reelección son asuntos en disputa que no se encuentran resueltos de antemano. La atonía de la oposición convencional y el aflorar de una propuesta de izquierda se conjugan en un panorama con muchas definiciones pendientes.
La afirmación de que la gestión de Javier Milei pasa por su peor momento se ha vuelto un tópico desde hace semanas. Refulgen las cifras desfavorables para la mayoría de los sectores económicos, la inflación recargada, el desempleo en alza y los salarios en caída. Flagelos que van acompañados por el pluriempleo extendido y el endeudamiento de las familias hasta el límite de la morosidad.
El desbarajuste ha llegado hasta el transporte público de pasajeros, una esfera muy apta para un deterioro aún mayor y muy sensible de la vida cotidiana de las mayorías.
Más y peor de lo mismo no equivale a derrumbe inmediato.
La actual administración no parece orientada a dar respuestas efectivas a los problemas acuciantes. Al contrario, hubo un anuncio de que todos los ministerios deberían recortar 20 por ciento más sus gastos de capital. Y reiterados avances sobre organismos públicos de alta utilidad que son materia de desguace, como el Servicio Meteorológico Nacional y el INTI.
Más “motosierra”, más despidos, menos prestaciones estatales. Más población desamparada en medio de privaciones que ya vienen de arrastre.
Del poder ejecutivo han partido afirmaciones reiteradas acerca de que la ortodoxia económica más absoluta es un valor innegociable. La metáfora presidencial de atarse al palo mayor de la nave suena semejante a la decisión de hundirse con el barco si fuera necesario.
Quedan vivas las esperanzas gubernamentales de que la previsible elevación de las exportaciones vía cosecha récord y alza de precios a causa de la guerra “derrame” sobre el resto de la economía. Que la inflación por encima del tres por ciento haya sido un efecto estacional de rápida reversión. Y que los inversores experimenten por fin un “shock de confianza” en el país que allegue capitales.
Nada de eso aparece como la perspectiva más probable para el futuro inmediato.
No habría sin embargo que dar paso a la convicción de que el gobierno tiene la suerte echada y que no dispone de ninguna vía posible de recuperación ante la opinión pública. Ni para algún grado de reactivación económica.
Además, la baja del respaldo a la gestión y de adhesión a la imagen presidencial que muestran las encuestas expresan un desgaste acentuado, pero no una catástrofe.
Más bien es sorprendente que una administración en situación tan apurada mantenga niveles de apoyo todavía algo superiores al 30 por ciento entre los encuestados y encuestadas. Aún podría ser un piso adecuado para una remontada futura, si los planetas se alinean algo menos en contra del gobierno.
El porcentaje nos habla de que hay una porción no desdeñable de la ciudadanía que mantiene su apuesta a que después del “sacrificio” vendrá una luz de mejora. Lo que tal vez se articula con la satisfacción por la “limpieza de las calles” de piqueteros y otros “intrusos”, el discurso punitivista y la reversión de las conquistas del “progresismo”.
Suele subestimarse el bagaje reaccionario que alberga una proporción minoritaria pero no irrelevante de la población argentina.
Gobierno en crisis y oposición endeble.
Una profecía no cumplida acerca de la rápida ruina de la gestión Milei se manifestó en lo ocurrido en estos días con el jefe de gabinete, Manuel Adorni. Primero se presagió que no llegaría en ejercicio del cargo al informe parlamentario que debía brindar el 29 de abril.
Cuando la fecha se acercaba sin producirse su renuncia se habló con insistencia de la categórica “masacre” que conllevaría esa instancia para el desprestigiado funcionario, rodeado de escándalos en crecimiento.
Al final la sesión fue una suerte de empate. Adorni concurrió muy entrenado, con todo escrito y una calma estudiada que no se alteró. Trabajados por el miedo a que el ministro coordinador abandonara el interrogatorio en medio de un escándalo, la mayoría de los diputados y diputadas moderaron su tono y no pusieron en máximo aprieto al informante.
Mientras, el gobierno en pleno se instaló en el recinto parlamentario para la mejor escenificación de un apoyo decidido al colaborador cuestionado. Éste aguantó siete horas de trajín, toleró las estocadas filosas sólo de algunos, como Myriam Bregman y Germán Martínez. Y se retiró de la cámara legislativa más o menos indemne y sin renuncia a la vista.
Claro que siguen acumulándosele evidencias de viajes caros, inversiones incompatibles con su nivel de ingresos e inconductas suyas y de su grupo familiar. Pero eso no ha hundido al gobierno. Y hasta ahora ni siquiera lo ha sumergido a él.
Algo parecido ocurre con la extrema gravedad atribuida a las internas del gobierno, que habría que relativizar. Está la ya fatigada de Santiago Caputo con Karina Milei y la mucho más novedosa de la hermana presidencial con Patricia Bullrich. Siguen su curso las disputas sin que terminen en escándalo público ni en rupturas irresolubles.
Las disensiones intestinas son redimibles entre otras cosas porque el oficialismo no se encuentra con una oposición decidida a dar el combate a fondo. Ni hablar de los “dialoguistas” que avalan todo lo más sustancial.
El peronismo por su parte sigue sumido en la apuesta a la caída del universo mileísta sin que eso requiera su acción. La esperan del propio peso de sus errores y contradicciones o de una reacción popular que no están dispuestos a impulsar ni dirigir. Mientras tanto siguen a los abrazos con la anquilosada dirigencia de la CGT y otras burocracias que se encogen de hombros ante la suerte de sus supuestos representados.
Es cierto que en consonancia con la declinación del gobierno hay una incipiente reanimación del campo opositor. Pero sus expresiones principales se mueven en torno a la fundación de nuevas líneas internas o al lanzamiento abierto o subrepticio de candidaturas presidenciales.
En las luchas populares la presencia de la dirigencia del PJ y espacios afines suele ser tenue o casi inexistente. Parecen ganados por una “prudencia” moldeada para el paladar del establishment. El que reclama un peronismo de “centro”, depurado de cualquier veleidad antiimperialista o crítica del gran capital, así sea sólo verbal.
Existen quienes fantasean con un futuro gobierno de Axel Kicillof con Horacio Rodríguez Larreta o Carlos Melconian en el ministerio de Economía. Hay indicios de que no escasean dentro del peronismo los que visualizan como plausibles a esos enjuagues. Para ellos se trata de la reocupación del aparato del Estado como prioridad absoluta. Las tradiciones del peronismo van en segundo término o en ninguno.
Tal vez piensan que si el arraigo popular del Partido Justicialista sobrevivió a la borrachera reaccionaria encabezada por José López Rega y sus adláteres y década y media después a diez años de gobierno neoliberal con marbete peronista puede sobrellevar cualquier deriva.
Cabría la obvia acotación de que el mundo ya no es el mismo que en aquellas épocas. Y que la magnitud de la crisis de representación en curso no tiene precedentes en los períodos anteriores. La paciencia popular y la persistencia de una cultura política pueden encontrar sus límites.
¿Llega algo nuevo?
Entre la proliferación de postulantes para comicios presidenciales para los que falta un año y medio y la chatura de la escena política cotidiana, aparece el no tan asombroso crecimiento de la figura de Myriam Bregman. Sostenemos que no es tan sorprendente porque se sustenta en una sostenida labor parlamentaria, callejera y mediática. Las que han multiplicado sus presencias hasta convertirse en una figura de resonancia popular innegable.
Por lo demás no se trata de una gesta individual. Tiene el respaldo de su propio partido y de la coalición en que éste se integra. Y es el producto de una renovación generacional que se desenvuelve con firmeza en la arena pública, con su despliegue comunicacional como un activo gravitante. La Izquierda Diario hace años que no es una presencia menor en la esfera de los medios electrónicos más avanzados, por ejemplo.
No habría con todo que cristalizar ese lugar al frente de las preferencias políticas y de única dirigente con diferencial positivo de imagen. Las encuestas, cuando están bien hechas, son apenas una foto de la realidad, la captación de un momento.
Ese resultado puede restringirse o hasta diluirse del todo, incluso en un lapso más bien breve. Se ha ganado una posición significativa, nada garantiza su permanencia. Ésta depende de las respuestas eficaces a los padecimientos populares. Y de la aptitud para la promoción de entendimientos más amplios, que aúnen las voluntades de cambio provenientes de tradiciones ideológicas diversas y de culturas políticas diferentes.
El sumirse ahora en disputas endogámicas o en la confusión entre el crecimiento de la propia organización y la de la capacidad movilizadora y de autoorganización de las masas serían el peor aporte a la hora de erigirse en alternativa creíble y atractiva para una porción amplia de la sociedad.
Las luchas urgentes de una sociedad a la que se pretende hacer sujeto de una reestructuración regresiva son de ineludible prioridad. La integración de las propuestas electorales en una perspectiva de cambio social profundo que ponga fin a la cadena interminable del sufrimiento popular constituye otra demanda imposible de ignorar.
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