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Represión y control en los casos de Tornel y Camino Rojo

El silencio de las huelgas en México

Fuentes: Rebelión

Todas las ruedas se detienen, si así lo quiere tu brazo vigoroso.
(canción alemana)

El pasado 23 de febrero los trabajadores de la llantera Tornel estallaron la huelga. El motivo fue el incumplimiento de su Contrato Colectivo de Trabajo (CCT) por parte de la patronal que, entre otras cosas, se niega a respetar la jornada laboral de 40 horas ya establecida, el pago de salarios pendientes y, además, eliminó un bono de productividad. El pasado 18 de marzo, mientras los trabajadores hacían guardia a las afueras de la empresa, fueron baleados por un grupo de porros. Se trató de un abierto acto de intimidación y represión contra los obreros organizados.

Las huelgas han sido históricamente reprimidas, por lo que lo ocurrido en Tornel no es un hecho aislado. Pero ¿por qué incomodan tanto al capital? ¿Por qué, a pesar de ser un derecho constitucional, tienden a ser violentadas o inhibidas? La respuesta se vincula directamente con una cuestión económica y para comprenderlo es necesario entender qué es una huelga y qué representa dentro del sistema capitalista.

La Ley Federal del Trabajo define la huelga como “la suspensión temporal del trabajo llevada a cabo por una coalición de trabajadores”. Esta suspensión es la paralización de la producción. Y, si no hay producción, no hay mercancías para colocar en el mercado, por tanto, no hay ganancias. Esta es una razón esencial por la que los capitalistas no toleran las huelgas. Por ello, intentan romperlas por todos los medios posibles.

Antes de su reconocimiento legal, la represión a través de las balas fue el mecanismo más común; las huelgas se enfrentaban con violencia abierta y sin ningún miramiento. En otros casos, se permitía que se prolongaran para desgastar a los trabajadores, cuya subsistencia depende del salario, en cambio, los empresarios cuentan con capital acumulado para resistir. Hoy, aunque son legales, se han desarrollado nuevas formas para contenerlas: la cooptación de los líderes sindicales, la intervención del gobierno a través de la “conciliación” o la declaración de ilegalidad, el traslado de las empresas a otros países, entre otras. La creatividad en estos temas nunca les falta.

Ahora, la huelga está institucionalizada, pero el impacto económico de parar la producción sigue siendo el mismo o incluso superior, por lo cual la respuesta virulenta del capital no cambia. La represión y disuasión son entonces una respuesta natural del sistema económico cuando las ganancias del patrón se ven amenazadas.

Veamos, en 1906, al grito de ¡Cinco pesos de salario y ocho horas de trabajo! Los obreros de Cananea paralizaron la producción. La respuesta del dueño de la fábrica, en alianza con los gobiernos mexicano y estadounidense, fue una brutal descarga de fusilería que terminó en una masacre. Los propios trabajadores fueron declarados culpables y sus líderes encarcelados.

En enero de 1907 los trabajadores de la fábrica textil de Río Blanco declararon la huelga. La gota que derramó el vaso fue la imposición de un reglamento de trabajo que los obligaba a pagar los desperfectos de las máquinas, permitía que la policía los vigilara y que los desalojaran de sus domicilios si percibían que se alteraba el orden e incluso se ratificaba el pago de multas.

“Mátalos en caliente” fue la instrucción de Porfirio Díaz para romper la huelga. El resultado: una brutal matanza. Así, los acontecimientos en Cananea y Río Blanco evidenciaron la lucha de clases en su punto más álgido constituyéndose como el gran desencadenante de la Revolución Mexicana. Esto es destacable, distintas huelgas a lo largo de la historia han sido antecedentes de grandes transformaciones sociales, ejemplos de ello son el domingo sangriento en la Rusia Zarista ocurrido en 1905 y la Revuelta de Hayrmarket en 1886 en Estados Unidos.

En México, el derecho de huelga fue reconocido en la Constitución de 1917, el logro más acabado de la Revolución y fruto de la lucha de los trabajadores y campesinos. Posteriormente se reglamentó en la Ley Federal del Trabajo, donde se establecieron los motivos por los cuales puede declararse legalmente existente, entre los más importantes están exigir el cumplimiento del CCT, celebración o revisión del CCT, así como exigir el reparto de utilidades y en apoyo a otra huelga. Quizá su característica formal más importante es que la terminación de la huelga depende de que, a criterio de los propios huelguistas, se hayan satisfecho alguno de los motivos por los que fue declarada.

Desde entonces, numerosas huelgas son las que se han sucedido en el país. Destaca la ola en 1935 que llegó a 642 ese año, debido al descontento social acumulado por la crisis de 1929 a 1934. Sin embargo, desde la década de 1990 las huelgas han disminuido de forma sostenida, en paralelo a la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Según datos del INEGI en 1998 hubo 245 huelgas; en 2008 150; registrándose un pronunciado descenso y no volviendo a llegar a la centena. En 2017 apenas 17; y en el 2024 solo dos. ¿A qué responde este silencio? Si la huelga es la expresión de la lucha entre obreros y patronos, su disminución puede explicarse por la contención que ha logrado el sistema y, en alguna medida, por la ausencia de una organización política capaz de articular la lucha de la clase obrera. Pero no porque las condiciones laborales y de vida de los trabajadores hayan mejorado.

Decíamos que la huelga es un mecanismo legal, y, por tanto, se rige bajo la Ley Federal del Trabajo y los términos que ésta indica. Entonces, los obreros solo pueden ejercer ese derecho cuando cuentan con una organización sindical previamente constituida que los represente.

Solo uno de cada diez trabajadores en nuestro país está sindicalizado. Además, el 55 por ciento de la población ocupada se encuentra en la informalidad, una parte de esta informalidad se debe a la irregularización de las empresas para evadir el pago de prestaciones sociales.

Ahora bien, de los que sí están sindicalizados la mayoría lo está en los denominados sindicatos charros, es decir, los representantes que cuidan los intereses del patrón a cambio de prebendas. ¿Pueden esos sindicatos declarar una huelga? Difícilmente.

Estos sindicatos son precisamente los que pactaron los bajos salarios y las condiciones laborales de las empresas cuando entró en vigor el TLCAN y la maquila creció exponencialmente en el norte del país. De ahí que la lucha de los obreros y patronos no se haya convertido en lo inmediato en lucha huelguística, como sí ocurrió en los países europeos cuando comenzaron a industrializarse.

Un ejemplo de ruptura fue el movimiento 20/32 en Tamaulipas, Matamoros. Este se trató de una rebelión espontánea de los obreros que, tras años de explotación con salarios bajos y condiciones precarias, se levantaron para exigir un aumento al salario mínimo. Aunque el gobierno lo decretó, las empresas se negaron a trasladarlo a los contratos. No obstante, los sindicatos actuaron como brazos del capital intentando contener y bloquear las luchas de los trabajadores, evidenciando la coordinación entre empresa y Estado para limitar la lucha obrera. Así lo documentó el World Socialist Web Site.

Algo similar ocurrió en la mina Camino Rojo. Trabajadores de esta mina operada por la empresa canadiense Orla Mining intentaron cambiar de sindicato debido a los constantes abusos patronales tolerados por éste. La respuesta fue la intimidación, incluso utilizando a grupos del crimen organizado. Así lo determinó una reciente sentencia del panel del Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida del nuevo tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, denominado T-MEC.

Cabe mencionar también la huelga del Monte de Piedad que cumplió siete meses de estallada debido al incumplimiento de su CCT. No obstante, el pasado 20 de febrero un juez declaró la huelga inexistente. El sindicato apeló. Pero esto es una evidencia más de cómo el gobierno está al servicio del capital.

Lo ocurrido en Tornel también confirma que el derecho de huelga no ha sido plenamente aceptado, sino apenas tolerado.

¿Por qué el silencio en cuanto a las huelgas en nuestro país? Algunos defensores del sistema capitalista señalan que el “clima de paz laboral” es resultado del “diálogo social” y de la capacidad de los empresarios para sacar adelante al país. Nada más lejos de la realidad. Este aparente silencio responde a décadas de control de las organizaciones sindicales, al perfeccionamiento de los mecanismos para impedirlas por parte del capital y, en alguna medida, a la falta de capacidad del propio movimiento obrero para organizar a los trabajadores. ¿Y por qué, cuando ocurren, tienden a ser violentadas? Porque ponen en riesgo las ganancias y, con ello, el propio dominio del capital.

Vladimir Lenin en su artículo Sobre las huelgas subrayó que éstas tienen una gran significación para el movimiento obrero, ya que pueden actuar como escuelas de guerra al contribuir a la educación política de la clase obrera, fortalecer su solidaridad y su unión. Además, recuerdan que los dueños no son los capitalistas, sino los obreros. Les abren los ojos en lo que respecta al gobierno y las leyes. Por eso se les teme y se les intenta sofocar.

Sin embargo, las huelgas por sí solas no bastan para enfrentar al sistema, son solo un medio de lucha y su éxito depende de la combatividad y conciencia de la clase trabajadora, así como de la dirección de un partido obrero capaz de transformar la lucha económica en una lucha política, para así estar en mejores condiciones de enfrentar con éxito al capital.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.