La participación de México en el Mundial 2026 llegó a su fin con una derrota ante Inglaterra que deja un sabor diferente si pensamos en las últimas competiciones, donde la selección quedaba a deber en voluntad, aunque en esta ocasión el peso de la realidad también duele, pero un poco menos, pues si bien el golpe es directo la verdad es que se hizo lo que se pudo, llevando a su límite las capacidades y quedando así a la luz los aspectos a trabajar para seguir avanzando y mantener la esperanza con la frase hecha himno: ¿y si sí? Al final soñar no cuesta nada y sí estimula.
Sin embargo, esto no va de alabanzas, ya que obviar algunas cosas sería cerrar los ojos al contexto mundialista, pues tan solo una llamada alcanza para ver cómo el futbol se ha pervertido más, y es que nunca estuvo exento de corrupción o de injerencia política, pero en este campeonato la balanza ha vuelto a cargarse de lado de aquello que mancha a la pelota y desvirtúa la esencia del deporte, y me refiero, desde luego, a la llamada de Donald Trump a Gianni Infantino para “pedirle” se levantara el castigo de un partido de suspensión a Folarin Balogun (jugador estadounidense), y bueno, la FIFA desestimó la medida y se lavó las manos, incluso ante la solicitud de Bélgica para que el reglamento se respetara; es decir, el futbolista pudo participar en el juego donde fue eliminado Estados Unidos, y los dólares resonaron en las arcas de la FIFA. Y sí, es así como la pelota se mancha.
En México se sabe bien lo que ha significado el interés económico por encima del deporte, el futbol en nuestro país está marcado por la mano de los monopolios televisivos, primero Televisa y luego Tv Azteca, disputándose la injerencia y el domino en detrimento de la calidad y las condiciones laborales de los jugadores, porque aunque se les vea como estrellas son trabajadores, aunque claro que los millonarios gozan de condiciones especiales y muy dispares en relación con la mayoría, pero al final son mercancía sobreexplotada que cuando deja de rendir es desvalorada, perdiendo su valor de cambio y quedando como estadística. Otra cosa es la mistificación que los aficionados generan de un jugador u otro, dándole ese agregado fetichista que los eleva por encima de lo humano, endiosados y así perdurarán los glorificados en la memoria de generaciones, hasta que otro los supere en récords y pasen, poco a poco, al olvido mediático. Por ejemplo, Cristiano Ronaldo ya está fuera del Mundial, su último, ahora el reloj capitalista hará el resto.
Hay que reconocer que esta copa ha tenido expresiones humanas poco visibilizadas por los monopolios, como los gestos de solidaridad con Palestina que diferentes jugadores y directivos de países africanos y asiáticos han tenido al mostrar la bandera palestina, en un acto de dignidad, o incluso la acción de Lamine Yamal al celebrar un gol con el sujud (postración islámica), visibilizando su cultura musulmana en un contexto violento y discriminatorio contra las naciones árabes y africanas, gesto que fue atacado por la ultraderecha española que ya ha realizado en el pasado agresiones racistas y discriminatorias contra Yamal por sus raíces marroquíes. Y para nuestra América cómo olvidar que al iniciar el Mundial estaba prohibido para los jugadores (sin importar su origen) hablar en español durante las ruedas de prensa, imponiendo así una hegemonía del idioma inglés que dista mucho de razones estadísticas y del número de hablantes en el mundo.
Este Mundial ha tenido un sabor diferente, desde el México profundo que no puede negarse, hasta la privatización cada vez más clara del juego, donde los tiempos son modificados para beneficio del consumo irracional. Además, los favores a jugadores no regidos de igual forma por el reglamento (véase el caso de Lionel Messi) y la saña imperialista que hizo participar al seleccionado iraní en condiciones injustas y abusivas, han hecho de esta copa una diferente, en la que se siente una parte del alma mutilada, pero, también, y como siempre, son los pueblos los que tienen la voz, pues en la convivencia y en la rebeldía de mantener la pelota andando para que no se manche del todo, como lo hizo México, está la esencia de un deporte humano, pero siempre asediado.
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