—¿Tijuana se está quedando sin agua? Hay mucha gente preocupada. Racionamientos y megacortes son constantes.
—En realidad, la crisis hídrica que tenemos aquí ya tiene décadas de existencia. No es nueva y, ahora mismo, podríamos describirla como grave.
—¿Por qué?
—Se han presentado diversas situaciones. Por un lado, la sequía que arrastramos hace 18 meses y que no se veía desde hace treinta años. Por otro lado, vivimos en una ciudad gigantesca instalada en una zona desértica donde el 96% del agua que consumimos viene de una única fuente, el río Colorado que atraviesa USA y llega a México. La crisis empeoró cuando Donald Trump llegó al poder.
—¿En qué sentido?
—Según el Tratado de 1944, Baja California recibe agua del río Colorado y en contrapartida México entrega a Texas agua del Río Bravo. Pero dada la sequía, México recorta la cuota que debe aportar y el gobierno estadounidense presiona afectando la disponibilidad de agua en Baja California. En Tijuana sufrimos un ahorcamiento hídrico por una decisión política de Trump.
—Entonces, ¿una sequía prolongada y el choque con USA explican la falta de agua?
—Ahí está el 90% del problema. El 10% restante es sobre todo por razones técnicas.
—¿Cómo afecta la escasez hídrica a la vida en la región?
—Una consecuencia directa es el freno del crecimiento económico. Hemos tenido empresas que han querido establecerse, pero no han podido hacerlo por la falta de agua, ya que está casi toda asignada y no se pueden otorgar más concesiones.
—¿Algo más para tener en cuenta?
—No menos importante es el aumento de la demanda debido al crecimiento poblacional. En Tijuana pasamos de 900.000 a 2.500.000 habitantes entre inicios de 2000 y 2025. Si le sumamos, insisto, la cuestión climática y la presión política de USA se puede entender el panorama complicado que está viviendo la ciudad.
—Si el agua no alcanza para todos, ¿cómo se distribuye?
—Las industrias obtienen la cantidad de agua preestablecida. Las áreas residenciales con tuberías formalizadas acceden normalmente al suministro, aunque también tienen desabasto.
—¿Y eso?
—El 30% del agua que llega a Tijuana se pierde por las fugas. Por eso, las viviendas que tienen formalizada una buena calidad de recepción de agua, aun así, padecen tandeos (cortes por turnos programados).
—¿Y quienes no tienen suministro formal?
—Las colonias de reciente creación en la periferia legalmente no pueden conectarse a la red porque aún no están registradas oficialmente en el municipio. Así, terminan pagando pipas (camiones cisterna) que les cuestan diez, quince y hasta veinte veces más del costo real del agua.
—Eso maltrata la economía familiar.
—Sí, paradójicamente golpea a los más pobres y viene a perjudicar aún más su calidad de vida.
—¿A qué se deben las fugas?
—La ciudad tiene tuberías con más de cincuenta años de antigüedad sin actualización técnica. Todo el tiempo padecen daños y desperfectos importantes. Las fugas se deben a la ineficiencia total de la CESPT.
—¿Qué se puede hacer?
—La Comisión está manejando actualmente una respuesta drástica: cerrar la válvula de unos para que haya para otros. La institucionalización de los tandeos ha sido la forma más eficiente, entre comillas, de entregar el agua.
—¿Reciben ayuda de la californiana San Diego?
—Ellos nos transfieren agua cuando la necesitamos. Obviamente se paga. En la práctica, esos acuerdos locales de emergencia nos permiten vivir en Tijuana. Hay una tubería literalmente conectada entre ambas ciudades.
—¿Cómo salir de esta situación?
—La CESPT acaba de dar en concesión la construcción de una desalinizadora. Se prevé que esté terminada para 2029.
—¿Será la solución definitiva?
—No. También es necesario cambiar las reglas del juego, de cómo se estructura la propia Comisión, que sea independiente del gobierno, con un plan a largo plazo, no politizada ni trampolín para otros puestos políticos.
—¿Cómo se logra eso?
—Con voluntad política. Es una prioridad. Más agua no significa una solución real sino se mejora la gestión institucional.
Carlos Moreira – sociólogo y fotógrafo
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