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La presidenta y un discurso para alquilar balcones

A confesión de parte…

Fuentes: Rebelión

Cristina Fernandez está nerviosa. Incómoda con la realidad que ha construído en el país, echa culpas «destituyentes» a los demás. Se le nota. Está histérica, descontrolada, violenta… Cuando tiene un micrófono en frente, «siente» más de lo que piensa, y entonces se le escapan verdades que hubiese querido ocultar. Como en este último 26 de […]

Cristina Fernandez está nerviosa. Incómoda con la realidad que ha construído en el país, echa culpas «destituyentes» a los demás. Se le nota. Está histérica, descontrolada, violenta… Cuando tiene un micrófono en frente, «siente» más de lo que piensa, y entonces se le escapan verdades que hubiese querido ocultar. Como en este último 26 de marzo, cuando utilizó una vez más la cadena nacional para anunciar créditos a los mismos jubilados a los que les niega el 82% móvil. Seguramente, al volver escucharse, habrá pensado «para qué abrí la boca»

Está complicada la presidenta. En cada frase quiere hacer hincapié en su infalibilidad. Según ella, todo lo bueno proviene de sus actos, y entonces, todo lo que se le opone es «lo malo». Una peligrosa visión para quien es el máximo representante político del sistema burgués en Argentina. «Tienen que aprender a gestionar como esta presidenta» exclama mientras la realidad se le escapa de las manos. Ella misma se pone como ejemplo. Vaya ego la muchacha.

Sin embargo, la realidad argentina es pura obra de ella. Y de «él». Cuando reconoce que de la masa total de asalariados (14.635.000), 9.159.186 están en blanco, está desnudando una cruel realidad para más de 5 millones de trabajadores (5.475.814, según ella) que trabajan en negro, sin ningún tipo de protección social. Después de 9 años de gobierno, «ella y él» lo hicieron posible

A partir de ese reconocimiento, todas las consideraciones que vinieron después en su discurso, sonaron a «confesión». Más allá de que sólo se refirió a las vicisitudes que les tocan vivir a los blanqueados, las cifras fueron lo bastante elocuentes como para no poder disimular los problemas que sufre la clase trabajadora. «Ella» anunció que sólo el 19% de los asalariados registrados paga el infame tributo al salario, que el gobierno menemista instauró en el ’97 y que el kirchnerismo defiende a capa y espada. Y reconoció que el resto, el 81%, no llega al mínimo no imponible. Lo que olvidó mencionar CFK es que el mínimo no imponible es de $5792, cuando la canasta familiar ronda los $6500, y, según la CTA, en Capital es de unos $7200. Es decir, después de nueve años de administración kirchnerista, el 81% de los trabajadores no llega a cubrir una canasta familiar. También se refirió a los jubilados, declamando que «el 95% de los que están en condiciones de hacerlo cobra su haber» pero se cuidó muy bien de decir que el 80% cobra la mínima, una remuneración miserable de $1800 que no llega a la tercera parte de aquella canasta. Olvidó decir esta buena señora que, según los propios números del vergonzoso Indec (datos de la EPH, 3er trimestre del 2011), el 80% de los asalariados activos gana menos de $5200, y el promedio de ingreso del total de los trabajadores es de $3093, menos de la mitad de la canasta familiar. También vale acotar que según la CTA, son 8.800.000 los trabajadores precarizados en el país. Ella y él lo hicieron

Si hasta aquí los números fueron nefastos para los que viven de un sueldo o una jubilación (en el contexto de un crecimiento de la economía a tasas chinas, donde los empresarios tuvieron ganancias astronómicas), mucho peor son las implicaciones de los dichos de la señora viuda de Kirchner. Si bien la política ya lo venía manifestando desde el principio, a partir de su segunda asunción ha adoptado un discurso antiobrero que empieza a coherentizarse con aquélla. Es decir, se fue sacando la careta. Ya se había manifestado llamando «chantajistas» a aquellos que ejercían su dercho a huelga, luego humilló a los docentes, y en su última alocución se despachó contra los obreros que tomaron el yacimiento del Cerro Dragón, haciéndolos responsables de la muerte de 14 gendarmes en un accidente en la ruta 3. Esto merece algunas consideraciones en particular. Primero, que la presidenta se pone del lado de la versión patronal, que acusa a los trabajadores de haber dañado «sus instrumentos de trabajo», sin que haya ninguna prueba al respecto. Porque bien pudo haber sido -y no sería de extrañar- que la patronal haya provocado los daños para después acusar a los huelguistas (tampoco es de extrañar que CFK se ponga del lado de los intereses que defiende: el de los explotadores). Segundo, la empresa Pan American Energy, que explota el yacimiento que produce el 15% del petróleo en el país, es controlada por la British Petroleum, empresa británica que además, opera en Malvinas robando nuestro recurso para la corona inglesa. Muy coherente con el discurso antimperialista «k» ¿no?. Para el kirchnerismo, en el discurso, las Malvinas son argentinas; la Argentina, no.

Como se vé, es grave la postura gubernamental, porque además de gravar el salario, limitar las asignaciones familiares, horrorizarse ante la sola insinuación de que los obreros participen en las ganancias de las empresas, lo que hace la presidenta es responsabilizar a la clase trabajadora de todos los males que se le pueda ocasionar «al pueblo» si ejerce sus derechos. No por casualidad dijo que «no son los más capacitados y los que lo merecen, los que consiguen mejoras laborales o salariales, sino los que tienen mayor poder de presión y extorsionan a la gente«, asumiendo una postura digna de la derecha más rancia. Por eso no puede asombrarnos que ante cada reclamo, el oficialismo lo tilde de «destituyente». Por eso no pueden asombrarnos los más de 5000 procesados por luchar, el Proyecto X y la mismísima Ley Antiterrorista (de Terrorismo Contra el Pueblo) que aprobó el oficialismo a pedido de Bush primero, de Obama y el G20 después.

Un dato de color: cuando la señora nombró de refilón a Maximiliano Kosteki y a Darío Santillán en el décimo aniversario de su asesinato por parte de las fuerzas represivas que ella misma terminaba de elogiar, ninguno de la patética troupe de aplaudidores ante los que a cada rato hace catarsis aplaudió. Tal vez Aníbal «Baulito» Fernández habrá sentido un frío por la espalda en ese momento, por la responsabilidad que le cabe en aquellos hechos. Los que festejan ante cada frase que significa la entrega del sudor de millones de argentinos, se callaron la boca cuando se insinuó un homenaje a la memoria de los fusilados por el Estado burgués por luchar por un mundo mejor. Más lamentable aún es que haya querido emparentar a dos mártires populares con los gendarmes muertos en un accidente. Patético. Y bien de derecha.

Otra: no recuerdo que haya llorado cuando ocurrió la tragedia de Once, que causó 51 muertos y más de 700 heridos entre los más humildes de nuestro suelo. Tampoco que haya echado culpas a sus amigos Cirigliano o asumido las propias por el lamentable estado de los ferrocarriles después de casi una década de administración kirchnerista.

En definitiva, hay algo peor en lo que hace el kirchnerismo, que la política de explotación y entrega que está llevando a cabo: y es intentar consolidar la idea, sobre todo en las masas jóvenes, de que «esto» es liberación, mientras hacen al país cada vez más dependiente; de que «esto» es defender lo nuestro, mientras entregan nuestros recursos a las corporaciones internacionales; de que «esto» es «nacionalizar», mientras se extranjeriza cada vez más la economía; de que «esto» es popular, mientras los ricos se hacen cada vez más ricos, y los pobres no pueden salir de su pobreza; de que «esto» es soberanía, cuando nos someten a los designios de los explotadores más poderosos del planeta; de que «esto» es terminar con el problema del endeudamiento externo, mientras se paga una deuda ilegal, ilegítima y fraudulenta y se paga a los buitres financieros mejor que nadie; de que «esto» es defender los derechos humanos, mientras afrentan la memoria de los 30.000 que dicen reivindicar, al apuntalar a los poderosos y criminalizar a los laburantes que se animan a la protesta; de que «esto» es defender a los trabajadores, mientras se los hostiga, amenaza, cercena conquistas y a los que hacen valer sus derechos, los insulta, los humilla y los procesa; que «esto» es justicia social, mientras genera una sociedad desigual basada en la explotación y en el clientelismo político, donde a los pobres «se les soba el lomo» de palabra, pero en los hechos los usan de la manera más denigrante para un ser humano.

El kirchnerismo quiere consolidar la mentira que favorezca los privilegios de los poderosos.

Ellos no son funcionales a la derecha: son la derecha.

Y contra eso hay que luchar.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.