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Rafael Argullol, Poema, Barcelona, Acantilado, 2017. 1134 p.

Acariciar la vida con las palabras

Fuentes: Rebelión

El poder del fragmento. O como en el reducido espacio de unos versos o de unos aforismos puede capturarse la esencia de la Vida. Eso es lo que hace Rafael Argullol en su nuevo libro, Poema, editado por Acantilado, que ha emprendido, a su vez, la publicación de toda su obra. Fantástica y fascinante obra, […]

El poder del fragmento. O como en el reducido espacio de unos versos o de unos aforismos puede capturarse la esencia de la Vida. Eso es lo que hace Rafael Argullol en su nuevo libro, Poema, editado por Acantilado, que ha emprendido, a su vez, la publicación de toda su obra. Fantástica y fascinante obra, cabe añadir. Porque el objetivo del pensamiento de Rafael Argullol es penetrar el ruido de la cotidianidad para escuchar las voces del silencio y, finalmente, traducirlas a una prosa valiente y excelsa. Tentativa temeraria, aventura admirable en una época de fast food cultural en la que prima la superficialidad, la altanería y el cortoplacismo. La escritura de Argullol es rica, poliédrica, polifónica, anhelando acariciar con las palabras los ejes de la realidad.

Y eso es lo que realiza Argullol en Poema: reflejar, en la fugacidad del fragmento, la esencia de nuestra realidad como la gota que proyecta la eternidad. Con paciencia, pulcritud y precisión va realizando un mosaico a través de los diferentes acontecimientos que suceden a lo largo de tres años (del 1 de Enero del 2012 hasta el 1 de Enero del 2015). Pero lejos de realizar una crónica estética la cotidianidad, Argullol traslada al papel el engranaje que la moviliza, los pilares sobre los que descansa. La sordidez de nuestra sistema, la primacía del amor (en un sentido amplio del término, eros y filia), el diálogo constante que efectuamos con la muerte…son capturados por la prosa de Argullol con una maestría admirable. De esta forma, de los sucesos que han vertebrado nuestra realidad a lo largo de estos tres años, Argullol penetra lo epidérmico alojándose en sus entrañas para extirpar lo nuclear. Con ello se teje una telaraña estructural que nos muestra la existencia en toda su magnitud y complejidad.

Evidentemente que nos deslizamos por las profundidades, lugar adecuado para extraer la enseñanza, la lección que ilumine la oscuridad del presente. Porque la base del libro es la Vida (y por consiguiente, la Muerte):

 

Temo, antes que nada,

a la Enfermedad

No a tal o cual enfermedad,

por miedo a la muerte,

sino a la Enfermedad,

la que nos mata

dejándonos vivir (pag. 402)

 

Nos movemos a medio camino entre su poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el valle de la Muerte, El afilador de cuchillos, El Poema de la serpiente, Naumon…) y el aforismo (El puente de fuego, El cazador de instantes…), una palabra afilada con sagacidad y esmero que horada la membrana de la superficie para asentarse en sus intersticios y exhumar su vitalidad para, en última instancia, compartirla con sus lectores. Por ello, debemos agradecer, una vez más, su tentativa y la audacia que siempre le acompaña.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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