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Acerca del proceso de cambio y el surgimiento de la clase media popular en Bolivia

Fuentes: Rebelión

En el discurso conmemorativo del Estado Plurinacional, el pasado 22 de enero, el presidente Evo Morales se refirió al hecho de que Bolivia ha cambiado, que la inclusión histórica que se ha realizado ha democratizado no solo las oportunidades políticas y de representación; sino también, las económicas, generando unas estadísticas diferentes de la pobreza del […]

En el discurso conmemorativo del Estado Plurinacional, el pasado 22 de enero, el presidente Evo Morales se refirió al hecho de que Bolivia ha cambiado, que la inclusión histórica que se ha realizado ha democratizado no solo las oportunidades políticas y de representación; sino también, las económicas, generando unas estadísticas diferentes de la pobreza del país. Así, según el INE, el 58 % de bolivianas y bolivianos podemos considerarnos de las clases medias.

En definitiva, somos un país que se ha caracterizado por una amplia base social, una estrecha cintura media y una oligárquica cúpula; a diferencia de nuestros vecinos, que si bien históricamente han tenido una base social de pobres muy amplia, también han generado una clase media de acceso a recursos y que esgrime un capital simbólico significativo que les permite mostrarse como la representación nacional del Estado.

Ahora bien, los datos actuales nos hablan de que hoy contamos con una amplia cintura y con la reducción de la miseria en el contexto nacional boliviano. Estos datos estadísticos sin duda solo pueden efectuar una cartografía social, que expresa que más personas ejercen más ciudadanía en tanto tienen más ingresos y consumen más en el mercado, mejoran su calidad educativa, tienen acceso a tecnología, créditos, vivienda, etc.

Estamos marcando una característica del ascenso social, mas no estamos definiendo a la clase media, o más bien nos quedamos en un marco sociológico que no dice nada, y que en realidad fue creado como categoría que pretende expresar que en el movimiento social, según la sociedad y el Estado, se generan las posibilidades de ascenso social o se las bloquea en un contexto que es natural para el mercado y que el capitalismo ha convertido en discurso de sentido de vida, donde mejorar es sinónimo de mayor acceso al consumo, a menos trabajo y más tiempo libre. A decir de Jorge Viaña, esto no define nada dentro la dinámica social, de lucha de clases y de transformación social. Lo que sí nos contribuye es el análisis del poder en el contexto de la lucha de clases, y es que existen quienes detentan el poder económico de decidir y quienes deben sobrevivir subordinados a las condiciones que el sistema de mercado crea.

Entonces, la clase media es una creación ideológica que, en definitiva, distrae respecto a los proyectos que en verdad están en lucha ideológica sobre el porvenir de la sociedad; por cuanto, la pequeña burguesía tiene como proyecto social y de su creación el ascender socialmente en el mercado, y aunque muchos pugnen por hacerlo y en determinadas condiciones se vea como posible, las propias condiciones del mercado y del proceso clasista tienden a proletarizar a la mayoría dentro la explotación capitalista. Aunque la ilusión del mercado se nutra precisamente del éxito de algunos para alimentar los esfuerzos de todos los que terminan creyendo en los finales felices.

El Capitalismo en su pervivencia, mientras nos explota, nos somete ideológicamente para hacer soportable el sinsentido de la miseria; generaliza la idea de que el esfuerzo convierte al pobre en rico, y que el ser millonario es un golpe de suerte que es acompañado de un gran trabajo. Sin embargo, millones siguen viviendo en la miseria, junto al sueño de que seguir las reglas permitirá lograr la ansiada felicidad. La pequeña burguesía alimenta esa ilusión de la que ella misma es el resultado, tener un mejor ingreso y mayor consumo son razones importantes para sostener el sistema de mercado que le dio la oportunidad de ser diferente del mundo de las miserias, aunque comparta con otros cientos las mismas pautas de consumo, de moda, de distracción que los hacen anónimamente masivos.

Con Verónica Ramos compartimos la afirmación de que mayores ingresos o ingresos medios no necesariamente tienen relación con la conciencia de clase, sino que otros factores ideológicos serán los que permitan la adhesión militante de esa autodenominada clase media, hacia proyectos de poder de mercado que preserven lo ganado y, por tanto, ser conservadores para no perder lo que lograron; o bien son las circunstancias históricas junto a la reflexión ética la que permitirá a cierta clase media asumir compromisos con los sectores populares, o conciencia de clase para sí.

Es aquí donde debemos hacer un corte sociológico para expresar que la pequeña burguesía, como clase en transición, toma posturas diferentes y genera fracciones de clase distintas; unas, las que de manera natural se comprometen con el sistema por su situación laboral y profesional, mayor consumo y aspiraciones en el mercado; otras, las que quizás tengan que vivir situaciones de proletarización que permiten su deserción del sistema y se convierten en unas con acceso a una mayor lectura y comprensión del todo social y, quizás lo más importante, que su rebelión humana fundamental es ética, y su disidencia se enraíza en principios detonados por la miseria del mundo de los excluidos o incluso por reflexiones religiosas que recuperan la sensibilidad ante el otro; y generan el compromiso con las utopías de mundos diferentes sin miseria y sin pobres.

Estas características nutrieron a las izquierdas, que en diferentes partes del mundo tuvieron una pequeña burguesía diferente, que alimentaron los sueños de los oprimidos y contribuyeron a la organización de las revoluciones mundiales. Marx, Lenin, Trotsky, Mao o Fidel, junto a otros líderes mundiales de las revoluciones anticapitalistas, expresaron las características a las que nos referimos, que teniendo mejores condiciones de clase optaron, desde el estudio, desde la ética que generó compromiso, no solo con la contribución teórica para la comprensión de la situación de los explotados, sino sobre todo con la acción organizativa y revolucionaria en los procesos que desencadenaron en sus países el encuentro explosivo entre la miseria inaguantable y las ideas revolucionarias. En este camino, afirmamos con Amilcar Cabral que para lograr ese compromiso, la pequeña burguesía debe suicidarse como clase, es decir, fundir su proyecto de vida con el de los explotados para cambiar el curso de la historia. Lo contrario es lo que el sistema pretende, que todos, incluidos los pobres, ajusten sus expectativas de vida a los de la pequeña burguesía, que expresen el éxito social del sistema y de los esfuerzos retribuidos. En concreto, el sentido de existencia de clase de la pequeña burguesía solo puede darse en tanto opte como sentido de vida por el compromiso con el proyecto revolucionario colectivo de los explotados, o bien por la férrea defensa del sistema capitalista que generó sus logros individuales.

Las historias de las clases medias

En el año 2005, Bolivia y el mundo quedaban estupefactos ante el ascenso al gobierno del primer presidente indio de un país que había construido su identidad en base a la negación de la diversidad y de la superioridad blancoide de raíces coloniales. ¿Cuál era la diferencia con los otros países latinoamericanos, que también habían sido parte de una identidad originaria en sus territorios?

En Bolivia, por sus peculiares condiciones coloniales de explotación de recursos naturales, la explotación de la mano de obra se hizo extensiva, en cambio en los países vecinos utilizaron el genocidio como estrategia para la recolonización migrante que venía del Viejo Mundo. Aun así, no pudieron negar la identidad indígena de sus pobladores que con rostros morenos y mestizos poblaban sus ciudades, y a los originarios que quedaron los marcaron en espacios de reservas, o bien en la perspectiva de la modernidad rebautizaron su identidad bajo el paraguas de la campesinidad y la ciudadanía como un logro aparentemente democrático, que siguió ocultando la miseria de los más pobres, negros e indios que poblaron el continente y se convirtieron en los proletarios, en los prescindibles del sistema, en la mano de obra barata del sistema capitalista y dependiente del que América Latina nació siendo parte.

Los poderes dominantes de los Estados crearon una narrativa sobre sus orígenes, que inicia en la colonia civilizatoria y en la república que les dio identidad, donde el discurso de la igualdad creaba la ilusión de la pertenencia a una patria que pertenece a todos, aunque los oligarcas sigan detentando la propiedad y el poder de decisión y la gran mayoría esté excluida de los derechos fundamentales.

El poder de esas oligarquías generó un poder económico que hizo posible el crecimiento de la pequeña burguesía que mediante oficios y estudios se hicieron cargo de la administración estatal, generando no solo una condición de vida considerablemente superior, sino también una creciente expectativa de sentirse parte de la clase dominante. Las repúblicas entre dictaduras y aparentes democracias se movieron en este péndulo de elecciones para sostener un sistema que, basado en las expectativas del mercado y los sueños de modernidad, crearon una creciente clase media que expresaba plenamente esa perspectiva marxista de que en el capitalismo viven soñando y trabajando por ascender socialmente, pero las condiciones del sistema más bien busca proletarizarlos en los distintos espacios burocráticos, académicos y de oficios.

Estas clases medias son las mayores defensoras del sistema clasista imperante y,-las clases dominantes de los Estados nacionales históricamente optaron por actuar generalmente a través de intermediarios de la pequeña burguesía de esta manera los escenarios electorales, cuando correspondía, se convirtieron en debates de cómo cambiar para sostener lo mismo, es decir, conservar los privilegios adquiridos, conservando la propiedad privada de los mayores propietarios.

Bolivia fue parte de esta historia y al mismo tiempo se diferenció de ella a partir de sus peculiares condiciones productivas para el mundo colonial, y la preservación y lucha de las identidades indígenas que originariamente fueron de este territorio. La clase dominante buscó construir una idea de país en confrontación con las ideas libertarias y republicanas del libertador Bolívar, generando exclusión de la mayoría indígena que habitaba en el territorio, imponiéndose la idea colonial de la exclusión antes que la de la construcción de un país plural, por eso la mita colonial fue prontamente restituida y el pongueaje se convirtió en la norma laboral de relación servil de los pueblos indígena originarios respecto al poder republicano.

Una vez más el poder económico de hacendados latifundistas y mineros propietarios se vio representado entre fusiles, curas y políticos mestizos, quienes tenían el monopolio de la decisión política y de la preservación del sistema oligárquico. La clase dominante en su totalidad sostenía características de apellido o linaje colonial que emitía como mensaje ideológico para las clases medias administradoras del Estado, que el poder contenía una suerte de herencia divina, que negaba la posibilidad a los indígenas originarios de ser tomados en cuenta en la construcción del país. De esta manera, ni aun un multimillonario como Patiño, rey del estaño a nivel mundial, pudo llegar a ser miembro del selecto club social de Cochabamba, por no contar con la estirpe de sangre definida; sin embargo, esto no le impidió tener los operarios necesarios en los gobiernos de turno para la preservación de sus intereses.

De forma histórica la clase media tradicional se forjó en este papel de administración del Estado y la representación política, junto al de oficios y profesiones que les permitieron también acceder a un mejor ingreso con mayor independencia laboral y derechos ciudadanos, o bien a espacios de poder como el de los militares o de las sotanas en la estructura social republicana.

Además de tener la posibilidad de recursos económicos, también ejercían sus derechos políticos como una exclusividad de casta que claramente mostraba que no solo la condición económica los diferenciaba, ni siquiera el privilegio de los derechos ciudadanos, sino la condición de «raza» que los hacia superiores de nacimiento frente a los indígenas originarios. Es por eso que junto a las características de clase, el racismo también fue una elaboración del poder como forma de explicación e hipócritamente como una suerte de paternalismo sobre los «indefensos» indios que «requieren de un patrón para sobrevivir».

Ahora bien, la propia izquierda se incubó en el seno de esa clase media con derechos privilegiados y también con los prejuicios de clase; la del Partido Obrero Revolucionario o la del PIR se nutrieron de escritores que tempranamente leyeron a Marx y conocieron las experiencias revolucionarias de la URSS, y que concentraron su esfuerzo político en la politización de la clase obrera, principalmente minera en la perspectiva socialista, pero que sin embargo no contaba con el protagonismo político de los indígenas originarios, mayoría en el país, y raíz de la identidad de la propia clase obrera. También la izquierda del Nacionalismo Revolucionario que interpelaba los privilegios de los oligarcas desde la idea de nación y de modernización, donde los principales dirigentes, escritores, abogados e incluso miembros administrativos de las minas de la rosca oligarca, fueron quienes finalmente condujeron las transformaciones luego de la revolución de 1952.

El proyecto de ciudadanización del MNR consistía principalmente en la generalización de los derechos fundamentales, que a través del voto universal permitiría a la mayoría tener acceso al ejercicio de esos derechos. La reforma agraria y la reforma educativa, que generaron migraciones importantes a las ciudades en busca de mayores oportunidades y accesos a derechos, como el de permitir a nuevos ciudadanos acceder a estudios universitarios, y junto a la reapertura del Colegio Militar y la Academia de Policías se dio lugar al crecimiento de una nueva pequeña burguesía, que rápidamente empezaría a cubrir los espacios institucionales estatales en las últimas dictaduras, así como en los nacientes o renovados partidos de izquierdas y derechas que buscaban pugnar electoralmente por el gobierno.

Es esa clase media, como se autodenominó la pequeña burguesía en ascenso, la que empezó a prefigurar el escenario político en Bolivia. Se convirtieron en las derechas de los golpes de Estado o de los partidos tradicionales como el MNR o el ADN, eran las que demandaban un uso autoritario del poder para acceder al proyecto de modernización, vía mercado y dependencia. En cambio, las clases medias de izquierda, que por su talante antidictatorial y compromiso con el proyecto proletario, se subordinaron al mandato obrero a través de los partidos y principalmente de la COB, donde se habían construido orgánicamente como en ninguna organización obrera del continente.

Hasta aquí el debate sobre las llamadas clases medias se había quedado en los niveles de ingresos, acceso a profesionalidad, a ser parte de la burocracia estatal o las llamadas ONG, y quizás las características de casta en gran parte referidas al apellido y el fenotipo de apariencia blancoide y de vestimenta; en definitiva una suerte de fotografía y estereotipo creado por el sistema de clases y castas imperante en el país.

A ello añadimos el discurso y la ideología de la negación de lo indio -el racismo- como característica del ascenso de clase que niega a los de abajo y busca imitar a los que se encuentran arriba, y que se refiere con diferentes características tanto a los de izquierda como a los de derecha en esa nomenclatura política. Ese discurso de clase en la izquierda tradicional tuvo como parangón a la UDP y al MIR cuando fueron incapaces de pensar un proyecto de país más allá de lo electoral y luego al propio MIR junto al ADN y el MNR en la derecha neoliberal, que no tuvo reparos en pasar de un discurso a otro, y junto a otra izquierda marginal como el MBL y otros, practicar el «entrismo» para dulcificar las políticas neoliberales. Esta fue la manera más acabada de expresar el proyecto de pequeña burguesía que se había creado en el país, con un oportunismo fundamental, y donde el quedarse en la administración del poder con el color que fuera se convierte en un objetivo político individual, pero también de la autodenominada clase media.

Esas son las características de clase de una pequeña burguesía que desde la colonia, y pasando por la república y también por la revolución nacionalista del 52, estuvo en constante crecimiento, y siempre en relación con el poder del Estado; aunque también, en las relaciones capilares de poder en lo cotidiano, generó la ideología dominante del Estado boliviano, que de ser totalmente excluyente, se remitió a la tolerancia de las mayorías, sin perder el racismo y la discriminación como eje fundamental de su propio poder, mientras mostraba una total subordinación y dependencia, tanto a las oligarquías locales como a la ideología de mercado expresada en las imágenes y poderes del imperialismo capitalista.

Desde esa perspectiva de país, siempre quejándose por la diversidad que somos, con el complejo de inferioridad latente y con la intolerancia militante, no podía tener otro resultado que un país dividido, totalmente dependiente, que no fue capaz de tener una ideología dominante de Estado que congregue y convoque a la creación del imaginario colectivo del país de todos. Por eso, la corrupción se convirtió en una característica común de lo político y se irradió a lo cotidiano, por cuanto la falta de identidad permite que el individualismo de mercado se apropie del discurso de lo posible, más allá de cualquier discurso político de izquierdas o derechas.

Seguramente en ese transcurrir histórico encontramos honrosas excepciones en la izquierda, que lucharon contra las dictaduras, que fueron capaces de entregar la vida por sus ideales, que lucharon con convicción por un mundo diferente y que quedaron en el camino o siguen peleando desde los viejos sueños con la consecuencia ética y la lucha por una revolución socialista. Ellos no hacen más que confirmar la regla para una mayoría de clase, que decidieron distinto y optaron a pesar de su discurso por prácticas políticas ajenas a un proyecto revolucionario.

El Proceso de cambio y la pequeña burguesía

Cuando los movimientos sociales empezaron a enfrentar al modelo neoliberal, luego de que se hiciera cada vez más evidente la condición de clase del modelo; también los actores sociales surgentes buscaron diferenciarse de las viejas izquierdas partidarias y derechas militantes. Se empezó a hablar del Instrumento Político, y mientras más pueblo se sumaba a este proyecto, el liderazgo indígena de Evo cobraba plena vigencia como alternativa histórica, no solo en tanto discurso disruptivo, sino en tanto identidad que representaba a la mayoría plurinacional boliviana.

La capacidad del liderazgo y del instrumento político para sumar adhesiones permitió que no solo convocara a las mayorías excluidas de los procesos políticos, sino también a pedazos de las izquierdas que aún habían conservado éticamente la esperanza de una revolución de verdad, cierta clase media que traía discurso y formación política en un espacio nuevo de creación política.

Otra clase media también se incorporó, la que al momento de la toma del gobierno se quedó en los ministerios y dependencias estatales, para hacer posible que el Estado continuara funcionando, mientras los nuevos protagonistas buscaban aprender sobre la gestión pública, planteándose cambios en un Estado que terminaría finalmente por imponer una lógica de poder frente a los esfuerzos que cargaban los nuevos protagonistas de esta extraña revolución.

Así, mientras parte de la histórica clase media, que había sido incubada en los partidos neoliberales, asumía de manera oportunista la militancia en el MAS para conservar su espacio laboral, se incorporaban los nuevos compañeros y compañeras que desde las organizaciones sociales llegaban con el mandato de la representación en el conjunto del Estado ahora sí Plurinacional. Y el espacio político y económico se tiñó de plurinacionalidad, y los ponchos y ojotas vistieron al nuevo Estado, expresando el mayor cambio revolucionario que vivió el país a lo largo de toda su historia republicana, el de la inclusión democrática de la mayoría, el del ejercicio pleno de los derechos sin jerarquías ni privilegios.

Estaba claro que el liderazgo expresaba el contenido del proceso y del sujeto histórico protagonista de esta nueva época: lo indígena originario campesino. Sin embargo, la política de alianzas con la izquierda comprometida, con la intelectualidad orgánica, fue una señal importante de la política revolucionaria, con en la incorporación de Álvaro García como vicepresidente, intelectual reconocido, opinador mediático y exguerrillero encarcelado por los gobiernos neoliberales, se expresaba plenamente que la clase media, con su capital simbólico del conocimiento junto al compromiso revolucionario, eran pautas importantes en la construcción revolucionaria del nuevo tiempo.

El proceso constituyente hizo evidente el encuentro entre estas nuevas dimensiones sociales al interior del proceso de cambio y en su relación con la oposición minoritaria. Entre los constituyentes oficialistas, donde la amplia mayoría eran parte de la plurinacionalidad del país, con su representación comunitaria y sindical; también fueron elegidos sectores de clases medias de las ciudades, del Movimiento Sin Miedo, del MBL, del Partido Comunista, del PS1, exelenos e intelectuales reconocidos por su aporte crítico; y fueron precisamente ellos los que empezaron a tomar el mando de la opinión en los medios de comunicación, en la orientación interna, en los debates de línea; frente a opositores que representaban en su totalidad a los viejos partidos neoliberales, clases medias que llegaban a defender al viejo Estado frente a la ofensiva plurinacional.

Mientras la mayoría plurinacional empezaba a reconocerse como protagonista acompañada por el Pacto de Unidad, la organización del proceso constituyente empezó a funcionar bajo una perspectiva liberal, y adecuada a los términos en los que el Derecho construyó el Estado. Entonces, eran las clases medias las que tenían más la palabra y la forma de dominio ancestral en las que envolvían sus discursos. Mientras, los sueños de la mayoría se fueron tejiendo de a poco, entendiendo que las clases medias asumían el papel de intermediación, al mismo tiempo generaban con mesura los planteamientos más radicales de los sectores más politizados del Pacto de Unidad. Algunos representantes de clase media lograron importantes relaciones de compañerismo con la representación popular; sin embargo, era visible que a pesar del tiempo de convivencia, las discusiones y tiempos libres juntos, se asociaban por afinidad de clase, entre el oficialismo e incluso de amistad con representantes de la oposición y que guardaban como base su esencia de clase.

Era un país que empezaba a encontrarse en medio del desencuentro que significa un principio revolucionario. Clases medias tradicionales oficialistas u opositoras que junto a sectores populares tenían los mismos ingresos en su calidad de constituyentes, acceso a viajes a aéreos, a personal subordinado, fueron gestando una nueva condición de clase; y en definitiva, los resultados, mediados por los conflictos que desencadenaron los sectores más radicales de las oligarquías locales, generaron acuerdos intermedios de reconocimiento mutuo antes que de anulación del adversario. De esta manera, la Constitución aprobada en Oruro, que ya expresaba un encuentro fundamental entre lo liberal y lo comunitario, se ratificó por completo en esta visión cuando los parlamentarios de oposición y oficialistas, consensuaron contenidos para su aprobación rumbo al referéndum constitucional.

Entonces, lo que empezó a gestarse en el proceso constituyente fue precisamente una nueva ruta colectiva de país, que emparentaba la tradición republicana defendida férreamente por la oposición minoritaria con la mirada comunitaria y plurinacional de la mayoría, que planteaba como reto fundamental el del encuentro entre la diversidad no solo plurinacional sino de clase y política dentro las diversas visiones de país. Estaba gestándose la perspectiva de la ciudadanía plurinacional que daría curso a que todos se hicieran parte del país en construcción en términos de la democratización de los derechos individuales y colectivos.

Este reconocimiento de derechos plenos junto a un Estado Plurinacional que los puso en marcha con la inclusión de la diversidad en todos sus estamentos, encaminó las transformaciones fundamentales del país plurinacional. Proyectos económicos como las nacionalizaciones y la política de bonos, de mejora en los ingresos de sectores populares vía ingreso al Estado, o bien nuevas condiciones en el mercado, también dieron curso a una suerte de capitalismo popular, donde quienes aparentemente desde los resquicios sociales generaron nuevas estrategias de acumulación originaria que se vieron potenciadas con el proceso de cambio y con la representación política que los incluía.

Mientras el proceso de cambio ganaba cada vez más adherencias hegemónicas, la oposición se veía cada vez más aislada, y en algunos casos más bien sumándose militantemente al proceso de cambio. Así, empresarios, dirigentes y sectores urbanos en principio se sumaron, manteniendo las altas tasa de votación y adhesión, al proceso que beneficiaba a todos, pero principalmente a la mayoría que irrumpía en la historia.

Sin embargo, al pasar los años de gestión, los cambios se hicieron sentir en el sentido del proceso de cambio. No solo se había gestado de manera cada vez más visible esta suerte de capitalistas populares que provenían de las identidades plurinacionales, sino que nuevas clases medias populares habían surgido. Una buena parte incubadas por vía Estado, ya que el mismo no había cesado de crecer dando cabida a cada vez más sectores que contaban con cierta estabilidad en el ingreso, además de nuevas condiciones de poder en la gestión y de relación con las organizaciones sociales.

Algunos miembros de estas nuevas clases medias reaccionaron a su nueva condición demandando los mismos privilegios de clase que de alguna manera habían sido un parámetro o ilusión para el ascenso social, generando nuevos consumidores o bien poseedores de capital simbólico en tanto portadores de representación estatal y, al mismo tiempo, de las organizaciones sociales de las que provenían. Para algunos significó desprenderse de la etnicidad que había sido el discurso fundamental para demandar inclusión, para ahora posesionarse en la ciudadanía de derechos. Quizás de esta manera podamos interpretar también el hecho de que entre el censo del 2002, donde el grado de autoreconocimiento de identidad indígena originaria era del 62 % y el del 2012 en el cual bajó a 41 % -más allá de la formalidad de la pregunta- el país estaba cambiando, los oprimidos encontraban en su inclusión una suerte de universalidad ciudadana, más coherente con el ascenso social en una sociedad en la que el racismo ha marcado los rumbos sociales históricos de varias generaciones.

Habrá que asumir que los cambios desencadenados desde el 2005 han gestado esta nueva realidad social en la que la mayoría cuenta con nuevas condiciones y posibilidades, en definitiva un futuro colectivo e individual diferente. Pero también que no estamos hablando de la misma clase media que alimentó los proyectos republicanos y neoliberales, de oportunismo latente y de intereses fundamentalmente individuales, sino de sectores populares con una identidad étnica que ha posibilitado el proceso desencadenado, que sin embargo, no ha sido acompañada ni por el Instrumento Político ni por el Estado Plurinacional en un proceso de permanente repolitización que le permita incorporarse al proceso de manera militante.

Al parecer, el Estado asumió que la adhesión al proceso y a la militancia se daría como reconocimiento al trabajo realizado en doce años de incansable transformación del país. No se reflexionó sobre la conciencia de esas nuevas ciudadanías que empezaron a asumir que los cambios provenían de sus méritos dirigenciales y su habilidad de cintura política; o bien de los jóvenes que en doce años se incorporaron a la ciudadanía con nuevas expectativas, pero además sin tener la experiencia de la vivencia de dictaduras o tiempos neoliberales y, por tanto, asumiendo que lo que ha hecho el proceso de cambio es algo que era una obligación de siempre del Estado.

De esta manera, contamos con un nuevo momento de despolitización en el que la juventud busca nuevas oportunidades individuales de acceso a empleo y estudios superiores; de sectores de clases medias que aun contando con oportunidades dentro del Estado, lo interpelan o critican en las redes y algunas veces se movilizan por temas nuevos relacionados con la ecología o la seguridad ciudadana.

No es que hayamos incubado al enemigo, sino que no terminamos de entender lo que nuestro propio proceso ha gestado, para darle un curso popular y no simplemente el de la modernización y acceso a mercados. En definitiva, no se trata de enamorar a la clase media, y convertir al proceso de cambio a sus intereses de clase que en definitiva representan la pérdida del horizonte político de transformación social.

Más bien es la de entender que el objetivo de democratizar los derechos se está cumpliendo plenamente, y que su ejercicio es el que ha gestado esta nueva realidad social, que nos urge repolitizar los sentidos de lo construido para que en su esencia colectiva sea reapropiado como el sentido de la Patria para todos que queremos construir, que ha sido posible desde la perspectiva de la identidad indígena originaria campesina que está expresada en el Estado Plurinacional.

También acordar con Jorge Viaña, que esta nueva clase media de esencia popular aún tiene como fundamento la mejora colectiva y no solo el progreso individual; de esta manera, los esfuerzos por generar calidad en el acceso a servicios fundamentales será un tema esencial. Tener una salud de calidad, una educación que no sea solo de acceso sino que permita una mayor cualificación, junto a una necesaria seguridad jurídica proveniente de una mejor justicia que complemente la democratización de magistrados con una resuelta lucha contra la impunidad y la corrupción, serán señales importantes en este camino de hacer que se vea a las nuevas clases medias con una raigambre fundamental de relación con su esencia popular y no como un pecado del sistema que crea clases medias que luego quieren gobiernos y sistemas más conservadores que den seguridad sobre lo que han logrado social y económicamente en su transformación social.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.