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Argentina, soja y dólares bajo agua

Fuentes: Rebelión

El 2 de abril de 2013 ha sido trastornado por un aguacero que en la madrugada, en pocas horas, arrojó 155 mm sobre zonas como la capital federal. Seis muertes. Y 24 horas más tarde, La Plata, a pocas decenas de km al sur, sufría el mismo tratamiento, agravado. Decenas de muertos… Ya no podemos […]

El 2 de abril de 2013 ha sido trastornado por un aguacero que en la madrugada, en pocas horas, arrojó 155 mm sobre zonas como la capital federal. Seis muertes.

Y 24 horas más tarde, La Plata, a pocas decenas de km al sur, sufría el mismo tratamiento, agravado. Decenas de muertos…

Ya no podemos decir que «la capital» es una ciudad que se inunda con una sudestada atorranta; más bien toda la costa sur del Rio de la Plata, en el arranque del estuario presenta ese talón de Aquiles.

Todo el circuito mediático cotidiano se ha concentrado en el espectáculo, desolador de la inundación: calles bloqueadas, garajes, sobre todo subterráneos con más de un metro y medio de agua. Y ahora, a un par de días, mientras las aguas bajan, turbiamente, se están desplegando tareas de salvataje, ayuda, aprovisionamiento, prevención sanitaria, asistencia…

Los reclamos son que se hagan más aliviadores, que el gobierno suspenda… incluso las lluvias, pero no hay en las urgencias noticiosas, claro, una palabra, sobre los porqués. Salvo la letanía del intendente Macri procurando «colocar» el aliviador del Medrano como la solución completa y definitiva al problema de las inundaciones capitalinas. Dicho con increíble desparpajo, ufanándose de los aliviadores del Maldonado mientras vecinos de la Av. Justo presentan otra vez el penoso espectáculo de las inundaciones del entubado Maldonado.

Muchos edificios de Belgrano, Nuñez, Saavedra se inundaron y quedaron consiguientemente bloqueados, sin ascensores, sin electricidad… Se trata de barrios de altísima densidad, con edificios de quince y hasta de treinta pisos en calles estrechas donde cabe apenas una senda entre los autos estacionados. El mercado inmobiliario ha hecho su agosto vendiendo lotes cada vez más chicos para edificios cada vez más grandes, densificando zonas a veces en un mil o dos mil por ciento. Donde había una familia hace pocas décadas, hoy se agolpan cuarenta…. y en la ex-casa de al lado, igual.

Porque el proceso de ensanche de capas medias constituye la demanda ideal para «todos» vivir en Palermo, en Belgrano, en Saavedra. ¿Y de dónde proviene tan «maravilloso» ensanche de capas medias, regadas de dólares en los últimos quince años?

Proviene primordialmente de la soja, que va envenenando lentamente el territorio nacional. La Argentina es en superficie inmensa; casi tres millones de km2, pero aun así, el envenenamiento se está generalizando porque la superficie tratada con agrotóxicos ha ido aumentando año a año. No sólo con agrotóxicos; el paso previo es la agresión sistemática a la biodiversidad mediante la tala indiscriminada de monte y bosque y la desertificación resultante para «ensanchar la frontera agropecuaria [en rigor, ensanchar el agribusiness]».

Uno de los tantos precios pagados, entonces, por el boom sojero, son las inundaciones de las ciudades bajas aglomeradas. Como todo fenómeno arrasador y masivo, las inundaciones castigan fundamentalmente a pobres, alojados en los terrenos más bajos, pero por la peculiar disposición urbana porteña o platense, esos terrenos han sido también codiciados y poblados por extensas capas medias.

Hay un «pago» previo para este exitoso ciclo de la soja dolarizada, que no accede a los circuitos mediáticos principales. Y es el que pagan «los pobres del campo». La población rural del país, dispersa, tradicional, criolla, nativa o entremezclada, que está siendo castigada, cada año más que el anterior, con la contaminación resultante de la conversión del campo en una fábrica, como le gusta mencionar a Gustavo Grobocopatel, llamado «rey de la soja» por la cuantía de sus cultivos.

La frecuencia de malformaciones congénitas ha subido de modo escalofriante: solo ese dato debería constituir el freno total y absoluto al modelo de la soja transgénica que lo ha engendrado. Entrevistado el citado Grobocopatel acerca del escabroso tema del envenenamiento declara: «[…] Hay muchas personas con malformaciones, no se trata de creer o no creer. No sé la razón, no estoy seguro de la razón, pero creo que la gente debe estudiar para entender por qué tienen malformaciones. Usamos los pesticidas aprobados por el gobierno [2]

Con la primera parte de la cita Grobocopatel posa de racionalista; no va a andar negando lo evidente, como un oscurantista. De inmediato, la profesión de fe de ignorancia, de la inocente ignorancia; no sabe a qué responden dichas malformaciones. Pero Grobocopatel es amante del conocimiento: hay que investigar, nos dice. El tercer pasaje con el que remata sus declaraciones excusa toda responsabilidad puesto que, asegura, él usa los agrotóxicos «debida-mente» autorizados por el gobierno… como si el gobierno fuera dios o factótum y no las transnacionales con las que Grobocopatel ha hecho su fortuna y su poder.

 

El país siempre estuvo preparado como proveedor de la metrópolis. Así lo constituyeron los ingleses, como bien nos explicara Scalabrini Ortiz con el trazado de las vías férreas en la segunda mitad del siglo XIX. Porque la emancipación de la corona española no significó la forja de una nación soberana más que en lo formal; la bandera, el escudo, la símbología. En general, las naciones o estados «emancipados» de las Américas, fundamentalmente por manejos de la masonería (british) se redistribuyeron en nuevos centros imperiales. Económicamente, Argentina pasó a ser joya de nueva corona, la británica. [3]

Lo que Scalabrini Ortiz observaba con el trazado ferroviario dispuesto para extraerle al territorio sus productos y llevárselos a las metrópolis, se repite en la ciudad-puerto de Buenos Aires, otrora capital federal y ahora −mediante otro engendro jurídico− Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se circula, más bien se circulaba medianamente bien hacia las zonas portuarias, hacia Retiro, hacia las dársenas. Por las avenidas: Rivadavia, Belgrano, Corrientes, Córdoba, Santa Fe, San Juan…

La ciudad, en cambio, cruzada de norte a sur, de sur a norte, siempre ha sido un infierno de tramos entrecortados. Avdas. Nazca, La Plata, Boedo, Salguero, Entre Ríos y Callao, Scalabrini Ortiz o Av. Justo… Circulaciòn hacia afuera, pero no hacia sí misma…Con la Justo nos reencontramos con el tema del agua, con la insensatez de haber entubado un arroyo considerable, de confiscarle a la ciudad lo que era una corriente de agua y sus márgenes sólo para lotear los terrenos arrebatados a las riberas y al mismo cauce, comercializar y edificar casas, una al lado de la otra, y locales para «dinamizar» la economía y plancharle encima una avenida…

 

Abandonando el paisaje urbano, o mejor dicho ampliándolo al paisaje nacional, entiendo importante ubicarnos ante la etiología del fenómeno: las inundaciones cada vez más ingobernables de Buenos Aires no son un fenómeno natural. Son una consecuencia de decisiones políticas, sobre todo de las elites que controlan nuestras vidas… Convertir la producción agraria, agropecuaria, regida por la naturaleza, en agroindustria, y -esto es clave− articulada sobre deliberados planes de contaminación ambiental, permite ganar más. El «mercado» premia sí, pero «en el paquete» venía incorporado que algunos iban a ganar; capas urbanas con cierto poder adquisitivo y grandes productores agroindustriales (nacionales o trasnacionales), ramas de actividad vinculadas al nuevo tipo de producción (p. ej., la metalmecánica de las grandes máquinas para siembra directa), o laboratorios vinculados a la producción de agrotóxicos, y otras a perder; la población expuesta a la fumigación que está siendo envenenada, los campos envenenándose, los animales silvestres (y los domésticos, como las abejas) desapareciendo.

Sociedades como la argentina, con grandes volúmenes de exportación y una política de retención para su administración pública de una parte (un tercio) del bruto exportado obtienen una cierta fluidez monetaria… Apostando a una política «progre» y consumista, que caracteriza a la era K, se consiguen flujos monetarios considerables que incrementan el consumo. Desde autos y restoranes, que hemos visto florecer en todas las ciudades y pueblos del país hasta aviones y avionetas, cuatro por cuatros y mansiones, en el país o en el exterior (estas últimas inversiones no provienen del tercio sino grosso modo de los dos tercios).

El gobierno es consciente del carrousel económico emprendido y está encantado con él. No sólo el gobierno; la Mesa de Enlace, la oposición ruralista, macriana, el candidato Hermes Binner, el sindicalismo «opositor» con su referente Gerónimo Benegas y su socio Moyano, todos ellos han posado como lo más sojista del país.

 

¿De dónde, de cuándo proviene esta adhesiòn tan fuerte y generalizada a la soja?

Se trata de una penosa e hipermoderna confirmación de la condición colonial del país. A mediados de los ’90, apogeo del menemato, alcanzando cumbres de gobierno nacionalista, [4] el Ministerio de Agricultura de EE.UU. (conocido por su sigla en inglés, USDA), disponiendo del hallazgo patentado por Monsanto de semillas transgénicas diseña un plan de control planetario de los alimentos como arma geopolítica, pero bautizándolo de un modo más «potable» como «solución al hambre del mundo» (en ese momento, 1995, apenas una especie transgénica había alcanzado su condición de comercializable para las autoridades bromatológicas de EEUU., la FDA: la soja. Otras como algún tomate, peces, conocerán rechazos irreversibles).

El USDA promovía la muy racional «teoría de las ventajas comparativas». [5] Según la cual, cada estado o región debía dedicarse con exclusividad a lo que mejor le rendía, lo cual aseguraría óptimos generalizados, puesto que logrando las partes los máximos rendimientos, el resultado «global» de los intercambios iba a ser también óptimo. Sus asesores proclamaron entonces que «las praderas norteamericanas y las pampas argentinas» [6] iban a alcanzar para alimentar al mundo y que otras economías podrían desentenderse de tal asunto y concentrarse en lo que mejor les salía…

La teoría de las ventajas comparativas es una gran estafa en la medida que compara entidades incomparables y sirve únicamente para que enormes consorcios se adueñen de grandes líneas de producción y agraven las dependencias de economías menos diversas. Entre los países centrales no hay países monocultores; entre países periféricos hay legión…

Desde EE.UU. entonces, provino el proyecto geopolítico. Pero la estructura sociocultural de la Argentina, un país de los considerados desde el eurocentrismo como europeo y blanco (como Australia, Nueva Zelandia y Uruguay) estaba muy preparada y acondicionada para esta modernización… en general, para toda modernización que confunde lo nuevo con lo bueno. [7]

Así que esta nueva «revolución verde» entró con la misma fuerza con que había irrumpido desde los centros imperiales la de los ’60. Y con la misma excusa: acabar con el hambre del mundo. Motivo irrechazable.

El papel otorgado por el USDA a la Argentina −en rigor a los sojeros y al desarrollo hightech− ha resultado ser de socio privilegiado. Aunque pasado el tiempo, las elites que controlan la producción agroindustrial mundial ampliaron el «equipo proveedor» mediante la incorporación de tierras canadienses y australianas y sobrevino la irrupción de otro «jugador» tan relevante; Brasil −durante largo tiempo el segundo productor mundial de soja y hoy en día el primero−, la posición relativa de Argentina no ha cambiado sustancialmente.

Argentina sigue siendo clave en el diseño de la agroindustria a escala mundial. Y cumple papeles de vanguardia en muchos aspectos. Constituye un factor fundamental en «El País de la Soja» que Monsanto ha diseñado en el corazón de América del Sur, como lo acaba de confirmar con la erección que hará de una planta gigante de agrotóxicos en Malvinas Argentinas, municipio cordobés.

Lo que más llama la atención es la conspiración de silencio que se ha tendido alrededor de las secuelas que va dejando el agribusiness. Nada se dice, o se dice de manera muy calculada para escapar al daño y en todo caso teledirigir los impactos. [8]

El gobierno argentino ha abrazado las presuntas bondades de la ingeniería genética aplicada a alimentos, siguiendo las normas de seguridad impuestas por consorcios transnacionales como Monsanto, precisamente, cuando hay varios investigadores que consideran poco confiables tales recaudos. Como Andrés Carrasco y su advertencia tan severa sobre el uso del glifosato.

Hay un ejemplo, revulsivo: Gilles-Eric Séralini, investigador franco-argelino, retomó el experimento llevado a cabo por Monsanto alimentando ratas con alimentos transgénicos, siguió sus mismos protocolos… sólo que en lugar de suspender la investigación al cabo de tres meses de vida de las ratas, hasta donde los empleados de Monsanto no llegaron a verificar ninguna anomalía, prolongó el experimento hasta cumplir el ciclo vital de las ratas. Así descubrió que, justamente en el cuarto mes, aparecen anomalías cada vez más inocultables…

Pero en Argentina parecemos vivir por encima de tales preocupaciones y advertencias. El ministro de Agricultura, Norberto Yahuar, como digno defensor de la filosofía panglossiana declara: «Nosotros no ponemos en riesgo a nuestra poblaciòn. La Argentina es uno de los países más seguros en materia de cuidado medioambiental en función del control que hacemos de fertilizantes y plaguicidas.» Ah, bueno!

No sabemos si Yahuar habrá superado a Gostanian -el de las Provingias Argentinas− en afirmaciones célebres, pero al menos se trata de una seria competencia.

Con tales recaudos, podemos escuchar más tranquilos otras palabrejas del mismísimo Yahuar, ahora en un encuentro festivo de Monsanto, donde nuestro inefable ministro afirma: «Argentina se caracteriza en el mundo de los alimentos justamente por tener productos de primera y altísima calidad […]. Asi que agradecerle la confianza a la gente de Monsanto y transmitirle que desde el gobierno nacional vamos a seguir trabajando con la misma visión y el mismo esfuerzo que necesita este país para salir adelante [9] Sin duda, Yahuar es de los que cree que «Argentina produce alimentos para 400 millones de seres humanos» una mentirosa verdad que se difunde persistentemente: dos tercios de los «alimentos» argentinos actuales es soja forrajera o para biocombustibles. Si 400 millones de seres humanos tuvieran que alimentarse con la producción «alimentaria» argentina actual, sería todo menos una fiesta; la cantidad de vómitos y rechazos alcanzarían una marca sin precedentes.

Yahuar, Monsanto, Argentina… un solo corazón. Los que sufren anancefalia, meningoceles, malformaciones congénitas, erupciones, quistes, tumores subcutáneos, deficiencias renales, motrices que destrozan sus vidas y las de sus prójimos tienen también corazón pero no lo van a unir a Monsanto. Habrá que ver si los inundados aprenden con quien juntan sus corazones.



Luis E. Sabini Fernández, Periodista, autor de libros como Futuros: contra una actitud autoindulgente ante el desastre planetario, La ideología configurando ciencia y política, El racismo de la «democracia» israelí.

[2] Entrevista textual, del documental Argentina’s Bad Seeds, Ellis y Bilbao. Al Jazeera.

[3] Esto es una parte de la verdad histórica, siempre compleja y multicausal. Junto con la configuración de un país periférico, muy rico, al servicio de una red imperial, ese mismo país, tiene una ambivalencia; soberano y dependiente. Así el despojo por la metrópolis de un archipiélago, ha engendrado una contradicción entre argentinos e ingleses que ha subido o bajado de tono con los tiempos. Las posiciones relativas, metrópolis y «colonia», han generado asimismo corrientes de ideas antiimperialistas, seguramente muy distintas entre sí.

[4] A ese período pertenece un aporte clave a la nacionalidad, a cargo del legislador nacional Carlos Omar Menem. No se le conocen otras contribuciones al acervo legislativo de la nación pero C.O.M. propuso una ley, aprobada, mediante la cual los integrantes de los equipos deportivos que representaran al país en el exterior habrían de apoyar su mano derecha en el pecho sobre ese mismo lado durante la transmisión del himno nacional argentino. ¡Ah!

[5] Véase el despliegue de esta peculiar forma de ayudar a la humanidad y a la azarosa nave en que celestialmente navegamos en: Dennis Avery, Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos, Hudson Institute, Indianápiolis, 1995 (el autor era funcionario del USDA).

[6] Ibídem.

[7] La Argentina era un país con bastante bajo uso de agrotóxicos hasta la llamada «Revolución Verde». Por la feracidad de la tierra y no por consideraciones ambientales o ecológicas.

 

[8] Procuré analizar estos «cuidados» mediáticos en «¿La soja tiene críticos en Argentina? ¡Eureka!» difundida desde El Abasto, indymedia, kaosenlared, rebelión, 13/1/2013.

[9] Argentina’s Bad Seeds

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.